A SUS PIES
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PRÓLOGO
En una tienda levantada a toda prisa para evitar la lluvia, Calen estaba sentado en un tocón recién cortado que le servía de asiento, discutiendo sobre un tablero rústico con Ander, su primer oficial.
—No parece haber foso. Odio los fosos —dijo Ander.
El capitán miraba la mesa, donde trozos de madera simulaban la fortaleza que debían atacar.
—No sé si habrá fosos, pero si los hay, los arqueros se ocuparán de quienes estén detrás. El problema es la caballería; si pierdo más caballos, me las tendré que ver con la reina, y ten por seguro que no quiero eso.
A Ander se le encogió el rostro al oír aquello; la soberana era, sin duda, el peor enemigo al que alguien quisiera enfrentarse.
—Entonces... ¿qué hacemos? —preguntó.
—No lo sé. El enemigo debe de estar temblando, como nosotros, pero hemos de meterles el miedo en el cuerpo. Tendremos que entrar en la fortaleza; no creo que salgan para morir —luego, miró otra vez la mesa—. Pero hemos de suponer que habrá de todo. ¿Qué pasa con los espías?
Ander le miró y asintió.
—Ya deben de estar a punto de volver, pero han tenido que dar un rodeo muy grande entre los árboles para acercarse por detrás sin ser vistos.
Calen arrugó el rostro y, con un tono enojado, gruñó:
—¡Ander, se fueron hace tres días! ¿Cómo van, a rastras?
—Se cubren y han de ser precavidos —replicó Ander—. Si los ven, todo lo que descubran no servirá de nada.
Calen era un capitán poderoso, pero ante todo era un buen hombre.
—Lo sé, es solo que estoy nervioso.
Justo entonces, uno de los espías apareció en la tienda. Sus ropajes estaban llenos de ramas y su cara cubierta de barro; de no estar de pie bajo la lluvia, habrían pensado que les hablaba un árbol.
—Señor, vengo a informar.
Calen se levantó y caminó hacia él.
—Rápido, dinos qué has visto.
El espía, mitad hombre y mitad naturaleza, se limitó a sonreír mientras decía:
—Nada, mi señor. No hay nada. Toda la aldea se está escabullendo por detrás. He dejado a mis hombres allí ocultos para que, cuando empiece la carga, acabemos con el máximo número de enemigos.
Calen le propinó un bofetón que le limpió parte de la cara, dejando ver un rostro sucio de nariz aguileña y ojos rasgados, uno de los cuales empezó a oscurecerse. Sin duda, Calen odiaba a los abusones.
—No son enemigos, son aldeanos. No queremos matar a todos los que veamos; solo buscamos sus tierras. Si se rinden sin luchar, mejor.
El espía continuó con un aire de superioridad:
—Pero la reina...
El capitán avanzó hacia él y el hombre se cubrió instintivamente.
—La reina quiere más tierras, pero yo no mato por matar.
Apartó al espía de un empujón, tirándolo al suelo embarrado, y se acercó con paso lento hacia su montura.
Iba lo más despacio posible para darles tiempo a los aldeanos a huir.
Sabía que, aunque la mayoría de sus hombres eran soldados, el resto eran sucios salvajes que aprovechaban estas escaramuzas para ultrajar o torturar a inocentes campesinas.
Aunque eso formaba parte de la guerra y era algo común, no estaba dispuesto a permitirlo, incluso si tenía que enfrentarse a la mismísima reina.
Montó sobre Ganul, su caballo, trotando de un lado a otro para alentar a las tropas.
Su ejército era el mayor de la zona y la batalla estaba ganada de antemano, pero habría bajas; eso era de esperar.
Aunque solo quedara un solo defensor, ese único guerrero podría causar estragos.
A pesar de que su estrategia nunca fallaba, siempre existía el riesgo de caer, y el miedo de no volver a casa permanecía allí, como el óxido en el metal, corroyendo el valor de sus tropas.
—¡Hoy es el día en que todo acabará! —gritó por encima del estruendo de la lluvia—. ¡Hoy nos ganaremos un buen descanso y la gratitud de la reina! ¡Hoy, por fin, terminaremos esta batalla!
Las huestes jalearon el discurso. Más de cincuenta hombres montaban los mejores caballos existentes (eran unos animales imponentes, con una alzada de 1,70 metros hasta la cruz) y más de doscientos hombres formaban la infantería entre lanceros, arqueros y soldados.
Calen prefería defender antes que atacar, pues desconocía cómo se había preparado el otro bando, pero estaba listo para lo que surgiera.