¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Epílogo
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Epílogo

Valentina

Aeropuerto de Alicante-Elche

La última vez que pisé este aeropuerto, el sol empezaba a asomar en el cielo y yo caminaba deprisa, sin mirar atrás, con el sabor de Sofía todavía en la boca y el miedo mordiéndome los talones.

De aquello han pasado meses y, sin embargo, aquí dentro nada ha cambiado.

El suelo sigue reluciendo como recién encerado, de la cafetería continúa escapándose ese aroma a café recién hecho que reconcilia a cualquiera con el mundo y una voz metálica anuncia por megafonía un embarque que no es el mío.

Hasta la luz es la misma: esa claridad gris azulada de los fluorescentes que, sea la hora que sea, termina molestando en los ojos.

Lo único distinto es la dirección de las flechas. Aquel día seguía las que indicaban «Salidas»; hoy sigo las otras, las de «Llegadas», y me parece mentira que una sola palabra pueda cambiarle tanto el paso a una mujer.

La cinta de equipajes arranca con un quejido y escupe mi primera maleta, luego la segunda, mientras la tercera asoma tumbada de lado, como si hubiera tenido peor vuelo que yo.

Las bajo una a una y las apilo en el carrito, pero no me muevo del sitio, porque todavía falta lo importante.

Aparece al final, cuando junto a la cinta ya solo quedamos un matrimonio británico y yo: un bulto alargado de lona negra, con las correas de cuero cuarteadas y una etiqueta de «Frágil» que he pegado yo misma, a pesar de las indicaciones en contra de la chica del mostrador.

Dentro viajan mis cuchillos, los mismos que se han pasado tres años en el fondo de un armario, envueltos en un paño como quien amortaja algo.

No pueden ir en cabina, así que me he tirado una hora entera con las manos vacías y el estómago encogido, imaginándolos solos en la oscuridad de una bodega.

Los recojo con las dos manos, con más cuidado del que he puesto nunca en nada, me cuelgo el estuche del hombro, empujo el carrito y las puertas automáticas se abren ante mí con suavidad.

Al otro lado hay poca gente esperando: una señora con un ramo de claveles, dos chicos medio dormidos contra una columna y, en primera fila, enfundada en una sudadera gris dos tallas más grande que ella y mallas, Sofía, que sostiene un cartón a la altura del pecho.

Ha escrito «INSPECTORA ROMERO» con rotulador y después lo ha tachado con tres rayas furiosas. Debajo, en mayúsculas torcidas, pone «SUBCHEF». Suelto una carcajada tan sonora que hace girarse a todos los que nos rodean.

—Has tardado mucho —me reprocha ella, sin bajar el cartel ni un centímetro.

—Ya sabes cómo son las cintas de equipaje.

Suelto el carrito. No recuerdo haber recorrido los metros que nos separan; solo sé que, de pronto, tengo su cara entre las manos y que me besa. La señora de los claveles carraspea y a mí me da exactamente igual.

—¿Todo eso es tuyo? —murmura contra mi boca, mirando de reojo la torre de maletas.

—Te dije que ibas a tener que ayudarme con la mudanza.

—Creí que era una forma de hablar.

—Y el camión llega el jueves.

—Valentina…

—Son solo libros. Y una cafetera. Y puede que un sofá y un par de estanterías.

Va a protestar, se le está formando ya esa arruguilla en el entrecejo que conozco tan bien, pero entonces repara en la correa que me cruza el pecho y la queja se le queda a medio camino.

—¿Son…? —tantea, en voz baja.

—Son.

No añade nada más. Apoya la palma en el estuche, despacio, como se le pone la mano en el lomo a un animal que ha pasado demasiado tiempo solo, y la deja ahí un par de segundos que a mí me saben a bienvenida.

Después se guarda el cartel doblado bajo el brazo, agarra el carrito y echa a andar hacia la salida.

—Por cierto —me suelta sin volverse—, Aitana me ha contado que Damian ha pedido el traslado a Londres. Dice que Héctor no le ha perdonado el numerito de la gala.

—Que le vaya bonito —respondo, y descubro que lo digo en serio.

La otra vez, el amanecer de Benidorm me encontró dentro de un avión, con la frente apoyada en la ventanilla y huyendo de todo lo que dejaba en tierra. Hoy me pilla una mañana gris de noviembre, cargada como una mula y detrás de una mujer que refunfuña porque el carrito tira hacia la izquierda.

—¿Vienes o qué? —grita sin volverse.

Me ajusto la correa en el hombro y sonrío.

—Vamos a casa, chef.

Clara

Paraíso Azul Benidorm, Alicante

1 de mayo de 2027, 7:50 a.m.

El mar huele a sal, y el Mediterráneo, más.

Llevo dándole vueltas a ese detalle desde que volvimos de Bali hace ya unos cuantos meses, y hoy vuelve a rondarme mientras clavo el mástil en la arena.

Son las ocho menos diez, la playa del resort todavía está desierta y el agua, lisa como un plato, parece que empieza a desperezarse.

Aquí las olas son poco menos que un sueño, pero este es mi mar y me sé de memoria todos sus movimientos.

Hoy no hay peligro, así que izo la bandera verde.

Al tirar de la driza me roza la muñeca el hilo de Pak Nyoman, o lo que queda de él.

El blanco es ya del color del agua de fregar, el rojo se ha vuelto rosa y el negro aguanta por pura cabezonería.

Siete meses han pasado ya. A Sofía se le cayó la noche de la gala y a Marta, en Navidad; el de Valeria apareció en el filtro de la lavadora y ella lo enterró en una maceta, con ceremonia y todo.

El mío sigue aquí, colgando de una sola hebra, tan terco como su dueña.

Kadek me escribe de vez en cuando desde Keramas: una foto de una ola rompiendo sobre la arena negra y una sola palabra: «casi». Nunca le he contestado más que con un emoji. Hay corrientes que es mejor mirar desde la orilla.

Dejo la tabla apoyada contra la caseta y me marcho a por un café con hielo; decido ir a buscarlo a la cocina y, de paso, hacer una pequeña visita.

Es el primer servicio de la temporada y Sofía, con su chaquetilla bien planchada, manda como si se le fuera a salir el corazón por la boca.

Valentina, Wayan, Bayu y el resto del gran equipo que tiene la siguen sin rechistar, igual que una orquesta bien afinada y apenas descontrolada.

—¡Buenos días, mi alma! —me saluda Bayu, que ha aprendido español con Valeria, agitando una espumadera en el aire.

—Buenos días, Bayu.

Robo un cruasán de la bandeja que Valentina suele preparar para todos, y que se ha convertido en una deliciosa costumbre, y le doy un buen mordisco mientras me acerco a la cafetera para servirme yo misma.

Al salir a la terraza me encuentro a Marta sentada en un escalón, con el móvil a un palmo de la cara; en la pantalla hay una pelirroja con gafas de sol y un viñedo a su espalda.

Marta se ríe bajito, se coloca el pelo y vuelve a reírse.

—Saluda a Clara, que la he visto pasar —se oye decir a Lucía desde el teléfono.

Levanto el cruasán, que es lo que tengo a mano. Ya no me molesta tanto su presencia. Marta sigue feliz y eso es lo que de verdad me importa.

Valeria aparece por la puerta con cara de querer matar a alguien y suelta un bufido que la persigue hasta que se deja caer en uno de los sofás.

—Hoy llega la niña.

—¿Qué niña?

—No te hagas la tonta, que no te pega nada. La del jefe. —Mientras habla, señala mi vaso para que le prepare otro igual—. Aitana no ha dejado de repetir en bucle todo lo que quiere hablar con ella. Como si la chiquilla fuese a hacerle caso en todo.

—Bueno, será su jefa. Tendrá que obedecer.

Me mira de arriba abajo y me pone una mano en la frente, como si me buscara la fiebre.

—¿Desde cuándo la defiendes tú?

—No la defiendo.

—Ya.

—Tengo que abrir la escuela —zanjo.

Le preparo el café en un tiempo récord, se lo planto entre las manos y salgo corriendo de allí antes de que le dé por seguir preguntando.

Han pasado siete meses y, aunque lo he intentado, no he dejado de pensar en ella. También le he dado muchas vueltas a lo que dijo el viejo de los cuatro dientes: que se acercaba un cambio nuevo y bueno. Yo no creo demasiado en estas cosas, pero las coincidencias nunca me han gustado.

Voy caminando hacia el hall del resort cuando oigo el motor de un coche.

Es negro, de los de chófer, y se detiene delante de mis narices.

Sorbo por la pajita mientras el conductor se baja, abre el maletero y empieza a sacar maletas.

Luego se abre la puerta de atrás y me resulta imposible no deslizar la mirada por esas piernas, por esa melena suelta y por esos malditos labios rojos.

Elena sonríe, se acerca a mí y se sube las gafas de sol hasta dejarlas apoyadas en la cabeza. Tiene los ojos de su padre y la mala costumbre de usarlos sin parpadear.

—Hola, Clara —me saluda como si nada—. ¿Ya vas a la playa?

—La playa no abre hasta las diez.

—Perfecto, porque no voy a bañarme. Mi padre quiere que muestre mucho más que las piscinas —me explica, encogiéndose de hombros—, así que le propuse dar a conocer tu trabajo, los deportes acuáticos, tu escuela de surf… Y le ha encantado.

—Pues a mí no.

—Empezaremos mañana, y espero que estés preparada.

—Elena, yo doy clases, no poso ante una cámara —le recuerdo, cruzándome de brazos.

—No te voy a pedir que poses. Te voy a seguir con una cámara todo el verano, que es peor.

Pasa por mi lado y me guiña un ojo antes de volver a colocarse las gafas.

—Y, por cierto, tenemos que hablar de lo que pasó en Bali. ¿O ya te has olvidado?

—No pasó nada.

—Eso dijiste también aquella noche.

Se lleva la mano al cuello, justo debajo de la oreja, y a mí se me seca la boca.

—Hasta mañana —se despide.

Da media vuelta y camina hacia el hall haciendo sonar los tacones, contoneando ese cuerpo que me hizo caer de la tabla aquel día de playa.

Si algo aprendí en Bali, a trece mil kilómetros de aquí, es que el mar te empuja y el río te arrastra.

Elena no es mar. Elena es una de esas corrientes que no avisan y son capaces de ahogarte, y yo, que me gano la vida advirtiendo a la gente del peligro que tienen, llevo siete meses sumergida en ella.

Debería haber izado la bandera roja. Roja como sus malditos labios.

FIN