CAPÍTULO 2 LA BATALLA DE THORAL #2
La reina, sintiendo el bulto del capitán contra su muslo, se deslizó hacia abajo.
Sus manos, todavía manchadas con el sudor de la daga, desabrocharon las piezas de la armadura con una agilidad sorprendente.
Cuando liberó el miembro de Calen, firme y palpitante por la tensión acumulada, se dispuso a tomarlo en su boca. ..
Pero entonces, el rostro de un niño de mejillas morenas cruzó la mente de Calen. Tristán.
El recuerdo de su hijo, de la pureza de su hogar, actuó como un jarro de agua helada sobre su pasión. Calen puso una mano firme pero suave sobre el hombro de la reina, deteniéndola.
—No, majestad —dijo con la voz ronca, recuperando su compostura—. Mi lealtad es suya, pero mi alma pertenece a otro lugar.
Mireia se quedó congelada. Levantó la vista y sus ojos azules, antes cargados de deseo, se volvieron dos esquirlas de hielo transparente. La furia estalló en su rostro, una humillación que quemaba más que cualquier herida de guerra. Nadie la rechazaba. Nadie.
—Vete —siseó ella, cubriéndose con una seda que parecía más una mortaja—. Vete antes de que decida que tu cabeza quedaría mejor en una pica que sobre tus hombros.
Calen se ajustó la armadura y salió sin mirar atrás, sabiendo que acababa de ganar una guerra, pero que acababa de empezar una batalla mucho más peligrosa contra el ego de una mujer que nunca perdonaría aquel desprecio.
El alba apenas despuntaba sobre las torres de Frainord cuando Mireia, ya vestida con una pesada hopalanda de terciopelo negro que ocultaba cualquier rastro de la vulnerabilidad de la noche anterior, hizo llamar a sus consejeros.
No los recibió en el salón del trono, sino en la misma antecámara de sus aposentos, donde el olor a incienso no lograba enmascarar del todo el rastro metálico de la matanza que los sirvientes se apresuraban a limpiar en la habitación contigua.
Eduard y otros dos hombres de confianza, de rostros cetrinos y ojos acostumbrados a las intrigas de pasillo, se arrodillaron ante ella.
—Majestad —dijo Eduard, con la voz todavía ronca por el sueño—. Es temprano para un consejo, pero los ecos de la victoria de ayer aún...
—Silencio —le cortó Mireia. Sus ojos azules, ahora transparentes como el filo de una daga, no parpadeaban—. La victoria de ayer fue de Calen. Y ese es, precisamente, el problema que vamos a solucionar hoy.
Los consejeros se intercambiaron miradas rápidas. Calen era el héroe del pueblo, el hombre que había salvado el cuello de todos los presentes.
—El capitán es... popular, mi señora —se atrevió a decir el segundo consejero—. El ejército lo venera. Si intentamos actuar contra él ahora que el hierro está caliente, el pueblo podría...
—No soy una necia —siseó Mireia, acercándose a él con una gracia depredadora—. No busco su cabeza en una pica. Aún no. Quiero que su gloria se convierta en su propia celda. Calen es un hombre de familia, ¿no es así? Adora su hogar, su pequeña parcela de paz con esa mujer y su hijo.
La reina se volvió hacia la ventana, mirando hacia el horizonte donde el sol empezaba a iluminar las tierras recién conquistadas.
—Nuestra frontera al sur, en las tierras baldías de Borandel, es inestable —continuó Mireia con una sonrisa gélida—. Es un lugar maldito, azotado por la peste y las incursiones de salvajes que no conocen la rendición. He decidido que Calen es el único capaz de "civilizar" esa región.
Eduard arqueó una ceja.
—Borandel está a semanas de camino, majestad. Es un destierro en toda regla. Si lo enviamos allí de forma permanente...
—No será un destierro —interrumpió la reina, acariciando el borde de su copa de plata—.
Será una misión de honor. Lo nombro Gobernador de las Marcas Exteriores.
Deberá partir de inmediato. Y para asegurar que su lealtad no flaquee ante la distancia.
.. su familia se quedará aquí, en Frainord. Bajo mi protección personal.
El aire en la habitación pareció congelarse. Eduard sonrió con malicia; entendía el juego.
—Un rehén con nombre de invitado —murmuró Eduard—. Es brillante, señora. Calen no podrá negarse sin parecer un traidor a la corona, y mientras esté fuera, perderá el favor de sus tropas, que se verán obligadas a seguir a un nuevo mando aquí en la capital.
—Exacto —concluyó Mireia, volviéndose hacia ellos con la mirada encendida por una satisfacción cruel—.
Quiero que se le entreguen las órdenes antes de que el sol esté en lo alto.
Quiero ver el momento en que se dé cuenta de que su rechazo le ha costado su libertad.
Quiero que sepa que, mientras él duerme en el lodo de Borandel, yo tendré mi mano sobre el cuello de lo que más ama.
Mireia se sentó en su sitial, su mente ya volando hacia Krista y el pequeño Tristán. Si no podía poseer al capitán, poseería su miedo.
—Eduard —llamó la reina mientras los demás se retiraban—.
Asegúrate de que los espías en su destacamento sean hombres.
.. sin escrúpulos. Si Calen comete el más mínimo error, si intenta comunicarse con su mujer fuera de los canales oficiales o si muestra un ápice de insurrección. .. quiero que Krista lo pague primero.
La reina levantó su copa, brindando por una venganza que, para ella, era mucho más dulce que la victoria de Thoral. La guerra de los campos de batalla había terminado; la guerra de las alcobas y las sombras acababa de empezar.
La mañana en que Calen fue convocado al salón principal, el aire en el castillo de Frainord era tan denso que parecía poder cortarse con una daga.
Mireia no estaba sola. Se había rodeado de su consejo en pleno, con Eduard a la diestra, y una doble fila de la guardia real portando alabardas relucientes.
Era una puesta en escena diseñada para aplastar cualquier atisbo de insurrección.
Calen entró con el metal de su armadura todavía mostrando el cansancio de la batalla.
Al ver a los soldados en posición de combate, su mano buscó instintivamente el pomo de su espada, pero se detuvo.
Comprendió el juego en el acto: si desenvainaba, sería un traidor; si se negaba, un insubordinado frente a testigos de sangre noble.
Mireia lo esperaba sentada en su trono de madera de fresno, luciendo una corona de plata que parecía una zarza de espinas. Sus ojos azules, transparentes y gélidos, lo recorrieron con un desprecio que solo él sabía que nacía de aquel beso interrumpido.
—Capitán Calen —la voz de la reina resonó en las bóvedas, clara y desprovista de emoción—.
Vuestra valentía contra Thoral ha salvado esta corona.
Pero el reino es una bestia con muchas cabezas, y mientras aquí celebramos, en el sur, las tierras de Borandel se desangran bajo las incursiones de los clanes fronterizos.
Calen apretó la mandíbula. Borandel. El fin del mundo conocido. Un pantano de niebla y muerte del que pocos regresaban con la mente intacta.
—He decidido —continuó Mireia, disfrutando del silencio sepulcral— nombraros Señor Protector de Borandel. Partiréis al amanecer con el grueso de vuestra caballería. Es una misión de importancia vital que solo un hombre de vuestra talla puede liderar.
Eduard dio un paso al frente, con una sonrisa que era una herida abierta.
—Dada la peligrosidad del camino y la precariedad de los asentamientos en Borandel, su majestad ha tenido a bien decretar que vuestra familia permanezca aquí, en la seguridad de la capital. Krista y el joven Tristán serán huéspedes de honor en el castillo. Bajo nuestra protección... directa.
El silencio que siguió fue el de una ejecución.
Calen miró a Mireia. Buscó en aquel azul transparente un rastro de la mujer que había llorado en sus brazos horas antes, pero solo encontró a una soberana herida en su orgullo, cobrándose su deuda en años de vida.
El capitán comprendió que Borandel no era una misión, era una jaula.
Y su familia era la llave que cerraba la puerta.
—Acepto el encargo, mi reina —dijo Calen, hincando una rodilla en el suelo de piedra. No hubo más palabras. No hubo protestas. La derrota de Calen fue silenciosa, y por ello, más dolorosa.
Los meses se convirtieron en años, y la geografía de Borandel se dibujó en la piel del capitán en forma de cicatrices nuevas. Lo que Mireia planeó como una tumba para el prestigio de Calen, se convirtió en el escenario de su leyenda.
El primer año fue el de las ciénagas. Calen no se limitó a defender; aplicó su maestría en esgrima a la guerra de guerrillas.
En la Batalla de los Juncos Rojos, su caballería cargó a través del agua hasta las rodillas, sorprendiendo a los rebeldes en mitad de la bruma.
Cada victoria de Calen llegaba al castillo en forma de mensajeros cubiertos de barro.
Mireia recibía los informes con una mueca de asco.
Esperaba noticias de su muerte, pero recibía crónicas de su gloria.
El segundo año trajo la caída de las fortalezas fronterizas.
Calen se volvió un espectro. Sus hombres, endurecidos por el clima implacable de Borandel, ya no parecían soldados, sino fuerzas de la naturaleza.
Mientras tanto, en Frainord, Krista veía cómo el mundo cambiaba a través de las ventanas del castillo que limpiaba a diario.
La reina, en su despecho, trataba a Krista con una indiferencia que dolía más que los azotes. La ignoraba en los pasillos, pasaba a su lado como si fuera parte del mobiliario de piedra, pero se aseguraba de que siempre hubiera un guardia cerca de ella o de Tristán.
Tristán crecía bajo la sombra de un padre ausente.
A los seis años, el niño ya tenía la mirada seria de quien sabe que su libertad es condicional.
Practicaba con espadas de madera bajo la mirada atenta —y a veces temerosa— de los soldados de la reina, que veían en el pequeño los rasgos del capitán que seguía humillando a sus enemigos a cientos de leguas de distancia.
En el castillo, Mireia se volvía cada vez más errática. Cada vez que un bardo cantaba las hazañas de "El León de Frainord", la reina mandaba azotar al músico o quemar sus instrumentos. Su obsesión no había disminuido; se había podrido.
Se paseaba por la alcoba donde Calen la había rechazado, tocando la seda de las sábanas con manos temblorosas.
El rencor era su único amante. Observaba a Krista limpiar las cenizas de la chimenea y sentía una envidia venenosa: aquella mujer sencilla, de manos ásperas por el jabón y el trabajo, poseía el alma de aquel hombre al que ella, con todo su poder y belleza, no había podido doblegar.
—¿Sigue siendo tu marido tan eficiente con la espada, Krista? —le preguntó una tarde, rompiendo por fin su silencio de meses mientras la mujer fregaba el suelo a sus pies.
Krista se detuvo, sin levantar la vista.
—El capitán cumple con su deber, majestad. Como siempre lo ha hecho.
Mireia golpeó el suelo con su zapato de seda, justo donde Krista estaba limpiando.
—Vuestro deber es limpiar mis suelos. El suyo es morir por mí. Y parece que se está tomando demasiado tiempo para lo segundo.
La reina se alejó, con el rumor de sus sedas ajustadas rozando las paredes de piedra, dejando a Krista con el corazón latiendo con fuerza. Los dos años de separación habían convertido el amor en una resistencia silenciosa.
Borandel no había matado a Calen. Lo había forjado de nuevo, convirtiéndolo en un mito que amenazaba con eclipsar la propia corona de Mireia.
La reina lo sabía, y por eso, su mirada se volvía cada vez más hacia el pequeño Tristán.
Si el acero no podía con el padre, quizás el tiempo y la crueldad pudieran con el hijo.
Y así llegó al presente, dos años después de aquella traición en la alcoba.
Calen se encontraba en Magnord, la última pieza del rompecabezas de Borandel.
Había ganado la tierra, pero había perdido la infancia de su hijo.
La construcción de los puestos de alarma no era solo estrategia militar; era el desesperado intento de un hombre por crear un puente de fuego que lo devuelva a casa antes de que la locura de la reina consuma lo poco que queda de su familia.
Cada pira que Calen ordenaba levantar es un grito silencioso dirigido a Frainord. Una señal que dice: "Sigo vivo, y voy a por vosotros".