CAPÍTULO 4
Julian Cross se consideraba un hombre de notable autocontrol.
Elliot no estaba de acuerdo.
Sobre todo cuando Julian apareció en su casa el domingo por la mañana con tres bolsas de la compra, un café y la expresión de quien se prepara para dirigir una operación militar.
—Te dije que no compraras nada —dijo Elliot.
Julian dejó las bolsas en la encimera de la cocina.
—Y yo te ignoré.
—Obviamente.
—De nada.
Marcus entró detrás de él, ya con la camiseta de los Mariners y una bolsa de papel de la panadería en la mano.
—Buenos días.
Elliot los miró a los dos.
—Son las nueve.
—Qué observador —dijo Marcus.
—El partido empieza a las tres.
—Hemos pensado dedicarle el día entero.
Elliot suspiró.
Debería haber supuesto que no convenía contarles a sus amigos lo de la invitación sin fijar antes unas condiciones estrictas.
Julian sacó una camiseta azul marino de una de las bolsas.
—Mira.
Elliot la examinó.
El escudo de los Mariners estaba bordado en el pecho y la tela parecía bastante más cara que la del merchandising deportivo habitual.
—¿Por qué has comprado eso?
—Porque vas a un partido.
—Tengo ropa.
—Ya hemos hablado de tu ropa.
Marcus abrió la bolsa de la panadería.
—¿Podemos discutir de moda después de desayunar?
Julian no le hizo caso.
—He comprado tres. La tuya es la bonita.
Elliot frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque tú eres el que tiene que impresionar a alguien.
—No intento impresionar a nadie.
Julian miró a Marcus.
Marcus miró a Julian.
Los dos sonrieron.
Elliot señaló la puerta.
—Ya os podéis ir.
—No, no podemos —respondió Marcus—. Tenemos las entradas.
Elliot había cometido el error de enseñarle a Julian el sobre que Caleb le había dado.
Con eso había bastado.
En menos de una hora, Julian había estudiado el plano de asientos del estadio, había descubierto que las entradas daban acceso a una zona vip prémium y había anunciado que pensaba aprovechar la oportunidad al máximo.
Marcus había sido más práctico.
Quería saber si la comida estaba incluida.
Elliot aún no había recibido una respuesta satisfactoria.
—¿Podemos hablar un minuto de Caleb? —preguntó Julian.
—No.
—Maravilloso. Empecemos.
Elliot cogió el café y se sentó.
Julian se apoyó en la encimera.
—Es evidente que está interesado.
—Es mi paciente.
—Esas dos cosas no son incompatibles.
—Complican la situación a nivel profesional.
Marcus asintió.
—En eso tiene razón.
Julian puso cara de ofendido.
—Se supone que estás de mi parte.
—Estoy del lado de no causarle problemas a alguien que ha pasado años labrándose una reputación profesional.
Elliot le lanzó a Marcus una mirada de agradecimiento.
—Gracias.
—Pero —continuó Marcus— también creo que puedes permitirte admitir que el hombre es atractivo.
Elliot gruñó.
Julian sonrió triunfante.
—Exacto.
—Nunca he negado que sea atractivo.
Los dos hombres se quedaron en silencio.
Elliot se dio cuenta de su error.
Julian dejó el café despacio.
—Oh, esto es buenísimo.
—No.
—Te gusta de verdad.
—Es una persona agradable.
—Es un deportista profesional con una cara preciosa, un físico espectacular y, al parecer, suficiente interés en ti como para invitarnos a todos a un partido.
Elliot levantó los ojos al techo.
—Eres imposible.
Marcus se acomodó en una silla.
—¿Caleb sabe que eres gay?
—Supongo que sí.
—¿Ha dicho algo de sí mismo?
—No.
Julian cruzó los brazos.
—Entonces no deberíamos dar nada por sentado.
Elliot lo miró sorprendido.
—Eso ha sido sorprendentemente sensato.
—De vez en cuando lo consigo.
Marcus asintió.
—Pocas veces, pero pasa.
Julian lo ignoró.
—Solo digo que mereces que alguien se interese por ti. Y, si esto no sale, no pasa nada. Igualmente nos veremos un partido.
Elliot miró la camiseta.
Tenía que admitir que era elegante.
—Vale —dijo—. Me la pondré.
Julian sonrió de oreja a oreja.
—Maravilloso.
—Pero vosotros dos os vais a comportar.
Marcus se rio.
Julian pareció sinceramente ofendido.
—Siempre nos comportamos.
Elliot lo miró fijamente.
—¿Te acuerdas de la gala benéfica del museo?
—Aquel vigilante de seguridad no atendía a razones.
—Intentaste subirte a una escultura.
—Era interactiva.
—Había un cartel que prohibía tocarla.
Marcus negó con la cabeza.
—En su defensa, no rompió nada.
Elliot se tapó la cara con las manos.
El domingo iba a ser un día muy largo.
Llegaron al estadio poco después de la una.
Las calles que rodeaban el recinto estaban abarrotadas de aficionados con los colores del club.
Las familias avanzaban hacia la entrada con bufandas, banderas y vasos de papel con café.
Los vendedores pregonaban sus ofertas desde puestos portátiles y la música llegaba de una zona de animación junto a la explanada principal.
Elliot llevaba años sin ir a un partido profesional.
Había olvidado la energía tan particular que rodea un estadio antes del pitido inicial.
La gente estaba emocionada de una forma que parecía sencilla, sin dobleces. Los niños discutían sobre sus jugadores favoritos. Los padres se hacían fotos junto a carteles enormes. Grupos de amigos debatían las alineaciones como si el resultado dependiera de sus opiniones.
Durante un rato, Elliot se olvidó de los nervios.
Julian, entretanto, estudiaba las indicaciones de acceso.
—Al parecer, hay que dar la vuelta por el lado oeste.
Marcus miró hacia las puertas principales.
—¿No entramos por ahí?
—No. Tenemos una entrada aparte.
—Qué pijo —dijo Marcus.
Julian sonrió.
—Muchísimo.
Elliot releyó el mensaje que Caleb le había enviado esa mañana.
Usad la entrada oeste de invitados. El personal os indicará adónde ir. Os buscaré antes del pitido inicial.
Había pensado contestarle para recordarle que no debía pasar demasiado tiempo de pie.
Luego había decidido que, probablemente, el hombre no necesitaba que nadie más le controlara los movimientos.
En su lugar, le había dado las gracias sin más.
Ahora, mientras se acercaban a la entrada privada, se preguntó si Caleb ya estaría dentro.
Un vigilante de seguridad comprobó sus entradas y los guio por un pasillo amplio decorado con fotografías de la historia del club.
Julian aminoró el paso para admirar una de las vitrinas.
Marcus se fijó en los carteles de los bares.
Elliot siguió las indicaciones hacia la zona de asientos.
Salieron a un sector con vistas al campo desde un ángulo extraordinariamente bueno.
El césped era de un verde casi irreal bajo el cielo abierto. Los jugadores calentaban en los extremos opuestos, con movimientos rápidos y coordinados. Las gradas se iban llenando y una banda tocaba cerca del círculo central.
Julian se detuvo junto a la barandilla.
—Vaya.
Marcus silbó.
—Son unos asientos excelentes.
Elliot sonrió.
—Dijo que eran buenos.
—Omitió mencionar que son prácticamente perfectos.
Julian se volvió hacia él.
—Tu amigo tiene un gusto excelente.
Elliot prefirió no responder.
Un acomodador los llevó hasta una fila de asientos cómodos, cerca de la zona de invitados del club. Varias sillas estaban ocupadas por exjugadores, patrocinadores e invitados.
Elliot aún admiraba las vistas cuando sonó una voz conocida a su espalda.
—Habéis venido.
Se volvió.
Caleb estaba al final de la fila, con unos pantalones oscuros, un polo entallado de los Mariners y su bota ortopédica.
Parecía cansado.
También parecía encantado de verlos.
Elliot sintió al instante un cosquilleo de emoción tan inmediato como inoportuno.
—Claro —dijo—. Gracias otra vez por invitarnos.
Caleb sonrió.
—Es un placer.
Julian dio un paso al frente.
—Caleb. Qué alegría volver a verte.
—Julian.
Marcus le tendió la mano.
—Gracias por las entradas. Son increíbles.
—Me alegro de que os gusten.
Caleb echó un vistazo a la camiseta de Elliot.
—Llevas los colores.
Elliot bajó la vista.
—Por lo visto, no tenía opción.
Julian sonrió con aire inocente.
—Está guapo, ¿verdad?
Elliot cerró los ojos.
Caleb se rio.
—Lo está.
La respuesta fue casual.
El efecto que tuvo en Elliot, no.
Elliot apartó la mirada y fingió estudiar el césped.
Caleb saludó a unas cuantas personas de los alrededores antes de acomodarse en el asiento junto a Elliot.
—¿Qué tal la pierna? —preguntó Elliot en voz baja.
—Un poco cansada.
—¿Has estado mucho rato de pie?
—Algo.
—Caleb.
—Lo sé.
Elliot lo miró de reojo.
—No pretendo estropearte el día.
—Lo sé.
—Entonces, por favor, no me obligues a verte echar por tierra una semana de progresos.
La expresión de Caleb se suavizó.
—Tendré cuidado.
Elliot creyó que lo decía en serio.
Otra cosa era que lo consiguiera.
La tarde comenzó con una serie de presentaciones en homenaje a organizaciones deportivas juveniles de la zona.
Varios niños, en representación de distintos programas comunitarios, salieron al césped con pancartas. Varios exjugadores se dirigieron al público y un breve vídeo mostró el trabajo que se financiaba con las donaciones.
Elliot se emocionó sin esperárselo.
La organización facilitaba el acceso al deporte a niños cuyas familias no podían costear las cuotas de inscripción, el material o el transporte. Varios participantes contaron que formar parte de un equipo les había ayudado a hacer amigos y a sentirse más seguros de sí mismos.
Caleb siguió la presentación en silencio.
—Esto es importante para ti —observó Elliot.
Caleb asintió.
—Cuando era niño, mis padres no habrían podido permitirse ni la mitad de las oportunidades que tuve.
Mis primeros guantes de portero decentes salieron de una tienda de segunda mano.
Mi entrenador nos llevaba en coche a tres de nosotros a los partidos porque nuestras familias no podían con los desplazamientos.
—Parece buen hombre.
—Lo era.
—¿Sigues en contacto con él?
—Claro. Le pago el abono de temporada.
Elliot sonrió.
—Qué bonito.
Caleb se encogió de hombros.
—Se pasó años haciendo cosas por nosotros sin pedir nada a cambio. Es lo menos que puedo hacer.
Elliot observó a un grupo de niños que saludaba al público.
Le gustaba escuchar aquellas historias.