¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 55
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Capítulo 55

Sofía

Las playas de aquí no se parecen en nada a las del Mediterráneo. El agua está tibia y es tan transparente que puedo ver la arena blanca que cubre el fondo y unos pececillos amarillos que nadan entre nuestras piernas sin más preocupación que la de esquivarnos.

Tengo las piernas enroscadas en la cintura de Valentina y los brazos alrededor de su cuello.

Ella me sostiene con una mano bajo los muslos y la otra extendida en mi espalda, abierta, como si temiera que una ola me arrastrara hasta Australia.

Pero no hay olas, solo un vaivén lento que nos mece y nos envuelve, y el sol rebota en el agua con tanta fuerza que tengo que entrecerrar los ojos para mirarla.

—Tienes sal en las pestañas —me dice.

—Y tú en los labios.

—¿De verdad?

Le paso la lengua por la comisura de los labios y sonrío.

—Ahora ya no.

Valentina se ríe y me aprieta un poco más contra ella.

Noto sus dedos subiendo por mi columna, vértebra a vértebra, hasta el nudo del bikini, donde se detienen y juegan con los extremos del lazo sin llegar a tirar.

Es su forma de recordarme que podría hacerlo y que, si no lo hace, es solo porque no quiere.

—Espero que, cuando trabajes conmigo, no intentes meterme mano a todas horas —le advierto, con toda la seriedad que soy capaz de reunir en estas circunstancias.

—Soy toda una profesional, ¿de qué estás hablando?

—La mano que tiene apoyada en mi muslo se mueve lo suficiente como para colarse bajo la braguita del bikini y recordarme cómo se siente la caricia de sus dedos—.

Además… —se acerca a mi oído y baja la voz—, hay muchos lugares en esa cocina donde poder tocarte, Sofía.

Se me escapa un jadeo corto que se mezcla con una risa y que acabo ahogando contra su cuello.

Huele a crema solar de coco y a ese aroma suyo que ya reconocería con los ojos cerrados en cualquier parte del mundo.

Desde el acantilado de piedra caliza que cierra la cala por la derecha llega el griterío de unos niños que saltan al agua, y por un instante pienso que podría quedarme aquí, flotando, con las manos de Valentina entre mis piernas, hasta que se ponga el sol o hasta que se me arrugue la piel.

Me despisto un momento y desvío la mirada hacia la orilla.

Bajo las dos sombrillas de paja que alquilamos al llegar, la escena parece un cuadro costumbrista mal colgado.

Valeria está tumbada boca arriba, con una capa de protector de factor cincuenta tan gruesa que parece haberse caído en un bote de yeso, y discute algo con Aitana mientras esta saca, una por una, las cosas de las cestas de Wayan.

Marta, sentada en la postura del loto sobre su pareo de mandalas, le habla a Elena, y Elena, con un bikini blanco, el pelo recogido en una coleta alta y los labios todavía pintados de rojo, finge que la escucha.

Digo que finge porque, aunque desde aquí no le veo los ojos tras las gafas de sol, sé hacia dónde apunta su barbilla. Y no es hacia Marta.

Clara está en el agua, al fondo, donde rompen las únicas olas decentes de la cala. Le ha alquilado una tabla a un chico del chiringuito poco después de llegar, sin pronunciar más de tres palabras, y desde entonces no ha vuelto a pisar la arena.

—¿Tú estás viendo lo mismo que yo? —pregunta Valentina, que ha seguido la dirección de mis ojos.

—Depende. ¿Qué estás viendo tú?

—A la hija de Héctor mirando a Clara como Valeria mira el café con hielo.

—Pues sí. Estoy viendo lo mismo.

Ninguna de las dos añade nada más, pero nos quedamos un rato calladas, mecidas por el agua, observando.

Cuando Aitana apareció esta mañana en el aparcamiento del resort con las tres cestas y Elena, la cara de Valeria fue un poema.

Elena nos saludó una por una con dos besos; educada, simpática, envuelta en un perfume caro.

A mí me preguntó cómo me estaban yendo las clases en la cocina, a Valeria le comentó que le encantaba su acento y a Marta le alabó el pareo.

Pero cuando llegó a Clara, que estaba metiendo las toallas en el maletero, la tensión se pudo cortar con un cuchillo.

Clara le dio un beso en una sola mejilla, rápido, casi de trámite, y se giró de nuevo hacia el coche.

Elena se sentó a su lado, Clara se puso sus auriculares y se pasó la hora y media de trayecto mirando el paisaje por la ventanilla. Elena también, solo que no miraba el paisaje sino a Clara.

—¿Tú sabes algo de ella? —le pregunto a Valentina—. De Elena, digo.

—Lo que te conté. Que Héctor habla muy bien de ella, que hizo un máster en Londres y que no sabe qué hacer con su vida. —Me aparta el flequillo mojado de la frente con un gesto distraído—. Creo que era muy amiga del influencer que acosó a Valeria en verano.

—Pues que Valeria no se entere hasta después de la gala.

Tuerzo los labios en una mueca, Valentina aprovecha para robarme un beso corto y vuelvo a mirar hacia las sombrillas.

Marta acaba de preguntarle algo a Elena, y Elena responde.

Entonces Marta abre mucho los ojos, se lleva la mano al pecho y gira la cabeza hacia el mar, hacia Clara.

Es la cara que pone cuando la luna está en no sé qué casa y eso explica todos los males del mundo.

—Marta le ha preguntado el signo —anuncio.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque ha puesto cara de estar leyéndole la carta astral.

Valentina se ríe con tantas ganas que nos hundimos medio palmo y acabo tragando agua salada.

Lo que más me inquieta no es que Elena no deje de mirar a Clara.

Es lo que nos contó Aitana mientras extendíamos las toallas: que Héctor quiere que Elena trabaje con nosotras en Benidorm el próximo verano, que se encargará de las redes sociales, del márquetin, de darle una vuelta a la imagen del resort.

Clara, que estaba sentada en su toalla untándose crema en los hombros, se quedó quieta un segundo, con la mano a medio camino, y después se levantó sin abrir la boca y se fue a alquilar la tabla.

—¿En qué piensas? —murmura Valentina—. Tienes la arruguilla que te sale en la frente cuando algo no te cuadra.

Suspiro.

—Pienso en el verano que viene y en todos los cambios que nos esperan.

—Van a ser unos cuantos. Empezando porque no va a haber un segundo del día en que no me tengas a tu lado. —La idea me gusta, y me gusta tanto que todavía no soy capaz de imaginarme allí, cocinando con ella—. Seguro que te pondrás exigente y me echarás muchas broncas.

—No pienso echarte broncas.

—Sofía. —Arquea una ceja—. Te conozco.

No contesto porque tiene razón y porque, en ese preciso instante, Clara se levanta sobre la tabla.

Coge una ola pequeña, limpia, que se abre hacia la izquierda, y la recorre como si hubiese nacido con una tabla pegada a los pies.

Hace un giro, luego otro, y la cola de la tabla levanta una cortina de espuma que brilla al sol. Desde aquí parece que baila.

En la orilla, Elena se pone de pie y aplaude con las dos manos por encima de la cabeza, como en un concierto.

Clara gira la cabeza hacia el aplauso, pierde el equilibrio y se cae de espaldas con tal estrépito que el ruido nos llega hasta aquí.

La tabla sale disparada hacia el cielo, da una voltereta completa y aterriza tres metros más allá con un chapoteo de cetáceo.

—Ay, Dios mío —exclamo, tapándome la boca.

—Eso ha tenido que doler —murmura Valentina, encogiendo los hombros como si el golpe se lo hubiera llevado ella.

Clara emerge escupiendo agua y mira hacia la orilla con una expresión que no necesito ver de cerca para entender.

Elena, que sigue de pie, baja los brazos muy despacio y vuelve a sentarse junto a Marta.

Esta le da una palmadita en la rodilla, como para recordarle que debe tener paciencia, y Valeria levanta la cabeza y se da cuenta, igual que yo, de que entre Clara y Elena ha pasado algo que se nos ha escapado a todas.

—El próximo verano va a ser eterno… —me lamento.

—Va a ser el mejor verano de tu vida. —Valentina me sujeta la barbilla y me obliga a mirarla a ella—. Y de la mía. Lo demás, que lo arreglen ellas.

—Clara es mi amiga.

—También lo es de Marta y de Valeria. Tiene más guardaespaldas que un ministro. —Me besa la punta de la nariz—. A ti te toca estar conmigo. Tenemos mucho tiempo que recuperar.

Lo dice tan cerca que sus palabras se me quedan en los labios.

Dejo de pensar en las demás y hundo los dedos en su pelo mojado para besarla despacio, saboreando la sal y el rastro de la piña que comimos antes de meternos en el agua.

Valentina responde soltando un jadeo grave que me vibra en el pecho, y la mano que tenía bajo mi braguita se mueve con más intención, hasta arrancarme un pequeño gemido.

—Valentina… —le advierto contra la boca, sin mucha convicción.

—Nadie nos va a ver… —me asegura, con esa voz ronca que me desarma.

Le muerdo el labio inferior y ella me aprieta contra su cadera. El agua nos envuelve y por un momento todo desaparece; solo quedan su respiración entrecortada y mi corazón golpeándole el pecho. Por eso no veo venir la ola.

No es gran cosa. Probablemente sea la última de una serie que ha llegado medio perdida hasta esta parte de la cala, pero nos pilla de lado, en pleno beso, y nos tumba como a dos bolos.

Durante un segundo todo es espuma y, cuando saco la cabeza, tosiendo, lo primero que noto es el frescor del agua en un sitio donde hace un instante había tela.

Me miro el pecho. Miro a Valentina.

—No —gimo—. ¿Dónde está?

Las dos giramos la cabeza a la vez. A unos cinco metros, flotando, la parte de arriba de mi bikini se aleja hacia mar abierto, como una medusa turquesa que ha decidido empezar una nueva vida.

—¡Ve a por ella! —le grito, cruzando los brazos sobre el pecho y hundiéndome hasta la barbilla.

Valentina se lanza al agua con un estilo crol que no le conocía, y yo me quedo ahí, agachada, roja hasta las orejas, rezando para que nadie mire.

—¡ILLO! —La voz de Valeria cruza la cala como una sirena de ambulancia. Está de pie, con la crema todavía blanqueándole la cara, y me señala con el brazo estirado—. ¡Que esto es una playa familiar, Sofía! ¡Que hay criaturas!

Medio arenal se gira. Una señora alemana con sombrero de ala ancha se baja las gafas de sol para no perderse detalle.

Aitana se tapa la cara con las manos. Marta se pone a aplaudir, no sé por qué.

Y Elena, que ha olvidado por completo que estaba pendiente de Clara, se ríe con tantas ganas que se le caen las gafas a la arena.

Valentina vuelve nadando con el trofeo en alto.

—Date la vuelta, anda —me ordena.

—Si te ríes, te ahogo.

Obedezco. Me pasa la tela por delante y la sujeta mientras yo me encargo de colocarla bien. Sus nudillos me rozan la nuca y luego bajan por mi espalda, sin ninguna prisa, para anudarlo.

—Valentina, por favor.

—Me estoy asegurando de que aguante —me susurra al oído—. Aunque, por mí, te lo quitaba todo.

Se me eriza toda la piel, a pesar del sol.

Cuando por fin me giro hacia la orilla, con la dignidad por los suelos y el bikini en su sitio, Clara está saliendo del agua con la tabla bajo el brazo.

Elena se ha levantado y se acerca a ella con una toalla doblada entre las manos; se la ofrece con una sonrisa tímida, a modo de disculpa.

Clara pasa a su lado sin cogerla. Ni siquiera se detiene.

Clava la tabla en la arena, se sienta en su toalla de espaldas a todas y se pone los auriculares.

Elena se queda allí, de pie, con la toalla entre las manos, y veo que Marta ha dejado de sonreír y las mira a las dos, como si acabara de descubrir lo mismo que he descubierto yo.