CAPÍTULO 1 LA REALEZA #2
—Suerte tienes de que tu marido sea el capitán —replicó Lidia—. Yo me las tengo que ver con cada uno aquí... Mi culo ha pasado por todas las manos.
Krista no supo qué responder. Era cierto que los hombres del castillo se tomaban libertades que no debían con las criadas, pero la crudeza de Lidia casi la hizo estallar en una carcajada.
Incluso la reina fue muy manoseada antes de ascender; ni qué decir tiene que, una vez convertida en soberana, rodaron cabezas, y algunas no fueron cortadas lo bastante rápido como para procurar una muerte dulce.
Las dos empleadas iban siempre juntas, no porque el trabajo fuera pesado, sino porque Krista acompañaba a Lidia con la intención de que su posición la protegiera.
Sin embargo, no siempre era posible salvarla de los toqueteos; incluso intentando sacarla del apuro, Krista había recibido algún que otro bofetón.
La situación era muy distinta cuando Calen estaba en casa, pero ahora se encontraba a varios días de distancia.
Se sentía vulnerable, y tanto ella como Lidia lo sabían perfectamente.
—Cinco habitaciones hechas; nos quedan diez más y la alcoba real —dijo Lidia con entusiasmo.
El castillo, aunque muy fortificado, no era muy grande.
En la planta baja estaban la armería, las comandancias donde dormía la milicia real y quince alcobas pertenecientes a asesores y demás gente de confianza de la reina.
Tiempo atrás, allí vivieron los padres y la hermana de la soberana, pero en la batalla de Thoral cayó mucha gente.
La reina, al sentirse perdida, se encerró en su alcoba temiendo lo peor y tuvo que ser Calen quien se pusiera al mando; para entonces, toda la familia real había muerto.
Así, las habitaciones de abajo dejaron de pertenecer a buenas personas y acabaron ocupadas por defensores de la reina, hombres que no eran precisamente ejemplares.
—Buenos días, limpieza —dijo Lidia con su voz más suave.
Sobre la cama yacía Eduard, tumbado boca arriba.
Entre sus piernas, las sábanas se elevaban describiendo una erección matutina.
Abrió los ojos sin pudor, desnudando a Krista con la mirada, aunque tardó un instante en darse cuenta de a quién observaba y cambió su objetivo hacia Lidia, quien le daba la espalda por decoro para evitar miradas incómodas.
—Hola, chicas, qué bien que hayáis venido —dijo, baboseando las palabras.
Lidia, acostumbrada por desgracia a ese trato, se apresuró a coger el orinal.
Recordaba lo que Krista le había dicho el primer día que alguien la manoseó: Si alguien intenta hacerte algo, recoge el bacín; no hay nada que baje tanto el humor de un hombre como el olor de su propia mierda.
Pero cuando Lidia entró al baño, el recipiente estaba vacío.
—Ven, chiquilla, no muerdo —espetó Eduard.
Krista le miró a los ojos.
—Mi señor, si nos retrasamos no llegaremos a tiempo a la alcoba de la reina, y no querrá que tengamos problemas con Mireia, ¿no?
Krista usó todo lo que tenía para intentar salvar a Lidia, incluso mencionó el nombre de la reina para dar a entender que tiempo atrás fueron amigas. Pero lo que recibió fue una mirada que le heló la sangre.
—Entonces sal de aquí y ve avanzando trabajo; yo tengo que hablar con esta jovencita.
Krista miró a Lidia, quien ya se las había tenido que ver con varios de aquellos nobles, y la joven asintió.
Krista volvió a mirar a Eduard, que había bajado la mano hacia la montaña de sábana que empezaba a moverse; finalmente, se giró y salió de la alcoba dejando la puerta entreabierta, esperando que el miedo a ser vistos u oídos le frenara. Por desgracia, eso no ocurrió.
—Ven, siéntate.
Lidia obedeció. Él tomó su mano y la introdujo bajo las sábanas.
La limpiadora no se escandalizó al palpar lo que escondía la tela.
Krista observaba tras la puerta y se le encogió el corazón al ver cómo el asesor real agarraba a Lidia por el pelo, obligándola a bajar hasta donde él quería.
Lidia pareció entrar en trance y cumplió la orden: abrió la boca. ..
Sintiéndose protegida por su posición, Krista corrió a limpiar cada alcoba restante con brusquedad, queriendo evitar que Lidia se viera en otra situación similar con hombres distintos el mismo día.
Lo hizo todo lo más rápido posible, pasando de vez en cuando frente a la habitación de Eduard para mirar a través de la rendija.
Cada vez que pasaba, la veía en distintas posturas; aquel salvaje estaba dándolo todo de sí, de haber sido consentido, la verdad es que Eduard tenía aguante.
Los gemidos de ambos atravesaban la puerta y llegaban al pasillo mientras Krista corría.
Solo quedan tres, se decía para sus adentros.
En la última habitación se oyó el grito de Eduard, quien sin duda había alcanzado el clímax, y Krista, agotada, pudo al fin bajar el ritmo. Ya solo queda la alcoba de la reina, se dijo. Mientras hacía la cama apareció Lidia, con el pelo alborotado y los ojos perdidos.
—Lo siento mucho —le dijo la veterana.
Pero Lidia se limitó a responder:
—Si no fuera porque ese cerdo se ha corrido en mi boca, no habría estado tan mal. Creo que ya no me importa: trabajo, comida y diversión en el mismo pack.
Krista sonrió sabiendo que ella intentaba quitarle importancia a algo que, sin duda, la marcaba y que poco a poco la iría destruyendo por dentro; pero no quiso insistir.
Juntas terminaron la estancia y se dispusieron a subir las escaleras hacia los aposentos reales, donde la reina aguardaba.
Krista era la encargada de llamar y, tras saludar a los soldados que custodiaban la puerta —uno de los cuales se giró para sobarle el culo a Krista sin que esta se inmutara—, la voz de la reina se oyó tras la madera, haciendo que el guardia saltara como un resorte recuperando su posición.
La puerta se abrió y allí, en la cama, yacía la soberana.
—Buenos días, majestad —dijeron las limpiadoras al unísono.
La reina, aún medio dormida, se sentó en el lecho mirando al suelo, recuperándose de alguna resaca o de una noche movidita con algún soldado, y respondió:
—Sí, sí... eso.
La estancia era un santuario de piedra y seda, donde el aroma a cera de abeja se mezclaba con el almizcle de los perfumes importados.
Al ser la habitación más protegida, sus muros eran de una sillería impecable, ocultos tras pesados tapices de arras que representaban escenas de caza y mitos antiguos; estas telas no solo decoraban, sino que servían para retener el calor frente a la humedad del exterior.
En el centro dominaba una cama de columnas de roble tallado, elevada sobre un estrado de madera para evitar el frío del suelo.
De su dosel colgaban cortinajes de terciopelo carmesí que, al cerrarse, creaban una habitación dentro de la habitación.
Las sábanas eran de lino finísimo y las mantas de piel de marta, dispuestas de tal forma que el cuerpo de la reina quedara siempre envuelto en suavidad.
A un lado descansaba un sillón de madera con respaldo alto y recto y una mesa pequeña con incrustaciones de marfil donde reposaba un espejo de metal pulido y un peine de hueso.
La luz entraba de forma sesgada a través de dos ventanales divididos por una pequeña columna.
En esta época, el vidrio soplado era un lujo extremo y solía presentarse en pequeños rombos emplomados que distorsionaban la vista.
Para protegerse del viento, las ventanas contaban con contraventanas de madera maciza reforzadas con herrajes de hierro forjado, que las criadas cerraban al caer la noche para asegurar el aislamiento total.
En arcas de roble que reposaban en el suelo, se apilaban las túnicas de mangas inmensas que llegaban al suelo, las cotardías ajustadas que resaltaban el busto y los surcotes abiertos por los costados.
Predominaban los brocados de seda, el damasco y el paño de lana escarlata.
En una esquina, un pequeño mueble de estanterías abiertas exhibía los hennins (tocados cónicos) y las cofias de red de oro que Mireia usaba en las audiencias.
En un rincón discreto se encontraba la tina de madera reforzada con aros de cobre, que las criadas debían llenar con cubos de agua calentada en la cocina del piso inferior.
Junto a ella, el soporte para el balde de agua y el orinal de madera con tapa, que Krista y Lidia debían vaciar a diario, oculta tras un biombo de tela bordada.
Las limpiadoras empezaron sus tareas. Lo primero siempre era vaciar el orinal y cambiar el agua, para lo cual salían ambas de la sala. Al vaciar el recipiente en el pozo negro y taparlo, Lidia comentó sin maldad:
—Hasta las reinas cagan mierda, y menuda... esta debió de doler.
Las dos rieron, olvidando momentáneamente el episodio con Eduard. Krista lavó el orinal y Lidia llenó el balde de agua limpia. Se dispusieron a subir con cuidado de no derramar el líquido; al llegar a los aposentos, llamaron hasta escuchar la invitación y abrieron la puerta.
Allí estaba ella, totalmente desnuda. El sol recortaba su silueta esbelta perfilando sus contornos; en verdad era preciosa, y ni el vello del sobaco, las piernas o el pubis afeaban tal cantidad de belleza.
Lo primero que cautivaba y aterraba eran sus ojos.
Eran de un azul tan pálido que rozaban lo transparente, como el hielo de un glaciar bajo el sol de mediodía o el cristal soplado más puro.
Esa mirada parecía carecer de fondo, cuando observaba, no parecía mirar la superficie, sino escudriñar los secretos más oscuros de quién tenía enfrente.
Su piel tenía la textura de la porcelana fina, de un tono marfil que resaltaba el suave rubor de sus mejillas y el rosa encendido de sus labios, que eran carnosos y solían estar curvados en una mueca de sutil arrogancia.
Su nariz era recta y aristocrática, y su mandíbula, perfectamente perfilada, le otorgaba un aire de mando incluso cuando estaba en silencio.