¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 58
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Capítulo 58

Valentina

Las siete y media, y Sofía sigue sin aparecer.

Lo sé con exactitud porque llevo consultando la pantalla del móvil cada cuarenta segundos, como si a fuerza de mirarla ella fuese a brotar igual que un champiñón en cualquier rincón del resort.

Once llamadas, once veces ese tono largo que muere en el buzón de voz y me deja la mandíbula un poco más apretada que la vez anterior.

La recepción parece otra esta noche. Han encendido las antorchas del sendero y las orquídeas de Bedugul cuelgan en cascada de las columnas como si llevaran toda la vida allí.

Por delante de nosotras desfila un goteo constante de trajes oscuros y vestidos largos camino de la carpa, mientras a lo lejos ya suena la música y el aire, espeso de humedad, huele a incienso y a jazmín.

Todo está en su sitio; todo, menos ella.

—Vas a hacer un surco en el suelo —me avisa Aitana, impecable en su vestido negro de espalda descubierta.

Me detengo en seco, porque ni siquiera me había dado cuenta de que caminaba en círculos alrededor del sofá, con los tacones repiqueteando sobre la piedra.

Están todas. Valeria, de verde botella y subida a unos tacones que ya ha maldecido tres veces.

Clara, con un traje de chaqueta color crema y nada debajo de la americana, de modo que el tatuaje del cuello le queda a la vista.

A un paso de ella, Elena, que esta noche está sencillamente preciosa, con la melena suelta, los labios rojos y un vestido de satén azul noche que le resbala por el cuerpo como el agua.

Clara se empeña en estudiar el estanque como si no lo hubiese visto nunca, y solo por eso sé que ella también lo ha notado.

Marta, de lila y con una flor blanca prendida tras la oreja, le sonríe a todo el que pasa, mientras que Lucía, a su lado, no le sonríe a nadie y se limita a darle vueltas al anillo del dedo corazón con los hombros rígidos.

Queda media hora para que empiece todo y la mujer que tiene que subir conmigo a ese escenario se ha esfumado.

Hace tres horas estaba en la cocina con Wayan; hace una, cuando fui a buscarla, él se limitó a informarme de que el menú estaba listo y de que ella se había marchado hacía un buen rato, tan tranquilo, como si aquello fuese a servirme de algo.

Me froto la cicatriz del antebrazo, un gesto que se me escapa siempre que algo se me va de las manos, y vuelvo a marcar. Un tono, otro tono, el buzón.

—Venga, que no se habrá ido muy lejos. —Aitana me quita el teléfono de la mano con suavidad—. Estará arreglándose y aparecerá en cuestión de minutos, ya lo verás.

—Como no aparezca, te juro que me la como.

—¿Eso no lo haces ya, mi alma?

Valeria lo suelta sin levantar la vista de la hebilla de su sandalia, con la naturalidad de quien comenta el tiempo.

Aitana cierra los ojos, a Clara se le escapa un resoplido y Marta se muerde los labios, aguanta dos segundos heroicos y acaba rompiendo a reír mientras se tapa la boca con las dos manos.

—Perdón —farfulla entre los dedos—. Perdón, Valentina, de verdad. Es que estoy nerviosa.

—Muy graciosas. Todas —mascullo.

—Illo, yo solo pregunto —se defiende Valeria, que se endereza tan fresca—. Que luego la gente se queja de que no me intereso por nadie.

Noto que me arden las orejas y agradezco que la luz de las antorchas lo disimule todo. Elena nos observa con las cejas alzadas y una sonrisilla curiosa, tomando nota mental de cada palabra para usarla más adelante.

—¿Quieres que pregunte por si alguien la ha visto? —Lucía da un paso al frente, visiblemente aliviada de tener algo que hacer—. Sofía es muy llamativa. Cualquiera que se haya cruzado con ella sabrá decirme algo.

—Por favor.

Asiente, se recoge el bajo del vestido y echa a andar hacia el mostrador, aunque no llega a dar ni cuatro pasos.

—Anda —murmura Clara—. Mira quién viene por ahí.

Sigo la dirección de su barbilla.

Al fondo del sendero, entre dos hileras de antorchas, avanzan dos figuras sin ninguna prisa.

Héctor luce un traje de firma, de esos que se reconocen a la legua, y colgada de su brazo camina Sofía, enfundada en un vestido rojo burdeos que cobra vida a cada paso: ligero, vaporoso, abierto en los hombros, en el escote y en la espalda.

Lleva algo diminuto y brillante prendido en el pelo, justo donde el flequillo se le aparta de la frente, y se ríe.

Echa la cabeza hacia atrás y se ríe con toda la boca, y Héctor Balmaseda, el hombre capaz de hacer temblar a una mesa entera de directivos con un simple carraspeo, suelta una carcajada que le sacude los hombros.

Se me olvida que estaba enfadada. Se me olvida, durante un instante, hasta cómo se traga saliva, porque el burdeos le enciende la piel y yo solo puedo pensar en que esa mujer, por algún milagro que no termino de entender, ha decidido quedarse conmigo.

—Cierra la boca —me susurra Aitana— o te entrará un mosquito.

Se detienen a unos metros. Héctor le da un par de palmaditas en las manos, que ella mantiene enlazadas sobre su brazo, y le dice algo en voz baja.

Sofía se pone de puntillas y le planta un beso en la mejilla, cariñoso y sin ceremonia, el beso de una hija a su padre antes de salir de casa.

Él nos saluda de lejos con la mano, le guiña un ojo a Elena y se desvía hacia la carpa.

—¿Qué acabo de ver? —pregunta Elena, a nadie en concreto.

Sofía recorre sola el último tramo. Los ojos le brillan, azules y enormes bajo la luz temblorosa del fuego, y trae una sonrisa que no le cabe en la cara… hasta que nos ve bien.

—¿Se puede saber por qué tenéis esa cara?

—¿Se puede saber por qué no coges el teléfono? —le espeto.

Parpadea, baja la vista hacia el bolsito que le cuelga de la muñeca y lo levanta a modo de prueba.

—Es que no me cabía y, como íbamos a estar juntas, lo vi innecesario.

Innecesario. Suelto el aire en un suspiro que me raspa la garganta, y Valeria me da dos golpecitos en la espalda, solidaria por una vez en su vida.

—Once llamadas, Sofía.

—¿Once? —La sonrisa se le encoge un poco. Se acerca y me posa una mano en la cintura—. Siento haberos preocupado. Es que tenía que hablar de unas cosas con el jefe y… me retrasé un poco.

Sus dedos me aprietan apenas, una disculpa privada escondida debajo de la pública, y con eso le basta para desarmarme. Luego se vuelve hacia las demás, otra vez entusiasmada.

—¿Por qué nadie me había dicho que Héctor era tan dulce?

—¿Dulce? —Elena deja escapar una risa incrédula—. ¿Mi padre?

—Sí, es un sol. Encantador.

—Mi padre le devolvió un regalo de cumpleaños a mi tía porque no le gustaba el envoltorio.

—Pues conmigo ha sido un cielo —insiste ella, tan campante.

Aitana y yo cruzamos una mirada. Ella lo conoce desde niña y yo llevo dos años sentándome frente a él en reuniones interminables, y ninguna de las dos habría elegido jamás la palabra «dulce» para describirlo.

—¿Y de qué hablabas con él, si no es mucho preguntar?

Sofía se encoge de hombros. Le asoma una sonrisa lenta, ladeada, la misma que pone cuando esconde un ingrediente y espera a que alguien lo adivine.

—Bueno. Al parecer, tendré tres nuevos chefs en mi cocina el próximo verano.

—¿Tres? —se extraña Aitana.

—Wayan y Bayu me han dicho que quieren hacer un intercambio —añade, y se recoloca el adorno del pelo con un dedo, como quien no ha dicho nada—. Voy a dejar a Damian sin la subdirectora que quería y sin sus chefs de categoría. Pero eso le pasa por idiota.

Un camarero cruza con una bandeja de copas y alguien ríe junto al estanque, pero yo no me muevo. Wayan. Mi Wayan. El que discutía con el pinche a todas horas y me cubría las espaldas en cada pase del Attika; el hombre al que perdí el mismo año en que lo perdí todo. En una cocina, conmigo, otra vez.

—Espera. —La voz me sale en un hilo—. ¿Qué dices?

—¡Que o salimos pitando o no llegamos, mi alma!

Valeria da dos palmadas que hacen girarse a un matrimonio entero y empieza a empujarnos hacia el sendero como quien arrea un rebaño.

Marta se cuelga del brazo de Lucía, Clara echa a andar con las manos en los bolsillos, Elena la sigue medio paso por detrás y Aitana me devuelve el móvil con una ceja levantada que lo dice todo.

Sofía entrelaza sus dedos con los míos y tira de mí.

—Sofía, espera.

—Después —responde sin dejar de caminar, con el burdeos del vestido rozándome las piernas—. Te lo cuento todo después, te lo prometo.

Y yo, que llevo media tarde dispuesta a comérmela viva, la sigo sendero abajo con el corazón a mil y una pregunta atascada en la garganta.