Capítulo 54
Aitana
Blue Paradise Bali, Ubud
Por primera vez desde que llegué a Bali, me he despertado lo bastante temprano como para ver cómo la niebla del valle asciende y se enreda en los arrozales igual que el algodón.
Llevo una semana aquí y es la primera mañana que Valeria me deja escapar de la cama, aunque no la culpo: desde que empezó lo nuestro, no concibo un solo momento del día sin ella. Cosas del amor, supongo.
Sofía me ha escrito a primera hora para pedirme que pasara por el restaurante a recoger un pedido y aquí estoy, encaramada a un taburete de la barra, con el valle entero desplegado a mis pies y el aroma del café recién hecho flotando en el aire tibio de la mañana.
El camarero, el mismo que me descubrió el café con leche de coco hace unos días, termina de llenar tres cestas de mimbre trenzado que ya rebosan de comida.
Según me ha contado Sofía, les encargó a Wayan y a Bayu un menú bastante completito, de esos capaces de convertir un simple día de playa en algo maravilloso.
Porque hoy es un día especial, el primero de los muchos que vendrán a partir de ahora, sobre todo teniendo en cuenta que voy a tener a Valentina cerca.
Ayer, cuando supe que se lo había contado todo a Sofía, que había hablado con Héctor y que le había dejado las cosas claras a Damian, no pude hacer otra cosa que saltar de alegría por ella.
Se lo advertí hace mucho: se merecía ser feliz, y no hay más que verla ahora.
—Water, very cold —me indica el camarero en inglés mientras levanta una bolsa, y la coloca junto a las cestas.
—Muchas gracias.
Entonces oigo la risa de Héctor y no puedo evitar girarme.
Entra por el arco de piedra con una camisa de lino color arena remangada hasta los codos, pantalones claros y unas alpargatas que no le había visto lucir en la vida.
Lleva un sombrero en una mano y, colgada del otro brazo, a una chica morena que se ríe todavía más fuerte que él.
—… te juro que pegaste un grito que se oyó en Seminyak —se burla ella.
—Era una salamanquesa del tamaño de un cocodrilo, Elena.
—Era así. —Separa el índice y el pulgar lo justo para que pase un garbanzo—. No te iba a dar un mordisco. Es más, la pobre no sabía ni dónde meterse.
Apenas consigo contener la sonrisa. Hay algo en la escena que me afloja los hombros; Héctor me ha visto crecer, lo considero un padre, y verlo así, tan liberado, me conmueve más de lo que esperaba. Tarda tres segundos en reparar en mí.
—¡Pero bueno! —Abre los brazos con el sombrero todavía en la mano—. Mi directora favorita madrugando en vacaciones. Esto no me lo creo.
—Ni yo, jefe.
Se acerca sin soltar a la chica, que viene un paso por detrás y me estudia con curiosidad.
Ahora que la tengo cerca la reconozco por las fotos que Héctor guarda en su despacho, aunque en ellas aparecía con toga, birrete y cara de compromiso.
Tiene el pelo castaño oscuro, liso, recogido hoy en una coleta alta, y lleva un vestido de lino verde oliva que esconde un bikini blanco, la cara despejada, sin rastro de gafas de sol, y un pintalabios rojo que llama mucho la atención.
Ha heredado los ojos de su padre, grandes y marrones, y también esa misma forma de mirar, como si lo estuviera apuntando todo.
—Aitana, te presento a Elena. Elena, esta es Aitana Robles, la única persona de la empresa a la que no soy capaz de llevarle la contraria.
—Tampoco hace falta que lo digas así, que parece que te tengo amenazado —protesto mientras me bajo del taburete.
—Encantada. —Elena se inclina para darme dos besos. Huele a protector solar de coco y a algo floral, caro y discreto—. Mi padre habla de ti como si fueras la persona más sensata del planeta.
—Tu padre exagera muchísimo.
—Lo sé. Pero contigo menos que con el resto.
Héctor suelta otra carcajada y señala los taburetes de al lado.
—¿Podemos? ¿O estás en plan ermitaña?
—Solo estoy esperando a que el chico termine de llenar las cestas. Sentaos.
Vuelvo a mi sitio, Elena se acomoda a mi derecha y Héctor, a la suya. El camarero, que tiene un radar para los recién llegados, aparece con la sonrisa por delante.
—Ponme un café —le pide Héctor—. Y para mi hija…
—Un zumo de cualquier fruta que sea verde —se adelanta Elena—. Que no he dormido mucho y necesito vitaminas.
—Si soltases el móvil de vez en cuando…
Ella pone los ojos en blanco con una pericia que solo se consigue tras años de práctica, y yo tengo que morderme el labio para no reírme.
Héctor apoya los antebrazos en la barra y contempla el valle durante unos segundos, como si necesitara ordenar las ideas antes de hablar.
—Antes de marcharme le pedí a Irene que preparase un nuevo contrato para Valentina.
—Niega con la cabeza—. Todavía no me creo que vaya a dejar su trabajo para unirse al equipo de cocina de tu resort.
Pero, si de algo no tengo dudas, es de que Sofía y ella van a hacer un trabajo increíble.
Y quién sabe, a lo mejor hasta nos llevamos una estrella gracias a ellas.
Me imagino a Sofía y a Valentina trabajando codo con codo entre fogones y se me escapa una sonrisa que no intento esconder. Elena sonríe también, sin decir nada, con los ojos puestos en su zumo, que acaba de llegar con una pajita de bambú y una rodaja de lima clavada en el borde del vaso.
—Te prometo que haré todo lo que esté en mi mano para conseguir que el resort de Benidorm sea incluso mejor que este —le aseguro a Héctor.
—Allí al menos tenéis playas. Eso debería ser suficiente para lograrlo.
La frase sale de Elena sin previo aviso, mientras remueve el zumo con la pajita. La miro y ella me devuelve la mirada con una sonrisa que no tiene nada de tímida, y entonces entiendo que eso de no meterse en la conversación es una pose, y que la tiene muy ensayada.
— Touché —le concedo—. Aquí hay que pasarse una hora en coche para ver el mar.
—Hora y media. Lo he mirado.
Héctor carraspea. Conozco ese carraspeo: lo usa en las juntas cuando está a punto de soltar algo que ya ha decidido y quiere que parezca improvisado.
—Estaba pensando, Aitana, que Elena podría formar parte de vuestro equipo en Benidorm la próxima temporada de verano. ¿Qué te parece?
—¡Papá, por favor! —Elena suelta la pajita como si quemara—. Te dije que fueras discreto.
—Estoy siendo discreto. Estamos los tres solos.
—¿Y el camarero?
—El camarero no habla español, así que no cuenta.
El camarero, que sigue recolocando algunas cosas en la cesta, sonríe sin levantar la vista.
—Elena es buena con el márquetin —continúa Héctor, como si su hija no lo estuviera fulminando con la mirada—. Quizá os pueda ayudar a darle una vuelta a las redes sociales. Lucía va a estar bastante ocupada con la campaña del resort que abriremos en Italia.
Lucía en Italia. Lo guardo en la cabeza, en el mismo cajón donde almaceno todo lo que tiene que ver con Clara y que últimamente se llena más deprisa de lo que me gustaría. Aunque lo siento por Marta, porque estoy segura de que la idea no le va a hacer ninguna gracia.
Elena tiene las mejillas encendidas y los ojos clavados en la rodaja de lima. No sé si le avergüenza que su padre la coloque o que la coloque precisamente delante de mí, así que no me lo pienso.
—Todo lo que sea bueno para el resort es bienvenido. —Se lo digo a ella, no a él—. Además, estoy convencida de que harás buenas migas con las chicas. Por lo que me consta, ya has conocido a Clara y a Marta, ¿no?
Elena levanta la vista, sonríe y asiente.
—Lucía nos presentó. Aunque con Clara, bueno… —Se coloca un mechón suelto detrás de la oreja, y los dedos se le quedan un segundo de más en el cuello, justo debajo, como si buscaran algo ahí—. Supongo que la situación fue un poco tensa.
Eso sí que no me lo esperaba. Hasta ahora, lo único que sabía era que Clara se había topado con Lucía en la recepción; nadie me había contado nada de Elena. Héctor, que no tiene ni idea de qué estamos hablando, sonríe satisfecho y le da a su hija un par de palmaditas en la mano.
—Entonces, está hecho. Pasarás el próximo verano en Benidorm, y espero que eso te ayude a pensar en tu futuro más inmediato.
El camarero deja la última cesta junto a mi codo y me dedica una pequeña reverencia. Es la señal que necesitaba.
—Yo os dejo ya, jefe. He quedado con las demás para pasar el día en la playa y, si me retraso, me lo van a echar en cara. Sobre todo una gaditana que me lleva por la calle de la amargura.
Héctor se ríe. Yo cojo una cesta con cada mano y, mientras calculo cómo me las voy a apañar con la tercera, Elena se gira en el taburete.
—¿Puedo ir con vosotras?
Me quedo quieta, cargada como una mula y con cara de no saber qué hacer. Héctor me mira y, aunque no abre la boca, leo la súplica en sus ojos. Y una no puede pasarse la vida pidiendo favores sin devolver ninguno, así que acepto.
—Será una buena manera de conocer a todas las chicas. —Señalo con la barbilla la cesta que queda sobre la barra—. ¿Vamos?
Elena se baja del taburete de un salto, sujeta la cesta y le planta a su padre un beso sonoro en la mejilla.
—Cuídamela, Aitana —me pide Héctor, y por fin se pone el sombrero.
—Tú cuídate de las salamanquesas.
Salimos juntas bajo la celosía de bambú, con el valle ya limpio de niebla a nuestra izquierda y el sol empezando a calentar la piedra del camino. Elena camina a mi lado con la cesta pegada a la cadera.
—Oye, Aitana. —Lo suelta mirando al frente, con la voz más casual del mundo—. Clara también viene, ¿no?
Llevo media vida leyendo a la gente y sé cuándo alguien pregunta por preguntar, y también sé cuándo no.
Valeria me va a matar.