¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 48
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Capítulo 48

Marta

En el suelo hay un reguero de huellas que va desde la puerta corredera hasta el baño, una detrás de otra, marrones y rojizas, como si un animal pequeño hubiera cruzado la villa con prisa.

Sobre la barandilla de la terraza gotean la camiseta y los pantalones cortos de Clara, tiesos de barro.

Cuando ha llegado, lo único que ha dicho es que necesitaba una ducha porque olía a nutria, y desde entonces ahí sigue, encerrada tras una puerta por cuya rendija se escapa el vapor.

Le doy la vuelta al móvil sobre la colcha y luego lo vuelvo a girar, por si la pantalla se hubiera iluminado en esos dos segundos. Estoy tan acostumbrada a que Lucía me llene de mensajes a lo largo del día que no recibirlos se me hace extraño, casi como si a la tarde le faltara un sonido.

Me pongo en pie y enciendo una varita de incienso para calmarme. El aroma a lavanda me envuelve, dulce y un poco áspero, y cierro los ojos mientras intento dejar la mente en blanco.

—¿Se puede? —Sofía asoma la cabeza por la puerta corredera y, al ver el humo, arruga la nariz—. Vale. Por un momento he pensado que se estaba quemando el resort.

—Muy graciosa.

Entra descalza, con las sandalias colgando de dos dedos, el pelo corto un poco revuelto y una raya de tinta azul en el índice. Se sienta a mi lado en la cama, y el colchón se hunde hasta juntarnos los hombros.

—Vengo de la cafetería. Valentina y yo llevamos todo el día con el dichoso discurso. —Se mira el dedo manchado y se lo frota contra el pantalón, con lo que solo consigue extender la tinta—. Ahora se ha ido a recibir a Lucía.

Oír su nombre en voz alta me hace un nudo en el estómago. Sofía gira la cabeza hacia el baño, donde el agua sigue cayendo con esa insistencia de lluvia de monzón, y después vuelve a mirarme.

—¿Y Clara?

—Ha llegado hace un rato. Casi no me ha dirigido la palabra. —Me retuerzo el hilo de Pak Nyoman alrededor de la muñeca—. ¿Crees que estará de mal humor por lo de Lucía?

Sofía suelta un suspiro largo y me coge las manos. Las suyas están calientes, llenas de callos pequeños y de alguna quemadura antigua. Manos de cocinera.

—Seguramente —admite. No me lo endulza, y se lo agradezco—. Pero escúchame: quiero que te centres en ti y en Lucía. Clara solo está preocupada, no quiere que Lucía te haga daño, y creo que eso no va a cambiar hasta que vea cómo se desarrolla todo.

—Es que nadie sabe qué pasará, Sofía. —Bajo la vista a nuestras manos entrelazadas, porque es más fácil que mirarla a ella—. Llevamos semanas hablando por teléfono, pero eso no significa que la química sea la misma cuando nos veamos en directo.

Y lo digo yo, que me paso la vida explicándole a todo el mundo que las personas se reconocen antes de conocerse.

Que una conversación a las dos de la madrugada puede desnudarte más que un par de manos.

Que la conexión no entiende de pantallas ni de kilómetros.

Pero también sé que la energía de alguien no viaja por internet, que hay cosas que solo se descubren cuando compartes el mismo aire: cómo huele, qué hace con las manos cuando está nerviosa, si a su lado algo en tu pecho se ensancha o se encoge.

Y yo no sé nada de eso todavía. Nada. Solo conozco una cara pecosa en una pantalla, una risa que me roba sonrisas y esa sensación agradable que se expande dentro de mí cuando hablamos por teléfono o nos cruzamos algún que otro mensaje.

—No pienses en eso. —Sofía me aprieta los dedos—. Quizá salten chispas. Acuérdate de lo que pasó con Valeria y Aitana: un cóctel y un intercambio de palabras bastaron para que esas dos acabaran comiéndose a besos por todos los rincones del resort.

Se me escapa la risa sin querer, poco elegante.

Me acuerdo de aquella mañana en que Valeria apareció con un chupetón de infarto escondido tras un pañuelo que, según juraba, era un complemento a la moda.

Pero la risa se me apaga enseguida, porque miro a Sofía, con esa luz suya que no necesita esfuerzo, y soy consciente de que yo nunca seré tan bonita como ella.

—Pero yo no tengo el arte de Valeria, ni esa picardía tuya. Yo soy más tranquila, más… —Busco la palabra y no la encuentro—. No sé.

—¿Más qué?

—Más de mirar las estrellas y quedarme callada.

Sofía me suelta una mano y me coloca un mechón detrás de la oreja, con ese gesto que tiene de madre y de hermana de todas.

—Tú eres magnética, Marta. Y muy atractiva. —Lo afirma mirándome fijamente, sin rastro de broma—. Solo tienes que creértelo y hacérselo ver a ella. Estoy segura de que se va a volver loca por ti.

Abro la boca para quitarle importancia, para soltarle algo del ascendente en Virgo o de lo mal que se me dan las primeras citas, y justo entonces el agua deja de sonar. El silencio es tan brusco que las dos giramos la cabeza a la vez, como dos gatos que oyen abrirse una lata de paté de atún.

La puerta del baño se abre y deja escapar una nube de vapor con olor a champú de coco.

Detrás aparece Clara, descalza, con una camiseta limpia en la que se lee «Namasté, pero no me toques las narices», frotándose el pelo con una toalla.

La golondrina del antebrazo asoma y se esconde bajo la tela blanca.

Se queda quieta al vernos sentadas en la cama y no sé leerle la cara.

—¿Te lo has pasado bien? —me atrevo a preguntar.

Clara deja de frotarse el pelo y ocurre algo raro: se le ilumina la cara. No es la sonrisa educada de «sí, muy bonito todo», sino un brillo que le sube desde algún sitio muy hondo y le enciende los ojos.

—Ha sido brutal. —Se deja caer en el sillón, con la toalla al cuello—.

Y aunque suene raro que lo diga yo, es mucho mejor que surfear.

El mar te empuja, ¿sabes? Pero el río… el río te arrastra.

—Se queda un momento con la mirada perdida en la ventana, donde la luz de la tarde empieza a dorarse —.

Lástima que no tengamos rápidos en Altea.

—Tampoco es que tengamos muchas olas, hija —se burla Sofía—. Si no fuera por el kitesurf, la gente se aburriría de hacer la barquita en la orilla.

—¡Oye! —Clara le tira la toalla húmeda a la cara—. Que tengo alumnos que pagan por hacer la barquita.

—Por eso lo digo. Tienes un morro que te lo pisas.

Me río. Las tres nos reímos, y la risa rebota por la villa, se mezcla con el humo del incienso y con el canto de algún pajarillo que se despide de la tarde.

Durante unos segundos todo vuelve a su sitio.

Somos otra vez nosotras, en la sala de descanso del resort de Benidorm, robándonos las patatas fritas y quejándonos de los turnos.

Se me afloja el nudo que llevo en el pecho desde el mediodía, pero no dejo de observar a Clara.

Lo hago porque es lo que hago siempre, porque a mí la gente me habla más con lo que calla.

Hay algo en su sonrisa que no termina de encajar, una sombra pequeña en la comisura, aunque decido no preguntar y dejarlo para otro momento.

Entonces Clara deja de reírse y se pone seria.

Se levanta del sillón, se acerca a la cama y se agacha frente a mí, a la altura de mis rodillas.

Me coge la muñeca, justo donde está el hilo de Pak Nyoman, y lo acaricia con el pulgar.

Tiene los ojos clavados en él, no en mí, y noto cómo algo se le remueve por dentro.

—Me he cruzado con Lucía al venir hacia aquí.

Se me para el corazón, y a mi lado Sofía deja de respirar.

—Solo te voy a pedir una cosa. —Clara escoge cada palabra con un cuidado que no le conozco—. Que tengas cuidado. Quiero que seas feliz, Marta. Y si es ella la persona que has elegido… será por algo. Solo… no seas como esta. —Señala a Sofía con la barbilla, sin mirarla—. Cuídate un poquito más.

—¡PERO BUENO! —Sofía se lleva una mano al pecho, con la boca abierta de indignación—. ¿Perdona? ¿Cómo que «como esta»?

—Tú te lanzas a la piscina y después miras si hay agua —replica Clara, todavía con los ojos en mi muñeca.

—¡Eso es tener pasión!

—Eso es tener un chichón permanente.

Podría preguntarle cómo ha ido ese encuentro, qué se han dicho, si Lucía le ha sonreído. Debería. Pero Clara me mira por fin, con los ojos todavía un poco enrojecidos por el agua del río, y lo que veo en ellos no es rabia. Es miedo. Miedo por mí.

Le pongo la mano libre encima de la suya.

—Te prometo que me cuidaré mucho.

Clara asiente. Me da un beso rápido en la frente, de esos que se les dan a los niños antes del colegio, y se levanta para recuperar su toalla, que Sofía todavía sujeta como si fuera una prueba del delito.

El móvil vibra sobre la colcha y, al ver el nombre en la pantalla, no puedo evitar sonreír.

Lucía: Te recojo a esa hora en tu villa. Ponte algo cómodo, que vamos a andar entre arrozales. Y no te pongas nerviosa, que te conozco, ¿eh?

Sofía me da un codazo cómplice y yo, que había conseguido olvidarme de ello, me acuerdo de las palabras de Pak Nyoman.