A salvo en tus brazos CAPÍTULO 9 #3
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CAPÍTULO 9 #3

Cuando por fin dieron de alta a Elliot con instrucciones de reposo, vigilancia y revisiones de seguimiento, los tres hombres lo estaban esperando. Julian lo abrazó con cuidado.

—Eres una auténtica pesadilla.

Elliot hizo una mueca.

—Yo también me alegro de verte.

Marcus estudió el informe del alta.

—Esta noche me quedo contigo.

Elliot suspiró.

—Marcus.

—No discutas. Ya he oído tus argumentos y ninguno me convence.

Caleb observaba desde la puerta. Se sentía extrañamente de más. Elliot tenía gente que lo quería. Gente capaz de protegerlo y cuidar de él sin poner en riesgo una relación profesional. Quizá debería dejarlo en sus manos. La idea le resultó desoladora.

Elliot lo miró.

—¿Vienes?

Caleb parpadeó.

—¿Adónde?

—Adondequiera que vayamos.

Julian esbozó una sonrisa leve.

—Creo que eso responde a algo.

Caleb miró a Elliot.

—¿Quieres que esté allí?

—Sí.

La sencillez de la respuesta lo desconcertó más que nada de lo ocurrido aquel día. Asintió.

—Entonces voy.

La detective Hayes se reunió con ellos aquella misma noche, más tarde, en la casa de alquiler protegida.

Elliot estaba sentado en el sofá con un vaso de agua y Caleb ocupaba el sillón de enfrente.

Marcus seguía cerca: había insistido en quedarse hasta que el periodo de vigilancia médica estuviera en marcha sin sobresaltos.

La detective parecía agotada.

—Siento mucho lo que ha pasado —le dijo a Elliot.

Él asintió.

—¿Lo han encontrado?

—Todavía no. Pero estamos avanzando.

Abrió una carpeta.

—El nombre que dio al pedir la cita era falso. Aun así, hemos recuperado imágenes útiles de varias cámaras, y el vehículo en el que llegó coincide con el que venimos investigando.

Caleb se inclinó hacia delante.

—Entonces es la misma persona.

—Eso creemos.

—¿Quién es?

Hayes titubeó.

—Estamos trabajando para confirmar su identidad.

Elliot la miró.

—Conocía a Caleb. Estaba furioso por algo que pasó hace años.

—¿Explicó qué fue?

—No con claridad.

La detective tomó nota.

—¿Mencionó algún incidente concreto?

—Dijo que Caleb se había desentendido de algo.

Caleb sintió náuseas. Hayes se volvió hacia él.

—¿Eso significa algo para usted?

Pensó en Aaron. En su época escolar. En todas las personas a las que no había defendido. Después negó con la cabeza.

—No lo suficiente.

Hayes cerró la carpeta.

—Hay agentes revisando varios lugares vinculados al sospechoso. Hasta que lo localicemos, quiero que ambos permanezcan en un lugar seguro.

Caleb asintió de inmediato. Elliot miró a Marcus.

—¿Y mis pacientes?

—Su clínica permanecerá cerrada mientras terminamos el examen forense —dijo Hayes—. Después coordinaremos con usted las medidas de seguridad.

Elliot suspiró. La expresión de la detective se suavizó.

—Sé que esto les complica las cosas. Pero este hombre ya ha cometido una agresión grave. No podemos dar por hecho que vaya a parar.

—Lo entiendo.

La detective se levantó.

—Nos pondremos en contacto con ustedes en cuanto sepamos algo más.

Más tarde, cuando Marcus ya había acomodado a Elliot en una habitación de invitados y Julian había accedido por fin a marcharse a casa, Caleb se quedó solo en la cocina. Contemplaba un vaso de agua cuando Elliot apareció en la puerta.

—Deberías estar descansando.

—He estado descansando.

—Veinte minutos.

—Una eternidad.

Caleb no sonrió. Elliot se dio cuenta.

—¿Qué ocurre?

Caleb lo miró.

—Casi te pierdo.

La expresión de Elliot cambió.

—Caleb.

—Yo estaba sentado en una reunión discutiendo de publicidad mientras alguien intentaba matarte.

—No podías saberlo.

—Eso no me sirve de consuelo.

Elliot se acercó. Caleb quiso tender la mano hacia él, pero se contuvo. Los límites profesionales de los que habían hablado le parecían a la vez tremendamente importantes y del todo insuficientes.

Elliot le miró las manos.

—Estás temblando.

Caleb las cerró en puños.

—Ya lo sé.

—Ven, siéntate.

Siguió a Elliot hasta el salón. Se acomodaron en extremos opuestos del sofá y dejaron espacio suficiente entre ambos para que Walter pudiera subirse y erigirse en el centro de atención. Ninguno de los dos protestó.

Al cabo de un rato, Elliot alargó el brazo por encima del lomo del perro y tomó la mano de Caleb. El contacto era cálido y firme, y calmó algo en el pecho de Caleb, aunque también lo hizo más consciente del escaso espacio que aún los separaba.

—Tenía miedo —admitió Elliot.

Caleb se volvió hacia él.

—Lo sé.

—Pensé que iba a morir.

Lo dijo en voz baja. Caleb sintió aquellas palabras como un golpe físico. Elliot tragó saliva.

—No dejaba de pensar en todas las cosas que no había hecho. En las conversaciones que había ido posponiendo. En las personas a las que no había llamado.

Caleb se acercó. Elliot lo miró.

—Y en ti.

Caleb cerró los ojos. Quería besarlo. Quería prometerle que nada volvería a hacerle daño. Pero sabía que no podía hacerle esa promesa. Así que se limitó a sostenerle la mano y se quedó a su lado hasta que la casa quedó en silencio.

Al otro lado de la ciudad, Adrian Whitlock estaba en el cuarto de baño de un motel mal iluminado y se examinaba los arañazos de la mejilla. El fisioterapeuta había resultado más difícil de lo esperado.

Adrian miró hacia el televisor. Un informativo mostraba Northline Performance Rehabilitation rodeada de vehículos de emergencia.

Bajó el volumen. El plan había fracasado.

Otra vez. Había querido que Caleb acudiera a la clínica, desesperado y asustado, dispuesto por fin a reconocer lo que había hecho.

En cambio, la policía había llegado antes.

Adrian se agarró al borde del lavabo. Todavía recordaba el día en que todo cambió.

El pasillo del hospital. Los médicos. La espantosa certeza de que algunas lesiones nunca podrían repararse.

Caleb Morgan había llegado a ser famoso.

Rico. Admirado. Todo el mundo parecía dispuestísimo a olvidar lo que les había ocurrido a las personas que había dejado atrás.

Adrian miró su reflejo. Estaba cansado de esperar. Y cansado de ver cómo protegían a Caleb de las consecuencias de su pasado. Apagó la luz del cuarto de baño. Al día siguiente encontraría otra manera.