CAPÍTULO 3 #4
—Entonces espero que les cuentes a los investigadores todo lo que pueda ser relevante.
Caleb apartó la mirada.
Aún no estaba preparado para explicar lo de las fotografías.
Todavía no.
Regresaron a la clínica sin más incidentes.
Caleb se sentía extrañamente agotado.
Elliot se aseguró de que estuviera cómodo antes de ir a por las llaves y las cosas de Caleb.
—Tus próximas sesiones son el martes y el viernes —dijo.
—Aquí estaré.
—Avísame si los síntomas empeoran después de lo que ha pasado.
—Lo haré.
Elliot vaciló.
—¿Caleb?
—¿Sí?
—No tienes que fingir que nada de esto te asusta.
Caleb frunció el ceño.
—¿Las amenazas?
—Todo. Tu seguridad, tu recuperación, tu futuro. No tienes que decidir que una de esas cosas importa más que las otras.
Caleb lo miró con atención.
—Haces que parezca llevadero.
—No he dicho que vaya a ser fácil. Pero no tienes que cargar con todo a la vez.
Caleb sonrió débilmente.
Quería decirle a Elliot lo mucho que significaba para él esa distinción.
Pero se limitó a darle las gracias y fue hacia el coche.
Antes de marcharse, bajó la ventanilla.
—El domingo hay un partido benéfico en el estadio —dijo—. El club está recaudando fondos para que los niños puedan hacer deporte organizado.
Elliot se acercó.
—Parece una buena causa.
—Tengo entradas. De hecho, me sobran algunas.
Elliot lo miró.
—Caleb.
—Antes de que digas nada, no te estoy invitando a salir.
—De acuerdo.
—Te estoy ofreciendo entradas para un evento deportivo. Puedes llevar a tus amigos.
La expresión de Elliot se suavizó.
—Es muy generoso por tu parte.
—Pensé que te gustaría.
—Probablemente sí.
—Entonces quédatelas.
Caleb metió la mano en la guantera y sacó un sobre.
Elliot lo aceptó a regañadientes.
—¿Estás seguro?
—Por supuesto.
Al cabo de un momento, Elliot sonrió.
—Gracias.
Caleb sintió una oleada de satisfacción que le dio hasta vergüenza.
—Entonces nos vemos el domingo.
Elliot asintió.
—El domingo.
Aquella noche, Caleb recibió una llamada de Nathan.
Le contó el enfrentamiento en el café, incluido el comportamiento de Ryan y la advertencia que le había hecho.
Nathan escuchó sin interrumpirlo.
Cuando Caleb terminó, se hizo un largo silencio.
—Hablaré con la directiva —dijo Nathan.
—Hazlo.
—¿Se lo has contado a la policía?
—Todavía no.
—Deberías.
—Lo haré.
Nathan suspiró.
—Caleb, tengo que preguntarte si me estás ocultando algo.
Caleb se recostó en el sofá.
—¿Por qué?
—Porque estás distraído desde la lesión. Te pones nervioso delante de las cámaras. Y ahora hay problemas con un compañero de equipo.
Caleb miró hacia las ventanas.
—He recibido algunos mensajes desagradables.
—¿Cómo de desagradables?
—Amenazantes.
Nathan soltó una palabrota.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Se lo conté a la policía.
—No es eso lo que te he preguntado.
Caleb se frotó la frente.
—No quería meter al club en esto.
—Eres un deportista profesional y estás recibiendo amenazas. El club tiene que saberlo.
—Lo entiendo.
El tono de Nathan se suavizó.
—Nadie espera que cargues con todo tú solo.
Caleb cerró los ojos.
Empezaba a oír ese mismo mensaje en boca de demasiada gente, y eso le incomodaba.
—Te enviaré la información —dijo.
—Bien.
Hablaron de las medidas de seguridad, del próximo partido benéfico y de si Caleb debía asistir.
Se negó en redondo a plantearse quedarse en casa.
Nathan no discutió, pero insistió en informar al director de seguridad del club.
Cuando terminó la llamada, Caleb se quedó sentado en silencio junto a Walter.
El móvil vibró.
Otro mensaje.
Esta vez no había ninguna fotografía.
«Hoy has avergonzado a la persona equivocada».
Caleb se quedó mirando la pantalla.
Llegó un segundo mensaje.
El domingo será interesante.
Reenvió ambos mensajes al detective.
Después llamó al director de seguridad del club.
En un pequeño apartamento al otro lado de Seattle, un hombre veía las noticias de la noche sin verlas realmente.
La pantalla se llenó de resúmenes deportivos.
Un presentador hablaba del próximo partido benéfico de los Mariners, de la afluencia prevista y de los planes del club para presentar a varios jugadores de la cantera.
El guardameta lesionado apareció un instante en unas imágenes de archivo.
Caleb Morgan.
El hombre silenció el televisor.
Había dado por hecho que Caleb entendería las advertencias.
Pero aquel gilipollas arrogante había seguido comportándose como si las reglas no fueran con él.
Y, para colmo, había empezado a meter a otras personas en el asunto.
El fisioterapeuta se estaba convirtiendo en un problema.
El hombre abrió el portátil y estudió una fotografía tomada a la puerta de una cafetería del paseo marítimo.
Caleb estaba sentado frente a un hombre más menudo, de pelo rubio oscuro.
Se les veía cómodos juntos.
Demasiado cómodos.
Amplió la imagen y luego la cerró.
El domingo le brindaba otra oportunidad.
Un acto público. Un horario previsible. Gente suficiente para que un rostro se perdiera entre cientos.
Cogió un cuaderno y lo abrió en una página cubierta de fechas.
Había sido paciente.
Ahora tenía que asegurarse de que Caleb entendiera las consecuencias de negarse a escuchar.