CAPÍTULO 10 #3
Elliot cerró los ojos. La detective suavizó el tono.
—Sé que esto da miedo. Pero ahora tenemos pruebas sólidas y lo estamos buscando activamente.
Caleb asintió. Cuando terminó la llamada, se quedó muy quieto. Elliot lo miró.
—¿Caleb?
Caleb se volvió.
—Debería haberte protegido.
Elliot negó con la cabeza.
—No podías impedir las decisiones de otra persona.
—Yo lo metí en tu vida.
—Caleb.
La brusquedad de la voz de Elliot lo sorprendió. Elliot se inclinó hacia delante.
—Necesito que dejes de tratarme como si fuera algo que te pertenece y que puede romperse porque no tuviste suficiente cuidado.
Caleb se quedó mirándolo. La expresión de Elliot se dulcificó.
—Yo también tengo miedo. Pero no estoy indefenso.
Caleb bajó la mirada.
—Lo siento.
—Lo sé.
Elliot le buscó la mano.
—Y sé que intentas protegerme. Pero necesito que confíes en que podemos afrontar esto sin tomar todas las decisiones el uno por el otro.
Caleb asintió despacio.
—Tienes razón.
Elliot sonrió levemente.
—Normalmente la tengo.
Caleb se rio sin poder evitarlo.
Más tarde vieron una película. Ninguno de los dos siguió la trama con demasiada atención.
Walter estaba despatarrado entre ellos y de vez en cuando levantaba la cabeza si alguno se movía.
Caleb tenía la pierna lesionada apoyada en un cojín.
Elliot estaba acurrucado en el otro extremo del sofá, con una manta sobre los hombros.
En la casa hacía calor. Fuera, la lluvia repiqueteaba suavemente contra las ventanas.
Durante un rato, Caleb casi consiguió olvidarse de la investigación.
Entonces Elliot habló.
—¿Puedo preguntarte algo?
Caleb se volvió hacia él.
—Claro.
—Cuando todo esto acabe, ¿cómo quieres que sea tu vida?
Caleb se lo pensó.
—Quiero volver a jugar.
—Lo sé.
—Quiero volver a casa.
Elliot asintió.
—¿Y?
Caleb lo miró.
—Quiero dejar de tener miedo de que la gente descubra quién soy.
Elliot se quedó callado. Caleb continuó.
—No sé si eso significa hacer un anuncio público. No sé cómo manejaré al club, ni a la prensa, ni a la gente que tendrá algo que opinar.
—No tienes que decidirlo todo esta noche.
—Lo sé.
Miró hacia Walter.
—Pero quiero poder invitar a alguien a cenar sin preocuparme de quién podría hacernos una foto.
Elliot sonrió con dulzura.
—Eso suena bien.
—Quiero cosas normales.
—¿Como cuáles?
Caleb lo pensó un momento.
—Que alguien se queje de que dejo los zapatos en el pasillo.
—Desde luego que me quejaría.
Caleb se rio.
—Que alguien me robe la mitad de la manta.
—Depende del frío que haga en la habitación.
—Alguien a quien le dé igual si paro un penalti el sábado.
Elliot lo miró.
—A mí me importaría.
—¿De verdad?
—Claro. Solo que me importaría más que volvieras a casa contento.
Caleb sintió una punzada inesperada en el pecho.
Bajó la mirada. Por un momento ninguno habló.
Entonces Elliot se acercó un poco más. Sus hombros se rozaron.
Caleb giró la cabeza. Elliot lo estaba mirando.
Había calidez en su expresión y algo más difícil de nombrar.
Caleb quería besarlo. Sabía que Elliot quería lo mismo.
Pero ninguno de los dos se movió. En lugar de eso, Caleb dejó la mano entre ambos, con la palma hacia arriba.
Elliot puso la suya dentro. Siguieron así hasta que la película terminó.
A las once y media, un vehículo policial se detuvo frente a la casa de alquiler. Uno de los agentes de seguridad se acercó. El conductor bajó la ventanilla y mostró su identificación. Tras un breve intercambio, la verja se abrió. El vehículo siguió por el camino de entrada.
Dentro de la casa, Caleb estaba ayudando a Elliot a prepararse para acostarse cuando sonó el timbre. La voz de Martin llegó por el interfono.
—Caleb, aquí hay un agente que dice que lo envía la detective Hayes.
Caleb frunció el ceño.
—No me dijo que fuera a venir nadie.
—Tiene identificación.
Caleb miró a Elliot. El fisioterapeuta ya estaba buscando el móvil.
—Llámala —dijo Elliot.
Caleb asintió. Llamó a la detective. Ella respondió al tercer tono.
—¿Señor Morgan?
—Hay un agente en la casa. Martin dice que lo ha enviado usted.
Hubo una pausa.
—Yo no he enviado a nadie.
Caleb se quedó helado. Miró hacia el interfono.
—¿Martin?
No hubo respuesta. Entonces se oyó un ruido seco fuera. Algo golpeó la puerta principal. Elliot se pegó más a Caleb.
—¿Qué pasa?
Caleb oía movimiento al otro lado de la entrada. La voz de un hombre. Alzada. Furiosa. Entonces el interfono crepitó.
—Caleb Morgan.
Caleb dejó de respirar un instante. Reconoció la voz de los mensajes amenazantes.
—Sal fuera.
Elliot le agarró el brazo. La voz continuó.
—Sé que estás ahí dentro.
Caleb miró el teléfono, que aún tenía pegado a la oreja. La detective Hayes hablaba deprisa y le ordenaba que no saliera y que se alejara de la entrada. Entonces llegó otra voz por el interfono. Una voz cargada de años de rabia.
—Samuel se acuerda de ti, Caleb.
A Caleb se le cayó el alma a los pies.
—Samuel se acuerda de todo.
Y, antes de que pudiera responder, el hombre de fuera empezó a gritarle que abriera la puerta.