Capítulo 59
Sofía
La carpa parece una pompa de jabón posada a orillas del Ayung.
Dentro tiemblan cientos de velas al compás de la brisa; fuera, las antorchas se reflejan en un río que a estas horas es solo un rumor negro.
Las orquídeas de Bedugul caen en cascada desde la estructura, y el aire huele a jazmín, a cera caliente y, muy al fondo, al azúcar de palma tostado del postre.
Hace diez minutos que el último pase volvió a cocina.
He visto regresar los platos desde la entrada de servicio, uno detrás de otro, y todos venían limpios; en mi oficio no existe ovación más sincera que una vajilla rebañada.
Incluso he pillado a uno de los inversores arrastrando el dedo por la reducción de mi pescado cuando creía que nadie lo miraba, y he tenido que morderme la mejilla por dentro para no echarme a reír.
Héctor está de pie entre ellos. Estrecha manos con las dos suyas, ríe con la cabeza echada hacia atrás, y uno de los trajeados le apunta algo en una tarjeta que él desliza en el bolsillo del esmoquin como quien guarda un billete premiado.
—Te está temblando la rodilla —me susurra Valentina, tan cerca que su aliento me hace cosquillas en la oreja.
—Es la música.
—No hay música, Sofía.
Y tiene razón. El cuarteto ha dejado de tocar y Damian se ha acercado al micrófono con la elegancia de quien lleva muchísimo tiempo sonriendo ante desconocidos.
No sé por qué pienso en ello, pero lo hago, y sus palabras, dichas con maldad en la cocina, atraviesan mi mente: «Un día, en mitad de un servicio, con la espalda rota y la cuarta parte del sueldo, te mirará, echará cuentas y te culpará de todo».
—Buenas noches a todos y a todas. Muchísimas gracias por estar aquí hoy —recita, con una sonrisa ensayada y poco realista en los labios—.
Blue Paradise Bali se convirtió en mi hogar hace ya dos años y, desde entonces, no puedo sentirme más orgulloso del trabajo que hace cada miembro del equipo.
Yo creía que, a este resort, emplazado en un paraíso sin igual, no le faltaba de nada.
Pero en cuestión de días, me he dado cuenta de que le faltaba magia.
Una magia que encontré gracias a la señorita Valentina Romero.
Valentina busca mis dedos y los envuelve con los suyos.
—Por eso tengo el placer de anunciar, ante todos ustedes, que a partir de enero la señorita Romero será la nueva subdirectora de Blue Paradise Bali. —Damian levanta su copa hacia nosotras y endereza la espalda—. Por Valentina.
En la mesa principal, uno de los inversores de Singapur se pone en pie y alza la copa. Le siguen otros dos. Los flashes de la prensa se disparan hacia nuestra mesa y un murmullo de aprobación recorre la carpa como una ola.
El último sorbo de agua se me queda atravesado en la garganta.
Sé que Valentina dijo que no. Me lo contó todo al día siguiente de la cata: la llamada de Héctor, el despacho, la cara de Damian.
Pero ahora hay cien personas aplaudiendo, inversores de pie y cámaras apuntándonos, y Damian acaba de convertir su «no» en un problema para toda la cadena: si lo desmiente ahora, deja a la empresa en evidencia delante de sus inversores. Observo a Damian, luego a Valentina.
Valentina no le mira a él. Se gira hacia mí, con el aplauso todavía cayendo sobre nosotras, y me acaricia la mejilla.
—¿Preparada?
—No.
—Perfecto. Yo tampoco, pero vamos a terminar con esto de una vez.
Algo cruje entre nuestras palmas. Bajo la vista y reconozco el papel doblado en cuatro, con una esquina manchada de café: la servilleta, nuestro mapa del tesoro.
—Por si te pierdes —murmura, sonriendo.
Nos ponemos en pie y subimos los tres escalones a la vez.
No me suelta y yo tampoco hago el intento; el vestido me roza los tobillos, los tacones resuenan sobre la madera y, cuando el foco nos encuentra, proyectamos una sola sombra sobre el suelo del escenario.
A los lados, la prensa levanta los teléfonos. Un flash, y enseguida otro.
Valentina se acerca al micrófono y carraspea.
—Antes de empezar con el discurso, quiero darle las gracias a Damian.
Es un anuncio muy generoso, pero llega tarde: hasta donde yo sé, nuestro maravilloso Héctor Balmaseda, director general de esta increíble compañía, ya tiene mi nuevo contrato de trabajo firmado en su despacho.
—Lo suelta con una calma pasmosa—. Hace tres años un incendio me arrebató un sueño, pero esta isla me ha hecho recordar que el mismo incendio capaz de arrasar con todo no borra los recuerdos, la esencia, la magia y la vida de nadie.
Así que el verano que viene estaré en Benidorm, con una chaquetilla, a las órdenes de la chef Sofía Jiménez, que ha firmado el quinto plato que se ha servido esta noche.
Durante un instante nadie aplaude. Después, en la mesa principal, Héctor se pone en pie, se abrocha la chaqueta y levanta su copa hacia nosotras.
—La señorita Romero tiene razón —dice, sin necesidad de micrófono—. Su contrato está firmado. Benidorm se lleva a la mejor.
Le hace un gesto seco a Damian, que abandona el escenario. Yo decido acercarme al micrófono y empezar oficialmente con nuestro discurso.
—Buenas noches a todos y a todas.
El silencio se alarga. Tengo delante un mar de caras que no conozco, copas a medio levantar y la servilleta sudándome en el puño, y la primera frase que había ensayado ha desaparecido.
Entonces hago lo único que ella me pidió que hiciera si me quedaba en blanco: mirarla.
Valentina asiente apenas, con ese gesto mínimo de cuando pruebas una salsa y descubres que solo le falta un pellizco de sal.
—La primera vez que puse un pie en Bali, creí que venía a aprender recetas —me oigo decir—.
Bajé del avión con una libreta por estrenar y la soberbia de quien lleva media vida entre fogones.
A los cinco días, el mismo cocinero que ha hecho posible que disfrutemos de esta maravillosa velada, me puso delante un mortero de piedra y me dijo que aquí no iba a aprender a cocinar. Que iba a aprender a sentir la comida.
Junto a la entrada de servicio, Wayan baja la barbilla con pudor. Bayu, a su lado, me enseña los dos pulgares sin ningún disimulo.
—Os prometo que en ese momento no entendí qué quería decirme.
Así que me lancé a elaborar mi primer sambal como si fuese una experta y lloré, y os aseguro que no fue de emoción.
—Una risa recorre las mesas y me afloja los hombros—.
Tardé en comprenderlo. Fue una tarde de lluvia, en una casa que no sale en ninguna guía, sentada en el suelo con tres mujeres con las que no compartía nada.
Me pusieron delante una hoja de plátano con arroz y, con un simple gesto de la mano, me invitaron a comer.
No hablábamos el mismo idioma y, aun así, no he mantenido una conversación más clara en mi vida.
Trago saliva. Aquel día yo tenía el corazón hecho trizas y me lo remendaron.
—Esa tarde dejé de ser una turista y me convertí en una invitada. Y así es como hemos querido que os sintáis esta noche: no como turistas que ocupan una mesa en un lugar de postal como Bali, sino como invitados a la mesa de cualquier hogar de esta isla.
Valentina da medio paso hacia el micrófono y yo me quedo donde estoy, a su lado, con la sensación de que alguien acaba de cambiarme a la mujer que sujeta mi mano.
—Cocinar es contarle quién eres a alguien que todavía no te conoce —afirma, y no hay una sola copa que se mueva—.
Un plato es un billete sin fecha de vuelta: un bocado y uno está en la cocina de su abuela, en un puerto en el que estuvo una vez, en un país que no ha pisado nunca.
Quien lo cocina deja dentro su tierra, su gente, sus manos. Su historia.
Se me cierra la garganta. Entonces gira la cabeza y me busca con la misma seguridad arrolladora con la que irrumpió una mañana de julio en mi cocina para decirme que a mi reducción de cítricos le faltaba algo, y me dedica una sonrisa que no se parece a ninguna de las que le conozco.
Brutal. Sin ironía, sin escudo, con el hoyuelo y con todo.
—La cocina es, sin duda alguna, la seña de identidad de un lugar —continúa, sin apartar los ojos de mí—.
Por eso, en Paraíso Azul apostamos por la cocina fusión.
Porque nuestra compañía no es únicamente Bali, Benidorm, Italia, Grecia o Maldivas.
Es la historia de todos esos lugares juntos, fusionándose para robar el corazón de quienes crucen las puertas de nuestros resorts.
La carpa estalla.
El aplauso sube desde las mesas del fondo como una ola y rompe contra el escenario.
Todos se ponen en pie. Héctor aplaude con las manos por encima de la cabeza, cosa que a Elena le habría parecido imposible hace una semana.
Damian no se ha levantado, pero también aplaude: tres palmadas lentas, con la mandíbula tensa.
Luego se recoloca el puño de la camisa y desvía la vista hacia su copa.
Yo ya estoy buscando otra mesa, y la encuentro enseguida porque es la única donde alguien silba con dos dedos.
—¡Guapas! —grita Valeria, con el vestido verde botella subido a medio muslo.
Aitana le tira de la falda para que se siente y se rinde al segundo intento.
Marta llora sin ningún pudor, con la flor blanca torcida detrás de la oreja, mientras Lucía baja el teléfono con el que nos grababa y le ofrece su servilleta.
Y Elena, que en algún momento de la cena ha desertado de la mesa de su padre, ocupa una silla robada junto a Clara.
Todas levantan las copas hacia nosotras.
Las seis, desde lejos, por encima de un bosque de cabezas.
El corazón me da un vuelco, porque esta imagen ya la he vivido. Fue en Benidorm, en la fiesta de cierre, con otra música y el sonido del mar de fondo. También entonces brindamos, y yo sonreí sin saber que la mujer que tenía al lado se habría marchado de puntillas antes de que amaneciera.
Esta noche, esa misma mujer es la que me aprieta los dedos hasta doler.
Valentina se inclina hacia mí y su perfume me envuelve antes incluso de que abra la boca.
—¿Lo he hecho muy mal?
—Fatal. —Me arde la nariz—. Creo que me he enamorado otra vez.
Se ríe contra mi sien y el sonido se me queda a vivir en el pecho.
Fusión. Llevo semanas aquí para fusionar mi cocina con la balinesa y no había entendido su significado hasta ahora. En un buen plato de fusión ningún ingrediente desaparece: el tamarindo sigue siendo tamarindo, el cítrico sigue mordiendo igual. Solo que juntos saben a algo que antes no existía.
Ella nunca dejó de ser ella y yo jamás dejé de ser yo, pero juntas somos algo mucho mejor.
Levanto nuestras manos unidas para saludar y entonces me doy cuenta de que llevo la muñeca desnuda.
El hilo de Pak Nyoman ya no está. No sé cuándo se ha soltado, pero eso ya no importa, porque el pájaro que caminaba mirando al suelo para no tropezar ahora vuela con la cabeza bien alta y disfruta de todo lo bello que se despliega ante sus ojos.
Busco a las chicas una última vez. Valeria sigue de pie, Marta llora abrazada a Lucía y Aitana me lanza un beso por encima de las velas. A su lado hay dos sillas vacías: la de Clara y la que Elena le robó a su padre.
—¿Y ahora qué, chef? —susurra Valentina.
—Ahora nos vamos a casa.