A salvo en tus brazos CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Elliot despertó de un sueño que no conseguía recordar con la inquietante sensación de que había alguien de pie junto a su cama.

Abrió los ojos. La habitación estaba vacía.

Una franja estrecha de luz matinal atravesaba la moqueta y unas cortinas que no reconoció se movían levemente con la brisa que entraba por la ventana abierta.

Durante unos segundos no supo dónde estaba.

Después lo recordó. La agresión. El hospital.

Caleb, que lo había llevado a la casa segura.

Le dolía la garganta al tragar. Elliot se quedó inmóvil, atento a los ruidos que llegaban de la planta baja. Oía el repiqueteo de las uñas de Walter en el suelo. En algún sitio se cerró la puerta de un armario. Luego, la voz de Caleb.

—Ni hablar. Ya has comido.

Al parecer, Walter no estaba de acuerdo.

Elliot sonrió débilmente. Los sonidos de una mañana corriente resultaban inesperadamente reconfortantes.

Se incorporó con cuidado. Le dolía el hombro y sentía los músculos del cuello como magullados.

El médico del hospital le había advertido de que las molestias podían aumentar durante el primer día o dos.

Miró el móvil. Varios mensajes de Julian.

Dos de su madre. Otro de Marcus, que se había marchado temprano al trabajo después de confirmar que Caleb se quedaría cerca.

Elliot contestó a los más urgentes antes de salir de la cama.

Encontró a Caleb en la cocina. El guardameta estaba junto a la encimera, preparando el desayuno con la concentración de quien monta una máquina complicada. Walter estaba sentado a sus pies. Caleb levantó la vista.

—Buenos días.

Elliot se apoyó en el marco de la puerta.

—Buenos días.

—¿Cómo te encuentras?

—Como si alguien hubiera intentado recolocarme el cuello.

La expresión de Caleb se ensombreció. Elliot se arrepintió de la broma al instante.

—Perdona.

—No te disculpes.

Caleb dejó el cuchillo.

—¿Te cuesta respirar?

—No.

—¿Y tragar?

—Es molesto, pero soportable.

—¿Dolor de cabeza?

—Un poco.

Caleb asintió.

—Marcus ha dejado instrucciones.

—Me lo imagino.

—Tres páginas.

Elliot se rio por lo bajo.

—Eso es muy de Marcus.

Caleb lo observó. Luego señaló una silla.

—Siéntate. He preparado el desayuno.

Elliot se acercó a la mesa. A la luz de la mañana lo esperaban unas tostadas, fruta, huevos revueltos y una tetera. Miró a Caleb.

—¿Has hecho todo esto?

—No te sorprendas tanto.

—Estoy impresionado.

Caleb sonrió.

—Tengo práctica.

Elliot se sentó. Durante unos minutos comieron en silencio. Después Caleb preguntó:

—¿Has dormido?

—Al final, sí.

—¿Pesadillas?

—Una.

Caleb bajó la mirada. Elliot vaciló.

—No recuerdo gran cosa. Solo que estaba asustado.

Caleb asintió.

—A mí también me pasa a veces.

—¿Desde el incendio?

—Sí.

Elliot lo miró con atención. Los dos habían intentado aparentar más fortaleza de la que sentían. Se preguntó cuánto tardarían en dejar de creer que ser fuerte significaba esconder el miedo.

—Todavía no quiero volver a la clínica —admitió Elliot.

Caleb levantó la vista.

—Pues no vuelvas.

—Tengo pacientes.

—Lo entenderán.

—Algunos necesitan un tratamiento regular.

—Puedes organizar derivaciones temporales.

Elliot suspiró.

—Lo sé.

Caleb alargó la mano por encima de la mesa. Se detuvo justo antes de tocar la de Elliot.

—Todas las semanas me dices que recuperarse bien importa más que ir con prisas.

Elliot lo miró.

—¿Me estás citando mis propios consejos?

—Una y otra vez.

—Eso es tremendamente injusto.

Caleb sonrió.

—Pero funciona.

Elliot se rio. Después miró la mano que descansaba junto a la suya. Quería cogerla. En lugar de eso, cogió la taza de té.

Más tarde, aquella misma mañana, la detective Hayes llamó con novedades.

Habían identificado al hombre que había atacado a Elliot.

Se llamaba, en realidad, Adrian Whitlock.

Tenía cuarenta y un años, había trabajado de forma intermitente en mantenimiento de edificios y había vivido en varias localidades de Washington durante la última década.

Los detectives habían localizado su vehículo abandonado cerca del motel donde al parecer había pasado la noche.

La habitación estaba vacía cuando llegaron los agentes.

Sin embargo, habían recuperado pruebas que indicaban que Whitlock llevaba tiempo vigilando a Caleb.

Fotografías. Registros de viajes. Notas sobre el club.

Y referencias a una universidad en la que Caleb había estudiado años atrás.

Caleb escuchó en silencio.

—¿Le dice algo el nombre de Whitlock? —preguntó Hayes.

Cerró los ojos.

—No.

—Piénselo bien.

—Eso hago.

Elliot lo observaba desde el otro lado de la mesa. La detective continuó:

—Estamos investigando si tiene alguna relación personal con un incidente de su época universitaria.

A Caleb se le encogió el estómago.

—¿Qué incidente?

—Todavía estamos confirmando los detalles.

Se frotó la frente.

—Detective, alguien ha intentado quemar mi casa y matar a mi fisioterapeuta. Creo que me he ganado una explicación más completa.

—Entiendo su frustración.

—Entonces dígame qué sabe.

Hayes vaciló.

—Parece que Whitlock tiene un hermano menor que estudió en la misma universidad que usted.

Caleb se quedó inmóvil.

—¿Cómo se llama?

—Samuel Whitlock.

El nombre no le decía nada. Al menos, no de inmediato. Entonces recordó. Un chico de primer año. Delgado, callado, a menudo sentado solo en la residencia universitaria. Había habido rumores. Discusiones. Una serie de incidentes que Caleb se había esforzado mucho por olvidar. Cerró los ojos.

—Creo que lo recuerdo.

Hayes esperó.

—Vivía en mi planta.

—¿Hubo algún conflicto?

Caleb tragó saliva.

—No conmigo.

—¿Pero sí con otros estudiantes?

—Sí.

Miró a Elliot. La expresión del fisioterapeuta era atenta, pero inescrutable. Caleb continuó.

—Había unos chicos del equipo de fútbol que lo trataban muy mal.

—¿Hasta qué punto?

Caleb bajó la mirada.

—Lo bastante mal como para que se marchara.

Hayes le pidió que describiera todo lo que recordaba.

La conversación duró casi cuarenta minutos.

Cuando terminó, Caleb se quedó mirando el teléfono.

Era como si una vieja puerta se hubiera abierto en algún rincón de su mente y dejara al descubierto una habitación que durante años había fingido que no existía.

Elliot esperó hasta que Caleb estuvo dispuesto a hablar. Comprendía que ciertos recuerdos necesitaban tiempo. El ataque le había enseñado lo rápido que podía desaparecer el control. No quería que Caleb se sintiera acorralado en su propia casa. Finalmente, Caleb empezó.

—Samuel vivía en la misma residencia que yo.

Elliot asintió.

—Era más joven que la mayoría de nosotros. Callado. Creo que estudiaba ingeniería.

—¿Qué ocurrió?

Caleb exhaló.

—A algunos de los chicos les dio por pensar que era raro. Vestía de otra manera. No practicaba deporte. No le interesaban las mismas cosas que a ellos.

Elliot escuchó.

—Uno de mis compañeros de equipo empezó a hacer bromas sobre él. Al principio eran tonterías. Luego la cosa empeoró.

Caleb apretó las manos alrededor de la taza de café.

—Le escondían las cosas. Le dejaban mensajes insultantes en la puerta. Una vez lo dejaron fuera de la sala común durante una tormenta.

Elliot sintió náuseas.

—¿Alguien lo denunció?

—Samuel.

—¿Y?

—La universidad investigó. Los chicos lo negaron todo.

—¿Y tú?

Caleb lo miró.

—Les dije a los responsables que no había visto nada.

Elliot guardó silencio.

—No era verdad.

Caleb bajó la mirada.

—Sabía lo que estaba pasando. Pero no quería tener problemas con mis compañeros.

La confesión parecía costarle.

—Tenía dieciocho años. Mi beca era más importante que cualquier otra cosa. Me convencí de que lo sensato era mantenerme al margen.

Elliot lo observó.

—¿Y ahora?

Caleb soltó una risa amarga.

—Ahora creo que fui un cobarde.

Elliot sopesó con cuidado su respuesta. No quería justificar lo que Caleb había hecho. Pero tampoco quería convertir una confesión sincera en un castigo.

—¿Qué le pasó a Samuel?

Caleb miró hacia la ventana.

—Desapareció del campus hacia el final del semestre. Nos enteramos de que lo habían hospitalizado.

—¿Por qué?

—No conozco todos los detalles.

—¿Llegaste a preguntar alguna vez?

Caleb negó con la cabeza. Elliot sintió una punzada de decepción. Había llegado a querer de verdad a Caleb. Eso no hacía que resultara más fácil oír las decisiones que había tomado en el pasado. Caleb pareció darse cuenta.

—Lo sé.

Elliot alzó la vista.

—No he dicho nada.

—No hace falta.

Permanecieron un rato en silencio. Luego Elliot preguntó:

—¿Crees que Adrian te culpa de lo que pasó?

Caleb asintió despacio.

—Creo que es posible.

—Eso no justifica lo que está haciendo.

—Lo sé.

—Pero quizá explique por qué va a por ti.

Caleb se pasó las manos por la cara.

—Ojalá hubiera dicho algo.

Elliot lo observó. El pasado no se reparaba solo con arrepentimiento. Pero quizá Caleb pudiera empezar por fin a afrontarlo con honestidad.

Se aplazó la reunión del club. Martin llamó en persona para explicar que la directiva había decidido dar prioridad a la investigación y a la seguridad de Elliot.

Caleb no supo si la decisión respondería a una preocupación sincera o a la repentina conciencia de que criticar a un jugador amenazado podía generar una publicidad nefasta. En cualquier caso, aceptó la tregua.