¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 49
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Capítulo 49

Clara

Blue Paradise Bali, Ubud

Hay tres cosas que no perdono a las siete de la mañana: el café aguado, la gente que habla alto y esos idiotas que se las dan de chulos y salen a correr en mallas.

Por suerte, el café de este resort resucita a un muerto.

Le doy un buen sorbo sentada en el murete de piedra que separa el sendero de los arrozales, con la mochila entre los pies y la niebla deshaciéndose sobre el valle como la espuma en la orilla de la playa.

El vaso me calienta las manos, el aire todavía conserva el fresco de la madrugada y, por una vez, no tengo prisa por nada.

Made pasa a recogerme en veinte minutos, a las nueve me espera Kadek en Keramas y yo llevo desde ayer con ese calorcillo en el pecho que hacía años que no sentía.

«Hoy va a ser un buen día», pienso. Pero entonces oigo un trote ligero y constante a mi espalda y, cuando me giro para averiguar de quién se trata, Lucía dobla la curva con la coleta pelirroja dando latigazos, el móvil sujeto en un brazalete y la piel brillante de humedad.

Me ve, tropieza a medio paso y se detiene a tres metros de mí, con las manos en las caderas y el pecho subiendo y bajando.

—Clara.

—Lucía.

Ya está, ya hemos superado lo que pasó ayer en la recepción.

Me llevo el vaso a los labios y clavo la vista en los arrozales con cara de pocos amigos.

Lo lógico sería que siguiera corriendo, que para algo siempre se le ha dado bien, pero no lo hace.

Se quita los auriculares, los guarda en su cajita de plástico y se acerca hasta el murete.

Huele a rosas y a sudor limpio, y las pecas se le han multiplicado en una sola tarde de trópico.

—¿Puedo? —pregunta, señalando la piedra con la barbilla.

—El muro es del resort, no mío.

Se sienta y deja entre las dos el hueco exacto de una persona. Durante un rato solo se oyen las ranas, un gallo lejano y el agua que corre entre los bancales.

—Llevo años ensayando esto —confiesa al fin—. Creo que tengo como catorce versiones.

—Pues elige la corta. Me recogen en veinte minutos.

Suelta una risa pequeña, sin aire, y empieza a darle vueltas al anillo que lleva en el dedo corazón. Antes no usaba anillos, y tampoco se cuidaba las manos como se las cuida ahora.

—Lo siento.

—¿El qué, exactamente? —Me sale la misma voz que uso con los que se meten en el agua con bandera roja—. Porque la lista es larga. Sé concreta.

—Todo. —No aparta la vista, y eso sí que es nuevo—.

Las cenas con clientes que no existían. El «se me ha alargado la reunión».

Que me esperases despierta, con la cena sobre la mesa, y yo llegase oliendo a otra y te soltara que estaba cansada.

Que te hiciera sentir que la que fallaba eras tú, porque así me resultaba más fácil mirarme al espejo.

El café se me revuelve en el estómago.

—«Siempre tan poco presentable» —recito.

Cierra los párpados como si le hubiese dado con la tabla.

—Te lo dije en la boda de mi prima.

—Delante de tu madre. Y yo llevaba un conjunto que había tardado más de un mes en elegir, porque quería estar a la altura.

—Estabas guapísima. —Traga saliva—. Te lo dije porque llevaba dos meses acostándome con otra y necesitaba encontrarte defectos.

Si tú eras poco, lo mío era menos grave.

Así de miserable. No tengo una explicación mejor, Clara.

Ojalá. Me he pasado años buscando una que me dejara en buen lugar y no existe.

No estaba mal contigo, no me faltaba nada.

Fui cobarde y fui egoísta, y tú pagaste por ello.

Me quedo mirando el fondo del vaso.

Lo curioso es que yo también tenía catorce versiones.

En todas le gritaba y en alguna hasta le tiraba algo, pero en ninguna me quedaba sentada en un muro de Bali, con las piernas colgando, mientras descubría que la rabia con la que he cargado media década pesa mucho menos de lo que recordaba.

Como cuando sacas del trastero una maleta que creías llena y resulta que está vacía.

—Yo tampoco lo hice bien —admito. Me cuesta, pero es verdad—. Hice las cajas en una tarde, pedí el traslado y no volví a cogerte el teléfono.

—Hiciste bien.

—Hice lo que pude, que no es lo mismo. —Giro el vaso entre los dedos—. Me fui sin decirte cómo me sentía, y eso también se pudre.

—Dímelo ahora.

La miro. Tiene los ojos clavados en mí y, por primera vez, las manos quietas sobre el regazo.

Respiro como me ha enseñado Marta. Cuatro. Siete. A la mierda el ocho.

—Me dejaste hecha polvo, Lucía. Estuve un año sin fiarme ni del parte meteorológico.

Cada vez que alguien me decía algo bonito, yo buscaba dónde estaba la trampa.

Y lo peor fue que te enseñé a no tenerle miedo al mar, que te sujeté la tabla en Tarifa hasta que dejaste de temblar, y tú me soltaste a mí en mitad de una corriente sin avisar.

—Se me rompe la última palabra y carraspeo—. Eso. Ya está. Eso era.

Una lágrima le cruza las pecas y no hace nada por limpiársela.

—Lo sé.

—No, no lo sabías. Ahora lo sabes.

Asiente, sin defenderse.

El sol asoma por encima de las palmeras y me calienta el antebrazo. Lucía baja la vista hasta la golondrina. La tinta ha perdido negro con el tiempo y las alas ya no tienen los bordes afilados de cuando salimos de aquel estudio, con el brazo envuelto en film, convencidas de que éramos para siempre.

—Sigues llevándola.

—Los tatuajes no se devuelven con las llaves.

—Yo también la llevo —murmura, y se roza el antebrazo con la yema de los dedos.

—Ya que estamos. —Dejo el vaso sobre el muro—. Ayer. En recepción.

—Ayer me miraste como si fuera un tiburón.

— Ayer llegaste con una veinteañera cogida del brazo, el mismo día de tu primera cita con mi mejor amiga. ¿Cómo querías que te mirase?

Parpadea varias veces y, de pronto, se le escapa una carcajada tan escandalosa que una garza levanta el vuelo desde el arrozal.

—¿Elena? ¡Clara, por Dios! Es la hija de Héctor Balmaseda. La hija del jefe. Vengo de niñera con dietas.

—Tenías la mano en su espalda.

—Quería que nos dejase un momento a solas. —Se seca los ojos con la muñeca, todavía entre risas—. ¿Se lo has contado a Marta?

—No.

Se le corta la risa de golpe.

—¿Por qué?

—Porque anoche, cuando regresó a casa, lo hizo suspirando y con cara de boba, y yo no le había visto esa cara en la vida. —Me encojo de hombros—. No iba a ser yo quien se la quitase sin estar segura.

Lucía se queda callada. Vuelve al anillo y le da un par de vueltas más antes de hablar.

—Me hace bien —reconoce en voz baja—. No sé explicarlo mejor. Me manda audios de siete minutos sobre la luna y los escucho enteros, como si la comprendiese de verdad. Y me da pánico que un día descubra mis defectos y salga corriendo.

—Pues deja de sacarle brillo a lo de fuera y ponte con lo de dentro.

—Estoy en ello.

—Ya lo veo.

Y lo raro es que lo digo en serio. La Lucía que yo conocí no se habría sentado en este muro a hablar como una persona normal; habría sonreído, habría cambiado de tema y habría seguido corriendo. Me bajo de un salto y me cuelgo la mochila al hombro. Ella se levanta también, por puro instinto.

—Te voy a decir dos cosas y luego me voy, que tengo un océano esperando.

—Dime.

—La primera: no te perdono para que duermas mejor. Te perdono porque estoy harta de cargar a todas partes el peso de lo que me hiciste. Pesa demasiado y ya voy teniendo una edad.

Le tiembla la barbilla, pero asiente.

—La segunda: Marta es lo más puro que conozco.

Cree en la gente, en los astros y en que el palo santo arregla las cosas.

Si le haces la mitad de lo que me hiciste a mí…

—Me inclino lo justo para que no le quede ninguna duda—.

A mí no me vas a ver venir. Pero a Valeria sí, y Valeria no mide las consecuencias.

—Está bien.

No nos abrazamos, hace mucho que dejamos de hacerlo. Sin embargo, cuando paso por su lado le doy un golpecito en el hombro con los nudillos, uno solo, y la oigo soltar todo el aire que traía guardado desde Madrid.

—Clara.

Me giro sin detenerme y sigo andando de espaldas por el sendero.

—¿Qué?

—Un aviso. De ex a ex. —Se recoloca la coleta y señala con la barbilla hacia las villas—. Elena me preguntó ayer tres veces por ti. Tres. Y esa criatura no ha oído un «no» desde que hizo la comunión.

Se me escapa un bufido.

—Tranquila, ya sabes que a mí no me gustan las niñas de papá.

—Eso decía yo de las chicas que hablan con la luna.

Le enseño el dedo corazón. Ella se pone los auriculares, muerta de risa, y echa a correr hacia el puente.

Me quedo sola en el sendero. El aire huele a tierra mojada y a incienso recién encendido en algún altar, y sonrío. Sonrío mientras me llevo una mano justo a ese lugar donde antes me escocía el recuerdo de Lucía y compruebo que, por fin, ha dejado de arder.

No es bandera verde. Aún no. Pero he arriado la roja y, con la amarilla, ya se puede una bañar si va con cuidado.

Echo a andar hacia la salida, donde ya asoma el morro del coche de Made, y es al pasar por la verja principal cuando noto que alguien me observa.

Alzo la vista y, en una de las terrazas del restaurante, apoyada en la barandilla con una taza entre las manos, hay una chica de pelo castaño que no disimula ni un poquito su interés.

Lleva los labios pintados de rojo. A las siete y cuarto de la mañana.

Levanta la taza hacia mí, a modo de brindis.

«Un cambio que se acerca», dijo también el viejo.

Pues que se acerque a otra.