Capítulo 50
Sofía
Blue Paradise Bali, Ubud
Me despierto con una oleada de calor que se extiende por mi piel sin prisa, igual que la mantequilla en una sartén templada.
Tardo unos segundos en saber dónde estoy, en ser consciente de que el día ha empezado a desperezarse y de que el cielo de la noche se ha transformado en una franja rosada y naranja, mezclada con la sutileza de un azul muy suave.
El reloj del teléfono marca las cinco y media, y yo me remuevo entre las sábanas para saborear esta sensación un poco más.
He perdido la cuenta de las noches que he pasado con Valentina y de las mañanas en las que hemos amanecido juntas. Lo único que tengo claro es que lo que ocurrió en Benidorm hace unos meses ya forma parte de un pasado que nada tiene que ver con el presente que estamos viviendo.
Valentina duerme pegada a mi espalda. Noto sus pechos contra los omóplatos, sus rodillas encajadas detrás de las mías y su respiración, lenta y constante, justo en la nuca. Cada vez que exhala, se me eriza la piel desde el cuello hasta los hombros.
No sé en qué momento empiezo a imaginar que su mano se desliza desde mi vientre hasta el interior de mis muslos, pero es muy mala idea, porque apenas soy capaz de controlar las ganas que tengo de ella.
Me giro despacio, húmeda ya, con el cuidado de quien retira una bandeja de suflés del horno, y su mano resbala hasta mi cadera y se queda ahí, confiada.
Ahora la tengo de frente, y la luz que se cuela por la corredera le dibuja el perfil mientras su piel, del color del café con leche, contrasta con el blanco de las sábanas.
La Sofía de hace un mes se habría quedado así, mirándola, memorizándola por si acaso, por si desaparecía antes del desayuno. Esta, en cambio, no se conforma con mirarla: quiere despertarla, quiere meterse dentro de ella.
Le beso los labios. Valentina frunce el ceño y suelta un murmullo largo que se parece mucho a una queja.
—Las orquídeas no entran en el presupuesto —masculla, sin abrir los ojos.
Me muerdo el labio para no reírme en voz alta.
—Olvídate de las orquídeas, anda… —le susurro contra la boca.
Vuelvo a besarla y bajo por la línea de su mandíbula dejándole pequeños mordiscos, de esos que no marcan, pero sí avisan.
Tiene la piel tibia y un sabor salado que es solo suyo.
Sigo por el cuello y me entretengo en el hueco de la garganta, donde el pulso empieza a cambiar de ritmo, y ella suspira.
Desciendo por la clavícula y por el esternón, hasta ese lunar al que he decidido rendir visita cada mañana.
Después atrapo su pecho con la boca, y lo hago sin prisa.
Primero lo rodeo con la lengua, lo recorro en círculos lentos y noto cómo el pezón, rosado, se endurece contra mi paladar.
Entonces lo chupo con más fuerza, tirando un poco de él, y siento cómo se le tensa el pecho entero.
Valentina arquea la espalda sin despertarse del todo, con los labios separados y el aliento cada vez más corto.
Paso al otro pecho mientras mi mano toma el relevo en el primero: lo aprieto, lo pellizco, froto el pezón entre los dedos hasta que a ella se le escapa un gemido bajo.
Luego mi mano se desliza por su costado, por la curva de la cintura, por el hueso de la cadera, por ese vientre suave que se contrae bajo mis dedos…
y sigue bajando. Encuentro el vello fino, el calor, la hendidura ya húmeda.
Separo los labios con dos dedos y noto cómo se abre, caliente y resbaladiza.
Cuando paso el dedo medio por encima del clítoris hinchado, ella se estremece de la cabeza a los pies.
—¿Qué hora es? —pregunta con la voz ronca de sueño, pastosa y deliciosa.
Levanto la vista. Tiene los ojos entreabiertos, grises como el cielo de ahí fuera antes de clarear, y me mira como si no terminara de creerse que esto sea real y no una continuación del sueño.
—Hora de que te despiertes, inspectora.
—Eso no es una hora —protesta, con una sonrisa adormilada.
—Es más que suficiente.
Suelta una risa corta, medio ahogada, que termina en un gemido cuando vuelvo a cerrar la boca sobre su pecho y, al mismo tiempo, hundo el dedo dentro de ella.
Está tan mojada que entra sin resistencia.
Sus dedos se cierran en mi pelo, no para apartarme, sino para que no se me ocurra irme a ninguna parte.
—Estás… —empieza, y se le rompe la frase cuando mis uñas le recorren el interior del muslo y mi dedo se curva para buscar más hondo—. Estás completamente loca.
—Eso ya me lo dijiste el otro día.
—Pues lo repito para que conste en acta.
Subo a buscarle la boca y ahora es ella quien me besa.
Ya no queda nada dormido en Valentina: me besa con esa hambre que la vuelve otra y que convierte cualquier beso en una declaración de intenciones.
Me rodea la cintura, me pega a su cuerpo y su mano baja por mi espalda, por mis nalgas, hasta colarse entre mis piernas desde atrás.
De pronto se detiene y abre mucho los ojos.
—¿Y tú desde cuándo estás así?
Noto cómo se me encienden las mejillas y no me importa lo más mínimo. Su dedo se desliza entre mis labios hinchados, recoge la humedad que ya resbala y se detiene justo sobre el clítoris, sin frotar, solo presionando.
—Desde que me he despertado —confieso.
—Vaya. —Me muerde el labio inferior y tira de él con suavidad—. Así que estabas soñando conmigo.
Sonríe contra mi boca y sus dedos empiezan a moverse, resbalan sobre mí, dibujan círculos que no terminan nunca de llegar adonde yo quiero.
Me está haciendo pagar el despertar, lo sabe y lo disfruta.
Cada vez que casi alcanza el punto exacto, se desvía, me abre un poco más, me acaricia los labios internos y vuelve a empezar. Me estoy volviendo loca.
—Valentina… —Su nombre me sale como una súplica.
—Dime, chef.
—Te necesito.
Y entonces entra en mí. Primero un dedo, luego dos, lentos, hondos, abriéndome con esa precisión maldita que tiene para todo.
A mí se me escapa un gemido bajo, casi animal.
Me aparto lo justo para pasarle una pierna por encima y me siento a horcajadas sobre ella, sobre su mano ahora colocada entre mis piernas por delante, mientras Valentina se incorpora hasta quedar sentada contra el cabecero de bambú y la sábana se nos enreda en las piernas.
Nos quedamos un segundo así, frente a frente, respirándonos.
Siento sus dedos dentro, curvados, y el pulgar que ya empieza a rozarme el clítoris.
Luego comienzo a moverme, al principio despacio, con las manos apoyadas en sus hombros.
Mis caderas se mecen como si cabalgara sobre esos dedos que se arquean en mi interior y encuentran el punto exacto que ella conoce mejor que yo.
Con cada vaivén, su pulgar me acaricia por fuera, justo donde más lo necesito, y el calor que me despertó se convierte ahora en un incendio.
Noto cómo me cierro alrededor de ella, cómo me empapo todavía más.
Valentina me rodea la espalda con el brazo libre y me atrae hacia su cuerpo.
Hunde la cara entre mis pechos y los devora con un ansia que me deja sin aire: los muerde, los lame, los aprieta con la boca como si llevara días sin comer y yo fuera lo único que hay sobre la mesa.
Siento sus dientes, su lengua, el roce de su nariz; siento su gemido vibrarme contra la piel.
Cada vez que chupa más fuerte, mis caderas responden solas, más rápidas, más profundas.
—Mírame —le pido.
Ella levanta la cara. Tiene los labios hinchados, el pelo revuelto y los ojos, esos ojos grises, oscurecidos hasta casi el negro.
—No he dejado de hacerlo desde que te conocí.
No sé si es la frase, el tono o la manera en que me sujeta, pero algo se me afloja por dentro. Aprieto el ritmo y ella lo sigue.
Me agarro a su nuca y bajo la otra mano entre nosotras, entre sus piernas.
La encuentro igual de mojada, abierta, con el clítoris duro bajo la yema de mis dedos.
No quiero llegar sola al orgasmo. Nunca más.
Ella da un respingo y pronuncia mi nombre partido en dos cuando entro en ella con dos dedos de una vez.
Nos movemos juntas, torpes y precisas a la vez, sudorosas, jadeantes, con la frente pegada a la frente y las bocas tan cerca que ya no sé qué aliento es de quién.
El cabecero cruje y a mí se me escapa una risa ahogada que Valentina me roba con un beso.
Sus dedos se aceleran dentro de mí, su pulgar me frota sin piedad, y yo le devuelvo el mismo ritmo mientras siento cómo se le contrae el vientre bajo mi mano.
El primer temblor me sube desde los talones.
Me tenso entera, me aferro a sus hombros y me dejo arrastrar por el orgasmo con un grito que ella amortigua con la boca.
Me vacío en oleadas largas y sin control, con sus dedos todavía dentro, palpitando a su alrededor una y otra vez. Ella me alcanza apenas un instante después, con el cuerpo arqueado y las uñas clavadas en mi espalda, y deja escapar un gemido largo y ronco que me sabe a victoria.
Después solo se escuchan nuestras respiraciones desacompasadas y el zumbido lejano de alguna cigarra madrugadora.
Me dejo caer sobre ella, Valentina me envuelve con los dos brazos y apoya la barbilla en mi hombro, y así nos quedamos, enredadas, empapadas en sudor, con la sábana hecha un ovillo a nuestros pies.
La luz ha cambiado con el paso de los minutos. El rosa se ha vuelto dorado y entra a raudales por la corredera, pintándonos la piel.
—Que sepas que, si me despiertas así todas las mañanas, voy a empezar a hacerme la dormida más a menudo —me advierte, todavía sin aliento.
—Hoy estabas muy dormida y murmurabas algo sobre el presupuesto de las orquídeas.
Se aparta para mirarme, horrorizada.
—¿En serio?
—Muy en serio.
—Dios mío. —Se tapa la cara con una mano—. Esta gala va a matarme.
Me río y me muevo lo suficiente para buscar sus labios y besarla de nuevo.
Entonces vibra el móvil de Valentina en la mesilla. Es un zumbido corto y seco, pero basta para romper la magia y obligarnos a girar la cabeza en su dirección. Veo cómo le cambia la mirada al leer la pantalla. Estira el brazo y, sin abrir el mensaje, deja el teléfono bocabajo.
—¿Quién te escribe a estas horas? —le pregunto, e intento que suene a simple curiosidad.
—Es de la oficina. —Vuelve a mirarme con una sonrisa que llega un segundo tarde—. Al parecer, en Madrid todavía hay gente que no duerme.
Asiento. Me acurruco contra su pecho y ella me acaricia la espalda con la yema de los dedos, arriba y abajo, como antes.
Pero yo, que siempre he tenido un sexto sentido para estas cosas, soy incapaz de hacer como si nada. Y esa espinita que creía haberme tragado la otra noche, durante la cena, vuelve a clavárseme para anunciarme que pronto va a pasar algo que no me va a gustar.