CAPÍTULO 1 LA REALEZA #4
El bosque de Magnord se cerraba sobre ellos como una catedral de ramas retorcidas y sombras largas.
El aire, denso por la humedad de la lluvia reciente, olía a pino, tierra removida y a ese toque salino que anunciaba la cercanía de la costa.
Sin embargo, la belleza natural del entorno no lograba calmar la agitación de los hombres.
A paso lento sobre sus monturas, Ander no podía ocultar el temblor de sus manos sobre las riendas. El silencio del bosque solo era interrumpido por el rítmico golpear de los cascos contra el suelo blando.
—¿Qué crees que encontraremos y cómo quieres solucionarlo? —preguntó Ander, con la voz cargada de una ansiedad que apenas podía contener.
Calen, con la vista fija en la espesura y el rostro tallado en piedra, respondió sin mirarle:
—No somos bárbaros. La reina nos mandó conquistar las tierras y eso hemos hecho; lo demás es solo barbarie.
—El capitán hizo una pausa, y su voz se volvió más profunda, casi un susurro doloroso—.
Dime, Ander... ¿qué hubiese pasado si hubiéramos perdido contra Thoral?
Alguien hubiera saltado sobre Krista, o sobre Tristán. ..
Su mirada se perdió en un vacío doloroso, asaltado por una imaginación repugnante que le revolvía las entrañas al pensar en su propia familia a merced de hombres sin honor.
Al entrar en la zona más frondosa de la arboleda, la maleza se volvió tan tupida que los caballos apenas podían avanzar.
—Iremos a pie —ordenó Calen mientras descabalgaba con agilidad—. Puedo oír las olas; el mar no debe de estar muy lejos.
Ander asintió en silencio, dándole la razón a su amigo mientras ataba las riendas a un tronco joven. Pero entonces, por encima del rumor rítmico del oleaje, otro sonido rasgó el aire: eran gritos ahogados, sofocados por la desesperación.
Los dos soldados se agazaparon de inmediato entre la maleza, moviéndose con la cautela de depredadores.
Al fondo, tras unos matorrales, el escenario cobró forma.
Ante varios campesinos cruelmente masacrados y esparcidos por el suelo como desechos, encontraron al espía.
Aún vestía su ropa de camuflaje, pero sus pantalones yacían en el barro.
Al rodear la posición para tener mejor ángulo, los ojos de Calen se abrieron como platos, encendiéndose con una furia fría.
Atada a un árbol, una joven de unos veinte años sangraba por toda la cara debido a su resistencia.
El espía la penetraba por detrás con una violencia animal; a ella aún le quedaban fuerzas para intentar gritar, pero sus lamentos eran acallados rápidamente por la mano dura del engendro que violaba todo su ser.
Ander hizo ademán de levantarse, con la rabia hirviendo en su pecho, pero Calen lo frenó en seco, negando con la cabeza y hundiéndolo de nuevo en las sombras.
Cuando Ander se volvió a mirar a su amigo, se encontró con una expresión que nunca había visto: la de un verdugo que ya ha dictado sentencia.
La espada del capitán ya estaba desenvainada, brillando con un matiz plateado bajo el dosel de los árboles.
Sabiendo que esa mirada no se podía frenar con palabras, Ander se limitó a sentarse, dando la espalda a la escena que estaba por venir, incapaz de contemplar el horror pero dispuesto a dejar que la justicia hiciera su trabajo.
Calen se acercó despacio, fundiéndose con el entorno, sus botas apenas rozando las hojas secas. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, soltó un tajo seco y preciso. El acero cortó los tendones de las rodillas del violador, quien soltó un alarido y cayó al suelo como un fardo de carne inútil.
La campesina, en su agonía, pensó que había llegado otro hombre para turnarse con su captor y sus ojos se llenaron de un terror absoluto. Pero el capitán levantó la mano para calmarla mientras, con un movimiento fluido de su espada, cortaba sus ataduras.
—Quieta ahí. Cúbrete —le dijo con una voz extrañamente tranquila—, pero no te vayas. Esto quizás quieras verlo.
La muchacha, libre por fin, hizo ademán de salir corriendo, pero el dolor físico y la autoridad serena de su salvador la hicieron caer al suelo, quedándose allí, mirando con ojos desorbitados a su agresor.
Tras su primer grito de dolor, el espía se revolvió en el lodo, gruñendo entre dientes:
—Mi capitán, ¿pero qué co...?
No tuvo tiempo de terminar. La espada de Calen entró por su boca abierta y salió por su nuca, seccionando la médula y apagando su vida en el acto. El capitán sacó el acero con una expresión de profunda repulsión, limpiándolo contra los ropajes del desalmado antes de dirigirse a la joven.
—Hola, me llamo Calen —dijo, intentando suavizar su presencia—. Lamentablemente, soy el capitán que comanda todo este... ejército. Lo siento. Aún se me escapan seres como estos. Nuestra misión es conquistar tierras, pero hay quien piensa que con las tierras va incluida la gente. ¿Estás bien?
La arboleda no era un lugar de paz. Los pinos centenarios se alzaban como lanzas oscuras contra el cielo, y sus copas densas apenas dejaban filtrar unos hilos de luz mortecina que daban al suelo un aspecto espectral.
El aire allí era distinto: pesado, cargado con el olor a resina, tierra húmeda y, según se acercaban a la costa, el vaho salino del mar. Pero bajo ese perfume natural flotaba el hedor metálico de la sangre fresca.
Ander caminaba con la mano en el pomo de su daga, sintiendo cómo el crujido de las acículas secas bajo sus botas sonaba como truenos en aquel silencio tenso.
Al frente, la figura de Calen era una sombra implacable; el capitán no solo buscaba a un espía, buscaba restaurar una justicia que sabía que se estaba desmoronando bajo el reinado de Mireia.
Al llegar al claro, el escenario era dantesco.
Varios campesinos yacían esparcidos sobre el musgo, con los ojos vidriosos fijos en un cielo que no les había dado respuesta.
Al fondo, junto a un sauce de ramas caídas, el tercer espía —aquel que debía ser los ojos del ejército— se había convertido en su peor vergüenza.
El resto ya lo conocemos: el acero de Calen no tuvo piedad, y el silencio volvió a reinar, roto solo por el llanto sordo de la joven que ahora intentaba cubrirse con sus ropajes desgarrados.
La muchacha miró la mano enguantada de Calen. No veía a un salvador, veía el emblema de la reina en su sobrevesta, el mismo que llevaba el hombre que acababa de morir entre espasmos a sus pies. Con un esfuerzo titánico, se puso en pie, tambaleándose por el dolor y el choque emocional.
—¿Que si estoy bien? —preguntó ella con una voz que era un hilo de puro odio y fatiga—.
Habéis matado a mi padre porque no quería soltar el arado.
Habéis matado a mis hermanos porque intentaron protegerme.
Y luego... ese engendro... —señaló el cadáver con un dedo tembloroso—.
¿Me pregunta el capitán de los carniceros si estoy bien?
Calen bajó la mirada, aceptando el peso de la acusación. No había honor en esa victoria, solo tierra manchada.
—Tienes razón —respondió él con pesadez—.
No hay palabras que limpien esto. Pero en este bosque hay más como él, y yo no puedo estar en todos los árboles a la vez.
Mi campamento está a una hora de aquí. Te daré comida, un lugar donde lavarte y escolta hasta los botes si decides marcharte con los tuyos, o protección si decides quedarte.
Mi nombre es Calen, y mi palabra es lo único que me queda.
Ander se acercó lentamente, manteniendo una distancia prudencial para no asustarla más, y recogió una manta que el espía había usado para cubrirse. Se la ofreció a la joven con la cabeza baja.
—Venga con nosotros, señora —dijo Ander con suavidad—. No todos somos así. El capitán acaba de firmar su propia sentencia si la reina se entera de que ha matado a uno de sus "favoritos" por defender a una aldeana. Al menos, permítanos que su sacrificio no sea en vano.
La joven miró a ambos hombres. El odio seguía ahí, pero el frío del bosque y la soledad de la masacre empezaban a calar. Sin decir palabra, aceptó la manta y caminó hacia los caballos, dejando atrás el rastro de muerte de Magnord.
Lidia salió del castillo ensimismada. Después de la desagradable experiencia con Eduard, la reina le había hecho un regalo: para ella fue inolvidable.
¿Sería aquello el amor? Aún conservaba el olor de la soberana, su tacto, la suavidad de su piel e incluso el sabor de su clímax en su boca; muy distinto al de Eduard, por cierto.
Este era delicioso. Además, ella también había acabado varias veces: algunas bajo las manos de Mireia y otras con su lengua.
Había sido el día perfecto; empezó de forma terrible, pero terminó de maravilla.
Al cruzar la puerta del castillo quiso dar media vuelta; deseaba más.
Ahora se sentía fuerte, poderosa: era la amante de la reina. ¿Qué podía pasar?
—Mamá, qué rica está la cena, gracias por prepararla —dijo Tristán.
—De nada; para eso están las madres —respondió Krista.
—¿Qué has hecho hoy?
Tristán le contó su día, el cual estaba lleno de lo que, a esa edad, eran un sinfín de aventuras.
Había luchado con palos con sus amigos y habían ido al río a intentar pescar con las manos o cazar ranas; luego había vuelto a casa, se había calentado la olla que su madre preparó por la mañana, había comido, limpiado los platos y se había tumbado hasta que ella llegó.
Para sus seis años era un niño muy aplicado y cualquier madre estaría orgullosa, pero Krista siempre le exigía más.
Aunque el orgullo le salía por los poros, ser la mujer o el hijo del capitán era un peso que cargaban con honor y dignidad, pero también una cuesta arriba en la que debían destacar en todo.
Su posición les otorgaba ciertos privilegios: en el castillo, algún soldado despistado la manoseaba, pero nunca se habían atrevido a subirle los ropajes.
En su casa había sitio de sobra, aunque solo tenían dos alcobas; una era el baño y tanto Krista como Calen compartían habitación con Tristán.
Pero aquello estaba bien: su padre no quería separarse de él nunca.
No se fiaba de nadie, ni siquiera de la reina.