A salvo en tus brazos CAPÍTULO 2 #4
18%

CAPÍTULO 2 #4

Elliot sostuvo la puerta mientras Caleb metía las muletas dentro y se dejaba caer en el asiento del conductor.

—Gracias.

—De nada.

Caleb alzó la vista hacia él.

—¿Cómo vas a volver a casa?

—Pediré un taxi.

—¿Dónde vives?

—A unos quince minutos al norte.

—Yo voy hacia allí.

Elliot vaciló.

Que lo llevara no tenía nada de inapropiado en sí, pero cada vez era más consciente de que debía mantener unos límites claros.

—No tienes por qué —dijo.

—Ya lo sé.

Caleb esperó.

—Es tarde —añadió—. Y no me vendría mal la compañía.

Elliot se planteó rechazar la oferta.

Después miró la calle, casi desierta, y al hombre lesionado sentado al volante.

—De acuerdo.

Caleb volvió a sonreír.

—Sube.

El trayecto comenzó en silencio.

Caleb parecía más relajado una vez que dejaron atrás el teatro, aunque Elliot se fijó en que miraba el retrovisor con frecuencia.

La ciudad desfilaba a su alrededor en franjas de luz y sombra.

El asfalto mojado reflejaba los semáforos. Un autobús se detuvo con un siseo junto a un restaurante. En algún punto cerca del paseo marítimo, la sirena de un barco sonó en la oscuridad.

Elliot le indicó el camino cuando fue necesario.

Por lo demás, dejó que el silencio se instalara entre ellos.

Al cabo de varios minutos, Caleb habló.

—Siento lo de antes.

Elliot se volvió hacia él.

—¿Lo de antes?

—Por cómo reaccioné cuando se acercó aquel fotógrafo.

—Rechazaste una foto. No tienes nada de lo que disculparte.

—Probablemente hice el ridículo.

—Parecías incómodo.

Caleb apretó los dedos en torno al volante.

—Normalmente no reacciono así.

—Entonces esta noche ha habido algo diferente.

Caleb no respondió.

Elliot observó los reflejos que se deslizaban por el parabrisas.

Tenía dos opciones.

Podía hacerle preguntas que Caleb aún no estaba preparado para responder, o dejarle claro que no pasaba nada por guardar silencio.

Eligió lo segundo.

—No tienes que explicarme nada —dijo—, pero si algo te hace sentir en peligro, deberías hablar con alguien de confianza.

Caleb lo miró de reojo.

—¿Es un consejo profesional?

—Considéralo un consejo humano.

Asomó una leve sonrisa.

—Me parece justo.

Se detuvieron ante un semáforo.

Caleb miró hacia una tienda de la esquina abierta las veinticuatro horas.

—¿Puedo preguntarte algo personal?

—Dentro de lo razonable.

—¿Alguna vez has tenido miedo de que la gente descubriera algo sobre ti?

Elliot se volvió del todo hacia él.

La pregunta tenía un peso inconfundible.

—Sí.

Caleb mantuvo la vista en la carretera.

—¿Qué hiciste?

Elliot sopesó la respuesta con cuidado.

—Pasé mucho tiempo intentando convertirme en la persona que creía que los demás querían que fuera.

—¿Y?

—Fue agotador.

Caleb soltó una risa seca.

—Me lo imagino.

—Mi padre tenía sus propias ideas sobre el tipo de vida que debía llevar. Los demás tenían las suyas. Pasé años intentando no decepcionar a nadie, hasta que me di cuenta de que me estaba amargando la vida.

Caleb no dijo nada.

Elliot continuó en un tono más suave.

—Al final comprendí que podía decepcionar a la gente y aun así tener una buena vida.

—Suena sencillo.

—No lo fue.

El semáforo se puso en verde.

Caleb siguió conduciendo.

Unas calles más adelante, volvió a hablar.

—¿Tu familia te aceptó?

Elliot sabía qué le estaba preguntando.

—Al final, sí. Mamá lo aceptó bastante rápido, pero papá tardó más en hacerse a la idea.

—¿Y ahora?

—Ahora se queja de que trabajo demasiado y me pregunta cuándo voy a llevar a alguien a cenar.

Caleb sonrió.

—Los padres.

—Son de lo más previsibles.

Durante unos instantes, el coche se llenó del suave rumor de la calefacción.

Entonces Caleb dijo:

—No creo que mi familia tuviera ningún problema.

Elliot mantuvo la mirada al frente.

—Eso está bien.

—El problema son los demás.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.

Elliot comprendía la tentación de pedirle que se explicara. También entendía que Caleb no había llegado a confesar nada.

Así que no lo trató como una confesión.

—Las expectativas de los demás pueden ser difíciles de llevar —dijo.

Caleb exhaló despacio.

—Sí.

Ninguno de los dos habló durante el resto del trayecto.

Cuando llegaron al barrio de Elliot, las calles estaban tranquilas.

Le indicó a Caleb cómo llegar a una casa adosada de ladrillo reconvertida, en una esquina frente a un pequeño parque.

—Es aquí.

Caleb se arrimó a la acera.

Elliot se desabrochó el cinturón de seguridad.

—Gracias por traerme.

—Gracias por hacerme compañía.

Elliot abrió la puerta y se detuvo.

—Tu próxima cita es el jueves por la mañana.

—Lo sé.

—Y sigue con el programa.

—Lo haré.

—Sobre todo con los límites de actividad.

Caleb puso los ojos en blanco.

—¿Es que no dejas de trabajar nunca?

—De vez en cuando.

—¿Y cómo se nota?

Elliot sonrió.

—Normalmente soy el que lleva la chaqueta cara.

Caleb se rio.

Elliot salió del coche y cerró la puerta.

Solo había dado unos pasos cuando Caleb bajó la ventanilla del copiloto.

—¿Elliot?

Se volvió.

Caleb lo miró un largo instante.

—Esta noche ha sido la primera vez en semanas que he conseguido olvidarme de que estoy lesionado.

Elliot sintió un calor que se le extendía por dentro y que tenía muy poco que ver con la satisfacción profesional.

—Me alegro.

Caleb asintió.

—Buenas noches.

—Buenas noches, Caleb.

El todoterreno se alejó.

Elliot lo siguió con la mirada hasta que dobló la esquina.

Después entró en casa.

Su casa estaba exactamente como la había dejado, salvo por la funda de ropa que colgaba del respaldo de una silla de la cocina.

Colgó el abrigo, se quitó la chaqueta y se puso ropa cómoda.

No se permitió pensar en lo ocurrido hasta después de preparar el té.

Caleb Morgan era atractivo.

Eso era innegable.