Capítulo 43
Valentina
En un restaurante se hace mucho más que comer. Se ríe, se discute, se hacen confidencias en voz baja y se brinda por cosas que al día siguiente nadie recuerda. En definitiva, se vive. Y esta noche, la nuestra es una de esas mesas en las que la vida parece desbordarse por los bordes del mantel.
Los platos principales ya son solo un recuerdo: quedan restos de salsa de cacahuete en los márgenes de la vajilla, un par de hojas de plátano dobladas sobre sí mismas y la raspa limpísima de un pescado a la brasa que nadie se ha atrevido a retirar, como si fuera un trofeo.
Los farolillos de papel de arroz se mecen sobre nuestras cabezas con la brisa templada que sube del valle, proyectando sombras suaves y cambiantes sobre nuestras caras, y abajo, en la oscuridad, el río Ayung sigue su curso a su propio ritmo, ajeno a todo, con ese rumor constante que ya se ha convertido en la banda sonora de nuestras noches.
—Te lo juro por mi madre —asegura Valeria, con el tenedor en alto como si fuera un micrófono y ella la estrella de un monólogo—. El tío me mira con los ojos como platos y me suelta: «Señora, eso no se come». ¡Y yo con el ojo del bicho ya dentro de la boca!
—Es que eso no se come, Valeria —protesta Clara, arrugando la nariz con una mueca de asco que le ocupa toda la cara.
—En Cádiz se come todo, hija. Todo. —Valeria deja el tenedor sobre el plato con un golpecito teatral—. Hasta los disgustos.
Marta se tapa la boca con la servilleta para no escupir el agua que acaba de beber, y la flor blanca que lleva prendida en la oreja tiembla con cada carcajada contenida.
Aitana niega con la cabeza, resignada, y apoya la barbilla en la mano para contemplar a Valeria del mismo modo en que se contempla algo que una todavía no termina de creerse que le pertenezca.
Y Sofía, a mi lado, tiene la mano escondida bajo el mantel, posada sobre mi muslo, y dibuja círculos distraídos con el pulgar.
Dudo que sea consciente de lo que hace. Yo, en cambio, lo soy.
De eso y de todo lo demás: del calor de su palma atravesando la tela del vestido, del roce de su hombro contra el mío cada vez que se ríe, del olor a lima que desprende su piel.
De pronto me descubro callada, observándolas.
Las risas me llegan amortiguadas, como si estuviera sumergida bajo el agua y todo sonara cerca y lejos al mismo tiempo.
Hace apenas dos meses, en Benidorm, estas mujeres —salvo Aitana— no eran para mí más que una colección de nombres en una lista de personal.
Ahora conozco sus manías, las pequeñas costumbres que las delatan: sé que Clara se toca el lóbulo de la oreja cuando miente, que Marta consulta el horóscopo antes de tomar cualquier decisión, por pequeña que sea, que Valeria convierte cualquier anécdota en un espectáculo y que Aitana es capaz de leerte el alma con una sola mirada.
Hace tres años, cuando el Attika ardió, no solo perdí a Sam.
Perdí también la rutina de los domingos, cuando cerrábamos después del servicio de mediodía y el equipo entero se sentaba alrededor de la mesa larga de la cocina a devorar lo que había sobrado.
Perdí a Wayan discutiendo a gritos con el pinche por cualquier tontería, perdí la risa de Sam, ese estruendo de platos, cubiertos y voces que para mí era lo más parecido a un hogar que había tenido nunca.
Después llegaron meses de vacío en los que me perdí a mí misma, en los que ni siquiera encontraba fuerzas para salir de la cama y dejaba que los días se amontonaran sin nombre.
Al final fue Aitana quien me empujó a aceptar este trabajo en la compañía, un puesto que me obligaba a ir de un lado a otro y que me impedía echar raíces en ningún sitio.
Justo lo que yo quería entonces: no quedarme el tiempo suficiente para que nada volviera a importarme.
Y ahora que estoy aquí, que las tengo a todas conmigo, me doy cuenta de que lo único que necesitaba era un poco de tiempo. Y de que alguien me demostrara que merecía la pena volver a intentarlo.
Se me cierra un poco la garganta y carraspeo para disimular.
—¿Estás bien? —me susurra Sofía al oído.
—Mejor que nunca —le aseguro. Y es tan verdad que me asusta.
Ella entorna los ojos, como si no terminara de creérselo, me da un beso rápido bajo la oreja que me eriza la piel del cuello y vuelve a centrarse en la conversación.
En ese momento, uno de los camareros se acerca a la mesa para anunciarnos que Wayan está terminando los postres: dadar gulung , unas crepes de pandan 50 rellenas de coco rallado y azúcar de palma, y bubur injin , un pudin de arroz negro bañado en leche de coco.
Al oírlo, Sofía se endereza en la silla como un perro de caza que acaba de olfatear una presa.
—Ni se te ocurra —le advierto, sin necesidad de mirarla.
—Solo iba a asomarme.
—Wayan te ha prohibido entrar en su cocina.
—Wayan me ha prohibido cocinar —puntualiza ella, levantando un dedo con aire de abogada—. Asomarse es otra cosa muy distinta.
—Sofía —interviene Valeria sin apartar la vista de su copa—, como te levantes de esa silla, te ato a ella con las hojas de plátano.
Sofía se cruza de brazos y hace un puchero tan adorable, con el flequillo cayéndole sobre la frente, que me entran ganas de comérmela allí mismo. Aprovecho su indignación para ser yo quien se ponga en pie.
—Voy a pedir algo para brindar después de los postres. Algo que esté a la altura de esta noche.
—¿Más alcohol? —se lamenta Clara, llevándose una mano a la frente—. Mañana no voy a poder levantarme.
—Mañana es sábado —le recuerda Marta—. Y además Venus está en…
—¡Marta! —exclaman tres voces a la vez.
Me alejo de la mesa riéndome.
La barra del restaurante es una pieza de madera de teca de una sola veta, pulida con tanto esmero que brilla como si estuviera mojada.
Detrás, en estanterías iluminadas desde abajo, las botellas parecen joyas expuestas en un escaparate: ámbar, miel, oro viejo.
El camarero, un chico delgado con la camisa impecable y una plaquita en el pecho en la que se lee Gede , me dedica una sonrisa amable en cuanto me ve aparecer.
—Buenas noches, ¿en qué puedo ayudarla?
—Buenas noches, Gede. Necesito que nos sirvas la mejor botella de licor que tengáis y seis vasitos para brindar. Y cuando digo la mejor, me refiero a la mejor de verdad. Esa que guardáis para cuando viene alguien importante.
Gede enarca las cejas, divertido.
—¿Y quién es la persona importante esta noche?
—Todas ellas —respondo, señalando la mesa con un gesto de la barbilla.
Gede asiente como si le hubiera confiado una misión sagrada, y desaparece por una puerta lateral.
Apoyo los antebrazos en la madera fresca y me paso una mano por la nuca, dejando que pasen los segundos mientras me concentro en el perfume de frangipani que parece emanar de las propias vigas del techo.
—Veo que estáis pasando una noche maravillosa.
Doy un respingo al oír su voz. Damian está a mi lado, con un codo apoyado en la barra, tan cerca que no entiendo cómo no lo he oído llegar.
Lleva una camisa gris oscuro abierta en el cuello, con las mangas remangadas justo hasta donde asoma su reloj.
Y sonríe. Con esa sonrisa ladeada y lenta, de hombre que sabe perfectamente que con ella puede conseguir todo lo que se proponga.
La misma que me atrajo el primer día, cuando todo en mí estaba en carne viva y cualquier cosa que no doliera me parecía un refugio.
La misma que me llevó hasta la puerta de su villa aquella noche en un arrebato del que todavía me avergüenzo.
Por el rabillo del ojo distingo, dos mesas más allá, a los dos hombres trajeados que estaban con él en la cafetería esta mañana. Uno de ellos levanta la copa en mi dirección. Le devuelvo un gesto cortés que no siento en absoluto.
—Tus amigas parecen increíbles —añade Damian.
Vuelvo la vista hacia la mesa y la sonrisa me sale sola. Valeria está imitando algo con las manos, Clara se tapa la cara, Marta llora de la risa y Sofía, con los brazos todavía cruzados, intenta mantenerse enfadada sin conseguirlo.
—Más que mis amigas, son mi familia. —Es la primera vez que lo digo en voz alta y me sorprende lo bien que suena—. Y sí, son increíbles. Cuando menos crees que las necesitas, aparecen y le dan sentido incluso a tus errores.
Damian me observa durante unos segundos sin decir nada. Luego, muy despacio, desliza la mano por la madera hasta que la punta de sus dedos roza los míos.
Aparto la mano sin dudarlo. Él contempla el hueco que ha quedado entre nosotros y después alza la vista hacia mí.
—Siento si en algún momento te hice creer que quería algo contigo —le digo con suavidad, sosteniéndole la mirada—. Pero no estoy interesada en otra persona que no sea Sofía. Es con ella con quien quiero estar.
Algo se mueve en su rostro. Es un cambio muy leve, apenas un temblor en el músculo de la mandíbula, que se le tensa como si estuviera mordiendo algo duro. Dura menos de un segundo. Después reaparece la sonrisa, pero ya no es la misma: ahora le asoma de medio lado, torcida, mucho más fría.
—Disfruta de tu noche —murmura, y se aparta de la barra—. La vida es muy corta y nunca sabemos qué pasará mañana.
Me da una palmadita suave en el hombro, como haría un jefe amable con una empleada, y se aleja hacia la mesa de los trajeados. Uno de ellos le comenta algo en inglés y los tres se echan a reír.
Me quedo inmóvil.
«Nunca sabemos qué pasará mañana», repito para mis adentros.
Es una frase de taza de desayuno, de esas que se sueltan sin pensar y que no significan nada, pero se me ha quedado atravesada en la garganta como una espina.
Hay algo en su forma de decirla que no encaja con su gesto de antes.
No suena a despecho. Suena a alguien que sabe algo que yo ignoro.
Sin darme cuenta, me froto el antebrazo, justo encima de la cicatriz. Es un tic que creía olvidado.
—Señorita, aquí tiene.
Gede ha regresado con una botella de cristal grueso y oscuro. Me explica que es un ron añejo de reserva, envejecido en barricas en una pequeña destilería de Java, mientras seis vasitos tallados tintinean sobre la bandeja.
—Perfecto —le agradezco con una sonrisa—. Muchísimas gracias, Gede.
—Espero que lo disfruten —responde él, acompañando sus palabras con un guiño.
Regreso a la mesa con la bandeja entre las manos.
Todas aplauden al verme llegar, todas menos Aitana, que no dice nada.
Se limita a mirarme, con los codos sobre la mesa y los dedos entrelazados delante de la boca.
Tiene los ojos muy quietos, con esa expresión que pone cuando sabe que ha pasado algo y espera pacientemente a que se lo cuentes.
Dejo la bandeja en el centro y me siento.
—¿Va todo bien? —me pregunta Aitana en voz baja, solo para mí, por encima del alboroto de Valeria, que forcejea con el tapón de la botella.
La miro y, por un instante, estoy a punto de contárselo. Pero la noche está siendo perfecta y no quiero ser yo quien la estropee. Además, ni siquiera sabría qué decirle. «Damian ha dicho una frase rara». Suena ridículo incluso dentro de mi cabeza.
—Sí —le aseguro—. Tranquila.
Aitana me sostiene la mirada un segundo más y luego asiente, aunque sé que no se lo cree del todo.
No me da tiempo a darle más vueltas a lo que ha dicho Damian, porque una mano cálida me acaricia la mejilla y me gira la cara con suavidad.
Es Sofía, con los ojos brillantes por el arak y por la luz de los farolillos, y en ese instante absorbe toda mi atención.
—Has tardado mucho —me reprocha en un susurro.
—Apenas han sido tres minutos.
—Pues eso. —Arruga la nariz—. Mucho.
Y me besa. Es un beso breve, suave, que borra de un plumazo todo lo que me ha hecho sentir extraña minutos atrás.
—¡Illo, que hay menores delante! —protesta Valeria, señalando a Clara con el tapón que por fin ha conseguido arrancarle a la botella.
—Tengo treinta y cuatro años, Valeria, no digas tonterías —replica Clara, poniendo los ojos en blanco.
—Ya, pero emocionalmente tienes doce.
Las carcajadas estallan alrededor de la mesa y levanto mi vaso para que Valeria me lo llene. Sin embargo, mientras chocamos los cristales y el ron nos calienta la garganta, no puedo evitar desviar la mirada un instante hacia la mesa del fondo.
Damian ya no está allí, pero sus palabras se me han quedado clavadas por dentro.