18. Última sesión
Última sesión
Puse el dictáfono encima de la mesa baja antes de que subiera, con la pinza vencida hacia mí, y lo dejé apagado.
Se lo enseñé en cuanto se sentó.
—Esto es una grabadora. Es mía y es analógica: graba en cinta, no va a ningún sitio, no se sube a ninguna parte. —Se lo giré para que viera el botón—. Me gustaría grabar la sesión de hoy. Si dice que no, la aparto y no vuelvo a sacarla, y no pasa absolutamente nada.
Eva miró el aparato.
Lo miró más rato del que se tarda en mirar una grabadora. Yo llevaba veinte años metiendo pacientes en el consentimiento y sé cómo se mira un aparato cuando uno tiene miedo de lo que va a decir. No era eso. Fue más largo y fue más quieto.
—¿Para qué la quiere?
—Para dos cosas y le digo las dos. La primera, para tener registro de lo que usted me cuenta con su voz, por si algún día hace falta. La segunda, para poder escucharla yo otra vez y trabajar mejor.
—¿Y quién la va a oír?
—Nadie sin su permiso. Si un juez me la pide, se la doy, y usted lo sabrá antes que él.
—Vale.
—¿Vale sí?
—Vale sí. —Se recolocó en la butaca—. Grábela.
Pulsé. Son las nueve y media de un martes de junio en mi cabeza cada vez que me acuerdo de esto, y en realidad eran las siete y treinta y cuatro de la tarde.
Estuvo mal desde el principio y no era la clase de mal que yo conocía.
En cinco semanas la había visto asustada, agotada, culpable y furiosa. Aquel día estaba otra cosa. Se sentó y no se quitó el abrigo, y cuando empezó a hablar lo hizo mirando el suelo, y no volvió a mirarme hasta el final.
—Quiero parar todo esto.
—¿Qué es todo esto?
—Esto. —Movió la mano en el aire, entre las dos, y con esa mano abarcó la consulta entera—. Venir. Contarlo. Lo que sea que estamos haciendo.
—Explíquemelo mejor.
—Es que ya no sé si estoy haciendo algo bueno.
Trabajé eso veinte minutos y lo trabajé bien.
Está en la cinta. Es una de las cosas que más he vuelto a escuchar en toda mi vida y sigo pensando que hice lo correcto: normalicé el desgaste, desmonté la culpa, le puse delante lo que había conseguido en cinco semanas —el registro de incidentes, el sueño, dos decisiones prácticas sobre su casa—, y le dije que abandonar el proceso ahora la dejaba exactamente donde estaba en febrero.
Ella escuchó todo. Y cuando terminé dijo:
—Ya. Pero usted no está donde estaba en febrero.
Le pedí que me contara la última semana, que es lo que se hace cuando una paciente amenaza con abandonar: se baja del concepto al día.
Y me contó una cosa nueva.
El sábado había ido a comer a casa de su tía, en Móstoles, que es la única persona de su familia con la que se habla y a la que no le ha contado nada.
Comieron, vieron la tele, se fue a las siete.
El domingo por la mañana su tía la llamó para decirle que se le había caído el toldo de la terraza durante la noche, con el brazo articulado y todo, y que había roto dos macetas y el cristal de la mesa.
—Y le dije: qué mala suerte, tía. —Se apretó las manos—. Y colgué y me senté en el suelo del pasillo.
—¿Usted le contó algo a su tía?
—Nada. Se lo juro. Comimos y vimos un concurso.
—Entonces no es de esto.
—Ya lo sé. —Levantó la cabeza por primera vez—. Ese es el problema. Que ya no puedo saber si un toldo es un toldo.
Eso también lo trabajé, y eso sí sé hacerlo. Se llama atribución expandida y es uno de los daños más crueles del acoso prolongado: la víctima pierde la capacidad de tener accidentes. Todo lo que le ocurre a la gente de alrededor pasa a ser culpa suya.
Se lo expliqué con esas palabras. Dijo que sí, que era eso exactamente.
Yo había tenido el mismo pensamiento el jueves anterior, con una gotera en el rellano de mi consulta.
A las ocho menos veinte se lo pedí.
—Necesito pedirle una cosa y quiero que sepa que puede decir que no.
—Dígame.
—Hay una inspectora que lleva mi denuncia. Se llama Ruth Salgado y llevo once años trabajando con ella. —Fui muy despacio—. No le estoy pidiendo que denuncie. Le estoy pidiendo diez minutos. Que entre, que diga «yo soy la paciente de Inés Beltrán», y que se vaya. Nada más.
Eva se quedó completamente quieta.
—¿Por qué?
—Porque en este momento usted es la única persona que puede confirmar que existe un caso.
—¿Y si no lo hago?
—Si no lo hace, no pasa nada. —Y ahí, por primera vez en cinco semanas, le dije la verdad de mi lado de la mesa—. Si no lo hace, lo que hay es una mujer conocida diciendo que la persigue alguien a quien nadie ha visto.
Levantó la cabeza.
—¿A usted qué le ha pasado?
Y yo se lo conté.
Le conté lo del libro boca abajo y la cerradura sin marcas.
Le conté el audio de la terraza y los cuarenta y siete segundos y que se borró solo.
Le conté que la portada del martes citaba un informe policial.
No le conté lo de Nuria más allá de lo que ya sabía, ni le di el nombre de Ruth otra vez, ni le dije nada del cuaderno.
Fueron cuatro minutos. Está en la cinta.
Eva escuchó con las dos manos en el regazo, una encima de otra, como el primer día. Cuando terminé, tenía los ojos llenos y no se los tocó.
—Entonces ya está —dijo.
—¿Ya está qué?
—Que ya le ha pasado a usted. —Tragó—. Yo pensaba que a usted no le iba a pasar.
—¿Por qué?
—Porque usted es la que sabe.
Hay una cosa que anoté esa misma noche, después, cuando pasé la sesión a la ficha. La anoté porque me chirriaba y no supe dónde ponerla, y hoy es de las tres o cuatro líneas de todo el expediente que sirven para algo.
Se lo he contado a ella. A ella no le ha pasado nada.
Cinco semanas de regla. Seis personas. Todas pagaron algo, unas mucho y otras poco.
Y a la única persona a la que se lo he contado entero, que además es la persona por la que existe todo esto, no le ha pasado absolutamente nada en cinco semanas.
Debajo escribí tres explicaciones posibles, porque siempre escribo tres.
Que a ella no puede castigarla porque ella es el instrumento y sin instrumento no hay obra.
Que a ella ya la está castigando de otra manera, todos los días, desde febrero.
Y la tercera, que taché con dos rayas antes de terminar de escribirla, porque me pareció el pensamiento más feo que había tenido en veinte años de profesión: que a ella no le pasa nada porque a ella no se lo tiene que contar nadie.
Lo taché. Se lee igual. Está en el cuaderno.
Terminamos a las ocho y veintidós. Paré la grabación delante de ella, saqué la cinta, la etiqueté con la fecha y la guardé en el sobre, y todo eso lo hice a la vista, que es como se hace.
Me pagó en efectivo, doblados por la mitad, del bolsillo del abrigo.
—El jueves a la misma hora —dije.
—El jueves lo tengo mal. —Se colgó el bolso—. La llamo yo.
—Eva.
—Que la llamo yo. —Y entonces sonrió, y fue la misma sonrisa muy joven de la tercera sesión—. Piénselo, lo de la inspectora. Se lo digo en serio. Piénselo bien antes de que yo le diga que sí.
La acompañé al rellano. Pulsé el interruptor y se encendieron los noventa segundos.
Antes de entrar en el ascensor se giró y miró otra vez la mesa baja a través de la puerta abierta de la consulta, donde estaba el dictáfono con el sobre al lado.
Después bajó.
En aquella cinta de sesenta minutos hay una mujer contando lo que le pasa, y una segunda mujer contándole a la primera lo que le está pasando a ella. Es la única prueba física que existe en el mundo de que aquella persona estuvo alguna vez en mi consulta.
Yo estuve cuatro meses agarrada a eso.
La escuché entera esa misma noche, en casa, con los cascos, mientras Álvaro dormía.
Es desagradable escucharse trabajar. Uno se oye las muletillas, se oye tardar, se oye una pregunta mal hecha en el minuto veintiséis. Anoté cuatro cosas técnicas para revisar.
Y anoté una quinta que no era técnica.
En el minuto cuarenta y uno, cuando le estoy contando lo del audio de la terraza, hay ocho segundos en los que no habla nadie. Yo he terminado una frase y ella todavía no ha dicho «entonces ya está». Ocho segundos.
En esos ocho segundos se oye un sonido pequeño y regular. Lo puse cuatro veces.
Es ella respirando. Respiración corta, alta, entrecortada: el patrón exacto de una persona que está haciendo un esfuerzo enorme por no llorar.
Lo escuché una quinta vez y escribí en la ficha: reacción emocional intensa ante el relato de la terapeuta. Congruente.
Y lo es. Es una anotación correcta.
Lo que no se me ocurrió preguntarme aquella noche, con los cascos puestos y el cuaderno en las rodillas, es por qué una chica que llevaba ocho meses viviendo dentro de aquello se rompía justo al enterarse de que a mí me habían grabado cenando.
Yo lo leí como empatía.
Hay otra manera de leerlo y tardé cuatro meses.
Se tarda mucho menos en darse cuenta de lo evidente: que en esa cinta no hay ni un solo dato que permita saber quién era.
Ni el nombre. Ni la dirección. Ni una sola cosa comprobable.
Solo mi voz diciendo el mío.