CAPÍTULO 7 #2
Caleb se planteó dar otra respuesta evasiva.
También estaba cansado de eso.
—Estoy preocupado por ti.
Elliot rodeó la taza de café con las manos.
—Lo sé.
—En los mensajes te mencionaban expresamente.
—Eso también lo sé.
—Alguien podría ir a tu clínica. O seguirte hasta casa.
—Por eso he hablado con el detective y he reforzado la seguridad.
Caleb bajó la mirada.
—No dejo de pensar que, si dejáramos de vernos, quien sea que esté haciendo esto podría perder el interés en ti.
Elliot guardó silencio un momento.
Entonces preguntó:
—¿Es eso lo que quieres?
—No.
—Entonces, ¿por qué lo hablamos como si ya hubieras tomado la decisión?
Caleb alzó la vista.
La expresión de Elliot era serena.
—No finjo que no haya riesgo —continuó—. Entiendo por qué tienes miedo. Pero soy adulto, Caleb. Tengo amigos, familia y personas en cuyo criterio confío. He tomado precauciones. Si decido que tengo que cambiar algo, lo haré.
—No quiero que te hagan daño.
—Y yo no quiero que te lo hagan a ti.
—No es lo mismo.
—¿Por qué?
Caleb abrió la boca.
No le salió nada sensato.
Elliot sonrió con tristeza.
—¿Ves el problema?
Caleb suspiró.
—Sí.
—Entonces quizá deberíamos centrarnos en lo que sí podemos hacer.
—¿Como qué?
—Seguir las recomendaciones de la policía. Asegurarnos de que los dos estemos a salvo. Y dejar que te recuperes sin convertir cada conversación en una discusión sobre si eres responsable del mundo entero.
Caleb se rio.
—Es un plan bastante ambicioso.
—Confío en ti.
Pasaron la hora siguiente repasando la rehabilitación de Caleb.
Elliot no llevó a cabo una sesión formal de tratamiento en la casa de alquiler. En su lugar, comprobó cómo le estaban yendo los ejercicios en casa, hablaron de sus síntomas actuales y confirmó que la bota ortopédica y el material de apoyo seguían siendo adecuados.
Caleb admitió que había hecho menos de lo habitual desde el incendio.
Elliot no lo criticó.
—Has pasado por una sacudida importante —dijo—. Podemos ajustar el programa. Una semana difícil no borra tus progresos.
Caleb pareció aliviado.
No se había dado cuenta de lo mucho que le preocupaba decepcionar a Elliot hasta que lo oyó.
Después se instalaron en el salón.
Walter se estiró a lo largo de la alfombra.
Elliot abrió el portátil y le enseñó a Caleb varios artículos sobre las reacciones psicológicas a los acontecimientos traumáticos. Le explicó que los trastornos del sueño, el aumento del estado de alerta y la dificultad para concentrarse podían ser habituales después de una experiencia aterradora.
Caleb escuchó con atención.
—Entonces no me estoy volviendo loco.
—No.
—Bueno es saberlo.
—Pero si los síntomas continúan o interfieren mucho en tu día a día, te recomendaría hablar con alguien especializado en traumas.
Caleb asintió.
—Puede que lo haga.
Elliot cerró el portátil.
—No tienes que decidirlo hoy.
Caleb sonrió.
—Deberías imprimir esa frase en una tarjeta de visita.
—Quizá lo haga.
Permanecieron un rato en silencio.
Entonces Caleb se volvió hacia él.
—¿Puedo preguntarte algo personal?
Elliot vaciló.
—Depende de qué sea.
—¿Por qué te hiciste fisioterapeuta?
—Ya conoces parte de la historia.
—Sé que querías ayudar a la gente. Te pregunto por qué.
Elliot miró hacia Walter.
Durante unos instantes pareció sopesar si responder o no.
Entonces dijo:
—Mi hermana pequeña tuvo un accidente cuando tenía diecisiete años.
Caleb se volvió hacia él.
—No sabía que tuvieras una hermana.
—Se llama Rebecca. Vive en Portland.
—¿Está bien?
—¿Ahora? Más o menos.
Elliot apoyó los codos en las rodillas.
—La atropelló un coche mientras iba en bicicleta. Varias fracturas, una lesión en la cabeza y meses de rehabilitación. Mis padres estaban aterrorizados, y aquel año pasé más tiempo en hospitales del que jamás habría imaginado.
—Debió de ser horrible.
—Lo fue.
Elliot bajó la mirada.
—Pero recuerdo a una fisioterapeuta que la trataba como a una persona, no como a un conjunto de lesiones. La escuchaba cuando estaba asustada, le daba a elegir siempre que podía y nunca prometió nada que no pudiera cumplir.
Caleb esperó.
—Verla trabajar me devolvió todo lo que había aprendido durante la rehabilitación de mi padre tras el derrame. Ya me atraía este campo, pero ayudar a Rebecca me convenció de que quería dedicarme a ello.
Caleb lo observó.
—¿Tu hermana se recuperó?
—Camina, trabaja y se queja de que su marido deja los platos en el fregadero. Todavía tiene dolores de cabeza de vez en cuando y le cuesta llevar el cansancio, pero se ha construido una buena vida.
Caleb sonrió.
—Eso parece.
—Es mucho más dura que yo.
—Lo dudo.
Elliot lo miró de reojo.
Caleb continuó en voz baja.
—Tú sí que eres duro.
La expresión de Elliot se suavizó.
Entonces apartó la mirada.
—No dejes que Julian te oiga decir eso. Insistirá en que empiece a llevar cazadoras de cuero.
Caleb se rio.
A primera hora de la tarde llegó Martin con novedades.
Saludó a Elliot con cortesía antes de sentarse frente a Caleb.
—Los investigadores han terminado la inspección preliminar de tu propiedad.
Caleb se irguió.
—¿Y?
—Parece que el fuego se provocó de forma deliberada junto a la pared exterior del cobertizo. Todavía están analizando el material recuperado en el lugar.
—¿Algún sospechoso?
—Nada confirmado.
Caleb bajó la mirada.
Martin continuó.
—Aun así, la detective Hayes quería que te dijera que han identificado un vehículo de interés en las cámaras de seguridad cercanas al estadio y a tu clínica.
Elliot se inclinó hacia delante.
—¿Han encontrado al propietario?
—Están en ello.
Caleb se frotó la frente.
—Algo es algo, supongo.
—Lo es.
Martin vaciló.
—Hay otro asunto.
Caleb alzó la vista.
—Los investigadores quieren hablar contigo sobre tus primeros años como jugador. En particular, sobre cualquier incidente que implicara disputas graves o medidas disciplinarias.
Caleb frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Intentan determinar si alguien podría guardarle un rencor antiguo.
Elliot lo miró.
Caleb notó que se le removía un recuerdo incómodo.
Aaron.
Sus años de instituto.
La forma en que había tratado a ciertas personas por miedo a lo que pudieran pensar los demás.
Llevaba años arrepintiéndose de aquellas decisiones.
Y ahora alguien parecía decidido a hacerle pagar por algo.
—No siempre fui un chaval muy agradable —admitió.
Martin esperó.
—No era cruel, al menos no a propósito. Pero miraba hacia otro lado cuando otros sí lo eran.
—¿Se te ocurre alguien que pudiera guardarte rencor?
Caleb sopesó la pregunta.