¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 44
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Capítulo 44

Clara

Blue Paradise Bali, Ubud

El río no huele a sal. Es lo primero que pienso cuando la balsa se despega de la orilla y la corriente la reclama con un tirón suave pero firme, como una mano que te agarra de la muñeca y ya no te suelta.

Aquí no hay yodo ni algas, ni ese regusto metálico que se me pega al paladar después de ocho horas metida en el mar.

El Ayung huele a tierra mojada, a hojas que se pudren despacio en la orilla, a piedra fría que jamás ha visto el sol.

Huele a algo vivo que no conozco, y eso me pone la piel de gallina antes incluso de que llegue la primera ola.

—¡Clara, el remo dentro del agua, no acariciándola! —me ladra Kadek desde la popa—. ¡Esto no es una góndola!

Kadek es la monitora. Es menuda, con los brazos fibrosos de quien lleva años cargando balsas escaleras arriba, la piel color canela y una coleta negra que le asoma por debajo del casco como un pincel.

Una cicatriz pálida le parte la ceja izquierda, y tiene una risa que suena mucho más grande que ella, de esas que rebotan contra las paredes del cañón y vuelven multiplicadas.

Me ha colocado delante, a la izquierda, junto a una pareja de australianos, Josh y Mia, que desde el embarcadero no han dejado de preguntarse el uno al otro, cada vez más pálidos, si han firmado bien el seguro.

—¿Tú eres la de las olas? —me preguntó mientras repartía los chalecos, al ver que me ajustaba las correas sin esperar a que nadie me ayudara.

—Monitora de surf.

—Entonces hoy vas a aprender que el agua dulce no perdona. —Me dio un golpecito en el casco con los nudillos, como quien llama a una puerta—. El mar te empuja. El río te arrastra.

Ahora lo entiendo. La primera sección de rápidos llega sin avisar, tras una curva en la que el cañón se estrecha y las paredes de roca se cubren de helechos que gotean como si alguien acabara de escurrirlos.

El agua se vuelve blanca, espesa, ensordecedora.

La balsa se levanta de morro y cae con un golpe seco que me sube por la columna hasta los dientes.

— ¡Forward! ¡Forward! ¡Fuerte!

Remo. Remo como si me fuera la vida en ello, con los muslos encajados bajo el tubo y el agua colándoseme por el cuello de la camiseta, helada, deliciosa.

Mia chilla. Josh se ríe como un loco. Una ola me estalla en plena cara y trago agua, y en lugar de toser suelto una carcajada, una de verdad, de esas que llevaba días conteniendo sin darme cuenta.

— ¡Stop! ¡Get down!

Nos agachamos todos dentro de la balsa mientras pasamos rozando una roca del tamaño de un coche.

Siento el roce de la goma contra la piedra, un chirrido largo que vibra en el suelo bajo mis rodillas, y después el río nos escupe a un remanso tranquilo, verde botella, donde el estruendo se apaga de golpe y solo queda el canto obstinado de las chicharras.

Me quedo quieta, jadeante, con el remo cruzado sobre las piernas y el corazón a mil. Hacía mucho que no sentía esto: el miedo bueno, el que se te enciende en el estómago como una cerilla y luego se transforma en unas ganas locas de repetir.

—¿Qué tal, chica de las olas? —Kadek se inclina hacia delante y me estudia con los ojos entornados.

—Quiero volver a empezar.

—Eso dicen todas. —Sonríe de medio lado—. Hasta que ven las escaleras del final.

El resto del recorrido es una sucesión de regalos.

Una cascada que se desploma desde lo alto del cañón como una cortina deshilachada, y Kadek, que dirige la balsa justo debajo para que el agua nos aplaste los cascos entre gritos y risas.

Una familia de monos de cola larga que nos observa desde una rama.

Y, más adelante, la pared de roca tallada: kilómetros de relieves esculpidos en la piedra, dioses, guerreros, bailarinas y serpientes enroscadas, cubiertos de musgo y de manchas de humedad, que parecen brotar de la montaña a medida que la corriente nos acerca a ellos.

—Leyendas balinesas —explica Kadek, y baja la voz como si de pronto estuviéramos dentro de un templo—. Las tallaron artistas del pueblo. Tardaron años.

Hundo la mano en el agua y alzo la vista hacia un rostro de piedra con los ojos muy abiertos y la boca curvada en una mueca que no sé si es de amenaza o de risa.

Quizá sea las dos cosas a la vez, como casi todo lo que merece la pena.

En la muñeca, empapado y oscurecido, llevo todavía el hilo blanco, rojo y negro 51 que me anudó el nieto de Pak Nyoman.

Aparto la mirada del relieve y sonrío. Esta tarde es mía.

Las escaleras del final son exactamente tan horribles como prometía Kadek.

Una escalinata de piedra irregular que trepa por la ladera entre raíces y bambúes, con escalones de alturas imposibles y un calor húmedo que se te agarra a los pulmones y no te deja respirar.

Josh se sienta a mitad de camino y anuncia, muy digno, que no puede más.

Mia le ofrece agua con cara de santa paciencia.

Yo subo detrás de Kadek con las piernas ardiendo y, cuando por fin llegamos arriba, me doblo sobre mí misma con las manos en las rodillas mientras ella ni siquiera suda.

—No es justo —resoplo.

—Diez años subiendo esto dos veces al día. —Se encoge de hombros, como si hablara del tiempo—. Tú tienes tus olas. Yo tengo mis escalones.

La empresa de rafting colabora con el resort, y Kadek vuelve con nosotros en la furgoneta porque tiene que dejar unos papeles en recepción.

Durante el trayecto descubro que ella también surfea en sus días libres, en una playa de arena negra al este de la isla llamada Keramas 52 , donde las olas rompen a la derecha y el agua sale oscura como el café.

—Te llevaría —comenta sin apartar la vista de la ventanilla—. Si no te da miedo la arena negra.

—A mí no me da miedo casi nada.

—Casi. —Se gira y me observa un segundo más de la cuenta—. Me gusta esa palabra.

No sé qué responder a eso, así que no respondo. Me miro las rodillas raspadas y noto un calorcillo absurdo en la nuca que achaco, muy convencida, a la subida.

Entramos juntas en el resort por el camino de piedra que bordea el estanque.

Huelo a río, llevo los pantalones cortos de neopreno todavía húmedos, la camiseta pegada al cuerpo y una mancha de barro seco en el antebrazo, justo encima de la golondrina que me tatué hace ocho años y que guarda un secreto que la mayoría del mundo desconoce.

Kadek se detiene junto a la entrada del personal.

—Mañana tengo turno de tarde —me informa—. Por si quieres repetir. O por si quieres conocer la arena negra.

—Lo pensaré.

—Piensa rápido, chica de las olas. —Me roza con los nudillos el casco que llevo colgado del brazo, igual que en el embarcadero—. Bali no espera a nadie.

La veo alejarse y me descubro sonriendo sola en mitad del sendero como una idiota.

Me sacudo el pelo con la mano, todavía cargado de gotas, y enfilo el camino que lleva a la villa doble que comparto con Marta.

Me muero por darme una ducha, beberme un zumo de mango bien frío y contarle a Marta que he visto monos con cara de notario.

Doy tres pasos y, al cuarto, me detengo en seco.

La recepción está a pocos metros, abierta al jardín bajo un techo de paja altísimo, con el suelo de piedra pulida brillando como agua quieta y un espectacular arreglo floral sobre el mostrador.

Hay una recepcionista con una flor prendida en el pelo, un botones que empuja un carrito dorado con cara de mal humor y dos maletas rígidas de color crema.

Y, junto a las maletas, una mujer de espaldas con una melena pelirroja que conozco demasiado bien.

Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza. Se me cierra la garganta, se me enfrían las manos y el estómago se me encoge igual que cuando la balsa cae de morro en el rápido, solo que esta vez no hay ni rastro del miedo bueno.

Cinco años. Cinco años, un traslado, dos tatuajes nuevos y no sé cuántas noches enteras metida en el agua para no pensar.

Me había convencido de que lo había superado, de que aquello ya era agua pasada.

Y, sin embargo, aquí estoy, con el neopreno chorreando y los pies clavados al suelo como si hubieran echado raíces.

Lucía se ríe de algo que le dice la recepcionista, y esa risa me arrastra de un tirón al pasado. A aquellos seis meses de excusas perfectas que escondían la verdad: su infidelidad.

A su lado hay una chica. Tendrá más o menos la edad de Valeria.

Pelo castaño oscuro, gafas de sol de marca sobre la cabeza, un vestido de lino tan blanco que parece que jamás se haya sentado en ninguna parte y un bolso diminuto colgado del codo, como si llevar algo más grande fuera cosa de pobres.

Se abanica con la mano y le dice algo a Lucía con una mueca de fastidio.

Solo alcanzo a entender «el calor» y «el wifi».

Lucía le apoya la mano en la parte baja de la espalda y, con ese gesto tan pequeño, se me disparan todas las alarmas.

Pienso en Marta. En que es mi mejor amiga a pesar de lo distintas que somos, y en cómo me confesó que Lucía ya no es la persona que yo conocí, que ha cambiado y que le hace bien. Pienso en lo bonita que es y en lo mucho que lamentaría que le hicieran daño.

Por fin mis pies se mueven, pero no hacia la villa. Cruzo el tramo de jardín con los tobillos llenos de barro y me planto a dos metros de ellas, con el casco colgando del brazo y el pelo goteándome sobre la frente.

—Vaya. Me habían comentado que vendrías, pero no que lo harías acompañada.

Lucía se gira despacio. Primero la cabeza y después el cuerpo entero, y cuando sus ojos azules me encuentran se abren de par en par.

Está igual. Está exactamente igual, con las mejillas salpicadas de pecas, los labios pintados de un coral suave y una camisa de seda turquesa que le queda perfecta.

Despampanante. Como siempre. Como si el tiempo, para ella, no existiera.

No dice nada. Luego sonríe de esa manera lenta y ladeada que me sé de memoria.

—¿Quién me iba a decir a mí que serías tú la primera con la que me cruzaría en Bali?

Ninguna de las dos añade nada. El aire se queda quieto entre nosotras, denso, como el del cañón justo antes del rápido.

Por el rabillo del ojo veo que la recepcionista finge teclear algo con muchísima concentración y que el botones se ha quedado petrificado con la mano en el carrito.

Lucía me recorre de arriba abajo con la mirada, y sé exactamente lo que está pensando, porque ya lo pensaba hace cinco años: «Clara, siempre tan poco presentable».

Entonces miro a la chica. Y ella, al notar mis ojos sobre los suyos, hace algo pequeño y revelador: se agarra al brazo de Lucía.

Enreda los dedos en la manga de seda como una niña que se esconde tras la falda de su madre cuando entra un perro grande en la habitación. O como alguien que marca territorio.

Vuelvo a mirar a Lucía y hablo despacio, con la voz más fría que tengo, la que reservo para los turistas que se meten en el agua con bandera roja.

—Marta ya me lo ha contado todo. Solo espero que te comportes como una persona normal y no juegues con ella como hiciste conmigo.

Algo cruza el rostro de Lucía. Es muy breve, apenas un parpadeo, la comisura de la boca que se le tensa un milímetro. Si no la conociera, no lo habría visto.

No espero a que conteste. Me giro hacia la chica y la miro a los ojos.

Son marrones, bonitos, un poco asustados bajo tanto maquillaje.

Le sostengo la mirada el tiempo justo para que entienda que la he visto, y que sé, mejor de lo que ella imagina, lo que se siente cuando te aferras así a alguien y ese alguien, en el fondo, nunca termina de ser del todo tuyo.

Ella es la primera en bajar la vista. Y yo me marcho.

Camino hacia el sendero con la espalda recta y sin mirar atrás, aunque siento sus miradas clavadas en la nuca como dos alfileres.

El nudo de la garganta me aprieta tanto que me cuesta tragar, y el corazón me galopa en el pecho con una fuerza tan brutal que me retumba en los oídos y apaga el canto de los pájaros, el murmullo del estanque y todo lo demás.

«No es por mí. Es por Marta», me repito una y otra vez. Pero me tiemblan las manos.

Cuando el camino se curva y la recepción desaparece tras un muro de buganvillas, me detengo.

Apoyo la espalda contra el tronco de un árbol y cierro los ojos.

Respiro como Marta me ha enseñado mil veces, con esa tontería de contar hasta cuatro, hasta siete, hasta ocho, que siempre me ha parecido una chorrada y que ahora es lo único que tengo para no desmoronarme.

Al abrir los ojos, me miro la muñeca, el hilo empapado y oscuro contra la piel.

«Una herida abierta», recuerdo.

Al final del sendero, entre las hojas, asoma el tejado de nuestra villa. Marta estará dentro, probablemente recibiendo en este mismo instante la noticia de que Lucía ya ha llegado, y yo tengo apenas unos metros para decidir si le hablo de nuestro desencuentro o si me lo guardo para mí.