Capítulo 57
Sofía
Blue Paradise Bali, Ubud
Debería estar arreglándome para la gala.
Lo sé porque Valentina me ha repetido un millón de veces que dejase en manos de Wayan el servicio de esta noche, pero yo no podía permitir que él cargara con todo.
El comité de bienvenida de la compañía se reúne dentro de un rato en la explanada del río, y eso significa que todavía dispongo de tiempo suficiente para dedicarme a lo que más me gusta en el mundo: cocinar.
Así que aquí estoy, con los dedos amarillos de cúrcuma, un cuchillo bien afilado y cero remordimientos.
—Bayu, ¿el consomé va bien?
—Transparente como el agua de Sebatu, Sofía.
—Eso lo decidiré yo cuando lo vea.
La semana se ha esfumado sin que me diera tiempo a disfrutarla, y el resort ya no parece el mismo.
Hay cámaras por todas partes, rostros famosísimos paseándose por cada rincón y cocineros a los que solo había visto en las revistas interesándose por la comida que degustarán esta noche.
Esta misma mañana, uno de ellos me ha preguntado si podía estar presente durante la elaboración de los platos, y he tenido que negarme en rotundo con la mejor de mis sonrisas.
Aquí dentro, en cocinas, se ha desatado un infierno precioso.
El equipo saca adelante dos servicios a la vez: por un lado, la cena de los huéspedes de siempre y, por otro, los siete platos que Valentina probó hace unos días.
El extractor ruge, los woks escupen aceite de coco, alguien grita una comanda en balinés y Wayan, al fondo, vigila el pato con la paciencia de quien vela el sueño de un recién nacido.
Huele a galanga, a brasa, a azúcar de palma que se tuesta poco a poco.
Me arden los ojos, el flequillo se me pega a la frente y soy absurdamente feliz.
Hasta que las puertas batientes se abren y el ruido baja de golpe, igual que cuando entra un inspector. Dejo de picar la hierba de limón para el sate lilit , levanto la vista y me choco de frente con Damian.
Lleva un traje negro que le sienta como un guante y unos zapatos tan lustrosos que reflejan los fluorescentes.
Recorre los fogones con la mirada de quien tasa un local y acaba deteniéndose en mí.
Me saca cabeza y media. No nos conocemos, jamás hemos cruzado tres frases seguidas y, aun así, se me cierra el estómago.
Besó a la mujer que amo. Está hablado, llorado y perdonado, pero una cosa es perdonar y otra muy distinta tenerlo a dos metros de mi tabla de cortar.
—Chef Jiménez. —Su acento inglés lima las erres—. Creo que nadie nos ha presentado como es debido.
—Nos vimos una vez. Yo llevaba una bandeja, ¿no se acuerda?
A mi espalda, Bayu sufre un repentino ataque de tos. La sonrisa de Damian apenas se inmuta; es una mueca torcida, fría, que se le queda en la boca y no sube más allá.
—Solo quería desearte suerte. —Se acerca un paso a la isla central y baja el tono, lo justo para que parezca una confidencia y lo oiga media cocina—. Y darte las gracias por no haber impedido que una de las mejores trabajadoras de la cadena decida hundir su carrera y ahogarla entre fogones.
—Pues de nada. Ha sido un placer.
Nunca se me ha dado bien controlar el carácter cuando alguien como Damian se me planta delante con la intención de darme una lección de moralidad. Vuelvo a la hierba de limón como si él fuera un mueble más, porque no puedo permitirme perder ni un segundo con esta conversación.
—Sigo sin creer que Valentina haya tomado esta decisión por pura vocación —insiste, y apoya dos dedos en el acero de la isla—.
Y esas renuncias hechas por amor, créeme, se acaban cobrando.
Un día, en mitad de un servicio, con la espalda rota y la cuarta parte del sueldo, te mirará, echará cuentas y te culpará de todo.
El cuchillo se me queda quieto sobre la tabla.
Sabe dónde pinchar para hacer daño, el muy cabrón: justo en el lugar donde se escondían las dudas que crecieron dentro de mí después de que ella desapareciera.
Por un instante, noto ese miedo antiguo treparme por la garganta: «¿Y si tiene razón? ¿Y si un día se despierta y…?».
Pero entonces recuerdo cómo le brillaron los ojos cuando me anunció que, a partir del próximo verano, sería mi nueva subchef, y el miedo se deshace igual que la sal en el caldo. O eso es lo que creo.
—Señor, con todo el respeto —Wayan ha abandonado el pato y se ha plantado a mi lado, secándose las manos en el trapo que lleva al hombro—, estamos a tres horas del servicio y esta cocina no es…
—Wayan. —Levanto una mano amarilla—. Déjamelo a mí.
Mi maestro me observa. Algo debe de ver en mi cara, porque asiente y, aunque no se mueve del sitio, cierra la boca.
Me doy cuenta de que sigo empuñando el cuchillo y no lo suelto.
Tampoco lo levanto: la punta descansa sobre la madera, entre tallos de hierba de limón, tan natural entre mis dedos como una estilográfica entre los suyos.
Alzo la barbilla, porque con mi estatura no me queda otra, y lo miro directamente a los ojos.
—Mira, Damian. Solo una persona que no sabe lo que significa amar de verdad intentaría meter mierda en una relación como la que tenemos Valentina y yo.
Se le tensa la mandíbula.
—Yo solo te informo de…
—No he terminado. —No grito. En una cocina, el que grita es el que ha perdido el control del pase—.
Valentina no ha elegido formar parte de mi equipo porque yo se lo haya pedido.
Tampoco por nuestra relación. Y mucho menos porque sea una idiota y no vea lo jugoso que resulta ser, o poder llegar a ser, directora de un resort.
Lo hace porque ama la cocina. Porque lleva el fuego en las venas.
Porque su corazón late al ritmo de las cacerolas.
Detrás de mí, un wok chisporrotea a propósito, o eso quiero creer.
—Tú la has visto con una tablet y una carpeta —continúo, sin apartar la vista—. Yo la he visto probar un plato y echarse a llorar. Y te aseguro que no existe despacho en el mundo capaz de hacerla sentir tanto.
Damian se recoloca el puño de la camisa. Un tirón. Dos.
—Eres muy joven para entenderlo, Sofía.
—Tengo veintiocho años. Los suficientes para saber que Valentina es una mujer independiente, fuerte y capaz de elegir por sí misma.
Bien podría haberse olvidado de lo nuestro; lo tenía fácil.
Pero no lo hizo, y está apostando por ello.
Así que yo que tú —el filo sigue donde estaba, quieto, brillante, sin amenazar a nadie— dejaría de hacer el idiota y aprendería un poco lo que significa seguir al corazón y no a las cifras de la cuenta del banco.
Se hace un silencio completo, de esos que en una cocina profesional como esta solo se dan cuando se va la luz.
Los cucharones se han detenido, los fuegos continúan encendidos y nadie los atiende.
Por el rabillo del ojo distingo a Bayu con una espumadera suspendida en el aire, goteando caldo sobre sus zuecos.
Damian me sostiene la mirada unos instantes. Busca la grieta, y yo le regalo una sonrisa ladeada, sabiéndome ganadora de esta guerra repentina.
—Disfruta de la noche, chef —se despide al fin, con los labios apretados.
—Lo haré. Ah, y Damian. —Señalo con la barbilla su pelo perfectamente peinado—. La próxima vez que entres aquí, ponte un gorro. Hay normas de higiene. Pregúntale a cualquier inspectora.
A Bayu se le escapa algo a medio camino entre un estornudo y una carcajada. El director gira sobre sus zapatos relucientes y se marcha por donde ha venido, mientras las puertas batientes se balancean tres veces a su espalda, cada vez más despacio, hasta quedarse inmóviles.
Tres horas. Faltan tres horas para la gala más importante de la compañía y yo acabo de mandar a paseo al anfitrión.
Suelto el cuchillo porque descubro que me tiemblan las manos, las rodillas y hasta el flequillo, con ese temblor tonto que llega cuando el peligro ya ha pasado y el cuerpo se entera con retraso. Respiro como me enseñó Marta, como me recordó Wayan. «La cocina exige que la mente esté quieta, Sofía».
Una mano grande y cálida se posa en mi hombro.
—¿Cabe la posibilidad de que haya un hueco más en tu cocina, chef?
Me vuelvo. Wayan me contempla con esos ojos serenos que parecen haberlo visto todo, y tardo un instante en comprender lo que acaba de decir.
—¿Cómo?
—Benidorm. Dicen que tiene playa. —Se encoge de hombros con una calma insultante—. Supongo que no estaría mal hacer un intercambio. Tal como tú has hecho aquí.
—¿Y tu familia? —consigo preguntar.
—Mis hijas estudian en Denpasar y mi mujer lleva años diciendo que quiere ver el Mediterráneo antes de hacerse vieja. —Sonríe—. Una temporada, Sofía. Bali sabe esperar.
—Dos —suelta Bayu a su lado, con la espumadera en alto como quien pide turno en clase—. Dos huecos. Yo ocupo poco.
Los miro a uno y a otro. Al hombre que me ha enseñado a sentir la comida y al chico que respira por mí cuando a mí se me olvida. Abro la boca y no me sale nada, salvo una risa pequeña y aguada que no sé de dónde viene.
Como no tengo claro si reír o llorar, hago lo único que se me ocurre: los abrazo. A los dos a la vez, de puntillas, torpemente, con unos brazos que no me alcanzan y las manos llenas de cúrcuma. Cuando me aparto, cada uno luce una huella amarilla en la espalda de la chaquetilla.
Me paso el antebrazo por los ojos, carraspeo y recupero el cuchillo.
—Vamos a servir el mejor menú del mundo esta noche. Y después, hablaremos de lo otro.
—Sí, chef —responden al unísono.
Y la cocina vuelve a rugir como si nunca se hubiera detenido.
En el bolsillo de la chaquetilla, el móvil vibra contra mi cadera. Lo saco con dos dedos y dejo un rastro dorado en la pantalla.
Valentina: Dime que estás en la ducha y no donde creo que estás.
Sonrío, tecleo con el nudillo del meñique, que es lo único limpio que me queda, y pulso enviar.
Sofía: Define ducha.