Capítulo 51
Valentina
El mensaje que recibo a primera hora del día es de Héctor, y en él me anuncia que me llamará en cuanto llegue a la oficina.
Teniendo en cuenta que faltan apenas unos días para la gala, debería restarle importancia al hecho de que quiera hablar conmigo, pero, después de las palabras de Elena, cargo con la extraña sensación de que están ocurriendo cosas a mis espaldas. Y eso no me gusta nada.
Me despido de Sofía pasadas las siete y media de la mañana, después de desayunar juntas en mi terraza y de robarle un último beso con sabor a café antes de dar por comenzado un nuevo día.
A esa hora, el resort cálido y maravilloso del que pude disfrutar al principio se ha transformado en un escenario a medio montar.
Por los senderos desfilan carretillas cargadas de flores, los operarios discuten a voces sobre cables y medidas, y junto a la explanada del río ya ha empezado a levantarse la estructura metálica de la carpa.
A recepción no dejan de llegar huéspedes arrastrando sus maletas, los primeros invitados ocupan ya sus villas y el aire, que hasta hace nada olía a frangipani y a hierba mojada, huele ahora a nervios y a tensión.
Damian está en todas partes a la vez. A primera hora lo veo supervisando cómo colocan unas lámparas en los jardines; a media mañana, en recepción, estrechándole la mano a un matrimonio japonés recién llegado; a mediodía, cruzando el césped con el móvil pegado a la oreja y la carpeta siempre bajo el brazo.
Cada vez que nuestras miradas se encuentran me dedica un gesto amable, una media sonrisa y un «luego te veo» que no llega nunca.
Desde aquella noche en el restaurante apenas hemos cruzado veinte frases seguidas.
Está ausente y omnipresente al mismo tiempo, y no sé cuál de las dos cosas me inquieta más.
Tampoco he conseguido hablar con Aitana y, con Sofía metida de lleno en sus clases con Wayan, no tengo a nadie a quien contarle lo que estoy sintiendo.
Quizá esté exagerando, pero cada vez que recuerdo la voz de Elena asegurándome que su padre tiene grandes planes para mí, que después de la gala van a cambiar muchas cosas, se me encoge el estómago como una esponja escurrida.
A las tres de la tarde entro en el despacho de Damian para revisar el plano definitivo de las mesas.
Él me coloca un café helado al lado y, tras darme un par de indicaciones con esa prisa educada que no se quita de encima últimamente, me deja sola para recibir a una delegación que ha llegado antes de hora.
Me siento en su sillón y extiendo el plano sobre el escritorio.
En la mesa principal figuran Elena Balmaseda, el grupo inversor de Singapur, Damian y Héctor.
A dos mesas de distancia, en plena zona central, está la nuestra.
La prensa especializada queda repartida a ambos lados del pequeño escenario.
El cuadro del atardecer me observa desde la pared, y yo procuro no devolverle la mirada para que no me asalte de nuevo el recuerdo de lo que pasó justo ahí debajo.
Me llevo el vaso a los labios, doy un sorbo largo y dulce, y en ese preciso instante el móvil vibra sobre la madera del escritorio con un zumbido furioso.
Pego un respingo. El vaso se me escurre entre los dedos, rebota contra el borde de la mesa y me vuelca encima buena parte del café helado, que me cae sobre el escote, me empapa la camisa y me baja en un reguero gélido por el estómago hasta encharcarme el regazo.
—¡Joder! —Me levanto de golpe y los cubitos ruedan por el suelo de teca como canicas—. Joder, joder, joder…
El teléfono sigue vibrando y en la pantalla se ilumina el nombre de Héctor. Atrapo la servilleta de papel que acompañaba al café y descuelgo con la otra mano mientras me froto el pecho a la desesperada.
—¡Héctor! —Me sale una voz demasiado aguda, casi de dibujos animados. Carraspeo—. Héctor. Buenas tardes. Buenos días. Lo que sea allí.
—Buenos días, Valentina. —Su voz grave llega limpia desde Madrid, y lo imagino en su sillón de cuero, junto al ventanal—. ¿Te pillo en mal momento? Te noto agitada.
Miro hacia abajo y me encuentro con un cubito derritiéndose dentro de mi sujetador. La camisa se me ha pegado a la piel y se transparenta mucho más de lo que me gustaría, sobre todo si tengo en cuenta que Damian puede aparecer por esa puerta en cualquier momento.
—No, qué va —miento con todo el descaro del mundo—. Estaba… revisando el plano de las mesas.
Pesco el cubito con dos dedos y lo lanzo a la papelera, pero rebota en el borde y acaba en el suelo. Estupendo.
—Bien. Cuéntame cómo va todo.
Y durante unos minutos me convierto en la Valentina que Héctor conoce, la que responde con datos.
La carpa estará montada el miércoles. Los técnicos de iluminación de Seminyak llegan el viernes, tal y como estaba previsto.
Las orquídeas han aterrizado en perfecto estado, aunque el florista de Bedugul ha intentado colarnos otra subida de precio a última hora.
En el resort se alojan ya treinta y dos invitados; los de Singapur han pedido visitar la cocina antes de la gala y Wayan está encantado de enseñársela.
Hablo con fluidez y aplomo mientras me seco el escote a toquecitos, y la servilleta, la muy traidora, se deshace en bolitas que se me quedan pegadas a la piel.
—Damian me dice que no hay nada que no pase por tus manos antes que por las suyas —comenta Héctor, y lo oigo reír con suavidad—. Ese chico te admira mucho.
—Es un gran director.
—Lo es. Pero no te he llamado para hablar de él.
—Su tono cambia y me llega el clic de su bolígrafo, una vez, dos.
Conozco ese sonido: es el que precede a las conversaciones importantes—.
No te voy a mentir, Valentina. A principios de año se me pasó por la cabeza la idea de ascenderte.
Tienes una capacidad innata para gestionar cualquier cosa que caiga en tus manos, eres magnética y posees un don de gentes maravilloso.
Todo el que te conoce asegura que es imposible negarte nada y que eres capaz de meterte en el bolsillo a quien te propongas, hasta al más difícil.
Me quedo quieta, con la servilleta aplastada contra el esternón, mientras algo cálido me sube por el cuello.
Pienso en la mujer que era hace tres años: la que no salía de la cama, la que no soportaba el olor del humo, la que se pasaba las horas mirándose la cicatriz del antebrazo.
Pienso en Aitana tirando de mí hasta sacarme de aquel piso de Madrid, y en Héctor firmando mi contrato sin hacerme una sola pregunta sobre mi experiencia en el sector.
Entre los dos me devolvieron las ganas de levantarme por las mañanas.
—Sabes que te estoy muy agradecida, Héctor —murmuro, y me tiembla un poco la voz—. Me diste una gran oportunidad y siempre te deberé una.
—Todo lo has hecho tú. Y por eso no me extraña que uno de mis mejores directivos te quiera como subdirectora de su resort.
La servilleta se me cae al suelo.
—¿Cómo?
—Hace unos días, Damian me confesó que le encantaría tenerte con él en Bali. Según sus propias palabras, mantenerte como inspectora de la compañía es un completo desperdicio.
Me dejo caer en el sillón y, de pronto, todo encaja pieza a pieza, como en un rompecabezas: la falta de comunicación de estos días, las sonrisas desde la distancia, su empeño en que yo esté presente en cada decisión importante sobre la gala, esa sensación extraña que arrastro desde que Elena abrió la boca.
Me froto la cicatriz del antebrazo con el pulgar y aprieto los dientes. Quedarme a trabajar aquí significaría vivir muy lejos de Sofía y muy cerca del hombre con el que estuve a punto de cruzar una puerta equivocada. Un hombre cuyo beso casi hunde lo nuestro para siempre.
—Agradezco a Damian sus buenas intenciones —respondo, y me sorprende lo firme que me sale la voz—, pero no puedo aceptarlo, Héctor.
Mi lugar no está aquí, en Bali, ni tampoco allí, en Madrid.
No sé si has hablado con Aitana, si ella te ha adelantado algo, pero mi deseo es volver a la cocina.
Quiero ponerme una chaquetilla, mancharme las manos y disfrutar del frenesí de cada pase.
Al decirlo en voz alta se me llenan los ojos de lágrimas. Al otro lado de la línea se hace un silencio largo, tan denso que casi puedo oír cómo Héctor recoloca todas sus piezas sobre el tablero.
—Vaya —reconoce al fin—, eso sí que no me lo esperaba.
—¿No te comentó nada Aitana?
—Hablamos, pero me pidió que, antes de tomar una decisión, lo tratase contigo.
—No quiero dejar la compañía, Héctor. Le pedí a Aitana ser subchef en el restaurante de su resort. Sofía y yo… Creo que haríamos un buen tándem.
—Así que Sofía y tú…
Él sabía que entre nosotras había pasado algo, aunque no exactamente el qué. Noto que me arden las orejas y doy gracias al universo porque no pueda verme en este momento, colorada y empapada en café.
—Solo quiero estabilidad —admito, más bajito—. Quedarme cerca de las personas que considero mi familia y empezar de cero. Cuando firmé el contrato que me ofreciste hace dos años, lo acepté porque no era capaz de imaginar una vida que me recordase todo lo que había perdido, pero ahora…
Lo oigo suspirar.
—Me había hecho muchas ilusiones, ¿sabes? Pensaba incluso que, con el paso de los años, podrías hacerte cargo del nuevo resort de Italia.
Me imagino, por unos segundos, cómo sería trabajar en un despacho con vistas a los viñedos, con el sol cálido deslizándose por las paredes de piedra y una vida entera ordenada y brillante, pero sin una sola persona esperándome al volver a casa. No me hace falta pensarlo más.
Sonrío y, por primera vez en toda la llamada, lo hago de verdad.
—Bueno, que cambie de puesto no significa que no pueda seguir siendo tu chica estrella.
Tarda un instante en caer, y luego suelta un bufido que es mitad resignación, mitad risa.
—Mi hija nunca sabe cerrar la boca.
—Aún es joven, no la culpes. —Me incorporo en el sillón y me aparto un mechón húmedo de la frente—. Si me lo permites, seré yo quien hable de todo esto con Damian, ¿de acuerdo?
—Como desees. Le diré a Irene que prepare tu Nuevo contrato de Subchef en Benidorm, a las órdenes de la señorita Jiménez. —Hace una pausa—. Que conste que me parece un desperdicio. Nos vemos en unos días.
—Que conste que a mí no. Hasta pronto.
Cuelgo y me quedo mirando la pantalla hasta que se apaga sola.
El despacho recupera el silencio, aunque a lo lejos, a través del ventanal, siguen colándose los martillazos y las pruebas de sonido.
Sobre el plano de las mesas se ha formado un pequeño lago de café que avanza despacio hacia mi nombre y el de Sofía.
Lo seco con la palma de la mano antes de que los alcance y me doy cuenta de que me tiemblan los dedos.
Después de tantos años esquivándome a mí misma, por fin he dado el salto y les he plantado cara a mis propios miedos.
Quiero volver a la cocina, quedarme cerca de Sofía y disfrutar de todo lo que la vida me tenga preparado en Benidorm.
Me levanto, me estiro la camisa, que ya no tiene arreglo, y recojo uno a uno los cubitos que quedan en el suelo. Estoy agachada, persiguiendo el último bajo el escritorio, cuando oigo el clic de la puerta al abrirse a mi espalda.
—Valentina, ya estoy aquí. Perdona la tardanza, los de Hong Kong… —Damian se detiene en seco en el umbral—. ¿Qué demonios te ha pasado?
Me incorporo despacio, con un cubito medio derretido en la mano y el pecho empapado, y lo miro a los ojos por primera vez en días.
—Me ha llamado Héctor —anuncio—. Siéntate. Creo que tenemos que hablar.