CAPÍTULO 2 LA BATALLA DE THORAL
(Dos años antes)
El estruendo de la batalla de Thoral todavía resonaba en los pasillos del castillo, pero para Calen, todo se había reducido al ritmo de su propia respiración y al silbido de su espada.
El aire estaba saturado de un hedor espeso: humo, vísceras y el aroma dulzón de la sangre que empapaba su propia sobrevesta.
No sabía cuánta era suya y cuánta de los hombres que habían intentado cerrarle el paso, pero el dolor en su costado le recordaba que seguía vivo.
—¡Sucio bastardo! —rugió un guerrero de Thoral que surgió de entre las sombras del corredor principal.
Calen no gritó. Su esgrima no era la de un carnicero, sino la de un artista de la muerte.
Con un movimiento fluido, desvió el hachazo del enemigo, dejando que el metal resbalara por su guarda, y en el mismo segundo hundió la punta de su acero en el hueco entre el yelmo y la coraza.
Un tajo limpio. Un cuerpo que caía sin vida.
Subió las escaleras de tres en tres, su capa pesada por la sangre arrastrándose tras él. Al llegar ante las puertas de los aposentos reales, el silencio era aterrador. Empujó la madera tallada y entró.
Allí estaba Mireia.
La reina, con el cabello rubio ceniza desparramado sobre los hombros y la piel más pálida que nunca, estaba encogida sobre el gran lecho de columnas. Al ver entrar a aquella figura cubierta de rojo, soltó un grito que se ahogó en su garganta al reconocer los ojos del capitán.
—Calen... —susurró, con una mezcla de terror y una fascinación oscura que empezaba a brotar en sus ojos transparentes.
—Majestad —dijo él, jadeando—. No hay tiempo. Vienen más.
Calen analizó la habitación en un segundo. La estrategia era su lengua materna. Sabía que si se quedaba frente a la puerta, el siguiente grupo de asaltantes lo rodearía.
—Escúcheme bien —le dijo, acercándose tanto que ella pudo sentir el calor de la batalla emanando de su armadura—. Quédese ahí, sobre la cama. Sea el cebo. Que piensen que está sola y vulnerable.
Él le entregó su daga personal, un arma corta de acero oscuro.
—Sujétela con fuerza. Si alguien entra y ve los cadáveres en el pasillo, creerá que usted ha tenido la suerte de darles muerte. Cuando avancen hacia usted, me darán la espalda.
La reina asintió, sus dedos cerrándose sobre la empuñadura de la daga. Calen se deslizó tras el pesado tapiz de arras que colgaba junto a la puerta, fundiéndose con las sombras.
No tardaron en llegar. Tres hombres de Thoral, con los ojos inyectados en sangre y la codicia brillando en sus rostros al ver a la reina desnuda de protección sobre la cama, entraron con paso pesado. Al ver los cuerpos en el pasillo, uno de ellos rió.
—Parece que nuestra gatita tiene garras —dijo el líder, avanzando hacia el lecho mientras envainaba su hacha, confiado—. Pero me encargaré de romperle cada una...
Fue lo último que dijo. Calen emergió de la nada como un espectro de acero.
Su espada no chocó contra el metal; se deslizó por el cuello del primer hombre desde atrás, seccionando la yugular con un movimiento quirúrgico.
Antes de que el cuerpo tocara el suelo, Calen ya había hundido su puñal en el riñón del segundo.
El tercero intentó girarse, pero el capitán le propinó la puntilla con el filo de su espada, atravesándole el corazón a través de la espalda.
El proceso se repitió hasta que una pila de siete hombres yacía en la entrada de la alcoba. El silencio volvió, solo roto por el goteo de la sangre sobre las alfombras orientales.
Cuando el último de los asaltantes de Thoral dejó de agitarse en el suelo, un silencio antinatural se apoderó de la alcoba real. Solo se escuchaba el goteo rítmico de la sangre cayendo desde el filo de la espada de Calen sobre la alfombra de seda y la respiración rota de Mireia.
El capitán permaneció un instante de espaldas a la cama, con los hombros caídos bajo el peso de su armadura abollada.
La adrenalina, que hasta hacía un segundo era un fuego rugiente en sus venas, empezaba a enfriarse, dejando paso a un agotamiento que le calaba hasta los huesos.
Sus manos, cubiertas de una mezcla pegajosa de sudor y barro, temblaban imperceptiblemente.
Fue entonces cuando oyó el primer sollozo.
No era el grito de una reina, sino el llanto fracturado de una mujer que había mirado directamente a los ojos de la muerte. Calen envainó su acero con un chasquido metálico que pareció herir el silencio y se giró despacio.
Mireia seguía sobre el estrado de la cama, pero la daga de Calen se le había resbalado de las manos.
Tenía las rodillas encogidas contra el pecho y sus finos hombros se sacudían con una violencia que amenazaba con romperla.
Sus ojos transparentes estaban anegados en lágrimas, desenfocados, fijos en la pila de cadáveres que bloqueaba la salida de su santuario.
Calen se acercó con paso lento. Cada placa de su armadura chirriaba, recordándole que seguía siendo un instrumento de guerra entrando en un lugar de seda y nardo. Se detuvo al borde del lecho.
—Majestad... —susurró con una voz que sonaba como grava arrastrada por el viento.
Ella no respondió. El terror la había sumido en un estado de choque.
Calen, olvidando por un momento el protocolo y la distancia que su rango exigía, se sentó en el borde del colchón.
El mueble crujió bajo su peso. Con una delicadeza que contrastaba con la violencia de sus actos previos, extendió una mano y rodeó con sus dedos el rostro de la soberana.
Mireia se estremeció al contacto del guantelete frío y manchado, pero no se apartó. Calen la obligó a levantar la cara, forzándola a abandonar la contemplación de los muertos para mirar la vida que él representaba.
—Míreme —ordenó él, con una suavidad firme—. Mire mis ojos, Mireia. No los de ellos.
La reina parpadeó, despejando las lágrimas, y su mirada azul se ancló en la de él. En las pupilas de Calen no había rastro de la crueldad que acababa de desplegar; solo había una compasión profunda, casi paternal.
—Ya ha pasado —continuó él, mientras usaba el pulgar para limpiar una gota de sangre ajena que había saltado a la mejilla de la reina—. El castillo es nuestro. Los muros resisten. Usted está a salvo.
Mireia soltó un gemido ahogado y, rompiendo toda barrera, se abalanzó contra el pecho del capitán.
El impacto de su cuerpo frágil contra la coraza de acero fue un choque de realidades.
Ella hundió el rostro en el hueco del cuello de Calen, allí donde la piel estaba caliente y húmeda, y sus dedos se clavaron en las correas de cuero de la armadura con la fuerza de un náufrago.
—Pensé... pensé que no llegarías —sollozó ella, su voz amortiguada por el metal—. Los oía reírse en el pasillo... decían lo que me harían cuando entrarán...
Calen rodeó su espalda con sus brazos inmensos.
Sentía el corazón de la reina latiendo contra su pecho como un pájaro atrapado en una jaula de hierro.
Se quedaron así durante lo que parecieron horas, meciéndose apenas en un abrazo que no era de amantes, sino de supervivientes.
El olor a muerte que emanaba de él se mezclaba con el perfume de nardo de ella, creando una atmósfera densa, embriagadora.
—Nadie volverá a tocarla mientras yo respire —le prometió Calen al oído.
Poco a poco, los sollozos de Mireia empezaron a remitir.
La respiración de la reina se volvió más profunda, más consciente.
El calor del cuerpo de Calen empezó a filtrarse a través de la túnica de seda de ella, y el miedo, en esa extraña alquimia de la psique humana, comenzó a transmutarse en algo distinto.
Mireia se separó apenas unos centímetros, lo justo para volver a buscar sus ojos.
Sus rostros estaban tan cerca que compartían el mismo aire.
La vulnerabilidad de la reina se estaba transformando en una intensidad depredadora.
Sus ojos azules ya no estaban nublados por el llanto, sino encendidos por un fuego nuevo, alimentado por la descarga de endorfinas tras la batalla.
—Estás vivo —susurró ella, su mano subiendo ahora por el peto de la armadura hasta acariciar la barba descuidada del capitán—. Estás aquí, conmigo.
La gratitud en el rostro de Mireia se volvió una invitación explícita.
Sus labios, todavía trémulos, se entreabrieron.
Calen sintió el peso de la testosterona golpeando sus sienes; había matado a siete hombres para mantener ese cuerpo intacto, y ahora ese mismo cuerpo se le ofrecía como la recompensa definitiva.
El silencio de la alcoba ya no era aterrador. Era una invitación al pecado. Mireia se irguió sobre sus rodillas, quedando a la altura de él, y puso sus manos en la nuca de Calen, enredando sus dedos en su pelo oscuro y sudado.
—Reclámame —le pidió en un susurro que era una orden y un ruego—. Hazme olvidar que casi muero. Hazme sentir que el reino sigue siendo mío.
Calen cerró los ojos un segundo, luchando contra el instinto más primario de su ser.
Pero cuando Mireia presionó sus labios contra los suyos, la barrera se rompió.
No fue un beso de amor, fue un choque de fuerzas elementales, el estallido de una tensión que llevaba años acumulándose bajo la superficie de su lealtad militar.
El contacto de su piel suave contra el metal frío y húmedo de la armadura provocó un chispazo eléctrico. Ella lo besó con una pasión desesperada, una mezcla de gratitud y una lujuria que solo la proximidad de la muerte puede engendrar.
Calen, con la testosterona recorriéndole las venas y el corazón martilleando contra sus costillas, la correspondió.
Su boca se encontró con la de ella, saboreando el nardo y el miedo transformado en deseo.
Por un momento, olvidó quién era. Olvidó que era un capitán.
Olvidó que era un hombre de honor. Solo era un macho que acababa de reclamar su territorio.