A salvo en tus brazos CAPÍTULO 6 #3
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CAPÍTULO 6 #3

—¿Por qué?

—Por arrastrarte a todo esto.

—No me has arrastrado a nada.

—Alguien te ha amenazado por mi culpa.

—Alguien ha decidido amenazarme. La responsabilidad es suya.

Caleb bajó la mirada.

—Debería haberme mantenido alejado de ti.

Elliot sintió una punzada aguda.

—¿Y eso habría cambiado algo?

—No lo sé.

—Entonces no des por hecho que habría sido así.

Caleb se pasó una mano por la cara.

—No dejo de pensar en lo que podría haber ocurrido.

—Yo tampoco.

La sinceridad hizo que Caleb alzara la vista.

—Me asusté cuando vi las noticias —continuó Elliot en voz baja—. No sabía si estabas herido.

—Estoy bien.

—Ahora lo sé.

Caleb lo miró. La expresión de sus ojos no se parecía a nada que Elliot hubiera visto antes. Insegura. Vulnerable. Casi insoportablemente tierna.

—No sé qué habría hecho si te hubiera pasado algo —dijo Caleb.

A Elliot se le cortó la respiración. Quería acercarse.

Quería apoyar la cabeza en el hombro de Caleb y olvidar que había gente trabajando a pocos metros.

En lugar de eso, buscó la mano de Caleb.

Sus dedos se entrelazaron. El contacto fue sencillo, deliberado, y despertó en él una corriente sutil de deseo que no hizo ningún esfuerzo por ignorar.

Caleb le apretó la mano, apenas un poco más. Ninguno de los dos dijo nada.

Permanecieron así, sentados, mientras los últimos vehículos de emergencia se preparaban para marcharse.

Más tarde, cuando ya se habían llevado a Caleb al alojamiento temporal, Elliot regresó a casa.

Estaba todo a oscuras. Encendió la luz de la cocina y se quedó un momento escuchando el silencio familiar.

El cajón que estaba reparando seguía apoyado entre dos sillas.

Había un destornillador sobre la encimera.

Todo estaba exactamente como lo había dejado.

Salvo que Elliot ya no se sentía del todo igual.

Había pasado años construyendo una vida cómoda, predecible y segura.

Le gustaba su trabajo. Adoraba a sus amigos.

Tenía una casa que le pertenecía por completo.

No buscaba a nadie que cambiara nada de todo eso.

Entonces Caleb Morgan había entrado en su clínica.

Un famoso portero con un tendón lesionado, una vena testaruda y mucha más vulnerabilidad de la que quería mostrarle a nadie.

Elliot esperaba tener un paciente complicado.

No esperaba que llegara a importarle tanto.

Se sentó a la mesa de la cocina. El móvil vibró. Era un mensaje de Caleb.

He llegado a la casa. Walter ya se ha adueñado del sofá.

Elliot sonrió.

Me alegro de que los dos estéis a salvo.

Pasó un momento. Después llegó otro mensaje.

Gracias por venir esta noche.

Elliot se quedó mirando aquellas palabras. Pensó en todo lo que quería decir. En lo asustado que había estado. En lo aliviado que se había sentido. En lo difícil que empezaba a resultarle mantener la distancia prudente que se había prometido guardar. En lugar de eso, escribió:

No tienes que darme las gracias por preocuparme por ti.

Lo envió antes de poder arrepentirse. La respuesta llegó casi de inmediato.

Yo también me preocupo por ti.

Elliot se quedó mirando la pantalla. Sabía que aún tenían que respetar ciertos límites.

Sabía que la recuperación de Caleb debía seguir siendo la prioridad.

Y sabía que alguien peligroso estaba decidido a interferir en sus vidas.

Pero, por primera vez, se permitió admitir algo que llevaba mucho tiempo intentando ignorar con todas sus fuerzas.

Se estaba enamorando de Caleb Morgan. Y no tenía ni idea de cómo evitarlo.

Al otro lado de la ciudad, un hombre esperaba sentado en un coche aparcado y veía las noticias en el móvil.

El incendio había aparecido en los informativos de la noche.

Bien. Algo era algo. Había esperado causar más daños, pero lo importante era el mensaje.

Caleb Morgan no podía seguir fingiendo que no pasaba nada.

El hombre fue pasando varias fotografías.

En una aparecía el almacén dañado. En otra, los vehículos policiales frente a la propiedad.

La última se había tomado antes, cuando aún no habían llegado los equipos de emergencia.

Caleb aparecía en el jardín con el enorme perro a su lado.

El hombre amplió la fotografía. Después estudió una segunda imagen.

Elliot Mercer. El fisioterapeuta. Siempre cerca. Siempre entrometiéndose.

La expresión del hombre se endureció. Había dejado las cosas perfectamente claras.

Las advertencias no habían funcionado. Las amenazas tampoco.

Ni siquiera el incendio había provocado la reacción que esperaba.

Quizá estaba enfocando el problema de manera equivocada.

Quizá Caleb no era la persona que debía sufrir a continuación.

Apagó el móvil y miró a través del parabrisas. La lluvia barría la calle desierta. En algún lugar lejano sonó una sirena de policía. Sonrió levemente. Había otras formas de hacer que un hombre comprendiera lo que podía perder.