CAPÍTULO 7
Caleb nunca había entendido cómo una persona podía estar rodeada de gente y sentirse completamente sola, hasta que se encontró de pie en la cocina de una casa alquilada a las seis de la mañana, con la vista clavada en una taza de café que no conseguía llevarse a los labios.
La propiedad pertenecía a un amigo del presidente del club.
Era amplia, discreta y quedaba tras dos verjas electrónicas, en uno de los barrios más tranquilos de Seattle.
Martin lo había organizado todo después del incendio, incluida una patrulla de seguridad privada y un conductor que pudiera llevar a Caleb a sus citas mientras continuaba la investigación.
Sobre el papel, era una solución excelente.
En la práctica, Caleb la detestaba.
Walter parecía compartir su opinión. El perro había pasado casi toda la noche deambulando entre habitaciones desconocidas y volviendo de vez en cuando junto a la cama de Caleb para comprobar que no había desaparecido.
Ahora estaba tumbado junto a la isla de la cocina, observando a su dueño con una expresión de profundo descontento.
—Lo sé —murmuró Caleb—. A mí tampoco me gusta.
Se agachó para rascarle la cabeza a Walter.
El perro aceptó la atención y luego volvió a enfurruñarse.
Caleb cogió el móvil.
Había dormido quizá tres horas. Cada ruido desconocido lo había despertado y en dos ocasiones se había levantado de la cama para revisar las cámaras de seguridad. En los monitores no había aparecido nada extraño. Los guardias no habían comunicado ningún incidente.
Nada de eso le había impedido imaginar a alguien que se movía en la oscuridad, ahí fuera.
Su propia casa había sufrido daños. Alguien había entrado en su propiedad a propósito y había provocado un incendio. La policía seguía intentando determinar cómo había entrado exactamente esa persona, pero los primeros indicios apuntaban a algo planificado, no a un acto espontáneo.
Caleb había pasado años sintiéndose seguro en su casa.
Nunca había imaginado lo rápido que podía desaparecer aquella certeza.
Le llegó un mensaje de su madre.
Llámame, por favor, cuando te despiertes. Tu padre también quiere hablar contigo.
Lo leyó dos veces.
Después llamó.
Helen respondió de inmediato.
—Caleb, cariño.
—Buenos días, mamá.
—¿Estás bien?
—Estoy bien.
—Pareces agotado.
—No he dormido mucho.
Ella suspiró.
—Ojalá te vinieras a casa.
Caleb se apoyó en la encimera.
—Lo sé.
—Tenemos sitio de sobra. A tu padre le encantaría la compañía y Walter tendría el jardín para él.
—Mamá, la policía me recomendó un sitio con seguridad en condiciones.
—Podemos organizar la seguridad.
—No es eso.
—¿Entonces qué?
Caleb cerró los ojos.
Sabía que estaba asustada. Y sabía también que, cuando algo salía mal, su instinto era reunir a la familia en un mismo sitio e intentar protegerlos a todos a base de pura determinación.
Era una de las cosas que adoraba de ella.
En aquel momento, también resultaba agotador.
—No quiero llevar todo esto a vuestra casa —dijo.
Helen guardó silencio.
—Alguien ha amenazado a personas cercanas a mí. Ya estoy preocupado por papá y por ti. No quiero que sea más fácil encontraros.
—No estamos indefensos, Caleb.
—Nunca he dicho que lo estéis.
—No tienes que proteger a todo el mundo.
Miró hacia la ventana.
El jardín que se extendía tras el cristal le era ajeno y estaba cuidado a la perfección. No tenía ni idea de quién había plantado las rosas ni de por qué alguien había colocado un banco de piedra bajo un árbol que tapaba el sol de la tarde.
Quería su propia cocina.
Su propio jardín.
A su ridículo perro dormido en la puerta que había elegido años atrás.
Y, aunque aún no estaba preparado para admitirlo en voz alta, quería a Elliot.
—Aquí hay alguien que puede ayudarme —dijo.
Helen vaciló.
—¿Tu terapeuta?
—Sí.
—Me cayó bien.
Caleb notó que se le dibujaba una leve sonrisa.
—A papá también.
—A tu padre le cae bien cualquiera que esté dispuesto a decirle cuándo se equivoca.
—Eso reduce considerablemente la lista.
Helen se rio en voz baja.
Luego su voz se volvió seria.
—Caleb, no sé qué significa ese joven para ti. No voy a interrogarte al respecto. Pero espero que cuides sus sentimientos tanto como los tuyos.
Caleb se quedó mirando el café.
—Lo intento.
—Bien.
Oía a su padre hablar de fondo.
Helen suspiró.
—Tu padre quiere el teléfono. Por lo visto, no estoy siendo lo bastante eficiente.
Un momento después, Thomas cogió el teléfono.
—Hijo.
—Buenos días.
—Tu madre me dice que lo estás pasando fatal.
—Exagera.
—No suele hacerlo.
Caleb bajó la mirada hacia Walter.
—Vale. Estoy fatal.
—Es comprensible.
Su padre no se apresuró a darle consejos. Caleb lo agradeció.
Entonces Thomas preguntó:
—¿Qué te ha dicho la policía?
Caleb le explicó las últimas novedades. Los investigadores estaban revisando los daños, examinando las pruebas físicas recuperadas cerca del cobertizo y comparando las grabaciones de las cámaras de seguridad de varios lugares.
No había ningún sospechoso identificado.
Al parecer, habían interrogado a Ryan, aunque nadie le había dicho a Caleb qué había contado.
—¿Lo han descartado? —preguntó Thomas.
—Que yo sepa, no.
—Entonces no saques conclusiones.
—No las saco.
—Eres un atleta excelente, Caleb. Por desgracia, siempre has sido bastante menos disciplinado cuando estás enfadado.
Caleb sonrió con cansancio.
—Gracias, papá.
—No te estoy criticando. Te estoy pidiendo que dejes que la investigación siga su curso.
—Lo haré.
Thomas se aclaró la garganta.
—¿Y qué me dices de Elliot?
Caleb notó que se errguía.
—¿Qué pasa con él?
—¿Piensas apartarlo de tu vida porque alguien lo ha amenazado?
Caleb se quedó mirando la encimera.
No le había mencionado a su padre esa idea en concreto.
Al parecer, no había hecho falta.
—Lo he pensado.
—Claro que sí.
—¿Tú no lo harías?
—Es posible. Y entonces tu madre me recordaría que los demás también son capaces de tomar decisiones.
Caleb se rio.
—Me lo imagino.
—Tienes derecho a tener miedo por alguien. Lo que no tienes es derecho a decidir qué riesgos puede correr esa persona solo porque tus sentimientos estén en juego.
Caleb miró el teléfono.
—Eso es irritantemente razonable.
—Una de mis mejores cualidades.
Hablaron unos minutos más antes de terminar la llamada.
Después, Caleb se quedó en la cocina, pensando en la conversación.
Su padre tenía razón.
No podía controlarlo todo.
Pero eso no hacía más soportable la posibilidad de que Elliot saliera herido.
Elliot llegó a la casa alquilada poco después de las diez.
Caleb no lo esperaba.
Cuando el guardia de seguridad anunció la visita, él estaba sentado en el salón, revisando el informe policial que le había enviado Martin. Todavía intentaba entender una sección sobre el origen del incendio cuando sonó el interfono.
—¿Señor Morgan? Elliot Mercer está en la entrada.
Caleb se irguió en el asiento.
—Que pase.
Walter oyó la voz a través del altavoz y levantó la cabeza.
Cuando Elliot llegó a la puerta principal, el perro ya lo esperaba junto a Caleb, moviendo la cola con notable entusiasmo.
—Traidor —murmuró Caleb.
Walter lo ignoró.
Elliot apareció bajo el porche, con una bolsa de lona en la mano y un impermeable oscuro puesto. Tenía el pelo húmedo por la lluvia y parecía haber dormido aún menos que Caleb.
—Buenos días —saludó.
Caleb abrió más la puerta.
—Buenos días. ¿Todo bien?
—Sí. He llamado a Martin antes de venir. Me ha dicho que estarías aquí.
—Podrías haberme llamado a mí.
—Lo he hecho.
Caleb miró hacia la mesa.
Su teléfono estaba allí, boca abajo.
Lo había silenciado después de hablar con sus padres.
—Lo siento.
Elliot sonrió levemente.
—He pensado que quizá estarías durmiendo.
—No tenía muchas posibilidades.
Se hizo a un lado.
Walter se acercó enseguida a Elliot, reclamando su atención.
Elliot se agachó para saludarlo.
—Hola, guapo. ¿Has estado cuidando de él?
Walter agitó la cola.
Caleb los observó.
Había algo en aquella imagen que hacía que la casa ajena resultara menos opresiva.
Elliot se incorporó.
—He traído algunas cosas.
—¿Qué tipo de cosas?
—Tu programa revisado de ejercicios para hacer en casa, información sobre cómo gestionar el sueño después de un suceso aterrador y el desayuno.
Caleb arqueó una ceja.
—¿El desayuno?
—Hay una panadería cerca de la clínica. He pensado que quizá ya estarías harto de lo que te esté organizando el club.
Caleb echó un vistazo a la cocina impoluta.
Un servicio de comidas había llenado el frigorífico de recipientes cuidadosamente racionados.
Solo de verlos ya estaba harto.
—Me salvas la vida.
Elliot sonrió.
—Me han llamado cosas peores.
Comieron en la isla de la cocina.
Elliot había traído unos pastelitos salados, fruta fresca y café de un sitio que Caleb recordaba vagamente haber visitado antes de lesionarse.
La comida era sencilla y deliciosa y, durante varios minutos, no hablaron de nada más importante que de si Walter se merecía el pequeño trozo de manzana que intentaba conseguir a fuerza de mirar fijamente.
Al final, Caleb cedió.
Elliot se echó a reír.
—Te vas a arrepentir de darle alas.
—Ya está mimado.
—Se nota.
Walter aceptó la manzana y volvió a su sitio bajo la mesa.
Después del desayuno, Elliot miró a su alrededor.
—¿Cuánto tiempo se supone que tienes que quedarte aquí?
—Hasta que la policía termine de examinar la propiedad y la empresa de seguridad confirme que es seguro.
—Puede ir para largo.
—Eso es lo que me temo.
Elliot lo observó con atención.
—No te gusta la casa.
—Es una casa preciosa.
—Eso no es lo que he dicho.
Caleb sonrió a regañadientes.
—No, no me gusta.
—¿Por qué?
—No es mía.
Elliot asintió.
Caleb miró hacia las ventanas.
—Sé que suena ridículo. Es cómoda, es segura y la paga otra persona. Debería estar agradecido.
—Puedes agradecer el arreglo y, aun así, desear estar en tu casa.
Caleb lo miró.
—Tienes la irritante costumbre de hacer que me sienta razonable.
—Es una de mis habilidades profesionales.
Caleb se echó a reír.
Entonces volvió el silencio.
Se descubrió estudiando el rostro de Elliot, intentando decidir cuánto contarle.
Elliot pareció darse cuenta.
—¿En qué piensas?