¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 47
81%

Capítulo 47

Lucía

El chico que empuja el carrito con nuestras maletas lleva un sarong granate, una flor detrás de la oreja y una paciencia que yo no tendría ni en mis mejores días.

Nos saca ya casi veinte metros de ventaja por el sendero de piedra, y aun así espero a que las ruedas doblen la curva del estanque y dejen de oírse para abrir la boca.

—¿Cuántas veces te tengo dicho que lo que hables con tu padre es mejor mantenerlo en secreto?

Elena ni siquiera se inmuta. Camina a mi lado con toda la calma del mundo y se abanica con el folleto del spa que lleva secuestrado desde recepción.

—Tampoco he dicho nada malo. —Se encoge de hombros—. No sé. Si esa tal Valentina es tan especial para mi padre, se merece saberlo, ¿no?

—No hablo de eso —replico—. Hablo de lo que le has soltado de que tu padre tenía planes para ella.

—No te preocupes tanto. —Me mira de reojo, con esa sonrisa que seguro que le ha funcionado con cada profesor, cada portero de discoteca y cada becario de la consultora que abandonó—. Así tampoco la pilla por sorpresa cuando mi padre le diga que va a dirigir este resort con Damian.

Resoplo y me paso la mano por la frente para despejar las gotas de sudor que me bajan por las sienes. La humedad de esta isla se pega a la piel como una segunda camisa, y la mía, de seda, hace rato que dejó de estar a la altura de las circunstancias.

—Además —insiste ella—, ¿quién podría quejarse de trabajar en un lugar tan único como este?

Abre los brazos hacia todo lo que nos rodea: las palmeras, el valle que asoma verde y brillante, el rumor del río allá abajo y el cielo encapotado que amenaza con abrirse en cualquier momento.

Por un instante, con el vestido blanco y el pelo oscuro recogido con las gafas de sol, parece la protagonista de un anuncio que yo misma podría haber diseñado para la cadena.

Blue Paradise Bali. Aquí nadie quiere marcharse.

«Salvo que alguien tenga una vida esperándole en otra parte», pienso.

—Será mejor que no te cruces con Valentina —le aconsejo—, porque, conociéndola, será capaz de hacerte recitar hasta tus pecados. Y te aseguro que se le da muy bien.

—Pues a mí no me asusta. —Se detiene frente a un banco de piedra para sacudirse algo invisible del vestido—. Sin embargo, esa… ¿cómo se llamaba? Ah, sí. Esa tal Clara sí que da miedo. ¿Se puede saber qué le hiciste para que te odie tanto?

Hace un rato, Clara me ha mirado con la misma frialdad que la última vez que la vi, hace ya años.

Llevaba el pelo mojado y una mancha de barro en el antebrazo, justo donde asomaba la golondrina que nos tatuamos juntas cuando empezamos a salir.

No sé qué estaba esperando ni qué esperanzas albergaba yo por dentro, pero desde luego no contaba con tanto hielo por su parte.

Tomo aire tan hondo que noto cómo se me hinchan las costillas contra la camisa.

—Yo también tuve mi momento de locura —confieso, y me sorprende lo tranquila que me sale la voz—. Y con ella cometí un error de los grandes.

Elena da un paso lateral y se me planta delante, en mitad del sendero.

—¿Un error? —Levanta una ceja—. ¿Cuál?

—Pues uno de esos que nadie debería cometer jamás cuando ama a una persona —respondo, sin concretar demasiado.

—Espera. ¿Erais pareja?

—Así es. Durante tres años.

—Mira que yo no te imaginaba saliendo con una mujer como ella.

—¿Como ella, cómo?

—No sé. —Hace un gesto vago con la mano que me abarca de arriba abajo: la seda, los pendientes, las uñas que me hice el jueves en Serrano—. Tú eres de brunch con fotos cenitales. Ella tiene pinta de desayunar un bol de cereales a toda prisa y de pie.

Me río, porque la ha calado a la primera.

—Clara es una gran mujer —afirmo, y lo digo completamente en serio—. Y sí, ha cambiado bastante, pero… cuando llegas a conocerla es, en fin, increíble.

La palabra «increíble» se queda corta para definirla.

Clara era la que siempre me esperaba despierta con la cena en la mesa, la que me enseñó a no tenerle miedo al mar de Tarifa, la que pensó más en nosotras que en sí misma.

No sé qué me empujó a los brazos de otra persona, pero sé que fui una cobarde y que le hice muchísimo daño.

Elena se cruza de brazos y me estudia en silencio, con la cabeza ladeada. Tiene unos ojos marrones enormes, de los que parecen inocentes hasta que dejan de parecerlo.

—Pues a mí me ha encantado ese aire surfero que tiene —comenta al fin—. ¿Te has fijado en el tatuaje que le va de la oreja al cuello?

Esta vez me río de verdad, con una carcajada corta que espanta a un pájaro de la rama más cercana.

—Yo fijándome en el barro que tenía en la piel y tú en los tatuajes.

—Ya sabes. —Descruza los brazos y reanuda la marcha con un contoneo satisfecho—. Yo tengo fijación por los detalles especiales, y ese tatuaje era especial.

—Dirás provocador.

—Eso también.

Me la quedo mirando mientras camina delante de mí. «Veintitantos años, un máster, un padre multimillonario y se ha fijado en el cuello de Clara. Lo que me faltaba para completar el cuadro».

Doblamos la última curva y la villa aparece medio escondida entre helechos gigantes y buganvillas. El chico del sarong ya ha dejado las maletas en la entrada y se despide con las palmas unidas a la altura del pecho. Le doy las gracias en inglés y una propina que le ensancha todavía más la sonrisa.

Elena se gira hacia mí, se pone de puntillas y me planta un beso sonoro en la mejilla. Después se separa, encantada de haberse conocido.

—Voy a darme una ducha y luego iré a recorrer este sitio —anuncia, mientras rebusca la tarjeta de la villa en ese bolso diminuto que, por lo visto, no tiene fondo—. Espero que tengas un buen encuentro con tu chica. Supongo que estarás nerviosa.

«Mi chica». Todo empezó aquella mañana en la que escribí mi número de teléfono en la mano de Marta, mientras ella me miraba como si le estuviera leyendo la carta astral y yo intentaba que no se me notase que me temblaba el pulso.

Había ido buscando a Clara, para contarle que, después de tanto tiempo, me había animado a poner nuestro piso en alquiler, pero la encontré a ella.

Luego vinieron los mensajes de madrugada, las fotos de mis carreras a las siete de la mañana que Marta celebraba como si fueran maratones olímpicos, y aquella frase que le escribí una noche sin pensarlo demasiado y que después no quise borrar: «Tú me haces bien, Marta».

—Marta aún no es mi chica —aclaro—. Digamos que… todavía nos estamos conociendo.

Elena encuentra por fin la tarjeta y la agita en el aire, triunfal.

—Pues espero que puedas conocerla… —hace una pausa y me dedica una caída de ojos de lo más descarada— mejor. Ya sabes.

La carcajada me sale sola, cargada de unos nervios que llevo horas fingiendo no tener.

Elena desaparece tras su puerta tallada con un último movimiento de pelo, y yo me quedo sola en el sendero, con la risa todavía temblándome en la garganta y el canto de las chicharras llenando el hueco que ha dejado su voz.

Arrastro la maleta hasta dentro y, cuando me siento en el borde de la cama, suelto todo el aire que llevo reteniendo desde que el avión tocó tierra en Denpasar. La villa huele a madera recién encerada y a flores frescas, y el ventilador del techo gira tan despacio que apenas mueve el mosquitero.

Esta noche voy a ver a Marta y tengo miedo de que, al tenerme delante, descubra que soy algo que brilla por fuera mucho más que por dentro.

Aunque no es lo único que me preocupa. Porque está lo de Valentina y su futuro, algo que no puedo decirle y que podría ponerle la vida patas arriba. Y está Clara.

Me froto la cara con las dos manos y dejo caer los hombros.

He venido a trabajar. A hacer fotos bonitas de una gala, a enseñarle a la hija del jefe cómo funciona esto por dentro, a sonreír a los inversores y a subir stories que aumenten el engagement .

Pero parece que el destino ha decidido juntar en un mismo resort todas y cada una de las cosas de las que llevo años huyendo.

El móvil vibra sobre la colcha.

Marta: ¿Qué te parece si nos vemos a las ocho?

Me quedo mirando la pantalla tanto rato que se apaga sola. Después me tumbo boca arriba, con el teléfono sobre el pecho, y dejo que el agotamiento me lleve con él.