Capítulo 46
Valentina
Cuando llego a la recepción, encuentro a Lucía sentada en uno de los asientos de piedra que hay junto al ventanal que da al estanque, con las piernas cruzadas, una camisa de seda turquesa y las gafas de sol subidas a la cabeza, tal y como la había imaginado.
Sostiene el móvil en horizontal y fotografía los detalles que la rodean con el ceño fruncido, tan concentrada en dar con el ángulo perfecto que ni siquiera me oye llegar.
A su lado, una chica de la edad de Valeria se abanica con un folleto del spa y cara de estar cumpliendo condena.
—¡Aleluya! —Lucía se levanta de un salto en cuanto me ve y abre los brazos de par en par—. Pensaba que me ibas a dejar aquí plantada hasta la hora de la cena.
—Me has dado cinco minutos de margen.
—Cinco minutos con este calor son una eternidad, bonita.
Me abraza fuerte, como abraza ella, sin medias tintas, y me envuelve en una nube de perfume caro de rosas. Cuando se aparta, me sujeta la cara con las dos manos y me repasa de arriba abajo con esos ojos azules a los que nunca se les escapa nada.
—Tú estás distinta.
—Un poquito más morena, quizá.
—No. —Entrecierra los párpados, como si intentara leer la letra pequeña—. Estás distinta.
Noto el calor subirme por el cuello y agradezco que en Bali todo el mundo lleve las mejillas encendidas por culpa de la humedad. Lucía suelta una carcajada que resuena en todo el jardín.
—Ya me lo contarás con un buen vino delante. —Se gira hacia la chica del folleto—. Ven, que os presento. Elena, esta es Valentina Romero. Valentina, Elena Balmaseda.
Elena se pone de pie con cierta torpeza, como si no hubiera terminado de decidir si merecía la pena levantarse.
Tiene el pelo castaño oscuro y liso, lleva un vestido de lino blanco que ha sobrevivido sin una sola arruga a casi veinte horas de viaje y un bolso tan diminuto que me pregunto qué cabrá dentro, aparte del móvil y una tarjeta de crédito.
Unas gafas de sol de marca le sujetan la melena por detrás de las orejas.
—Encantada —murmura, y me tiende la mano en lugar de acercarse a darme dos besos.
—Igualmente.
He oído hablar tanto de ella que tengo la sensación de conocerla, aunque sea la primera vez que la veo.
Héctor tiene la costumbre de rematar cada comida de trabajo con el capítulo dedicado a su hija: que si ha terminado un máster en Londres, que si no sabe qué hacer con su vida, que si ha dejado unas prácticas en una consultora porque «no le llenaban».
Siempre lo cuenta con una mezcla de orgullo y cansancio que me hace sonreír.
Lo que nunca imaginé fue que acabaría teniéndola delante, y mucho menos al lado de Lucía.
Es entonces cuando me viene a la cabeza lo que me comentó Damian el día que me anunció que Héctor había aprobado el presupuesto. En su momento no le di importancia; ahora no sé muy bien cómo tomármelo.
—Tu padre habla muchísimo de ti —le digo.
—Ya. —Elena sonríe con un solo lado de la boca—. Mi padre habla muchísimo de todo.
—Elena va a echarme una mano con las redes durante la gala —interviene Lucía, que le pasa un brazo por los hombros con total naturalidad—. Héctor quiere que vaya aprendiendo cómo funciona la casa por dentro y, como la de márquetin soy yo, pues me ha tocado hacer de niñera.
—Oye, que no soy ninguna niña —protesta Elena, aunque sin demasiada convicción.
—Es una forma de hablar, mujer.
Lucía le da un apretón en el hombro y deja caer la mano.
No la retira del todo: los dedos le resbalan por la espalda y se detienen a media altura, apenas un segundo, antes de soltarla.
Es un gesto pequeño, casi nada, de esos que en cualquier otra persona me habrían pasado desapercibidos.
Pero es Lucía, y yo he venido aquí a mirar.
—¿Qué tal el viaje? —pregunto, por decir algo.
—Horroroso —se adelanta Elena, sin darle tiempo a contestar—. Catorce horas hasta Singapur, dos de escala y luego otras tres hasta aquí. Y en el coche no había cobertura.
—Es por las montañas —le explico—. Ubud está en el interior de la isla.
—Ya. —Me mira como si acabara de decirle que la culpa es suya—. ¿Y en las villas hay buen wifi?
—Muy bueno.
—Menos mal.
A su espalda, Lucía pone los ojos en blanco y me hace un gesto con la mano que viene a decir «no me tires de la lengua». Tengo que morderme el interior de la mejilla para no echarme a reír.
Una recepcionista muy amable se acerca a nosotras con una bandeja de zumos de sandía con albahaca y un par de toallitas frías enrolladas que huelen a hierba limón.
Elena coge un vaso, le da un sorbo desganado y lo abandona sin terminarlo en la mesita.
Lucía, en cambio, se pasa la toallita por la nuca con un gemido de alivio tan sentido que un señor alemán se gira a mirarla desde el mostrador.
—Dios, qué gloria. —Cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás—. Valentina, ¿esto es así todo el día?
—Por la tarde suele refrescar un poco.
—¿Solo por la tarde? —Elena levanta la vista de la pantalla, horrorizada.
—Es Bali, cariño —le recuerda Lucía—. Aquí solo vas a encontrar calor y muchísima humedad.
—Vamos, que me voy a deshidratar.
Elena vuelve a refugiarse en el móvil con un mohín de fastidio.
Lucía se deja caer de nuevo en el asiento de piedra y da unas palmaditas en el hueco de al lado para que la acompañe.
Me siento con ella y, por un momento, es como en las reuniones de Madrid, cuando nos colocábamos juntas al fondo de la sala para criticar en voz baja las corbatas de los directivos.
—Oye —susurra, inclinada hacia mí—, me he cruzado con Clara hace apenas unos minutos. —Juguetea con el anillo que lleva en el dedo corazón y le da vueltas sin parar—. Venía empapada, con un casco en la mano, y me ha mirado como si fuera a morderla.
—¿Y qué ha pasado?
—Nada. Me ha soltado un par de frases heladas y se ha ido. —Se encoge de hombros, pero el gesto no le sale limpio—. Cinco años sin vernos y me ha dedicado menos tiempo que a una toallita de bienvenida.
—No esperarías que te recibiera con una guirnalda de flores.
—No. —Lucía sonríe, aunque los ojos no la acompañan—. Supongo que me lo he ganado. Pero espero tener un rato estos días para poder hablar con ella.
No es la respuesta que esperaba. La Lucía que yo conozco habría hecho un chiste, habría soltado que Clara siempre fue una exagerada y habría cambiado de tema con cualquier anécdota.
Esta Lucía, sin embargo, se queda mirando a la nada, con el anillo todavía girando entre los dedos, y no añade ni una palabra más.
—¿Y Marta? —tanteo, con toda la naturalidad de la que soy capaz—. ¿Ya sabe que estás aquí?
—Vaya, las noticias vuelan. —Lucía recupera la sonrisa y asiente con la cabeza—. Le he escrito nada más aterrizar en Denpasar 53 y hemos quedado esta noche. Dice que me va a llevar a ver luciérnagas. ¿Tú te crees? Luciérnagas.
—Te van a gustar.
—Ya lo sé. Ese es el problema.
Lo dice tan bajito que no sé si es una confesión o si, sencillamente, se le ha escapado. Antes de que pueda preguntarle a qué se refiere, Elena se planta delante de nosotras con el móvil en alto.
—Lucía, el de las maletas dice que la villa ya está lista. ¿Vamos o qué? Me muero por darme una ducha.
—Voy, voy.
Lucía se levanta y se alisa la camisa. Elena se queda pegada a su lado y entonces caigo en que, desde que he llegado, no se ha separado de ella más de un metro, como si Lucía fuera lo único conocido en un país que le resulta hostil.
Quizá no sea más que eso: una chica fuera de su sitio, agarrada a la única persona que conoce. O quizá no.
—¿Vais a la misma villa? —se me escapa.
Lucía me sostiene la mirada un segundo de más.
—Villa doble —aclara—. Héctor quería que estuviera cerca de ella por si necesitaba algo.
—Mi padre es muy pesado con eso —añade Elena, y por primera vez parece una chica de veintitantos y no una clienta insatisfecha—. Se cree que me voy a perder o algo.
—Aquí es fácil perderse —le aseguro, y pienso en Sofía—. Hazle caso.
Elena me observa con curiosidad, con unos ojos marrones enormes que no terminan de encajar con su actitud. Luego ladea la cabeza.
—Tú eres la chica estrella, ¿verdad?
—¿Perdona?
—Mi padre te llama así. «Mi chica estrella». —Dibuja unas comillas en el aire, con un tonito burlón que no llega a ser maleducado—. Siempre dice que eres la única de la empresa que no le tiene miedo.
—Tu padre exagera.
—Ya. Pues antes de salir me dijo que tiene grandes planes para ti. —Se baja las gafas de sol hasta los ojos, aunque estamos a la sombra—. Que después de la gala van a cambiar muchas cosas.
Se me corta la respiración. No es gran cosa, apenas un instante, pero Lucía lo nota. Lo veo en la forma en que aparta la mirada de Elena para clavarla en mí.
—Elena —la corta, en un tono bastante más seco que el de antes—. Las maletas.
—Ya voy. Qué prisas.
Elena se aleja hacia el botones con su bolso minúsculo en la mano y no mira atrás ni una sola vez. Lucía se queda un momento más conmigo.
—No le hagas mucho caso —murmura—. Héctor le cuenta cosas para que se sienta importante, y ella las repite como un loro por el mismo motivo.
—¿Tú sabes algo? ¿Te ha comentado Héctor algo?
Tarda en contestar. Vuelve a darle una vuelta al anillo antes de mirarme.
—Sé que quiere hablar contigo —reconoce al fin—. No me preguntes de qué, porque no lo sé, pero no me ha dado la impresión de que sea nada malo.
Me planta un beso rápido en la mejilla y me aprieta el brazo.
—Mañana nos tomamos ese vino y me lo cuentas todo, ¿eh? Todo. Porque esa cara no es de estar de vacaciones, Valentina Romero.
La veo marcharse detrás de Elena, con la melena pelirroja encendida bajo la luz que se filtra por el techo del pabellón.
Yo me quedo sola junto al estanque y saco el móvil.
Tengo que escribirle a Sofía para contarle que Lucía ya se ha reencontrado con Clara y que ha llegado acompañada de Elena, la hija de Héctor.
Sin embargo, lo que me ronda la cabeza mientras tecleo es otra cosa: la sensación de que está a punto de pasar algo y de que no me va a gustar nada.