¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 40
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Capítulo 40

Aitana

La musiquita vuelve a empezar desde el principio.

Es la cuarta vez, y lo sé porque, después de tantas vueltas, ya me he aprendido de memoria el punto exacto en el que la melodía se frena, hace una pausa ridícula y arranca de nuevo.

Camino de un extremo a otro de la piscina de mi villa.

Doce pasos hasta el frangipani que da sombra a la ducha exterior y doce de vuelta hasta las tumbonas de teca.

Las baldosas de piedra todavía guardan el calor del día y me queman un poco las plantas de los pies, pero me da igual.

Necesito moverme. Si me quedo quieta, los nervios me subirán por las piernas y acabaré mordiéndome las uñas, una costumbre que abandoné a los catorce años y que no pienso recuperar ahora, a mi edad y en una villa de lujo en Bali.

El sol ya está bajo y se cuela de lado entre las palmeras, dibujando franjas doradas sobre el agua quieta de la piscina.

Una libélula azul se posa en el borde, lo piensa mejor y se marcha zumbando.

Más allá del muro de la villa, alguien barre hojas con una escoba de ramas, con un vaivén lento y rítmico, y me resulta insoportable que el mundo siga tan tranquilo, tan perfectamente en su sitio, mientras se decide el futuro de una de las personas más importantes de mi vida.

Oigo la verja de la entrada y, al momento, Valeria aparece con un albornoz blanco mal anudado sobre el bikini.

Trae el pelo mojado recogido de cualquier manera en un moño que amenaza con desmoronarse y un pétalo de hibisco pegado a la clavícula.

Me llega un olor a flores, a aceites esenciales y a algo dulzón que me recuerda a una floristería después de la lluvia.

Es evidente que ha salido del spa a toda prisa en cuanto ha leído mi mensaje.

Lleva las chanclas al revés, la izquierda en el pie derecho, y ni siquiera se ha dado cuenta. Se planta delante de mí con las manos en jarras y la respiración agitada, y clava la vista en el teléfono que sostengo junto a la oreja como si fuera un artefacto explosivo a punto de estallar.

Tapo el micrófono con la mano.

—Héctor está reunido —le explico en voz baja, aunque al otro lado de la línea solo haya una flauta de pan incapaz de delatarme.

Valeria abre la boca, la cierra y mira a su alrededor en busca de algo útil que hacer. Al no encontrarlo, mueve los labios muy despacio, exagerando cada sílaba para que pueda leérselos sin problema:

«Tran-qui-la. Que to-do va a ir bien».

Y acompaña la frase con las manos, bajándolas con las palmas hacia el suelo, como si quisiera calmar un mar invisible.

Después inspira de golpe, retiene el aire con los ojos muy abiertos y lo suelta por la boca en un soplido larguísimo que le hincha las mejillas.

Es la respiración de Marta. Cuatro, siete, ocho.

Solo que a Valeria le sale más bien uno, catorce y un globo desinflándose.

Se me escapa algo parecido a una risa. Me dura apenas un segundo, pero basta para aflojarme los hombros, que hasta este momento no sabía que llevaba pegados a las orejas.

Vuelvo a caminar. Doce pasos. Frangipani. Doce pasos. Tumbonas. Valeria se sienta en el borde de una y me sigue con la mirada de un lado a otro, como quien asiste a un partido de tenis especialmente reñido.

Me paso la mano por la frente. Tengo el pelo pegado a la piel por el sudor de la tarde y me lo aparto hacia atrás con más fuerza de la necesaria.

Más de cinco minutos. Seis, quizá siete.

Empiezo a sospechar que Héctor sabe perfectamente quién le está esperando al teléfono y que se está tomando su tiempo, aunque, siendo justa, él no tiene ni idea de lo que voy a decirle.

La flauta de pan inicia su décima vuelta y, de pronto, se corta a mitad de nota.

—¿Aitana? —La voz de Irene me llega limpia, eficaz, con ese tono de secretaria que lo ha visto todo y ya no se sorprende por nada—. Héctor acaba de salir. Te paso con él.

—Gracias, Irene.

Suelto el aire que llevaba retenido. Valeria se pone en pie de un salto y se acerca a mí.

—Aitana. —Por fin. La voz de Héctor suena algo ronca y, de fondo, oigo una puerta que se cierra y el crujido de un sillón de cuero al recibir su peso—. ¿No se supone que estás de vacaciones?

Me aparto el pelo otra vez, aunque ya no me hace falta.

—Estoy de vacaciones. En Bali, precisamente.

—Lo sé. —Le noto la sonrisa en la voz—. Irene me comentó que habías pedido asistir a la gala junto a Valeria y sus amigas. Estoy al tanto. Y me alegra, porque ocupas un cargo importante en la compañía y nos vendrá bien tenerte allí.

—Imaginaba que no pondrías ninguna pega. —Me detengo junto al frangipani y arranco una hoja sin darme cuenta—. Pero no te llamo por la gala. Sé que Valentina es muy buena en su trabajo y que habrá organizado algo increíble.

—Valentina es una joya, Aitana. —Lo afirma con el orgullo de quien se atribuye un descubrimiento propio—. Me alegro de que me empujaras a contratarla hace dos años.

—Sabes que tengo buen ojo para saber cuándo una persona merece la pena y cuándo no. —Doblo la hoja por la mitad y luego otra vez, hasta convertirla en un cuadradito verde y tirante—. Por eso mismo te llamo.

Se produce una pausa breve. Héctor me conoce desde hace demasiado tiempo como para no percibir el cambio en mi tono.

—¿Qué ocurre?

Miro a Valeria y ella me devuelve la mirada con los labios apretados. El pétalo de hibisco sigue pegado a su clavícula, rosado y absurdo, y me aferro a esa imagen como a una barandilla.

—Hoy he estado con Damian, el director del resort. —Elijo cada palabra como quien pisa piedras resbaladizas para cruzar un río—. Me ha comentado que te ha pedido a Valentina como subdirectora.

Silencio. Y no es un silencio de sorpresa. Es de los otros, de los que calculan y miden, y se me encoge el estómago antes de que llegue la respuesta. Oigo el clic de un bolígrafo al otro lado. Una vez. Dos.

—Sí —admite al fin—. Damian hizo hincapié en algo que yo llevo tiempo sopesando. Estamos desperdiciando sus capacidades, Aitana. Creo que sería bueno para ella. Quizá, en un futuro, podamos colocarla como directora de algún resort nuevo.

«Colocarla». Como a un jarrón sobre una mesa. Como a una orquídea en el pelo de una de las chicas balinesas que trabajan aquí.

Me giro hacia Valeria, que se ha quedado quieta, con las cejas levantadas, y me interroga con las manos abiertas: «¿Qué? ¿Qué dice?». Niego con la cabeza, no porque la respuesta sea no, sino porque todavía no sé cuál es.

—Mira, Héctor. —Suavizo la voz, y no es ninguna estrategia.

Es que le tengo cariño a este hombre y, ahora mismo, me está dando miedo—.

Sé que Valentina tiene un talento especial.

Nadie lo sabe mejor que yo. Pero, antes de cambiarla de puesto, creo que te convendría hablar con ella.

Me consta que está pensando en un cambio, y quizá no sea el que tú le estás ofreciendo.

El cuero de su sillón cruje. Me lo imagino recostándose hacia atrás, con el bolígrafo entre los dedos y la mirada perdida en el ventanal de su despacho, con Madrid a sus pies.

—Aitana —responde, y ahora es el Héctor director general de la cadena quien habla, no el que casi me llama hija en las cenas de Navidad—, sabes de sobra que las promociones no se reparten a dedo ni por el capricho de nadie.

Valentina trabaja para esta cadena. En su día firmó que aceptaba trabajar allá donde la enviásemos. No le veo el problema.

La hoja de frangipani se me parte entre los dedos.

Siento que el frío me trepa por la nuca pese a los treinta grados que todavía hace a esta hora.

Tiene razón, y eso es lo peor de todo. Valentina firmó ese contrato cuando no tenía nada que la atase a ningún sitio, cuando lo único que quería era huir y evitar que el pasado la alcanzara.

Firmó siendo la mujer que era hace dos años, no la que es hoy.

—Solo te pido que hables con ella. —Bajo la voz. Es mi única arma y los dos lo sabemos—. Hazme ese favor, Héctor. Sé que vendrás para la gala. Antes de tomar una decisión, háblalo con ella.

El silencio se alarga tanto que tengo que apartar el teléfono de la oreja para comprobar que la llamada no se ha cortado.

Tres minutos y cuarenta segundos de conversación, y el contador sigue avanzando.

Valeria ha dado dos pasos más y ya está a medio metro de mí, con una mano apoyada en mi espalda, cálida y firme, sosteniéndome sin decir nada.

—Está bien —cede Héctor por fin—. Mientras tanto, no hables de esto con nadie.

Miro a Valeria, que ya lo sabe todo.

—No te preocupes. —Y añado, porque necesito cerrar con algo que no suene a derrota—: Nos vemos pronto.

—Descansa, Aitana, que estás de vacaciones.

Clic.

Me quedo con el teléfono en la mano, contemplando la pantalla negra, en la que ahora solo se reflejan un pedazo de cielo anaranjado y mi propia cara, que no me gusta nada.

—¿Qué te ha dicho? —Valeria se coloca delante de mí y me busca los ojos.

—Que no tomará ninguna decisión hasta hablar con ella. —Me encojo de hombros y el gesto me sale torpe, a medias, como si ni mi propio cuerpo terminara de creérselo—. Así que solo nos queda esperar.

Valeria suelta un largo resoplido, me rodea con los brazos y tira de mí hacia ella.

Me da un beso en la sien y me estrecha un poco más fuerte, y yo me dejo hacer, con la mejilla apoyada en el albornoz.

Cierro los ojos y pienso en lo que acabo de prometer.

«No hables de esto con nadie». Y «nadie» incluye a Valentina, que esta misma mañana se sonrojaba hasta las orejas en la cafetería mientras me confesaba que estaba enamorada por primera vez desde la pérdida de Sam.

Y a Sofía, que intenta convencerse con todas sus fuerzas de que esta vez todo va a salir bien.

Y lo peor es que, dentro de un par de horas, tendré que sentarme a cenar con ellas y sonreír como si ellas fueran las dueñas de su futuro.