CAPÍTULO 1 LA REALEZA
En Frainord, Krista preparaba un guiso bajo la atenta mirada de su hijo, Tristán.
Aunque con solo seis años el pequeño no podía hacer mucho, ya había limpiado el orinal y acicalado el caballo de su madre; ahora la observaba cocinar el estofado mientras ella canturreaba una canción de victoria, muy popular últimamente entre los bardos debido a las conquistas recientes.
—Tu padre llegará pronto, no te preocupes —dijo la mujer, despeinando el cabello moreno del niño.
Solo espero que esta vez no pierda ningún caballo, pensó Krista, ya que la última vez Mireia no lo dejó dormir por tres días.
La reina siempre había sido una buena mujer.
El rey Guiren no había reinado más de diez años desde que su padre le cediera el trono de Frainord tras morir por enfermedad.
Guiren se casó con una de sus sirvientas dos años después de asumir la corona, y todo fluyó con relativa naturalidad hasta que él también empezó a enfermar.
Fue entonces cuando Mireia tuvo que ir asumiendo responsabilidades que le venían grandes.
Krista y Mireia habían servido como limpiadoras del castillo durante más de tres años, pero cuando Mireia empezó a intimar con el rey, se fueron distanciando.
Ahora la reina parecía poseída; había cambiado muchísimo.
Las responsabilidades asumidas con tanta prisa la habían hecho enloquecer: pasó de cuidar de su esposo a comandar un ejército.
La gota que colmó el vaso fue el ataque sufrido por el clan de los Thoral.
Sin duda, tras la muerte del rey, se vieron poderosos y capaces de derrocarla; lo habrían logrado de no ser por Calen.
De no ser por él, ella habría perdido el reino entero.
A raíz de aquello, la mente de la reina se trastornó y se volvió pura furia.
Amó a su marido hasta su último aliento, pero ahora todo dependía de ella, y los Thoral iban a pagarlo caro.
Primero atacó sus cosechas y ganado, sitiándolos en su asentamiento, y luego ordenó el ataque contra ellos hasta aplastarlos a todos.
Sin embargo, su ira se convirtió en ambición y fue conquistando más tierras conforme pasaba el tiempo.
Poco a poco, fue dejando de lado no solo a Krista, sino a cualquiera que le diera consejos que no quisiera oír.
Los rumores sobre sus gustos y celebraciones corrían por las calles de Frainord: historias sobre orgías con todo tipo de relatos de criadas y soldados que, poco después, aparecían sin cabeza o, directamente, no volvían a aparecer.
—¡Cargad! —gritó Calen, y la lluvia pareció abrirse a su paso.
El lodazal donde se encontraban hizo que la carga fuera dolorosa para los sementales, pero aquellas bestias arrasaban con todo.
Al situarse a distancia de arco, no salió ninguna flecha desde la fortificación; aunque los jinetes esperaban una lluvia de proyectiles, no parecía haber vida tras los muros, así que la carga continuó.
Al llegar a las puertas, nada: el silencio era sepulcral.
Ander mandó llamar a los arietes, pero Calen frenó la orden.
—Espera —dijo con tono seguro—. Que alguien trepe la empalizada; veremos qué hay dentro.
Sus ojos buscaron al espía al que había golpeado momentos antes, pero, haciendo gala de su pericia, el hombre había desaparecido de su vista.
Sin dudarlo, el capitán pidió un garfio.
Uno de los soldados lo lanzó para anclarlo a la empalizada y comenzó a trepar.
Calen ordenó a los arqueros cubrir la ascensión, pero el escalador llegó a la cima solo para descubrir el vacío.
—¡Se han ido, mi señor!
Calen dio gracias a los cielos y se limitó a ordenar:
—¡Pues abre las puertas! ¿O esperas que nos quedemos aquí fuera?
El soldado desapareció tras los muros y, al cabo de unos instantes, gritó desde el otro lado:
—¡Mi señor, el tronco que bloquea la puerta es muy pesado! ¿Podría alguien ayudarme?
El capitán alzó cuatro dedos y señaló la empalizada, que se vio asediada por cuatro garfios en el acto.
Cuatro soldados más la treparon. La lluvia no había cesado en toda la mañana y permanecer quieto bajo aquel aguacero ensordecedor era brutalmente peligroso; los hombres morían de gripe más rápido que por la espada, y el agua ya calaba a todo su ejército.
Tras el muro se oyeron golpes sordos. Sin duda habían atrancado la entrada con un gran tronco y los soldados intentaban cortarlo o apartarlo.
Mientras tanto, Ander se ocupó de disponer una formación que vigilara en todas direcciones, especialmente hacia la arboleda donde los espías se habían infiltrado.
De tratarse de una emboscada, él la habría ejecutado desde allí: bastaba con identificar a los espías, matarlos en silencio y atacar al ejército cuando estuviera acorralado contra el muro de la empalizada.
Sin embargo, el ataque nunca llegó. Un estruendo precedió a la apertura de las puertas y el ejército entero comenzó a entrar.
Calen dio la orden de inspeccionar cada rincón de la aldea en busca no solo de algún rezagado, sino de cobijo y comida para todos.
El contingente se desplegó en abanico, llenando cada calle y cada casa.
Tanto el capitán como Ander agudizaron el oído buscando alguna pista, pero el tiempo pasó y el silencio persistió: la fortificación estaba vacía.
Era hora de construir. Desmantelaron varias casas de madera para fabricar cobertizos para los caballos y el resto de los hombres buscó refugio donde pudo.
Calen y Ander entraron en una casa; no era la más elegante ni la más amplia, era simplemente la que les pillaba más cerca.
—Una buena victoria, ojalá todas fueran así —dijo el capitán.
Pronto fue interrumpido por uno de los espías que, a juzgar por su disfraz de camuflaje intacto, era otro distinto al de la primera vez.
—Mi señor, los aldeanos han huido hacia el mar. Allí están embarcando en botes; si nos apresuramos, nuestros arqueros podrán diezmarlos en tres andanadas. No parece haber soldados, son todos campesinos.
El crujir del cuero del guantelete del capitán rompió el silencio. Ander miró hacia otro lado, pero esta vez Calen se contuvo.
—¿Qué quieres? ¿Que matemos a campesinos desarmados que están huyendo? —preguntó al espía.
Este, sin hacer ninguna mueca, le espetó:
—Claro, mi señor. Son presa fácil.
Ander se interpuso entre el capitán y el espía.
—Retírese y busque donde guarecerse, soldado. Por hoy se acabó la batalla.
—Sí, señor —replicó de mala gana el espía. Se giró y salió de la estancia hacia la lluvia; sin duda le había fastidiado no tener ningún “trofeo” sangriento que mostrarle a la reina o no haberse divertido con alguna campesina.
—Dime, Ander, ¿qué estamos haciendo? —preguntó Calen.
—Solo cumplimos las órdenes de la reina.
—Sí, pero esas órdenes... son contra campesinos. La reina, sin duda, podría haberse ganado su favor; podrían surtir de comida y ganado a todo Frainord. En lugar de eso, se nos ordena matarlos a todos. ¿Cuánta tierra queremos si no tenemos gente para llenarla?
Ander se encogió de hombros.
—No lo sé. Espero que la reina sea sabia, pero desde el ataque de Thoral no sé qué queda en esa preciosa cabecita.
Calen le miró con una sonrisa. La reina Mireia era, sin duda, una belleza, y no era un secreto que Ander estaba obsesionado con ella.
De rasgos casi infantiles, sus veintiocho años le daban un aspecto muy saludable y unas curvas capaces de cortar el aliento.
Además, desde la muerte de su esposo, dejó de lado las túnicas de la realeza y empezó a vestirse con sedas ajustadas y pieles finas que apenas cubrían su cuerpo.
Estar delante de ella era contemplar, al mismo tiempo, la belleza de un ángel y la ira de un demonio; nunca se sabía por dónde saldría y contradecirla era perder la cabeza, literalmente.
—Ander, amigo mío, esos pensamientos te acabarán pasando factura.
Este sonrió de medio lado.
—No lo puedo evitar. El otro día juraría que me miró y sonrió, y creí poder volar.
—Pues ándate con ojo. Si por algún casual te llama para aliviarse y no cumples, es muy posible que lo que vuele sea tu cabeza.
Los dos se echaron a reír.
Cuando el guiso estuvo listo, Krista salió de casa, no sin antes darle un beso a Tristán y pedirle que cuidara del hogar. Empezaba su turno en el castillo.
—Tienes la comida hecha y la casa recogida, apenas tienes nada que hacer. Ve a jugar y vuelve a la hora de comer; dejaré el fuego encendido, ya sabes cómo calentarte el plato. Volveré cuando acabe en el castillo.
—Sí, mamá.
Caminó con paso firme hacia la entrada principal.
Sus labores como limpiadora seguían vigentes, aunque su compañera de limpieza había sido sustituida, ya que la anterior desapareció un día misteriosamente.
La nueva no tendría más de veinte años, pero se la veía resuelta; la chica rebosaba energía.
Trabajar en el castillo era un honor y ella había conseguido el puesto, lo que garantizaba que a su familia no le faltara comida. Se encontraron en la puerta.
—Lidia...
—Krista...
Se saludaron y cruzaron el umbral como cada día, comenzando por la planta baja.
La alcoba de la reina era siempre la última, ya que esta solía dormir hasta tarde y no querían molestarla bajo ningún concepto.
Provistas de un plumero y un cepillo de ramas finas, su labor consistía en barrer, hacer camas, vaciar letrinas, reponer el balde de agua para el aseo y quitar el polvo.
El castillo contaba con su propio huerto, establos y cochiquera, por lo que deshacerse de los desechos era relativamente fácil: cavaban un agujero en la tierra y los enterraban allí.
Luego aclaraban los recipientes con agua de un río cercano, que llegaba mediante un acueducto directamente al castillo, llenaban los baldes y lo colocaban todo en su sitio.
—La gente del castillo es más cerda que los propios cerdos de las cochiqueras —dijo Krista—. Aquí han llegado a cagar en el balde del agua limpia.