A quien se lo cuentes 17. Contramedidas
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17. Contramedidas

Contramedidas

El cerrajero vino el viernes y estuvo tres horas.

Cambiamos los dos bombines por unos de llave patentada, con tarjeta de propiedad a nombre de Álvaro, y pusimos un escudo protector en la puerta principal.

Doscientos noventa euros más IVA. Me dio tres juegos de llaves y una tarjeta plastificada del tamaño de un carné, y me explicó que sin esa tarjeta nadie puede hacer una copia en ningún sitio de España.

—Esto no lo abre nadie —dijo—. Se lo digo yo, que llevo treinta años.

—Ya.

—Bueno. —Se guardó el destornillador—. Nadie que venga por la puerta.

Los cerrajeros hablan así. Es una manera de venderte lo siguiente. Aun así estuve dos días con esa frase encima.

Álvaro quiso poner una cámara en el recibidor. Lo dijo el sábado por la mañana, con el móvil abierto en una tienda de esas, comparando modelos con la seriedad con la que compara todo.

—Doscientos euros. Se ve quién entra y quién sale y se guarda en la nube treinta días.

—No.

—¿Por qué no?

Y aquí es donde tuve que quedarme callada, porque las dos razones que tenía eran impresentables.

La primera es que una cámara en mi recibidor graba a todo el que entra en esa casa, y entre todos los que entran en esa casa estoy yo, con mis horarios, mis salidas de las tres de la mañana y mi cara al llegar del plató.

La segunda es que si algún día alguien tenía que revisar mi vida entera para decidir si yo era una víctima o una autora, una cámara en mi propio recibidor iba a ser suya y no mía.

—Porque no quiero vivir grabada —dije.

Álvaro me miró un segundo.

—Vale.

Y cerró el móvil, y no volvió a sacar el tema, y aquello fue lo más cerca que estuvo Álvaro de entenderlo todo cuatro meses antes de tiempo.

El lunes por la mañana busqué el teléfono de Bermejo.

Federico Bermejo, sesenta y dos años, veintiocho de policía judicial y catorce por su cuenta.

Hemos coincidido en dos causas. Es lento, caro y honrado, y tiene una manera de mirar los expedientes que a mí me tranquiliza.

Si en este país hay una persona capaz de averiguar quién compró una tarjeta prepago en un estanco de Amaniel el once de mayo, es él.

Marqué. Dio dos tonos.

Y mientras daba el segundo hice el ejercicio completo, que es un ejercicio que llevo veinte años enseñando y que nunca había aplicado a mi propia vida: si contrato a Bermejo, ¿qué tengo que contarle?

Todo. Un detective al que le das el cuarenta por ciento te devuelve el cuarenta por ciento. Para que sirva, hay que sentarse dos horas con él y darle el caso entero: la paciente, la regla, las fechas, Nuria, la nota, el libro boca abajo, el audio, el estanco.

Dos horas. Los dos solos. En un despacho con la puerta cerrada.

Colgué en el tercer tono.

Después cogí el cuaderno y escribí lo que le habría contado, en once líneas, ordenado como se lo habría dado. Y debajo de la línea once escribí:

Federico Bermejo, 62 años. Vive en Getafe. Conduce un Passat gris. Todos los martes recoge a su nieta en el colegio.

Cerré el cuaderno.

Esa es la parte que no aparece en ningún manual de los que he escrito.

Que llega un momento en que dejas de calcular lo que puedes ganar contándolo y empiezas a calcular, con datos concretos, la vida que le estás poniendo encima de la mesa a la persona a la que se lo cuentas.

Y cuando has hecho ese cálculo una vez, ya no se puede deshacer.

El martes probé el canal anónimo.

Existe un formulario. Se llama colaboración ciudadana, está en la web, y sirve para que cualquiera comunique un hecho que le parezca delictivo sin identificarse. Lo he recomendado dieciocho o veinte veces a pacientes que no querían dar el paso de la denuncia.

Lo rellené a las seis de la tarde desde la consulta, con muchísimo cuidado.

No puse mi nombre. No puse el nombre de la paciente, que además no sabía si era el suyo.

Describí el patrón en abstracto: sujeto no identificado que ejerce vigilancia sobre una mujer joven y que dirige la agresión hacia terceras personas de su entorno; posible víctima de veinticinco años, residente en Madrid, sin denuncia previa; se aportan tres fechas y dos hechos verificados en prensa y en atestado.

Ochocientos caracteres. Me llevó cincuenta minutos porque lo reescribí seis veces.

Le di a enviar y salió una pantalla verde con un número de registro de doce cifras y un texto que decía que la información sería valorada por la unidad competente.

Copié el número en el cuaderno.

Once días después llamé, con ese número, a un teléfono de información general, y una mujer muy amable me dijo que las comunicaciones anónimas se registran, se valoran y, si no contienen datos suficientes para identificar hechos concretos o personas concretas, se archivan sin más trámite y sin comunicación al remitente, porque no hay remitente.

—¿Y puedo saber si esta se archivó?

—No consta ninguna diligencia asociada a ese número, señora.

—¿Eso qué quiere decir?

—Que está en el registro.

Le di las gracias.

Yo he explicado ese circuito en clase. Explico que sirve para que la información llegue sin exponer a nadie, y explico que su límite es obvio: una comunicación sin nombre y sin persona identificada no puede generar una investigación, porque una investigación necesita a alguien a quien preguntar.

Es un sistema perfectamente diseñado para no hacerle daño a nadie.

Incluida yo.

Esa misma tarde busqué en internet «detector de micrófonos ocultos».

Salen a partir de sesenta euros y suben hasta los mil doscientos. Leí cuatro fichas técnicas, entendí la mitad y me quedé un rato con la pestaña abierta.

Después la cerré.

La cerré por un motivo que en aquel momento me pareció razonable y que hoy me parece la decisión más cara de aquel mes.

Para barrer una casa hay que empezar por creerse que hay algo dentro.

Y yo tenía una cerradura sin marcas, un informe policial que decía que nadie había entrado y una portada que decía lo mismo con peores palabras.

Comprar un aparato de trescientos euros para buscar micrófonos en mi propio dormitorio, en aquella semana concreta, era ponerme del lado de la mujer que la diapositiva veintidós describe en el punto ocho.

Y había una segunda razón, más pequeña, y esa no la escribí en ninguna parte hasta hoy: que si barría la casa y encontraba algo, tenía que contárselo a alguien.

El sábado llamó Ana desde Rotterdam.

Es la hija de Álvaro, tiene treinta y un años y una manera holandesa de ir al grano que le viene de vivir allí desde los veintitrés.

—Papá me ha dicho que no es nada.

—Y no es nada.

—Inés, me ha salido tu cara en un vídeo de dos minutos de una cuenta que tiene cuatrocientos mil seguidores, con música de suspense. —Se oía una cocina de fondo—. Y en los comentarios hay gente diciendo que te lo has inventado para vender.

—Ya.

—¿Es verdad que entraron en casa?

Y ahí, con una chica a la que conozco desde que tenía trece años y a la que quiero, en una llamada internacional a las once de la mañana, hice el cálculo por sexta vez en cinco semanas y le dije:

—Entraron y no se llevaron nada. Probablemente fue un intento de robo que salió mal.

—¿Probablemente?

—Casi seguro.

—Vale. —Silencio—. Oye, ¿y a papá le puede pasar algo?

—No.

Es la única mentira de toda esta historia que volvería a decir.

Hubo una contramedida más y es la única que funcionó, y por eso la dejo para el final.

El jueves fui a la papelería de Alonso Martínez y compré tres cuadernos iguales, de tapa dura y hoja cuadriculada, de los de siempre.

Desde ese día llevé el caso por triplicado, a mano, sin una sola línea en ningún ordenador.

Uno en el armario de la consulta, con las historias.

Uno en la caja fuerte del despacho de Álvaro, que él usa para escrituras y a la que yo tengo acceso desde 2011.

Y el tercero encima, en el bolso, que es el que escribía.

En cada uno anoté al principio la misma advertencia, con la fecha, por si algún día los leía alguien que no fuera yo:

Estas notas son un registro de trabajo. No son un relato. Si me contradicen, gana el cuaderno.

Álvaro me vio meter el segundo en la caja y no me preguntó qué era. Se quedó con la puerta abierta, esperando, y como yo no dije nada, la cerró.

Después me dijo:

—Oye, una cosa. Si te pasara algo, ¿yo sabría qué hacer?

—No te va a pasar nada.

—No he preguntado eso. —Giró la rueda—. He preguntado si yo sabría qué hacer.

Le dije que sí.

Aquella noche añadí una línea al cuaderno de encima, a las dos de la mañana, en la cocina, con la luz del extractor:

Si esto acaba mal, lo que quede escrito va a ser lo único que hable por mí. Escribir es lo único que se me da mejor que mentir.

He vuelto a esa frase muchas veces. En junio la escribí como una promesa.

El miércoles por la noche hice cuentas de otra cosa.

Llevaba cinco semanas. En cinco semanas había hablado del caso con seis personas: Nuria, cuatro minutos. Álvaro, cuarenta. Ruth, dos horas. Marga, nada del caso pero todo del contexto. Delia y Vanesa, sin querer, a través de un atestado.

De esas seis, dos habían acabado en una comisaría, una en un quirófano, una había pedido cambio de destino y una me daba las gracias por contárselo.

Y la sexta estaba tomando notas sobre mí sin mirar el cuaderno.

Escribí la línea siguiente muy despacio, porque es de las que uno escribe una sola vez:

No tengo a nadie a quien contárselo que no pague por escucharlo. Excepto la única persona que ya lo sabe todo.

Miré esa frase un rato.

Después abrí la agenda —la de papel, la que llevo yo, la que no está en ningún ordenador— y busqué el martes siguiente. Escribí a las siete y media, con el bolígrafo de la mesa baja: E.

Y al lado, entre paréntesis, la palabra que convirtió todo lo demás en lo que vino después:

(grabar)