A salvo en tus brazos CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Lo primero que Caleb advirtió fue que Elliot había dejado de temblar.

Unos minutos antes, temblaba tanto que el vaso de agua que tenía en la mano le chocaba contra los dientes.

Ahora estaba junto a la isla de la cocina, con el gesto sereno y el teléfono pegado a la oreja mientras la detective Hayes les daba instrucciones que ninguno de los dos podía permitirse malinterpretar.

Caleb conocía aquella mirada. Había visto algo parecido en la cara de sus compañeros de equipo justo antes de los partidos importantes, cuando el pánico daba paso a la concentración porque ya no quedaba tiempo para el miedo.

Al otro lado de la puerta principal, Adrian Whitlock seguía gritando.

—¡Sal aquí fuera, Morgan! ¡Sé que me oyes!

Walter gruñó desde el pasillo.

Caleb miró al perro y después a los amplios ventanales que daban al camino de entrada. Las luces de seguridad iluminaban la grava en franjas pálidas, pero el ángulo le impedía ver al hombre que estaba fuera.

—No te acerques al cristal —susurró Elliot.

Caleb asintió.

Oía a la detective Hayes por el teléfono de Elliot.

—Los dos tienen que ir a la habitación que les enseñó Martin. Los agentes se acercan por el camino de acceso este. No abran ninguna puerta exterior, pase lo que oigan.

—Martin está ahí fuera —dijo Caleb.

Hayes vaciló.

—Estamos intentando localizarlo.

Caleb miró hacia la entrada.

El interfono volvió a crepitar.

—Tu guardia de seguridad no va a ayudarte.

A Elliot se le fue el color de la cara.

Caleb sintió un impulso tan violento de salir corriendo que estuvo a punto de dar un paso.

En vez de eso, se agarró al borde de la encimera.

—Dime qué quieres —gritó.

Elliot se volvió bruscamente.

—Caleb.

Caleb levantó la mano para pedirle un momento.

El altavoz siseó.

—¿Lo que quiero? —Whitlock soltó una carcajada—. Sigues sin entenderlo.

—Entiendo que crees que le hice daño a tu hermano.

Hubo un breve silencio.

Entonces Whitlock dijo:

—Tú ayudaste a destruirlo.

Caleb cerró los ojos.

Recordó a Samuel Whitlock en la residencia universitaria: llevaba los libros bajo el brazo y evitaba la sala común siempre que los futbolistas se reunían allí. Recordó a un joven que se fue volviendo más callado a lo largo de un semestre hasta que un día, sencillamente, dejó de estar allí.

Caleb nunca había conocido de verdad a Samuel.

Esa era parte de la vergüenza.

Había vivido a unas pocas puertas de alguien a quien humillaban sistemáticamente y había logrado no saber casi nada de él.

—Tienes razón en una cosa —dijo Caleb—. Debería haberlo ayudado.

—No te atrevas.

La furia en la voz de Whitlock lo sobresaltó.

—Ahora no tienes derecho a decir eso.

—No te estoy pidiendo que me perdones.

—¿Crees que las disculpas cambian algo?

—No.

—Entonces sal fuera.

Caleb miró a Elliot.

Elliot negó con la cabeza.

La voz de Hayes salió del teléfono.

—Señor Morgan, deje de darle conversación. Nuestros agentes están a punto de ocupar sus posiciones.

Caleb tragó saliva.

—Adrian, ¿qué le pasó a Samuel?

La respuesta llegó en voz tan baja que Caleb casi no la oyó.

—Murió.

Las palabras se quedaron flotando en la cocina.

Caleb miró a Elliot.

Los ojos del fisioterapeuta se llenaron de espanto.

—Hace dos años —continuó Whitlock—. Tenía treinta y cuatro. ¿Sabes lo que es enterrar a alguien que se pasó la vida entera intentando convencerse de que no era un inútil?

Caleb no pudo responder.

—Trabajó. Intentó hacer amigos. Hasta se casó durante un tiempo. Pero nunca creyó que nadie lo quisiera de verdad a su lado. Cada vez que algo salía mal, pensaba que se lo merecía. Eso es lo que le hicisteis vosotros.

—Lo siento —susurró Caleb.

Whitlock gritó algo ininteligible.

Un objeto pesado golpeó la puerta principal.

Walter ladró.

Elliot lo agarró del brazo.

—Tenemos que movernos.

Caleb miró hacia el pasillo.

La habitación segura estaba en la parte trasera de la casa, más allá de la escalera. Martin se la había enseñado la noche anterior. En aquel momento, la puerta reforzada y el sistema de comunicación independiente les habían parecido excesivos.

Ahora Caleb agradecía todas y cada una de aquellas precauciones.

Se movió con cuidado y cogió la muleta que estaba junto a la encimera.

Elliot lo siguió, sin dejar de hablar con Hayes.

Iban por la mitad del pasillo cuando les llegó otro sonido de fuera.

Un chasquido seco.

Y después otro.

Caleb se detuvo.

—¿Eso ha sido un disparo?

El gesto de Elliot se tensó.

—Sigue andando.

Llegaron a la habitación segura.

Elliot abrió la puerta y guió a Walter al interior. Caleb entró tras él y se movió con torpeza por la pierna lesionada.

La puerta se cerró detrás de ellos.

Durante unos segundos no se oyó nada más que la respiración de Walter.

Entonces se activó el sistema de comunicación interno de la casa.

—¿Caleb? ¿Elliot?

Martin.

Caleb descolgó el auricular de un manotazo.

—Martin, ¿estás bien?

—Estoy bien. Quedaos donde estáis.

—¿Qué ha pasado?

—Whitlock intentó forzar el paso en la garita después de encararse conmigo en la entrada principal. Las unidades de policía lo interceptaron cerca del camino de acceso.

Caleb cerró los ojos.

—¿Lo han detenido?

—Todavía no. Se ha atrincherado dentro del vehículo de seguridad.

Elliot miró hacia el techo.

Caleb sabía que deberían haberse sentido aliviados. La policía estaba allí. Whitlock estaba controlado. Estaban a salvo tras una puerta reforzada.

Pero lo único en lo que podía pensar era en el hombre que estaba fuera, cuyo dolor se había vuelto tan devorador que había decidido que el sufrimiento de otra persona podía hacer más llevadero el propio.

—¿Va armado? —preguntó Caleb.

Martin tardó un momento en responder.

—Sí.

Caleb miró a Elliot.

—Entonces, por favor, ten cuidado.

El enfrentamiento duró cuarenta y siete minutos.

Más tarde, Caleb recordaría aquel número con una nitidez absurda.

Cuarenta y siete minutos sentado junto a Elliot en un banco estrecho, con Walter tumbado contra sus pies.

Cuarenta y siete minutos escuchando transmisiones de radio ocasionales y el movimiento lejano de los vehículos.

Cuarenta y siete minutos durante los cuales Caleb imaginó todos los desenlaces posibles y descubrió que casi ninguno le resultaba soportable.

En un momento dado, Elliot le buscó la mano.

Caleb se la apretó con fuerza.

Ninguno de los dos habló.

Habían tenido cuidado con el contacto físico desde que Elliot admitió por primera vez la atracción que había entre ellos. Incluso las muestras de afecto más corrientes se habían convertido en algo que analizaban y negociaban, siempre pendientes de la relación profesional que lo complicaba todo.

Aquella noche, a Caleb no le quedaban fuerzas para preocuparse por las apariencias.

Necesitaba saber que Elliot estaba allí.

Sospechaba que Elliot sentía lo mismo.

Al final, el sistema de comunicación chisporroteó.

—¿Señor Morgan? Soy la detective Hayes.

Caleb se levantó demasiado deprisa.

Un latigazo de dolor le recorrió la pierna lesionada.

Se sujetó a la pared.

—¿Sí?

—Whitlock está bajo custodia. La amenaza inmediata ha terminado.

Caleb cerró los ojos.

Elliot dejó escapar un suspiro tembloroso.

—¿Hay heridos? —preguntó Caleb.

—Un agente sufrió heridas leves durante la detención. Está recibiendo tratamiento. Los demás están todos localizados.

—¿Y Whitlock?

—Está vivo. Lo trasladan para que le hagan una evaluación médica antes de tramitar su ingreso.

Caleb apoyó la frente contra la pared.

Llevaba semanas deseando que detuvieran a aquel hombre.

Ahora que por fin había ocurrido, estaba demasiado agotado para celebrarlo.

Hayes se reunió con ellos en el salón después de que los agentes completaran un último registro de seguridad.

La detective parecía más envejecida que por la tarde. Se le habían soltado algunos mechones del peinado impecable y tenía una mancha oscura en una manga que Caleb atribuyó a la gravilla del exterior.

Aceptó un vaso de agua, pero no se sentó.

—Tengo que hacerles unas preguntas a los dos esta noche. Mañana organizaremos las declaraciones formales.

Elliot asintió.

Caleb permaneció a su lado.

Hayes explicó que Whitlock había conseguido una tarjeta de identificación falsificada y ropa similar a la del personal de seguridad contratado. Al parecer, pretendía aprovechar la confusión del cambio de turno de noche.

Martin había detectado ciertas irregularidades y no le había permitido pasar de la entrada.

Whitlock se había puesto violento.

—Intentaba llegar hasta usted —le dijo Hayes a Caleb—. Creemos que se había convencido de que un enfrentamiento directo lo obligaría a reconocer que era responsable del sufrimiento de su hermano.

Caleb bajó la mirada.

—¿Qué le pasó a Samuel?

La expresión de Hayes se suavizó.

—Seguimos reuniendo toda la información. Murió hace dos años. Los registros que hemos obtenido indican que tuvo serios problemas de salud y de índole personal tras dejar la universidad.

—¿Dijo alguna vez que yo era responsable?

—No lo sabemos.

Caleb asintió.

Aquella incertidumbre le dolía.

Durante años se había repetido que no era responsable porque no había participado directamente en el acoso.

Ahora tenía edad suficiente para comprender que aquella distinción, aunque importante, no lo eximía de toda responsabilidad moral.

Pero tampoco lo hacía responsable de las decisiones que había tomado Adrian Whitlock.

Elliot le apoyó una mano en el brazo.

Hayes continuó.

—Whitlock dejó una extensa documentación. Una parte se refiere a su hermano, pero la mayor parte es sobre usted. Sobre su carrera. Sobre su familia. Sobre sus movimientos. Parece que siguió su vida durante años antes de empezar a amenazarlo.

Caleb sintió un escalofrío.

—¿Fue él quien provocó mi lesión?

—Estamos investigando esa conexión. Los registros financieros indican que contactó con alguien relacionado con el club, pero todavía no estamos en condiciones de sacar conclusiones.

—¿Ryan Voss?

Hayes lo miró.

—Es una de las posibilidades.

Caleb pensó en el partido de exhibición.

En el instante en que se le rompió el tendón de Aquiles.

En la extraña posición de los jugadores cerca de la portería.

Y en la hostilidad de Ryan después del partido.