Capítulo 56
Valentina
Blue Paradise Bali, Ubud
Una cocina nunca está en silencio por la noche.
Zumban las cámaras frigoríficas, gotea un grifo en la lejanía y el acero cruje al enfriarse tras horas y horas de trabajo.
Yo llevo tres años sin escuchar esto, este ronroneo suave que se desliza por las paredes de lo que alguna vez consideré un mausoleo, y me sorprende descubrir que, lejos de asustarme, me arrulla como una nana que creía olvidada.
Bajo la única lámpara encendida, sobre la isla central, Wayan me ha dejado su cuchillo envuelto en un paño doblado.
Es el mismo que le regalé hace ya una eternidad, con el mango oscurecido por el paso del tiempo y algunos arañazos después de tanto trajín.
Lo desenvuelvo con el cuidado de quien abre una carta antigua y, mientras me abrocho la chaquetilla, la puerta de servicio chirría a mi espalda.
Sé que es Sofía incluso antes de que hable.
—Me citas por la noche, en la cocina y la víspera del día más importante para la compañía. —Sus chanclas resuenan contra las baldosas mientras camina en mi dirección con una sonrisa ladeada—. Espero que sea para algo indecente.
—Es para algo mucho peor.
Cuando me giro, sus ojos azules recorren la isla: las chalotas moradas, las mandarinas pequeñas, la lima, el azúcar de palma, dos lomos de pescado de Jimbaran sobre papel encerado. Después me recorren a mí, de arriba abajo, y terminan posándose en el cuchillo.
—Valentina…
—Creo que te debo un plato desde hace diez días. —Me encojo de hombros, como si el corazón no me estuviera golpeando las costillas—. La última vez que quedamos aquí para cocinar, las chalotas se quedaron a medias, alguien me distrajo y se me olvidó por completo.
—Qué poca vergüenza tiene ese alguien.
Estira la mano hacia el gancho de los mandiles y se la atrapo en el aire.
—Ni se te ocurra. Hoy no eres la chef. —Le beso los nudillos y la empujo con suavidad hacia la mesa de trabajo—. Hoy eres mi invitada.
Un ligero rubor le tiñe las mejillas antes de subirse a la mesa de un salto. Se queda allí sentada, con las piernas colgando y los tobillos cruzados, como una niña a la que han dejado colarse en un sitio prohibido.
—Que conste que esto va en contra de todas las normas de higiene —me recuerda, muy seria.
—Ya tendremos tiempo de hablar sobre esas normas más adelante.
Antes de coger el cuchillo, apoyo las manos en la isla y la miro.
—Por cierto, he hablado con Damian. Del todo.
Sofía ladea la cabeza.
—¿Esa es la segunda condición?
—Cumplida. La primera te la conté entre chalotas mal cortadas. Y la tercera… —Me acerco hasta quedarme a un palmo de ella, sin tocarla—. La tercera la estoy cumpliendo ahora mismo: he venido a hablar y a cocinar. No a arreglar nada con las manos.
—Qué lástima —murmura, y se le escapa la sonrisa.
Vuelvo a la tabla, coloco la primera chalota y, al coger el cuchillo, noto cómo me tiemblan las manos. No me siento tan nerviosa como la última vez, pero sigo sintiéndome igual de torpe que entonces.
—Si te cortas —advierte, y levanta el índice para enseñarme su cicatriz diminuta—, Dewi pone unos puntos preciosos. Te lo digo por experiencia.
Se me escapa la risa y eso, por extraño que parezca, me afloja los hombros.
Los primeros cortes me salen bastante toscos, pero, con el paso de los minutos, dejo de ser yo la que piensa y es mi cuerpo el que recuerda: los dedos se curvan para esconder las yemas, la muñeca se balancea con su vaivén de siempre y la chalota se abre en láminas tan finas que la luz las atraviesa.
—Joder —murmura Sofía.
—Ese lenguaje, chef.
—Es que… la última vez que te vi cocinar, estabas temblando como un flan. —Apoya las palmas en el borde de la mesa y se inclina hacia delante—. Ahora que estás más relajada, debes saber que te cambia hasta el gesto de la cara. No pareces ni tú.
No respondo, porque tiene razón y porque me arden los ojos.
Enciendo el fuego. La llama azul lame el borde del fogón y coloco el cazo encima.
Dejo caer dentro una cucharada de azúcar de palma y, en cuanto empieza a oler a caramelo, añado la chalota, el zumo de las mandarinas, la lima y un pellizco de sal.
El chisporroteo llena la cocina y el aroma dulce y ácido me sube directo a la memoria.
—Atiende, que no lo voy a repetir. —Señalo el cazo con la cuchara—. Así se hace una reducción de cítricos.
—La mía estaba perfecta.
—La tuya estaba casi perfecta.
—Tres meses y sigues con ese «casi» —resopla, poniendo los ojos en blanco.
—Y los que me quedan. —Bajo el fuego al mínimo—. Pero piensa una cosa: si hubiese llegado a estar perfecta, aquel día me habría ido de tu cocina en unos minutos. Me quedé por el «casi» y por ese carácter tuyo.
Se le suben los colores hasta el flequillo y finge un interés repentino por sus chanclas.
—¿Cuánto tarda en hacerse eso?
—Doce minutos. A una reducción no se le puede meter prisa.
—Mira, como a ti.
Me río. Dejo la cuchara atravesada sobre el cazo y me remango la chaquetilla hasta los codos, porque el vapor empieza a pegarme la tela a la piel.
Es un gesto que hago sin pensar y me doy cuenta tarde, cuando su mirada baja hasta mi antebrazo y se queda allí, sobre esa cicatriz en forma de medialuna que resalta contra el tono de mi piel.
Sofía la ha besado más veces de las que puedo contar, pero jamás ha preguntado por ella. Así que me acerco hasta colocarme entre sus rodillas.
—¿Nunca has sentido curiosidad por saber cómo me la hice?
—Estaba esperando a que quisieras contármelo. —Su pulgar la recorre despacio, de punta a punta—. Tengo mucha paciencia, aunque no lo parezca.
—No lo parece en absoluto.
—Valentina.
Respiro hondo. Detrás de mí, el cazo borbotea bajito.
—Me la hizo Sam. No sabía ni freír un huevo; quemaba hasta las tostadas.
—Se me curva la boca sin permiso—. Un domingo de los tantos que nos reuníamos a comer todo el equipo, se empeñó en ayudar y Wayan le dio una sartén para que se estuviera quieta.
Ella se giró para enseñarme lo bien que la sujetaba y me plantó el borde en el brazo.
—No.
—Sí. Lloró ella más que yo. Yo metí el brazo debajo del grifo, me lo vendé con un trapo y seguí cocinando, porque había doce personas con hambre y porque soy así de idiota.
—Trago saliva y bajo la mirada—. Cuando terminé, me acorraló contra la cámara y me besó.
Y me dijo, aquí, encima de la boca: «No dejes de cocinar nunca. Jamás. Es cuando sacas lo mejor de ti».
El motor de una de las cámaras arranca de golpe y rompe el silencio, y con él también mis palabras. Los dedos de Sofía se cierran alrededor de mi antebrazo y sus ojos no se apartan de los míos.
—Durante un tiempo, pensé que hacerle caso, seguir cocinando, era traicionar nuestra historia.
Que, si ella no podía estar conmigo, yo no tenía derecho a seguir adelante.
Te juro que durante meses deseé haber sido yo en su lugar.
Por suerte, tenía a Aitana cerca y no permitió que la tristeza se ocupase de hacerme caer.
Me atrevo a levantar la vista y lo que encuentro son sus ojos brillantes, la arruguilla del entrecejo y unas palabras que no me espero.
—Estoy segura de que Sam habría estado orgullosa de ti, Valentina.
Lo has hecho bien, muy bien. Mírate. —Me señala y me aparta el pelo de la cara—.
Eres una de las mejores personas que conozco, fuerte, atrevida, magnética, preciosa.
Tienes un corazón de oro y ahora, después de esos tres años de duelo, estás dispuesta a regresar.
Me quedo paralizada, porque puedo ver en los ojos de Sofía la ternura de sus palabras.
—Le habrías encantado, ¿sabes? Incluso habría dicho que tu reducción estaba perfecta solo por llevarme la contraria.
—Una mujer con criterio.
La carcajada me sale mojada por las lágrimas que no sé en qué momento han empezado a caer. Sofía me limpia la mejilla con el dorso de los dedos y después, sin prisa, se lleva mi antebrazo a los labios.
—Jamás te pediré que la olvides ni que dejes de quererla —musita contra mi piel—. Pero sí te pediré lo mismo que te pidió ella: que no dejes de cocinar. —Levanta la cabeza—. Y en eso estamos las dos de acuerdo, así que vas perdiendo por mayoría.
No encuentro nada que decir, de modo que la beso. Lo hago despacio, con las manos en su cara y saboreando su boca, hasta que ella apoya la frente en la mía.
—Valentina.
—Qué.
—Creo que la chalota se está pegando de nuevo.
—¡Mierda!
Llego al cazo en dos zancadas. No está quemado, está en el punto exacto antes del desastre: el ámbar oscuro, las burbujas lentas y gordas. Lo retiro del fuego con el pulso en la garganta mientras ella se ríe a mi espalda sin ningún respeto.
—Por eso espero que en nuestra cocina estés centrada en todo menos en mí —me advierte con una sonrisita pícara—. Quiero que hagamos grandes cosas juntas. Tú y yo.
—Lo haremos, y eso sí que te lo pienso prometer.
Sofía suelta una risilla mientras marco el pescado por el lado de la piel y cuento los segundos de memoria.
Le doy la vuelta, apago el fuego y dejo que termine de hacerse solo, con el calor que le queda a la sartén.
Emplato en lo primero que encuentro, un platillo de cerámica: el lomo, la chalota confitada, tres gotas de reducción y una última en el borde, que arrastro con el dorso de la cuchara.
No es un plato del Attika. Es mejor. Es el primero de la nueva Valentina Romero.
Se lo pongo en el regazo junto con un tenedor.
—Come.
Parte un trozo, lo unta en la salsa y se lo lleva a la boca. Mastica con los ojos cerrados y yo me quedo quieta, con el trapo sobre el hombro y las manos nerviosas, sin saber dónde meterlas.
—¿Y bien?
—Dame un momento. Estoy decidiendo si te odio.
—¿Y eso por qué?
Abre los ojos y los tiene bañados en lágrimas.
—Está mejor que la mía —confiesa en un susurro—. Como se lo cuentes a alguien, lo negaré hasta la muerte.
—Me conformo con saberlo yo.
Comemos del mismo plato y con el mismo tenedor, ella sentada en la mesa y yo de pie entre sus piernas. Cuando ya no queda pescado, rebaña la reducción con el dedo y me lo ofrece.
—Mañana a estas horas habrá acabado todo —dice, pensativa y soñadora, como si pudiera asomarse a nuestro futuro.
—Mañana a estas horas habrás servido el mejor menú de tu vida.
—La próxima vez cocinaré yo.
Voy a contestarle cuando veo que, al otro lado del jardín, entre las palmeras, hay una ventana encendida. Solo una en todo el edificio principal: la del despacho de Damian.
Mientras la miro, la puerta del edificio se abre y salen dos siluetas trajeadas. Las reconozco aunque solo les vea la espalda: los de Singapur. Damian los despide en el umbral con un apretón de manos largo, de esos que cierran algo, y vuelve a entrar sin mirar hacia aquí.
—¿Qué miras?
—Nada. Voy a recoger esto y nos vamos a dormir.
—Perfecto, chef.
Hay gente que no duerme la víspera de una gala por los nervios. Y hay gente que no duerme porque está decidiendo su próximo movimiento.