¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 52
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Capítulo 52

Valentina

Damian cierra la puerta tras de sí. Él me examina con detenimiento: primero la cara, después la mancha de la camisa, que me baja desde el escote hasta la cintura, y luego otra vez la cara.

—Te lo pregunto de nuevo —insiste, con ese acento que redondea las erres—. ¿Qué demonios te ha pasado?

—Un accidente.

Tiro el cubito en la papelera, me sacudo las manos y rodeo el escritorio con toda la calma que soy capaz de fingir.

Noto el tejido pegándoseme a la piel y otra gota de café helado deslizándose hacia el ombligo, pero camino como si llevara un traje de chaqueta recién planchado.

Hay batallas que se ganan solo con la actitud con la que una cruza una habitación.

Junto al ventanal, frente al cuadro del atardecer, hay dos butacas de ratán con cojines de color arena y, entre ellas, una mesita baja de teca. Son las que Damian reserva para las visitas importantes. Me detengo al lado de una y le señalo la otra con la palma abierta.

—Siéntate, por favor.

Me mira, sorprendido. Es su despacho y, aun así, obedece. Se desabrocha el botón de la americana, se acomoda y cruza una pierna sobre la otra con esa elegancia ensayada de los hombres de negocios. Yo me siento frente a él, con la espalda recta y las manos sobre las rodillas.

—Héctor me ha comentado que le pediste que fuera tu subdirectora aquí, en Bali.

No parpadea. No se le mueve ni un músculo de la cara. Se limita a inclinar la cabeza un par de centímetros, como si me estuviera confirmando la hora de una reunión.

—Así es.

No se disculpa por haber intentado manejar mi futuro laboral por un antojo repentino. Tampoco encuentro en sus ojos el menor rastro de arrepentimiento, y esa tranquilidad suya me hace sospechar que da por hecho que he dicho que sí.

—Pues lamento decirte que me he negado.

Ahora sí le cambia el gesto. Descruza las piernas, apoya los dos pies en el suelo y se le tensa la mandíbula al mismo tiempo que se remueve en la butaca, como si de pronto el ratán se le clavara a través del pantalón.

Su mirada se escapa un instante hacia el escritorio, hacia la carpeta cerrada, y vuelve a mí.

—¿Cómo que te has negado? —Se recoloca el puño de la camisa con dos tirones secos—. ¿Tú sabes lo importante que es ser subdirectora de este resort? ¿De la estrella de la cadena?

Llevo casi dos semanas oyendo a todo el mundo hablar de este lugar como si fuese la joya de la corona y, aunque lo es, aunque conozco de sobra sus valoraciones y sus premios, no deja de ser un resort más, con los mismos problemas y las mismas incidencias que cualquier otro.

Sin pensarlo, mis dedos buscan la cicatriz del antebrazo. La recorro con la yema del pulgar, de arriba abajo, como hago cada vez que me enfrento a una conversación complicada y dudo de mí misma.

Los ojos de Damian bajan hasta mi mano y se quedan ahí.

—Solo un tonto rechazaría la posibilidad de trabajar aquí —sentencia.

Levanto la vista. El hombre que días atrás me pareció un refugio se ha convertido de pronto en alguien que ha estado moviendo fichas en un tablero en el que yo era la reina que pretendía ganar.

Sonrío.

—No soy tonta ni necia, Damian. Soy consciente de la experiencia que adquiriría trabajando aquí.

—Hago una pausa y dejo que el aire acondicionado me enfríe la mancha húmeda de la camisa—.

Pero también soy consciente de que el día que llegué a la cadena lo hice huyendo de mi vida real.

De mi oficio real. Y ahora estoy preparada para regresar.

Frunce el ceño y busca la frase adecuada, la que utiliza con los inversores cuando las cifras no cuadran, pero no la encuentra. Se levanta con tanto ímpetu que la butaca cruje y se desplaza un palmo hacia atrás sobre el suelo de teca.

Camina hasta el escritorio y apoya las manos en el borde, justo al lado del plano de mesas, donde el café ha dejado un cerco ondulado que parece un mapa de islas. Luego se gira hacia mí con los brazos cruzados.

—No entiendo nada, Valentina. De verdad que no. ¿Qué oficio real? Llevas años en control de calidad. Eres la mejor. El propio Héctor lo dice en cada…

—Era cocinera y tenía un restaurante en Madrid —lo interrumpo—. Pero un incendio se lo llevó todo por delante. Era mi vida y, el día que todo ardió, me quedé sin ella.

No le hablo de Sam, ni de aquel olor a quemado, ni de cómo algunas noches me despierto empapada en sudor. No le cuento que me pasé meses encerrada hasta que Aitana me sacó de la cama casi a rastras. Eso no le pertenece.

—Hace un tiempo, la persona que me hizo esta cicatriz, sin querer, me pidió que jamás dejase de cocinar, porque la cocina formaba parte de mí.

—Me tiembla la voz al recordar el día en que Sam me lo susurró sobre los labios—.

Y es curioso que el destino haya tenido que ponerme delante a una mujer que ama la cocina tanto como yo para recordármelo.

Damian aprieta los labios. Sabe de quién hablo. Lo supo aquella tarde, cuando Sofía apareció en su despacho y yo salí corriendo detrás de ella.

—Quiero ser feliz, Damian. Y no creo que pueda serlo aquí.

No pasa nada. Después se le escapa una risa corta, nasal, mientras mira al techo. La risa de quien acaba de oír a un niño explicar cómo funciona el mundo.

—Sabes bien que aquí hay muchas cosas que podrían hacerte feliz, Valentina.

Lo dice despacio, arrastrando las palabras, y sus ojos me recorren el cuerpo con una intención que ni siquiera se molesta en disimular. Hace unos días, esa mirada me habría encendido algo por dentro. Hoy solo me provoca asco y un cansancio inmenso.

—Sí. —Me encojo de hombros—. Pero me faltaría el ingrediente principal.

Su sonrisa se tuerce y se vuelve fría, afilada, la misma que le vi la otra noche en el restaurante cuando aparté la mano de la suya.

—Estás desechando una oportunidad de oro por una mujer —escupe.

Ahí está. Lo que piensa de verdad.

Me levanto y camino con calma hacia él. Me detengo tan cerca que tiene que bajar la barbilla para mirarme, porque me saca casi una cabeza.

—No —replico sin alzar la voz—. La estoy desechando porque yo no pertenezco a los despachos.

Pertenezco al frenesí y a la pasión de una cocina.

Al ruido de las comandas, a los gritos en el pase, al vapor que te empaña la cara, a las quemaduras en los dedos y al momento exacto en que un plato sale perfecto y alguien, al otro lado de la puerta, cierra los ojos al probarlo.

Respiro hondo. Me llega el aroma de su colonia y, por debajo, el olor del café que me empapa la camisa.

—Pero tú no sabes lo que es eso, porque nunca lo has vivido. Y ese fuego, Damian, no se encuentra en ninguna otra parte. Ni siquiera en una cama.

Se le mueve la nuez. Abre la boca y no le sale nada. Se queda mirándome con rabia, con el orgullo herido y la frustración oscureciéndole los ojos.

Doy un paso atrás y señalo el escritorio con la barbilla.

—He revisado los planos y está todo bien.

—Bueno, todo bien salvo por el lago de café, pero eso no pienso mencionárselo—.

Héctor llegará en un par de días; ya sabes que le gusta supervisarlo todo cuando está listo.

Así que me voy a la cocina. Wayan me dijo que la prueba final del menú era hoy y me muero de ganas de probarlo.

No espero respuesta. Me doy la vuelta, cruzo el despacho y paso junto al cuadro del atardecer sin dedicarle una sola mirada.

—Valentina.

Me detengo con la mano en el pomo.

—Te vas a arrepentir.

Abro la puerta y le sonrío al pasillo vacío.

—Puede. Pero esta vez me arrepentiré de haber elegido lo que me dicta el corazón y no de haberme dejado llevar por los miedos.

Cierro detrás de mí.

El pasillo está fresco y huele a incienso. La secretaria levanta la vista del ordenador en cuanto me ve pasar por su lado, repara en mi camisa y abre mucho los ojos. Le dedico la sonrisa más digna que tengo y sigo andando.

Fuera, el cielo está blanco de humedad, los operarios siguen discutiendo junto a la carpa y una fila de orquídeas espera en sus macetas a que alguien decida dónde colocarlas.

Avanzo por el sendero de piedra hacia la cocina con las piernas temblándome y algo enorme y luminoso abriéndose paso en mi pecho.

«Era cocinera». No. «Soy» cocinera.

Me paro bajo el samán, junto al estanque, y me doy cuenta de que estoy sonriendo como una idiota. Porque en mi cabeza, por encima del ruido, por encima de Damian, de Héctor y de la gala, solo cabe una cosa: contárselo a Sofía.