Capítulo 42
Sofía
Que hayamos llegado las primeras es un milagro.
Uno pequeño, de esos que no salen en ningún santoral, pero un milagro al fin y al cabo.
Porque Valentina lo ha intentado todo. Me ha bajado la cremallera del mono mientras yo me pintaba los labios frente al espejo, con una lentitud tan descarada que casi me salgo de la línea del carmín.
Me ha desatado el lazo de la nuca al cerrar la puerta de la villa.
Y me ha abrazado por la espalda durante todo el camino hasta aquí, regalándome besos húmedos en el cuello que me erizaban la piel a cada paso.
He tenido que apartarle las manos tantas veces que, en algún momento, hemos empezado a parecer dos adolescentes despidiéndose en el portal en mitad de un sendero de antorchas.
—Veinte —le suelto en cuanto el camarero nos deja solas en la mesa.
—¿Veinte qué? —Arquea una ceja con fingida inocencia.
—Veinte veces he tenido que salvar mi ropa desde que salimos de la ducha.
Valentina se lleva la copa de agua a los labios sin apartar los ojos de mí. Lleva un vestido negro de tirantes finísimos que no deja nada a la imaginación, el pelo suelto y todavía húmedo en las puntas, y ese hoyuelo que le asoma en la mejilla cada vez que está a punto de decir algo que no debería.
—Diecinueve —me corrige—. El último fue un tropiezo.
—Un tropiezo con cinco dedos.
—Es que las piedras, los tacones y yo no somos buenas amigas. —Se encoge de hombros con una dignidad absolutamente inmerecida.
Me muerdo la risa y aparto la vista para recorrer el lugar, porque si sigo mirándola a ella, mis ganas de arrastrarla de vuelta a la villa van a ganar la batalla.
De noche, el restaurante del resort parece otro.
De día conozco cada rincón desde el otro lado: el calor asfixiante de los fogones, el pase abarrotado de platos, el grito de «¡marchando!
» rebotando contra el acero inoxidable. Esta noche, en cambio, es un pabellón abierto al valle, con un techo altísimo de paja trenzada sostenido por vigas de teca oscura y farolillos de papel de arroz que cuelgan como pequeñas lunas domesticadas.
El aire huele a hierba de limón, a madera y a algo dulce que llega desde la cocina y que mi nariz de cocinera intenta descifrar sin éxito.
Nuestra mesa está en el borde mismo de la terraza, la mejor de todas.
Abajo, en la negrura, el río Ayung suena como una respiración muy lenta, y de vez en cuando el viento trae el croar de las ranas desde los arrozales.
Sobre el mantel crudo se extiende un camino de pétalos de frangipani, seis velas en cuencos de barro y seis servilletas dobladas en forma de flor de loto que alguien ha colocado con paciencia y mucho mimo.
A través del ventanal de la cocina veo a Bayu levantar la barbilla a modo de saludo para, acto seguido, hacer como que no me ha visto. Wayan me ha prohibido terminantemente asomarme esta noche, y por lo visto se ha encargado de que toda la brigada 48 lo sepa.
Bajo la mesa, un pie descalzo sube por mi tobillo.
—Valentina.
—¿Qué? —pregunta, con la cara de un ángel que acaba de robar una galleta.
—Tus zapatos son preciosos. Póntelos.
—Es que tengo calor en los pies.
—Calor tienes en otra parte.
Suelta una carcajada tan limpia que la pareja de la mesa de al lado se vuelve hacia nosotras.
Lejos de avergonzarse, se inclina sobre mí, me roza la oreja con los labios y me susurra, con todo lujo de detalles, lo que piensa hacer con el lazo de mi nuca en cuanto volvamos.
Tengo que beber agua. Mucha agua. Casi media copa de un trago, para ver si se me baja el calentón.
—Ahí vienen —anuncia de pronto, irguiéndose en la silla y recuperando la compostura como quien se abrocha una chaqueta.
Aitana y Valeria cruzan el pabellón sorteando las mesas.
Aitana está impecable, como siempre, con un vestido azul marino de corte sobrio y el pelo recogido en un moño bajo sin un solo mechón fuera de sitio.
Lleva la mano apoyada en la parte baja de la espalda de Valeria, con un gesto protector que no le había visto nunca.
Valeria, por su parte, luce un vestido rojo que le queda de escándalo, el cuello cubierto por una capa de corrector bastante mejor aplicada que la primera vez que Aitana le dejó una marca, y una sonrisa demasiado ancha para ser verdad.
A Valeria la conozco desde el primer día que entró a trabajar en el resort. Sé cómo sonríe cuando está feliz, cuando va borracha y cuando está a punto de mandar a alguien a la mierda. Esta sonrisa no es ninguna de las tres. Es la de alguien que la ha ensayado frente al espejo antes de salir.
—¡Pero mira qué dos! —exclama, y me planta un beso sonoro en la mejilla que seguro me deja marca de pintalabios—. Ni que fuerais a una boda.
—A una boda no sé, pero tú parece que vengas a hacerte las fotos de la orla en el instituto. ¿Te has visto la cara? ¿Qué te pasa?
—¿A mí? Na.
Se sienta frente a mí, se coloca la servilleta en el regazo, la vuelve a doblar y la deja otra vez sobre el mantel. Se toca tres veces el pendiente de la oreja izquierda. Y Valeria nunca se toca los pendientes.
—Valeria.
—Que no me pasa na, pesá. —Pone los ojos en blanco, pero no me sostiene la mirada.
—Esta tarde te has ido del spa con las chanclas al revés, y ahora no paras quieta, como si te hubiera picado una pulga.
Aitana y ella intercambian una mirada. Es tan breve que, si no las conociera, ni siquiera la habría captado. Valeria suspira, rendida, y apoya los codos en la mesa.
—Hemos discutío. ¿Contenta?
—¿Discutido? ¿Vosotras? —Me cuesta imaginarlo. Aitana no discute; Aitana argumenta, concluye y cierra el expediente.
—Una tontería. —Agita la mano en dirección a Aitana, como si espantara una mosca—. Que la señora se ha pasao la tarde entera colgá del teléfono. ¡Que estamos de vacaciones en Bali! Rodeá de selva, de flores y de mí. Y ella venga a hablar de… yo qué sé.
—Era una llamada importante —murmura Aitana, sin levantar la vista de sus cubiertos.
—Y lo de la tarjeta de la villa —añade Valeria—. Que encima la llevaba ella en el bolso y ni se había dao cuenta. Por eso empezó la bronca, porque me tuvo media hora en la puerta como un pasmarote.
Asiento. Todo encaja. Aitana es capaz de trabajar en mitad de un terremoto, y Valeria es capaz de montar un drama por mucho menos. Todo encaja, sí, y aun así hay algo que se me queda atravesado en la garganta, como una espina diminuta que no termina de bajar.
Valentina no dice nada. Observa a Aitana con la cabeza ladeada y los ojos entornados, con esa mirada suya de inspectora que tanto odiaba cuando la clavaba en mis platos, buscando el fallo en el emplatado.
—¿Y tú no dices nada? —le pregunta al fin.
—Ya lo ha dicho ella. Discutimos. —Aitana despliega la servilleta con un único movimiento, preciso y elegante—. Ya está arreglado.
—Ya hablaremos tú y yo después.
—No hay nada de qué hablar.
—Luego —insiste Valentina, sin alzar la voz.
Aitana le sostiene la mirada un segundo, dos, y al final la desvía hacia el valle, donde no hay nada que ver salvo oscuridad. Valeria carraspea y pregunta en voz muy alta si alguien sabe qué vamos a cenar, aunque es evidente que nadie lo sabe salvo Wayan y, quizá, los dioses.
La salvación llega en forma de carcajada.
Marta y Clara aparecen por el sendero iluminado con antorchas, y su risa se oye antes de que las veamos.
Marta lleva una flor blanca prendida detrás de la oreja y un vestido largo de un violeta imposible que ondea a cada paso.
Clara, una camisa de lino arremangada y el pelo peinado hacia atrás.
Vienen riéndose de algo que solo ellas entienden, chocando los hombros al andar como dos colegialas.
En la muñeca llevan el hilo trenzado de Pak Nyoman, igual que Valeria y yo: blanco, rojo y negro.
—Perdón, perdón —se disculpa Marta mientras se deja caer en la silla junto a Valeria—. Es que a Clara se le había perdido un pendiente.
—No lo perdí, te lo habías puesto tú —replica Clara, apartándole con ternura la flor, que amenaza con caerse.
Un camarero joven se acerca con una botella de barro y seis copitas de cristal tallado.
En un inglés cuidadoso, nos explica que es arak 49 de arroz suavizado con miel de flores, y que el chef Wayan nos lo envía «para abrir el corazón antes que el estómago».
Lo sirve con un pulso perfecto, sin derramar una sola gota.
El licor tiene un color ámbar claro y, al acercarlo a la nariz, huele a caramelo y a algo tostado, como el arroz cuando se agarra al fondo de la olla y forma esa costra que en casa nos peleábamos por rascar.
—Bueno —dice Valentina, apoyando la barbilla en la mano con aire conspirador—. ¿Alguien me cuenta qué ha pasado esta mañana en la clase de yoga? Sofía solo me ha dicho que «hubo un incidente».
Las cuatro nos miramos. Marta es la primera en hablar, con una dignidad digna de mejor causa.
—Fue una práctica muy enriquecedora.
—Di mejor que fue una matanza —la corrige Clara.
—La postura del árbol —arranca Valeria, y la risa ya le baila en la voz—. Tú tenías que buscar un punto fijo, ¿no? Pues aquí la lista eligió una salamanquesa.
—¡Era lo primero que vi! —protesto.
—La cuestión es que la salamanquesa se movió, y la señora se fue detrás de ella y me arrastró a mí —continúa, imitando mi desequilibrio con los brazos—. Y acabé como un flamenco borracho en la feria.
Valentina se tapa la boca con la mano y Aitana, por fin, empieza a reírse por lo bajo, con los hombros sacudiéndose en silencio.
—Y luego llegó el cuervo —prosigue Clara—. Que Sofía se vino arriba…
—Volé —la interrumpo, muy seria—. Un segundo, pero volé.
—¿Cómo que volaste? —Valentina se gira hacia mí con los ojos como platos.
—Y aterrizó con la nariz —aclara Marta, con toda la compasión del mundo.
—Y de paso le diste una patada a mi botella —remata Clara, señalándome con el dedo—. Yo me resbalé con el agua y acabé encima de Marta.
—Y yo me meé de la risa en las bragas —sentencia Valeria, sin mover un músculo de la cara.
La mesa estalla. Valentina se dobla hacia delante con lágrimas en los ojos, y Aitana tiene que dejar la copa sobre el mantel para no derramarla.
Yo me río tanto que me duele justo debajo de las costillas, en ese sitio que solo duele cuando te ríes de verdad, de las que te dejan sin aire.
En la mesa de al lado, la pareja ha dejado de fingir que no nos escucha y sonríe abiertamente.
—¿Te hiciste daño? —me pregunta Valentina en voz baja cuando por fin conseguimos respirar, y me roza la punta de la nariz con el índice, con una delicadeza que me desarma.
—Solo en el orgullo.
—Ese se cura rápido.
—El tuyo no.
—El mío no tiene cura, chef —admite, con un guiño.
Cuando las risas se van apagando, Valentina coge su copita de arak y la alza por encima de las velas.
—Por las segundas oportunidades —propone—, que llegan cuando más las necesitas y te impulsan a encontrarte contigo misma.
—Y por las amigas, por favor —añado yo.
Chocamos las copas por encima de los pétalos y el cristal tintinea seis veces, como una campanilla. El arak baja suave, dulce al principio, y después se extiende por el pecho con un calor redondo y envolvente.
Le sonrío por encima del borde de la copa.
Aun así, algo me roza por dentro. No es desconfianza; es otra cosa, más difusa.
Valentina ha pronunciado eso de «te impulsan a encontrarte contigo misma» mirando su copa, no a mí, con la voz un poco más grave de lo normal.
Hay algo detrás de esas palabras, algo que tiene forma y peso, y que todavía no me ha contado.
Valeria deja su copa sobre la mesa con un golpecito seco y apunta a Valentina con el índice, entrecerrando un ojo como un pistolero del Oeste.
—Que sepas que yo todavía te vigilo, así que ándate con mucho cuidado.
Valentina no se defiende ni bromea. Se gira hacia mí, me rodea los hombros con un brazo y me atrae contra su costado. Luego, delante de todas, me da un beso en el hombro desnudo. Es un beso lento y tibio, como quien firma algo ante notario.
Se me encienden las mejillas. No de vergüenza, sino porque la Valentina que conocí en Benidorm jamás habría hecho algo así con testigos.
—De no ser porque vinisteis —confiesa, con la mejilla todavía apoyada en mi hombro—, os aseguro que ahora mismo no estaríamos aquí. Así que os lo agradezco todo. Hasta tus gritos por teléfono, Valeria.
Hay un segundo de silencio y, acto seguido, la mesa entera se viene abajo otra vez. Valeria echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada que debe de oírse desde el río.
—¡Illo, que me escucharon hasta en Chiclana! —se defiende, llevándose una mano al pecho—. ¡Y te lo merecías!
—Me lo merecía —reconoce Valentina.
—Pues ya está. Aquí paz y después gloria.
Marta aplaude, encantada, y Clara le pide otra ronda al camarero con un gesto.
Valentina entrelaza sus dedos con los míos por debajo del mantel, los aprieta una vez y ya no los suelta.
Y en medio del bullicio, mientras el camarero vuelve a llenar las copas, veo cómo Aitana busca a Valeria por encima de las velas.
Valeria le devuelve la mirada. No hay reproche en ella, ni rastro de ninguna discusión; es otra cosa, algo parecido a la complicidad de quien comparte un secreto demasiado grande.
Luego Aitana baja la vista hacia su teléfono, que descansa bocabajo junto al plato, y lo gira un poco con la yema del dedo, como si temiera que fuera a sonar en cualquier momento.
Me llevo la copa a los labios y dejo que el arak me queme despacio.
La espina sigue ahí, pequeña, atravesada. Y esta noche, por mucho que me ría, no creo que sea capaz de tragármela.