¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 45
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Capítulo 45

Valentina

Sofía lleva diez minutos mordisqueando el capuchón de un bolígrafo que no es suyo.

Se lo ha pedido prestado a un camarero, el mismo muchacho sonriente que nos ha recomendado el café con leche de coco, y, por la forma en que lo tiene atrapado entre los dientes, dudo mucho que el pobre vaya a recuperarlo de una pieza.

Delante de ella descansa una servilleta de papel con tres líneas escritas, las tres tachadas con tanta saña que el trazo casi atraviesa el papel.

—«Señoras y señores» —lee en voz alta, y arruga la nariz—. Parece que voy a anunciar el número de la lotería.

—Podrías empezar con un «buenas noches».

—«Buenas noches» es lo que dice la gente que se va a dormir, Valentina.

—Es lo que dice la gente educada cuando se sube a un escenario de noche.

Me lanza una mirada de reojo, de esas que pretenden fulminarme y solo consiguen que me entren ganas de comérmela, y vuelve a hincarle el diente al bolígrafo. Yo ahogo la risa con los labios pegados al borde de la taza.

A esta hora la cafetería está casi desierta.

Entre las columnas se cuela una brisa tibia que huele a tierra caliente y a fruta madura, la buganvilla de la celosía deja caer de vez en cuando una flor fucsia sobre las mesas desocupadas y, más abajo, los arrozales descienden en escalones verdes hasta perderse en la garganta del río Ayung.

Es uno de esos rincones en los que el tiempo parece ir más despacio, y casi me da rabia tener que llenarlo de trabajo.

Junto a mi taza tengo la tablet abierta con el esquema de la gala: horarios, mesas, los técnicos de Seminyak, el listado de prensa. Todo está en orden, y lo único que falta es precisamente lo más difícil: el discurso.

—A ver. —Dejo la tablet boca abajo para no caer en la tentación—. Olvídate del principio. ¿Qué quieres que sienta la gente con tus palabras?

Sofía suelta el bolígrafo sobre la servilleta. Se queda contemplando los arrozales un rato largo y, por un instante, tengo la impresión de que se ha ido muy lejos de aquí.

—La casa de Made —responde al fin.

La miro sin entender. Ella sonríe, un poco avergonzada, y se pasa una mano por la frente para espantarse una mosca.

—El día que me perdí… Su mujer y dos vecinas me sentaron en el suelo y me dieron de comer en hojas de plátano.

No teníamos nada en común, ni siquiera hablábamos el mismo idioma…

—Se encoge de hombros y se toca el hilo trenzado de la muñeca, casi sin darse cuenta—.

Y me entendieron mejor que nadie en semanas.

No por lo que dije, sino porque se sentaron a comer conmigo.

El corazón me da un vuelco. El recuerdo de aquel día todavía me escuece, porque Sofía se perdió en las colinas por mi culpa. Sin embargo, ella lo evoca con ternura y sin un solo reproche, como si de aquella tarde hubiera decidido quedarse únicamente con lo bueno, y esa generosidad suya me conmueve.

—Eso es lo que quiero que sientan —continúa—. Que cuando comes lo que come la gente de un sitio, dejas de ser un turista. Te conviertes, no sé… en un invitado.

—En un invitado —repito, y me gusta cómo suena en mi boca—. Eso es justo lo que la cadena intenta vender, pero dicho por alguien que no se lo ha aprendido en una presentación durante una reunión de tres horas.

—Tú sí has estado en ellas.

—Yo he estado en demasiadas reuniones aburridas.

—Le quito de los dedos el bolígrafo, con el capuchón hecho un cromo, y escribo invitado en la única esquina de la servilleta que se ha salvado de la masacre—.

Y todas querían impulsar lo mismo: «Se recomienda potenciar la oferta gastronómica local».

Pero nadie dio nunca con la manera de conseguirlo.

—Porque se piensa en los números y no en la experiencia de los huéspedes —me suelta de carrerilla, tan convencida que acompaña cada palabra con un golpecito del índice sobre la mesa—.

Al final, ellos pagan y solo quieren disfrutar.

Somos nosotros quienes deberíamos ocuparnos de eso, de su disfrute, de unirlo todo para que se lleven a casa un buen recuerdo.

—La comida te ayuda a descubrir todo un país.

—No solo a descubrirlo. Te llena de su esencia…

—insiste, y las manos se le escapan en el aire, dibujándome la idea—.

Cuando llegué a la cocina de Wayan, lo primero que me dijo fue que iba a aprender a sentir la comida.

Te juro que ya no saboreo un plato igual.

Ahora, cada vez que como, es como si viajara por todo Bali en un mordisco.

Se recuesta en la silla con los brazos cruzados, satisfecha con su explicación, y yo tengo que morderme el labio para no lanzarme por encima de la mesa a besarla. No lo puedo evitar; cuando se pone así de apasionada, se me olvida hasta cómo me llamo.

—Vale —cedo—. Podemos hablar de los sentidos, de lo importante que es la gastronomía.

De cómo, con un plato, puedes viajar y descubrir un país entero sin moverte de la mesa.

Y yo… —Dudo, con el bolígrafo suspendido en el aire—.

Yo puedo hablar de lo que significa para nuestra cadena que cada resort ofrezca a sus huéspedes esta experiencia culinaria.

De lo importante que es cocinar con los sentidos, con amor, y no solo para que un influencer suba una fotito con un desayuno bonito.

—Te recuerdo que el mismísimo Héctor Balmaseda apostó por uno en Benidorm este año —apunta ella, con una ceja en alto—. No todos son como ese, pero todos van a posturear y a enseñar lo bonito. Se olvidan por completo de explicar qué se siente cuando te tomas un café con leche de coco.

—Es como coleccionar postales y no viajar nunca. Si uno no saborea, no degusta y no disfruta, se pierde la esencia de la verdadera cocina.

Sofía se queda mirándome con la cabeza ladeada. Tiene los ojos del mismo azul claro que el cielo a esta hora, cuando el sol todavía no ha decidido si empezar a bajar.

—¿Qué?

—Nada. —La inclina un poco más, y se le escapa una sonrisa lenta—. Que me encanta escucharte hablar de cocina. Te cambia la cara.

Bajo la vista a la servilleta. No sé qué contestar, porque sé que tiene razón y porque llevo tres años esforzándome en que no se me note cuánto me gusta.

Sofía no insiste. Se limita a rozarme los dedos con los suyos por encima de la mesa y a sonreírme, como si me dijera que no hace falta que responda, que ya lo sabe.

—Deberíamos escribir algo —propongo tras un carraspeo que no engaña a nadie—. Aunque sea un esquema.

—Deberíamos, sí, porque si no, me perderé.

Durante los veinte minutos siguientes lo intentamos.

Redactamos un comienzo que suena a anuncio de colonia y otro que suena a funeral.

Sofía propone empezar con una anécdota y yo la veto con un «ni se te ocurra»; después sugiero una cita de un chef francés y ella me mira como si hubiera propuesto servir kétchup con el bebek betutu .

La servilleta se va llenando de flechas y de palabras sueltas — invitado, mesa, Made, raíz, postal — hasta parecer el mapa de un tesoro dibujado por dos borrachas.

Al final, Sofía suelta el bolígrafo y se deja caer contra el respaldo con un bufido de derrota.

—No me sale, Valentina. Cuanto más lo escribo, peor suena.

—Porque lo estás escribiendo para que suene bien.

—¿Y para qué lo tengo que escribir, si no?

—Para nada. —Doblo la servilleta en cuatro y me la guardo en el bolsillo de la camisa—. Lo que me has contado antes no lo tenías escrito, y me has dejado sin palabras.

—Eso pasa porque eres tú y porque estamos en confianza. No delante de cámaras y de gente con trajes que cuestan más que mi coche.

—Pues hazlo como si estuvieras a solas conmigo.

Sofía resopla, pero la sonrisa la delata.

—O sea, que tu gran estrategia es improvisar.

—Mi gran estrategia es hablar de lo que amamos. —Me encojo de hombros—. Si hablamos desde el corazón, no hay forma de equivocarse. Y si te quedas en blanco, solo necesitas mirarme y sigo yo.

—¿Y si te quedas en blanco tú?

—¿De verdad crees que me quedaré en blanco? —replico con toda la ironía de la que soy capaz.

—Ah, no, que doña Valentina Romero es toda una experta oradora —se burla, y se le escapa una carcajada tan sincera que un par de huéspedes de la mesa del fondo se giran para mirarla—. Ella nunca comete un error.

—Cometo demasiados, créeme. En eso tengo una licenciatura y un máster.

Entonces mi móvil vibra sobre la madera. Le doy la vuelta sin prestarle mucha atención, esperando otro correo de Damian, pero no es Damian.

Lucía: Ya estamos en el resort. ¿En qué lío estás metida que no has venido a darme la bienvenida?

Sonrío sin poder evitarlo. Es muy de Lucía llegar a un sitio nuevo y exigir recibimiento, como si el mundo le debiera una alfombra roja en cada aeropuerto.

Me la imagino perfectamente en el vestíbulo, con las gafas de sol en la cabeza, haciéndole fotos a la entrada para las redes de la cadena antes siquiera de pasar por recepción.

Hasta que caigo en que el mensaje dice «estamos», en plural, y la sonrisa se me queda a medias.

—¿Qué pasa? —quiere saber Sofía, que me conoce ya demasiado bien.

—Lucía —respondo sin apartar la vista de la pantalla—. Ya ha llegado.

El cambio en ella es inmediato. Se le borra la sonrisa, se le forma la arruguilla del entrecejo y, en menos de un segundo, se ha puesto de pie con tanto ímpetu que la silla chirría sobre la tarima.

Antes de que pueda reaccionar, se inclina sobre mí y me planta un beso rápido en los labios.

—Necesito ir a ver a Clara antes de que se cruce con ella por el resort y estalle la tercera guerra mundial.

—Pero aún tenemos muchas cosas que revisar. La gala es dentro de una semana.

—Lo vemos esta tarde, ¿vale? —me promete mientras retrocede entre las mesas y esquiva una columna sin mirar—. Tengo que decírselo a Clara.

—¿Y no lo sabrá ya? Imagino que Lucía habrá avisado a Marta.

Sofía frena en seco a dos pasos de la escalera de piedra.

Se queda quieta, con una mano todavía estirada hacia la barandilla, y no puedo evitar sonreír al verla así, a medio camino entre la huida y la duda.

Dejo la taza, rodeo la mesa y camino hasta ella.

La abrazo por detrás, igual que me abrazó ella aquella noche en el jardín, cuando yo me estaba rompiendo en pedazos, y apoyo la barbilla en su hombro. Huele a coco.

—Escúchame —le pido al oído—. Son adultas, y estoy segura de que sabrán hacer frente a todo esto sin ayuda.

Se gira entre mis brazos. Me mira desde abajo con los ojos llenos de esa preocupación que la desborda siempre que se trata de las chicas, y deja escapar un suspiro largo que le hunde los hombros.

—Me preocupa que las cosas no vayan bien.

Lo confiesa bajito, y sé que no habla solo de Clara. También habla de Marta.

Le coloco un mechón del flequillo en su sitio y le dedico la sonrisa más tranquilizadora que encuentro.

—¿Quieres que vaya a investigar un poco? Lucía y yo somos amigas, nos llevamos bien. Puedo averiguar cómo está y…

—¿Me harías ese favor? —Me agarra la camisa con las dos manos, como si temiera que fuera a arrepentirme—. Te prometo que te lo compensaré.

Arqueo una ceja.

—¿Con carne?

Sofía se echa a reír, con esa risa que le nace en el estómago y le arruga los ojos, y se me cuelga del cuello con tanto impulso que tengo que dar un paso atrás para que no acabemos las dos de culo en el suelo.

—Con mucho más que eso —me susurra, y me deja un beso lento en la comisura para sellar el trato.

La dejo ir. Se aleja por el sendero hacia las villas con paso ligero, se vuelve una sola vez para mirarme y desaparece entre los helechos.

Yo me quedo un momento de pie, con el sabor de su boca todavía en los labios, y después regreso a la mesa, recojo la tablet, dejo un billete bajo la taza y le devuelvo el bolígrafo mordido al camarero, que lo contempla con un gesto de resignación.

Vuelvo a leer el mensaje de Lucía, y otra vez me detengo en ese «estamos».

Conozco a Lucía desde que entré en la cadena.

Me ha hecho reír en las reuniones más soporíferas y me ha escuchado en alguna que otra noche mala.

Sé que tiene fama de meterse en líos de faldas, que a Aitana no le cae bien y que le rompió el corazón a Clara.

Pero también sé que la gente cambia, o eso le dije a Sofía una vez y eso quiero creer. Yo misma estoy intentando cambiar.

Le escribo:

Valentina: Voy para allá. No te muevas.