¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 41
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Capítulo 41

Valentina

Cuando envío el último correo a Damian, con los pocos flecos que todavía quedaban sueltos —o más bien, que no me convencían— para la gala, cierro el portátil de un golpe seco y suelto un suspiro tan hondo que parece salirme de los talones.

Llevo días viviendo a toda prisa entre proveedores, listas de invitados, cambios de menú de última hora y confirmaciones que nunca llegan a tiempo, y juro por lo más sagrado que, si alguien vuelve a pronunciar la palabra gala en mi presencia, lo lanzo al río sin pensármelo dos veces.

—¿Eso ha sido un suspiro de alivio o de agonía?

Levanto la vista y me encuentro a Sofía apoyada en el marco de la puerta corredera, con los brazos cruzados y una sonrisa que ya me anuncia problemas.

No la he oído entrar. A su espalda, el jardín empieza a teñirse de ese malva espeso que en Bali precede a la noche, y la luz le perfila los hombros desnudos y el tirante del bikini, que asoma con descaro bajo una camisola blanca casi transparente que la cubre.

No sé dónde ha quedado la ropa que llevaba esta mañana, pero ahora mismo no me importa.

—De liberación —contesto, y me echo hacia atrás en la silla hasta que el respaldo cruje—. Oficialmente, acabo de terminar mi jornada laboral.

—Qué suerte la mía. —Cruza el salón descalza, meciendo las caderas con una cadencia que no tiene nada de inocente, y se detiene a un solo paso de mí—. Porque yo vengo a reclamar a la otra.

—¿Qué otra?

—A la mujer que me ha escrito, diciéndome que su cama todavía olía a mí.

—Ladea la cabeza y se muerde el labio inferior—.

Me he pasado el día entero con esa frase sonando en bucle, Valentina.

En la sesión de yoga. Durante la visita al sanador.

Tumbada en una colchoneta mientras una señora me aporreaba un gong junto a la oreja hasta dejarme medio sorda. Hasta en el spa.

Me pongo en pie y, ahora que la tengo tan cerca, puedo olerla: ylang-ylang, jazmín, algo dulce y terroso que no sabría identificar y, debajo de todo, ese fondo cítrico tan suyo que se me queda pegado a la piel cada vez que duerme desnuda a mi lado.

Entonces reparo en su muñeca. Lleva un hilo trenzado, blanco, rojo y negro, que esta mañana no estaba ahí.

—¿Y eso?

—Protección. No me lo puedo quitar; tiene que caerse solo. —Me mira de reojo, como si midiera cuánto está dispuesta a contarme—. El sanador dice que mi corazón es como un pájaro y que camino mirando al suelo para no tropezar.

Lo suelta entre risas, quitándole importancia, pero una sombra fugaz le cruza los ojos y decido no preguntar más. Hay puertas que una no debe empujar; basta con dejarlas entornadas y esperar. Le rozo el hilo con el pulgar. Tiene la piel caliente, tersa y todavía resbaladiza por el aceite.

—Estás pegajosa —murmuro.

—Me han bañado en flores y aceites. Llevo pétalos en sitios que no te imaginas.

—Pues fíjate que sí me lo imagino. Y con todo lujo de detalles.

Se le escapa una carcajada corta y se aparta de mí con lentitud, la misma con la que, en la cocina, le da vueltas a una salsa durante la reducción. Se quita la camisola por la cabeza y la deja caer sobre la cama como quien no quiere la cosa.

—Voy a ducharme. —Se da media vuelta hacia la terraza y me lanza una última mirada por encima del hombro—. Tú verás qué haces.

La ducha de mi villa es exterior: un rincón de piedra volcánica encajado entre el dormitorio y un muro cubierto de helechos, donde un frangipani se asoma por encima de la tapia y deja caer, de vez en cuando, alguna flor sobre las losas.

El único techo es el cielo, que a esta hora pasa del lila al añil mientras las primeras cigarras empiezan a afinar su concierto nocturno.

Sofía abre el grifo y el agua cae en una cortina ancha desde el rociador de cobre.

Se desata el bikini con dos tirones y se mete bajo el chorro con los ojos cerrados, la barbilla alzada y completamente desnuda.

Yo me quedo contemplándola un instante, a tan solo unos pasos y apoyada en el muro, incapaz de apartar la vista.

El agua le arrastra el aceite por la espalda y le oscurece el pelo, que, aunque lo lleva corto, le cae sobre la frente en mechones rebeldes.

De su hombro se desprende un pétalo rosado que resbala por el costado, y lo sigo con la mirada, hipnotizada, hasta que aterriza en el suelo.

Solo entonces me doy cuenta de cuánto la he echado de menos hoy.

Diez horas. Y me han parecido una semana.

—Te estás mojando la ropa —comenta sin abrir los ojos.

—Solo un poco.

—¿Piensas venir o voy a tener que arrastrarte vestida? —Entonces me mira, y el azul de sus ojos se ha vuelto casi negro bajo la luz del atardecer—. Quítatela ya.

Obedezco, pero con una torpeza impropia de mí.

La camisa se me engancha en un pendiente, casi me caigo al sacarme los shorts, y ella me observa con una sonrisa burlona que no me ayuda en absoluto.

Cuando por fin entro bajo el agua, está más caliente de lo que esperaba; me recorre la nuca, la espalda y los muslos como una caricia líquida.

Sofía me atrapa por la cintura y tira de mí sin contemplaciones.

El primer beso no tiene nada de delicado.

Viene cargado con esas diez horas sin vernos, con todas las ganas que se nos han ido amontonando mientras yo peleaba con correos y ella se dejaba mimar con sus amigas.

Me muerde el labio inferior, yo le agarro el trasero con ambas manos y el agua se nos cuela entre las bocas, tibia y con un regusto mineral.

Retrocede hasta que su espalda choca contra la piedra y suelta un respingo por el contraste de temperatura. Me río contra su boca.

La sujeto de las caderas y la hago girar.

Ella apoya las palmas en el muro, con los dedos abiertos sobre la piedra negra y porosa, y yo la abrazo por detrás hasta pegar mi pecho a su espalda.

Encaja conmigo como si nos hubieran moldeado la una para la otra: es más bajita, sí, lo justo para que su nuca quede a la altura exacta de mi boca.

La beso ahí, en ese hueco donde el pelo se vuelve pelusa.

Noto cómo se le eriza la piel bajo mis labios y cómo contiene el aliento.

Subo hasta el lóbulo de la oreja, le regalo un mordisco suave y vuelvo a bajar.

Con una mano le recorro el vientre, que se contrae bajo mis dedos; con la otra le acaricio un pecho sin prisa, jugando con el pezón hasta que se endurece y ella arquea la espalda en busca de más contacto.

—Valentina…

—Dime.

No contesta. Empuja las caderas hacia atrás, contra mí, y esa es respuesta más que suficiente.

Deslizo la mano hacia abajo, por el vientre, por el pubis, hasta perderme entre sus muslos.

Está empapada, y no precisamente por la ducha.

Se me escapa un gemido ronco contra su cuello al notarlo, al sentir cómo se abre para mí, cómo se le doblan un poco las rodillas cuando la acaricio de arriba abajo, aprendiéndome otra vez un camino que ya conozco de memoria.

Dibujo círculos pequeños sobre ese punto que la hace temblar, alternando presión y roce, atenta a cada cambio de su respiración.

Cuando se le acelera, bajo el ritmo; cuando protesta con un gruñido de pura frustración, vuelvo a subirlo.

El agua nos cae encima y ya no sé dónde termina ella y dónde empiezo yo.

Le beso la nuca, los hombros, la línea del cuello, y hundo dos dedos en ella.

Un gemido largo se le escapa de la garganta, rebota en la piedra y se pierde entre los helechos.

—Hoy he decidido una cosa —dice de pronto, con la voz quebrada y la frente apoyada en el muro.

—¿El qué? —pregunto, y me detengo un segundo.

—No pares, joder. —Se ríe entre jadeos y yo me río con ella antes de volver a moverme en su interior, despacio y hondo—. He decidido… dejar de mirar al suelo. Dejar de tener miedo a tropezar. —Gira la cara lo justo para que pueda verle el perfil—. Estar contigo. Y ya está.

Algo se me rompe por dentro, pero no es nada malo.

Es como cuando una costra cae y debajo aparece piel nueva.

Aprieto los labios contra su piel con tanta fuerza que le dejo una marca parecida a un mordisco.

La sostengo con más firmeza, con una mano abierta sobre su vientre para que no tenga que sujetarse sola, y acelero.

Sus caderas buscan las mías, su espalda se tensa y siento cómo se aprieta alrededor de mis dedos una y otra vez, hasta que el orgasmo la asalta y grita mi nombre sin pudor alguno.

Se deja caer contra mí. Le tiemblan las piernas y la sostengo; le beso la sien, la mejilla y el hilo trenzado de la muñeca cuando lleva la mano hacia atrás para agarrarme del pelo.

—Estás loca si crees que hemos terminado —susurra.

Se gira. Tiene las mejillas encendidas, los labios hinchados y esa mirada que he aprendido a reconocer en cada una de las veces que nos hemos perdido la una en la otra. Me empuja contra la piedra y ahora soy yo quien suelta un respingo por el frío. Esta vez es ella la que se ríe.

Me besa el cuello, el hombro, la cicatriz del antebrazo y el ombligo.

Va bajando mientras el agua le resbala por la espalda y, cuando se arrodilla sobre las losas mojadas y me mira desde abajo, con el flequillo pegado a la cara y las pestañas cuajadas de gotas, tengo que apoyar la mano en el muro para no perder el equilibrio.

—Sofía…

Me separa los muslos con las manos y hunde la boca entre ellos, y el mundo se reduce a eso: a su lengua, lenta y concienzuda; a sus dedos clavados en mis caderas; al calor del agua y al frío de la piedra; al cielo que se oscurece sobre nosotras.

Sofía me lleva al límite con esa lengua prodigiosa una y otra vez, retirándose justo cuando estoy a punto, hasta que acabo suplicándole.

Solo entonces intensifica sus caricias y me deshago contra su boca con un gemido que no me molesto en contener, los dedos enredados en su pelo, entregada a ese instante en el que solo existe ella y nada más.

Cuando vuelvo en mí, ya está de pie otra vez, abrazada a mi cintura, con la mejilla apoyada en mi pecho y la respiración todavía agitada.

—Podríamos quedarnos aquí toda la noche y no ponernos ropa hasta el domingo —murmuro contra su pelo.

—Podríamos.

Le levanto la barbilla con un dedo y vuelvo a besarla. Ella me corresponde, pero a mitad del beso se le escapa una risa y se aparta un par de centímetros.

—Pero tenemos la cena con las chicas.

—Mierda.

—Que hemos organizado nosotras. —Me clava el índice en el pecho—. Y como lleguemos tarde, Aitana nos lo va a estar recordando media vida. Que sí, que es tu amiga, pero también es mi jefa, ¿o ya se te ha olvidado?

El agua le resbala por la frente y le gotea desde las pestañas, y esos ojos azules me observan con una mezcla de guasa y ternura que me deja sin defensas.

«Mi jefa». Si todo sale como Aitana y yo hemos hablado, cuando este viaje termine también lo será mía.

Imagino la cocina del restaurante de Paraíso Azul en Benidorm, la luz blanca entrando a raudales por los ventanales, una chaquetilla con mi nombre bordado en el pecho y Sofía dándome órdenes en cada pase con ese ceño fruncido que tanto me gusta.

Un cosquilleo me recorre desde el estómago hasta la punta de los dedos. Es vértigo, sí, pero del bueno.

Estoy a punto de decírselo. Las palabras se me agolpan en la garganta, impacientes, pero me las trago.

Es mejor no contarle nada hasta que todo sea seguro; no quiero volver a prometerle algo que después no pueda cumplir.

Así que la beso y la rodeo con los brazos, apretándola contra mí como si pudiera guardármela dentro.

Ella se ríe contra mi boca, protesta, se retuerce y al final se me escurre entre los brazos como una anguila y sale de la ducha dando un saltito sobre las losas.

Coge una toalla del gancho de bambú y se envuelve en ella. Luego se vuelve hacia mí, chorreando, con los labios todavía enrojecidos por mis besos.

—Te prometo que te lo compensaré esta noche.

—No prometas esas cosas, que me emociono.

Me dedica una sonrisa con esa picardía que me mantiene encendida desde el primer día, y se marcha hacia el dormitorio sin añadir nada más, dejando un rastro de huellas húmedas sobre la piedra.

Cierro el grifo y, justo entonces, una flor blanca con el corazón amarillo cae junto a mis pies, igual que aquel pétalo que le quité del pelo en el palacio de Ubud.

Desde el dormitorio me llega la voz de Sofía, que tararea algo mientras abre y cierra cajones, y de repente me grita: «¿Me dejas tu secador o te lo robo directamente?

». Sonrío como una idiota, sola, desnuda, en mitad de una ducha de piedra al otro lado del mundo.

Nada va a torcerse. Y, de verdad, lo creo.