A salvo en tus brazos CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Caleb había afrontado penaltis delante de setenta mil personas sin ponerse especialmente nervioso.

Había jugado con un dedo roto, se había pasado una segunda parte entera defendiendo una ventaja de un gol contra el equipo más ofensivo de la liga y una vez había encarado a un entrenador furioso en un vestuario mientras veintitrés compañeros fingían no oír nada.

Ninguna de esas experiencias consistía en quedarse de pie en la cocina a las ocho de la mañana, tratando de decidir si se veía con fuerzas de ir a una cita de fisioterapia.

La cita no era hasta las diez.

Ya había mirado el reloj once veces.

Walter estaba tumbado bajo la mesa del desayuno y lo observaba con la paciente decepción de un perro cuyo dueño, por lo visto, había olvidado que las mañanas eran para pasear.

Tenía la enorme cabeza apoyada entre las patas delanteras y, cada pocos minutos, soltaba un suspiro lo bastante sonoro como para tomarlo por una crítica.

—Lo sé —murmuró Caleb—. Crees que estoy haciendo el ridículo.

Walter golpeó el suelo con la cola.

Caleb cogió el móvil. Se le había pasado por la cabeza llamar a Elliot y decirle que estaba enfermo, aunque la excusa resultaba especialmente idiota cuando la persona a la que pretendía engañar era un profesional sanitario.

Podía cancelar sin dar explicaciones, claro.

Buscar otro fisioterapeuta. Volver al departamento de rehabilitación del club y pedirle a Nathan que le organizara algo.

Eso resolvería un problema.

No resolvería los demás.

En el móvil guardaba una colección de amenazas anónimas que habían convertido una etapa ya difícil de su vida en algo bastante peor.

La tarde anterior había hablado con un detective de la policía, le había enviado las capturas de pantalla y le habían aconsejado documentar cualquier novedad mientras investigaban los mensajes.

El detective había sido profesional y tranquilizador, pero Caleb entendía las limitaciones prácticas.

Quien lo estuviera contactando parecía usar números temporales.

Las fotografías se habían tomado en lugares públicos.

El lenguaje era amenazante, pero el remitente apenas había dejado datos que permitieran identificarlo.

También estaba el asunto de Elliot.

Caleb había dedicado una cantidad vergonzosa de tiempo a pensar en él.

Recordaba los rizos de un rubio oscuro que se resistían a quedarse en su sitio, la expresión seria que se le ponía a Elliot cada vez que se concentraba y el humor contenido que asomaba cuando Caleb menos lo esperaba. Más de una vez se había sorprendido reviviendo la conversación del coche.

Llevaba casi dos años sin interesarse de verdad por nadie.

Sus relaciones anteriores apenas merecían ese nombre. Unos cuantos encuentros discretos, algunas veladas agradables y el entendimiento mutuo de que su carrera era lo primero. Siempre había tenido cuidado con los hombres a los que dejaba entrar en su vida privada.

Elliot no encajaba en ninguno de esos esquemas.

Era su fisioterapeuta. Tenía su propio negocio, sus propios amigos y, al parecer, ningún interés en dejarse impresionar por la profesión de Caleb.

Y, sobre todo, alguien había empezado ya a vigilarlos.

Caleb miró hacia la ventana.

La noche anterior había cerrado las cortinas, algo que antes rara vez se molestaba en hacer. La casa quedaba detrás de un muro alto y de árboles frondosos, y siempre la había considerado un sitio privado.

Ya no estaba tan seguro.

Walter se levantó, se estiró y se acercó a él.

—Está bien —dijo Caleb, y se agachó a rascarle las orejas—. Ya voy.

Cogió las llaves.

Una hora más tarde conducía rumbo a Northline con la incómoda sensación de estar mirando todos los coches que llevaba detrás.

Elliot estaba trabajando en un escritorio cerca de las ventanas de la clínica cuando Caleb llegó.

El sol de la mañana se extendía por el paseo marítimo e iluminaba el suelo de madera y el material de ejercicio, pulcramente ordenado. Fuera, dos operarios reparaban la tarima junto al edificio y algún martillazo suelto entraba por una ventana abierta.

Elliot alzó la vista.

—Has venido.

Caleb se detuvo.

—¿Lo dudabas?

—Un poco.

—¿Por qué?

Elliot se quitó las gafas.

—La otra noche parecías inquieto. No sabía si te resultaría cómodo volver.

Caleb lo observó.

Esperaba preguntas sobre la gala. Quizá una broma sobre la velada inesperada que habían compartido, o alguna mención incómoda de la conversación que habían tenido en el coche.

En cambio, Elliot parecía centrado únicamente en si Caleb estaba a gusto con el tratamiento.

—Pensé en cancelar —admitió Caleb.

—¿Puedo preguntarte por qué?

Caleb sopesó la pregunta.

«Porque haces que desee cosas que dejé de permitirme desear».

«Porque alguien me está vigilando».

«Porque ya no sé si puedo confiar en mi propio criterio».

—Las cosas se han complicado —dijo.

Elliot asintió.

—¿Prefieres que hablemos de esas complicaciones antes de empezar?

—No especialmente.

—Entonces no lo haremos.

Caleb sintió que se le destensaban un poco los hombros.

Elliot señaló la zona de asientos.

—Cuéntame cómo han ido los ejercicios.

Caleb se sentó y le entregó el diario de actividad que le habían pedido que llevara.

Elliot lo abrió.

Alzó ligeramente las cejas.

—Pues has rellenado todos los apartados.

—Parece que te sorprende.

—La mayoría de la gente necesita que la animen un poco.

—Me tomo las instrucciones en serio.

Elliot alzó la vista.

Caleb suspiró.

—Normalmente.

—Eso ya se ajusta más a la realidad.

A Caleb se le curvó la comisura de los labios.

Elliot repasó las anotaciones y le preguntó por la hinchazón, el sueño, el cansancio y las molestias. Caleb respondió con sinceridad, incluido el hecho de que llevaba varias noches tan inquieto que había dormido mal.

Cuando Elliot le preguntó si la ansiedad tenía que ver con la lesión, Caleb vaciló.

—En parte.

—¿Quieres hablarme de la otra parte?

—Todavía no.

Elliot aceptó la respuesta.

—De acuerdo. Si te está afectando al sueño, deberíamos tenerlo en cuenta al planificar tu actividad. La recuperación no sucede al margen del resto de tu vida.

Caleb lo observó tomar nota.

—Lo crees de verdad, ¿no?

—¿Qué creo?

—Que todo está relacionado.

—Hasta cierto punto. El sueño, la alimentación, el estrés, la actividad y el apoyo social. No funcionan en compartimentos estancos.

—Haces que parezca evidente.

—Buena parte de la sanidad resulta evidente en cuanto alguien te la explica bien.

Caleb miró de reojo un cuaderno que había junto al teclado.

Varias páginas estaban llenas de anotaciones a mano.

—¿Estás escribiendo un libro de texto?

Elliot siguió su mirada.

—Algo así.

—¿Puedo preguntar?

Por primera vez aquella mañana, Elliot pareció ligeramente cohibido.

—Es un proyecto en el que llevo un tiempo trabajando. Una guía práctica para vivir bien después de un revés físico grave.

—Parece útil.

—Esa es la intención.

—¿Vas a publicarlo?

—Si algún día lo termino.

Caleb sonrió.

—Conozco a unas cuantas personas en el mundo editorial.

Elliot le lanzó una mirada divertida.

—Por supuesto que sí.

—No lo decía para darme importancia.

—Ya lo sé.

—Te estaba ofreciendo ayuda.

—Gracias. Pero antes me gustaría tener algo que merezca la pena enseñar.

Caleb reconoció esa reticencia. Había sentido algo parecido cada vez que un periodista le preguntaba por sus planes para después de la retirada.

Mientras Elliot se guardara el manuscrito para sí, nadie podría decirle si merecía la pena publicarlo.

—¿Qué te llevó a empezar a escribirlo? —preguntó.

Elliot se reclinó.

—Sobre todo, los pacientes. La gente sale de rehabilitación con instrucciones para hacer ejercicios, pero a veces con muy poca orientación sobre cómo volver a la vida cotidiana.

Saben cuántas repeticiones tienen que hacer, pero no saben cómo afrontar el miedo a moverse o la frustración que les provocan sus limitaciones.

Caleb bajó la vista a su bota ortopédica.

—Esa parte me resulta familiar.

—Me lo imaginaba.

Pasaron a la zona de tratamiento, donde Elliot empezó por examinarle el tobillo con cuidado.

La hinchazón había mejorado un poco. La incisión cicatrizaba como era de esperar y Caleb podía activar varios grupos musculares con más seguridad que en la cita anterior.

Elliot le explicó los hallazgos sin exagerar su importancia.

—Son señales alentadoras —dijo—. No significa que podamos aumentarlo todo de golpe, pero nos dicen que estás tolerando bien el programa actual.

—Eso es bueno.

—Lo es.

Caleb se tumbó en la camilla mientras Elliot le trabajaba con suavidad los músculos que rodeaban la zona lesionada, sin forzar directamente el tendón reparado.

El contacto ya le resultaba familiar.

Y eso empezaba a ser un problema.

Nunca le había parecido especialmente relajante recibir tratamiento clínico. Por lo general, consistía en que le mandaran moverse, aguantar molestias o describir los síntomas mientras alguien examinaba los resultados.

Elliot lo hacía de otra manera.

Le iba explicando lo que hacía, comprobaba si le molestaba y dejaba silencios suficientes para que Caleb se relajara, en lugar de llenar cada instante de instrucciones.

Tenía las manos calientes.

Caleb intentó no darse cuenta.

No lo consiguió.

—Tienes tensión acumulada en los hombros —observó Elliot.

Caleb miró al techo.

—¿Ah, sí?

—Bastante.

—Quizá me estoy preparando para una discusión.

—¿Debería preocuparme?

—Depende de cuánto me vayas a hacer trabajar.

Elliot se rió por lo bajo.

—Ni siquiera he empezado con la parte difícil.

—Estupendo.

Caleb cerró los ojos.

Durante unos minutos consiguió concentrarse en cómo los músculos se le iban soltando poco a poco.

Entonces afloró un recuerdo.

Volvía a tener dieciséis años y estaba sentado en el vestuario después de un partido del instituto, esperando a que se marcharan todos los demás.

Un chico llamado Aaron lo esperaba fuera, con una chaqueta prestada y esa sonrisa nerviosa que Caleb recordaba con más claridad que cualquier otra cosa de él.

Habían sido amigos durante casi un año.

Durante tres meses, habían sido algo más.