A salvo en tus brazos CAPÍTULO 2 #5
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CAPÍTULO 2 #5

Detrás de la imagen pública reservada de Caleb había un hombre capaz de reírse de sí mismo, de hacer preguntas interesantes y de admitir miedos que jamás revelaría en una entrevista.

A Elliot le gustaba.

Más de lo aconsejable.

Se sentó a la mesa de la cocina y se quedó mirando el té.

Ya había sentido atracción por pacientes en otras ocasiones, aunque rara vez con tanta intensidad. La respuesta adecuada siempre era la misma: reconocer lo que sentía, mantener los límites profesionales y asegurarse de que aquello no influyera en su criterio clínico.

Si era necesario, podía gestionar que otro fisioterapeuta se hiciera cargo del tratamiento de Caleb.

La idea lo inquietaba.

No solo porque quisiera seguir viendo a Caleb, sino porque aquel hombre por fin había empezado a implicarse en su rehabilitación. Derivarlo ahora a otro fisioterapeuta podría echar a perder esos progresos.

Elliot se pasó una mano por la cara.

Tendría cuidado.

No había otra opción sensata.

Su teléfono vibró.

Julian.

¿Has llegado bien a casa?

Sí.

¿Y tu misterioso acompañante?

Elliot suspiró.

Buenas noches, Julian.

La respuesta llegó de inmediato.

¿Tan bien ha ido?

Elliot apagó la pantalla.

Llevó el té al salón y se sentó junto a la ventana, desde donde podía ver la silueta oscura de los árboles al otro lado de la calle.

Había algo en el comportamiento de Caleb que seguía inquietándolo.

Las notificaciones del teléfono. Su reacción ante la cámara. Aquella pregunta sobre la posibilidad de que la gente descubriera algo privado.

Al principio, Elliot había supuesto que a Caleb le costaba asumir la posibilidad de que lo identificaran como gay o bisexual.

Eso podía explicar parte de su ansiedad.

Pero no explicaba el miedo que había visto cuando vibró el teléfono.

El miedo no era lo mismo que la vergüenza.

Y Caleb parecía asustado.

Al otro lado de la ciudad, Caleb entró en casa y dejó las llaves sobre la mesa del recibidor.

Walter salió disparado del salón con todo el entusiasmo de un animal de cuarenta y un kilos convencido de que cualquier separación equivalía a un abandono.

—Eh, amigo.

Caleb se agachó con cuidado para rascar al perro detrás de las orejas.

Walter olisqueó la bota ortopédica, decidió que seguía resultando sospechosa y lo siguió hasta la cocina.

La casa estaba a oscuras, salvo por las luces automáticas de debajo de los armarios.

Caleb llenó el cuenco del perro, cogió una botella de agua para sí mismo y se acomodó en el sofá del salón.

Le dolía la pierna lesionada.

La elevó, comprobó la inflamación siguiendo las instrucciones del alta y cogió el móvil.

Tenía seis mensajes sin leer.

Cuatro eran de amigos.

Uno era de su hermano.

El último era de un número desconocido.

Caleb se quedó mirándolo casi un minuto antes de abrirlo.

Esta noche se te veía cómodo.

Se le contrajo el estómago.

Bajo el texto se cargó una imagen.

En ella aparecía él de pie junto a Elliot, en el palco del teatro.

La foto estaba tomada desde atrás.

Caleb distinguía el perfil de Elliot, la inclinación de su cabeza mientras escuchaba y la leve sonrisa de su propio rostro.

Apareció un segundo mensaje.

¿Sabe él lo que eres en realidad?

Caleb se puso en pie tan bruscamente que Walter levantó la cabeza.

Cruzó la habitación hasta la ventana que daba a la calle y miró afuera.

La calle estaba vacía.

No había ningún vehículo desconocido aparcado cerca. Ninguna silueta se movía bajo los árboles.

Comprobó la puerta principal.

Cerrada con llave.

Después, la de atrás.

También cerrada con llave.

Walter lo siguió, desconcertado por aquel trájin repentino.

Caleb volvió al salón y se dejó caer en el sofá con pesadez.

Apareció otro mensaje.

Deberías elegir mejor a tus amigos.

Lo leyó dos veces.

Luego volvió a abrir la fotografía.

Alguien lo había seguido hasta la clínica de rehabilitación.

Alguien lo había observado en la gala.

Alguien sabía que había pasado la velada hablando con Elliot.

Su primer impulso fue bloquear el número.

El segundo, llamar a Nathan.

En vez de eso, empezó a hacer capturas de pantalla.

Guardó los mensajes, incluidas las fotografías anteriores, y los reenvió a una cuenta de correo electrónico segura.

Después buscó el nombre del detective que el año anterior había llevado una denuncia por acoso de uno de sus compañeros de equipo.

Encontró los datos de contacto y los dejó junto a las capturas de pantalla.

Walter apoyó la enorme cabeza en la rodilla de Caleb.

Caleb bajó la vista y le rascó las orejas.

—Estoy bien —murmuró.

El perro lo miró con escepticismo.

Caleb tampoco estaba seguro de creérselo.

Pensó en Elliot bajo las luces del teatro, sonriendo por algo que él había dicho.

El recuerdo había sido un pequeño placer privado.

Ahora otra persona lo había convertido en una amenaza.

Caleb volvió a mirar hacia la ventana.

Fuera lo que fuese aquello, ya no podía fingir que era el acoso corriente de un fan.

Ya había perdido seis semanas de su carrera.

No iba a permitir que un desconocido le destrozara el resto de su vida.

Y tampoco iba a permitir que Elliot acabara siendo otra víctima de todo aquello.