A SUS PIES CAPÍTULO 1 LA REALEZA #3
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CAPÍTULO 1 LA REALEZA #3

Poseía una melena de un rubio ceniza tan claro que, bajo la luz de las velas, desprendía reflejos plateados. Era un cabello denso y ondulado que le caía en cascada hasta la espalda, a menudo desordenado, otorgándole un aspecto de "belleza salvaje" que rompía con el protocolo de la corte.

Tenía una estatura media, pero su porte la hacía parecer más alta.

Sus hombros eran finos y elegantes, dando paso a un busto firme y proporcional que ella no se molestaba en ocultar tras pesados ropajes.

Su cintura era estrecha, abriéndose en unas caderas amplias y sinuosas que eran la envidia y el deseo de todo Frainord.

Sus extremidades eran largas y torneadas; sus manos, de dedos finos y uñas cuidadas, se movían con una gracia felina, ya sea para acariciar la seda o para empuñar el mango de un puñal.

Despedía un aroma a nardo y sándalo, un perfume denso que parecía quedarse impregnado en la piel de quienes se acercan demasiado.

Había algo en su desnudez que no resultaba vulnerable; al contrario, Mireia parecía usar su propio cuerpo como una armadura de seducción, consciente de que cada curva de su anatomía era un arma capaz de derribar la voluntad del guerrero más aguerrido.

Por desgracia, Lidia miró un segundo de más.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó la soberana, haciendo que Krista cerrara los ojos y se girara para seguir con sus tareas.

—Perdón, majestad. Admiraba su belleza, siento mi indiscreción.

—No, no te preocupes... Ven.

Krista dejaba el orinal en su sitio y limpiaba con su propia túnica las salpicaduras de la zona, mientras Lidia se acercaba a la reina con el balde recién llenado.

A esa hora el agua estaba helada. La reina la miró extrañada, juntó las manos para llenarlas de agua y se lavó la cara.

El frío al contacto con la piel hizo que todo su cuerpo se estremeciera.

Lidia se descubrió a sí misma mirando cómo se le encogían los pezones a la reina, quien le soltó:

—Mis ojos están más arriba.

Lidia levantó la mirada con los ojos muy abiertos.

—Perdone, su majestad, no sé qué me ha pasado hoy.

La reina empezó a olfatearla como un sabueso siguiendo una pista; olió su cuerpo y su cara, notando sin duda el rastro que sir Eduard le había dejado en la boca.

—¿Ha sido una mañana movidita? —preguntó la reina.

—Mi señora, yo no...

—Ya imagino lo que ha pasado. ¿Con quién tengo que hablar?

Krista interrumpió:

—Sir Eduard ha pensado que venimos incluidas en el menú.

La reina giró el cuello con tal velocidad que le crujió.

—No hablo contigo, Krista. Dime —continuó mirando de nuevo a la joven—, ¿crees que tu ayudante podrá acabar aquí ella sola?

Krista vio cómo la mano de la reina acariciaba la cara de Lidia, solo para después llevársela a la nariz y oler los restos de ese... ser.

La veterana tardó en contestar, mirando cómo la reina le quitaba el balde de las manos para dejarlo sobre un arcón de madera y se acercaba a ella.

Sin tapujo alguno, la soberana procedió a deslizar la túnica de la limpiadora sobre sus hombros, haciendo caer sus ropajes hasta dejarla totalmente desnuda; luego, le agarró la mano y la puso sobre uno de sus pechos.

Krista, boquiabierta, se quedó muda. Fue entonces cuando la mano de la reina tocó el vello púbico de Lidia, que aún estaba humedecido por los fluidos del encuentro anterior, y volvió a llevarse los dedos a la nariz, inhalando el rastro como si bebiera de él.

Para su sorpresa, Lidia parecía distinta; esta vez no había una mirada de resignación, sino de aceptación, incluso de deleite.

La reina, lejos de cohibirse, se limitó a preguntar a Krista sin apartar la vista de la joven:

—Te puedes ir o te puedes unir. Tú verás.

Lidia acariciaba el pezón de la reina, que se endurecía bajo sus dedos; incluso se permitió pellizcarlo ligeramente.

Mireia bajó de nuevo su mano y buscó entre el vello la entrada, rodeando con la yema del dedo los labios internos mientras miraba directamente a los ojos de la limpiadora.

Los párpados de Lidia se habían entrecerrado, perdidos en el azul de la mirada de la soberana.

Su respiración era fluida, pero en cuanto Mireia penetró en ella, la boca de Lidia se abrió soltando un gemido sordo, enviando el olor del clímax de Eduard directamente a la cara de la reina.

Aquello provocó que Mireia la besara, pero no era un beso normal.

Krista vio deseo, no amor; vio pasión y diversión, pero no cariño.

En ese beso había más lengua que labios.

Sin duda, Lidia podría acabar ella sola lo que había empezado.

Krista se sorprendió al notar que una gota de humedad caía entre sus propios muslos y se dijo que era hora de marcharse.

—Os dejo, mi señora. Adiós.

Pero hablaba a la nada; ni la una ni la otra parecieron escucharla.

Krista caminaba con paso autómata, esquivando los charcos del sendero que conducía a su hogar.

Sin embargo, sus pensamientos no estaban en el barro, sino tras las pesadas contraventanas de madera de la alcoba real.

La imagen de la reina, con su piel de porcelana y aquellos ojos azules, casi transparentes, se le había quedado grabada a fuego.

Podía imaginar perfectamente lo que estaba ocurriendo en ese mismo instante sobre el lecho de columnas.

Visualizó a Lidia, entregada y pequeña frente a la soberana.

Imaginó las manos finas de la reina recorriendo de nuevo el cuerpo de la muchacha, no con la brusquedad de Eduard, sino con una curiosidad felina y dominante.

En su mente, el rubio ceniza del cabello de Mireia se mezclaba con la túnica descartada de Lidia en el suelo, mientras los gemidos de la joven esta vez nacidos del deleite y no de la resignación llenaban el espacio entre los tapices de arras.

Imaginó a la reina saboreando cada rastro de la humillación previa para transformarlo en algo suyo, en un juego de poder donde ella era la única dueña de los cuerpos y las voluntades.

Al pensar en las manos de Mireia guiando a Lidia, Krista sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima.

La humedad entre sus propios muslos, persistente y cálida, era un recordatorio traicionero de que su cuerpo había reaccionado ante aquel despliegue de lujuria.

Se sintió vulnerable, expuesta ante sus propios deseos prohibidos.

Calen, susurró para sí misma, apretando el paso.

Deseaba que su marido regresara cuanto antes.

Necesitaba el peso de su armadura, el tacto rudo de sus manos curtidas en la batalla y la seguridad de su pecho para acallar las imágenes que la atormentaban.

Necesitaba que él borrara con su realidad el rastro de la reina, antes de que esa fascinación oscura acabara por consumirla a ella también.

La idea de la soberana ofreciéndole unirse al juego seguía resonando en su cabeza como una promesa peligrosa, y solo Calen, con su bondad y su fuerza, podía salvarla de caer en la tentación de volver a mirar atrás.

Cuando por fin divisó su pequeña casa, la luz del hogar que Tristán mantenía encendido le pareció el único refugio seguro en un mundo que, de pronto, se había vuelto demasiado turbio y excitante.

En la aldea fortificada de Magnord, Calen intentaba dormir; mañana sería un día duro.

Debían construir los puestos de vigilancia, una red de pequeñas cabañas distribuidas a lo largo del camino para avisar en caso de alarma.

La idea era simple: colocar un puesto donde un vigía viviría durante varios días junto a una pira de leña que prendería si surgía algún problema.

A cierta distancia se erigiría otra, y otra más, hasta llegar a Frainord.

Así conectaban las conquistas sin necesidad de deshacerse del grueso de las tropas dejando guarniciones en cada ciudadela.

Según el plan, diez soldados guardarían Magnord y otros diez actuarían como vigías, turnándose cada semana en sus puestos.

Deberían encender la pira tanto si veían prenderse la señal vecina como si, una vez cumplido el tiempo del relevo, nadie aparecía para sustituirlos.

Al amanecer, Ander ya daba órdenes cuando Calen salió a la calle.

Por suerte, la lluvia había cesado y el día pintaba bien; persistía la neblina inherente a la proximidad del mar, pero el sol no tardaría en disiparla.

Mientras iniciaban el primer emplazamiento de la zona de alarma, Calen dejó a uno de sus hombres a cargo de la construcción y se acercó a su oficial.

—Vamos a echar un vistazo. Coge los caballos y nos vemos en la entrada.

Ander asintió sin preguntar; frente a la tropa, nadie discutía con el capitán. Pero una vez en la puerta y a solas, Ander se atrevió a cuestionarlo:

—¿A dónde quieres ir?

—Quiero ir hacia el mar. Quiero ver si se han ido o si están bien.

—¿Si están bien? ¡Nos van a coser a flechazos! —exclamó Ander.

—Si en realidad son campesinos, no creo que tengan armas. ¿Has visto algo en este... fuerte, si es que se le puede llamar así, que te haga sospechar que aquí había guerreros?

Ander bajó la cabeza.

—No, pero aunque sean simples campesinos, imagino que saldrán a cazar. Y después de echarlos de sus tierras, dudo que estén muy contentos.

—Por eso mismo vamos a ver si queda alguno y si necesita ayuda. Pero mantente alerta, porque... ¿sabes qué buscamos realmente?

Ander lo miró extrañado.

—¿A ver si queda alguien y ayudarlo?

—No. Buscamos al tercer espía. Salieron tres a explorar, pero en el fuerte solo he visto a dos. Me temo que ese hombre ha muerto o, peor aún, está haciendo de las suyas. Porque si lo pillo abusando de alguna campesina, te aseguro que morirá por mi propia mano.