Capítulo 39
Sofía
El spa del resort se esconde al final de un sendero de piedra que desciende entre helechos gigantes, tan altos y frondosos que por momentos tengo la impresión de caminar por un túnel verde.
Cuando por fin se abre ante nosotras, siento que acabo de entrar en el interior de una concha.
Es un pabellón circular de madera clara, con un techo altísimo de paja trenzada y abierto por tres de sus lados a la selva, que respira a nuestro alrededor con su murmullo de hojas y pájaros invisibles.
Del cuarto lado cae una cortina de agua que se desliza sobre una pared de piedra negra, brillante como el azabache, y termina perdiéndose en un estanque cubierto de nenúfares.
En el centro, sobre el suelo pulido, nos esperan cuatro colchonetas gruesas dispuestas en círculo, con los pies hacia dentro, como los pétalos de una flor.
Entre ellas descansan cuencos de todos los tamaños, dorados y cobrizos; algunos, pequeños como un tazón de desayuno, y otros tan enormes que me cabría la cabeza dentro.
Y al fondo, colgado de un bastidor de teca tallada, un gong gigantesco de bronce con un sol grabado en el centro atrapa la luz de la tarde y la devuelve convertida en destellos.
Inspiro hondo y cierro los ojos un instante.
—Huele a…
—Hierba de limón y palo santo —me susurra Marta, como si me hubiera leído el pensamiento.
Me giro hacia ella con una ceja arqueada.
—No me des lecciones de aromas, guapa, que aquí la chef soy yo.
La terapeuta se llama Putu. Lleva un vestido de algodón color crema, el pelo negro recogido en un moño bajo y habla con una voz tan suave que dan ganas de pedirle que te lea la lista de la compra solo por el placer de escucharla.
Nos pide que nos tumbemos, que cerremos los ojos y que no hagamos absolutamente nada.
Lo cual, para cuatro mujeres como nosotras, es sin duda la tarea más difícil del día.
Me tumbo boca arriba y apoyo una mano sobre el vientre.
Todavía llevo en la muñeca el hilo de algodón de Pak Nyoman, un poco húmedo por el calor, y noto cómo me roza la piel cada vez que respiro, como un recordatorio discreto de todo lo que me dijo.
A mi derecha, Valeria se remueve igual que un perro buscando postura antes de la siesta.
A mi izquierda, Clara suelta uno de esos suspiros que llevan la palabra «aburrimiento» escrita en mayúsculas.
—Cierra los ojos, Clara —murmura Marta desde el otro lado del círculo.
—¿Y cómo sabes que no los tengo cerrados, si tú tienes los tuyos cerrados?
—Porque te conozco.
Putu golpea el primer cuenco.
El sonido nace pequeño y va creciendo sin que nadie lo empuje, como una ola que se forma muy lejos de la orilla.
No es una sola nota, sino muchas, enredadas entre sí, que vibran, se abren y siguen sonando mucho después de que el mazo se haya retirado.
Lo noto en los dientes, en el esternón, incluso en la planta de los pies.
Entonces, del estómago de Clara brota un rugido largo y grave que compite de tú a tú con el cuenco.
Valeria se atraganta con una carcajada. Intenta taparse la boca con las dos manos y le sale un chillido agudísimo. A mí se me sacuden los hombros, y Marta suelta un «chsss» cargado de santa indignación que solo consigue empeorar las cosas.
—Es el nasi campur —se defiende Clara en un susurro desesperado—. Me está hablando.
—Pues dile que se espere a la cena, hija —le suelta Valeria, llorando de la risa.
Putu no se inmuta. Sonríe con una paciencia infinita, aguarda a que se nos pase el ataque y vuelve a golpear.
Otro cuenco, más grave. Y otro más. Luego coloca uno con muchísimo cuidado justo encima de mi estómago, sobre la tela de la camiseta, y lo hace cantar deslizando el mazo muy despacio por el borde.
La vibración me entra por el ombligo y se expande hacia fuera, hacia los brazos, hacia el cuello, hasta las raíces del pelo.
Es como si alguien estuviera afinándome desde dentro, cuerda a cuerda.
Y ya no me río. Ya no escucho a Valeria ni las tripas de Clara.
Solo oigo ese zumbido y, por debajo de él, algo que llevo días sin escuchar: mi propia cabeza, por fin en silencio.
«Tu corazón es un pájaro que quiere volar, pero siempre mira hacia abajo».
Las palabras de Pak Nyoman regresan sin que las llame, y detrás de ellas llega Valentina.
El problema no es ella, comprendo mientras el cuenco se apaga poco a poco sobre mi vientre.
Ya no. Anoche me miró como si quisiera quedarse a vivir para siempre en ese instante y me repitió que me quiere tantas veces que dejé de contarlas.
El problema soy yo, que a pesar de haber solucionado las cosas con ella, sigo mirando al suelo a cada paso que doy, buscando la piedra con la que tropezar.
Que espero el golpe antes de que llegue, convencida de que así dolerá menos.
Como si eso me hubiera funcionado alguna vez.
Putu golpea el gong.
Una onda de bronce atraviesa el pabellón, me pasa por encima como una marea caliente y levanta un nudo que ni siquiera sabía que tenía escondido debajo de las costillas. Se me humedecen los ojos tras los párpados cerrados y, de pronto, algo se suelta dentro de mí.
Cuando el último eco se disuelve en el rumor de la cascada, nadie dice nada durante un buen rato. Hasta que Valeria ronca, y se me escapa una carcajada.
—¿Te has dormido? —le pregunta Clara, incorporándose sobre un codo con la boca abierta.
—¿Yo? —Valeria abre un ojo, ofendidísima, y se lleva una mano al pecho—. Estaba en otro plano astral.
—En el plano astral de la siesta —sentencia Marta sin molestarse en abrir los ojos.
El baño de flores nos espera en una terraza privada, al otro lado del pabellón, suspendida sobre la selva como un balcón al vacío.
Es una bañera enorme de piedra volcánica, excavada casi a ras de suelo y tan ancha que cabrían seis personas sin rozarse.
El agua burbujea bajo una alfombra de pétalos que la cubre por completo: frangipani blanco y amarillo, rosas de un rojo casi negro, flores de hibisco anaranjadas y jazmín menudo como confeti.
Flotan tan apretados unos contra otros que es imposible ver el agua.
Putu vierte unas gotas de aceite de una botellita de cristal ámbar y el vapor se impregna de un perfume dulce y denso que se te pega a la piel y a la garganta.
Ylang-ylang 47 . Esta vez lo adivino yo antes que Marta, y se lo hago saber con una mirada triunfal que ella encaja con un resoplido.
Después, Putu deja sobre una bandeja de madera cuatro vasos de jamu, esa bebida de cúrcuma, jengibre y tamarindo que Wayan jura que lo cura todo, desde la resaca hasta el mal de amores.
Nos quitamos los albornoces, nos quedamos en bikini y nos metemos en el agua entre suspiros de placer.
Nos acomodamos en círculo, con los chorros masajeándonos los riñones y el cielo empezando a teñirse de rosa entre las copas de los árboles.
Marta y Clara acaban sentadas una junto a la otra, tan cerca que sus hombros se rozan cada vez que el agua se agita.
Valeria me mira, alza las cejas con toda la intención del mundo y yo le hago un gesto mínimo con la cabeza para que no diga ni mu. Por una vez en su vida, me hace caso.
El silencio que se instala entre nosotras es cómodo, cálido como el agua, y me da el valor que no he tenido hasta ahora para abrirles el corazón de par en par y confesarles cómo me siento de verdad.
—Tengo miedo, chicas —digo al fin.
Las tres se vuelven hacia mí. Atrapo un pétalo de frangipani y lo hago girar entre los dedos para no tener que mirarlas.
—Ya sabéis que las cosas con Valentina han mejorado, pero sigo aterrada.
—Busco las palabras y no consigo encontrarlas enteras—.
Tengo miedo de volver a tirarme a la piscina sin comprobar si hay agua y partirme la crisma.
Lo hago siempre. Pak Nyoman tenía razón: me paso el día mirando al suelo para no caerme… y aun así acabo cayendo.
Valeria se incorpora un poco. Los pétalos se le quedan pegados a los hombros y también al chupetón que tiene en el cuello, que con el vapor ha salido a la luz en todo su esplendor.
—Mírame, Sofía.
La miro.
—Tú eres así. Vas con todo y sin medias tintas, y eso no es ningún defecto, es lo mejor que tienes. —Se le marca el acento, como siempre que algo le importa de verdad—. Y si esta vez las cosas vuelven a torcerse, aquí estaremos nosotras para curarte el chichón. ¿O no, niñas?
—¡Eso ni lo dudes! —exclama Clara.
—Yo tengo un cristal de cuarzo rosa para después del golpe —añade Marta, muy seria.
Me echo a reír, y con la risa se me afloja un poco más el nudo del pecho.
—Además, estoy segura de que esta vez será diferente —continúa Clara, con la vista fija en el hibisco que flota delante de ella—. Valentina te mira como si fueras la última croqueta del plato.
Valeria alza su vaso de jamu, de un color a medio camino entre el naranja fosforito y la yema de huevo.
—Por las que tienen miedo y se lanzan a por todo.
—¡Por las que tienen miedo! —coreamos las tres.
Chocamos los vasos, bebemos, y las cuatro ponemos exactamente la misma cara de asco.
—¡Esto sabe a tierra con jengibre! —protesta Clara, sacando la lengua.
—Esto sabe a castigo divino —remata Valeria, escupiendo un poco por encima del borde—. Illo, que alguien se lo diga a Wayan: el mal de amores te lo cura, sí, pero porque te quita las ganas de vivir.
Nos reímos tanto que los pétalos se desbordan de la bañera y caen al suelo de piedra como una lluvia de colores.
Justo entonces, sobre la bandeja de madera, se ilumina la pantalla del móvil de Valeria. Lo coge con la mano mojada, lo mira y le cambia la cara. Es apenas un instante, un parpadeo, y enseguida vuelve a sonreír. Pero la conozco demasiado bien, y esa es la sonrisa que pone cuando ocurre algo grave.
—Me tengo que ir —anuncia, y sale del agua demasiado deprisa, con los pétalos resbalándole por las piernas.
—¿Ya? —Clara frunce el ceño—. Si todavía nos queda media hora.
—Es Aitana. Que… se ha dejado la llave dentro de la villa y no puede entrar.
Las tres nos quedamos calladas.
—¿Y por qué no acude a los de recepción para que le hagan una copia? —pregunto sin saber por qué tanta prisa.
Valeria se ciñe el albornoz con un nudo feroz y evita mirarme.
—Al parecer no pueden hacer tantas copias. Bueno, disfrutad.
Me lanza un beso con la mano, se calza las chanclas al revés y desaparece por el sendero de piedra casi al trote, dejándome la inquietante sensación de que hay algo que no va nada bien.