¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 38
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Capítulo 38

Aitana

Llevo más de tres horas intentando hablar con Héctor y, en todo este tiempo, la única voz que he conseguido escuchar al otro lado de la línea ha sido la de Irene, su secretaria, cada vez más amable y cada vez más inútil.

«Está reunido». «Acaba de salir». «Le dejo el recado».

Me sé el repertorio de memoria, porque es exactamente el mismo que utilizo yo cuando no quiero ponerme al teléfono.

A las cuatro, harta de mirar la pantalla como si pudiera encenderse por pura fuerza de voluntad, le escribí a Valeria que necesitaba hablar con ella.

Sin embargo, en cuanto pulsé el botón de «enviar», me di cuenta de que en realidad no tenía nada concreto que contarle.

Solo una sensación, una intuición incómoda que se me quedó clavada en la cabeza, y también en el esternón, desde que vi a Damian aparecer por la cafetería esta mañana.

En mi resort, que mi sexto sentido se pusiera en alerta sería motivo más que suficiente para abrir un expediente; aquí, a trece mil kilómetros de casa y en plenas vacaciones, no soy más que una mujer aburrida que se dedica a buscar problemas donde, en teoría, solo debería haber piscinas y cócteles con frutas.

Así que, aprovechando que Valentina está con Wayan repasando los últimos detalles del menú de la gala, decido hacerle una visita a Damian y presentarme formalmente como quien soy: la directora del Paraíso Azul de Benidorm.

Cuando llego a su despacho, me recibe su secretaria, una chica menuda con una orquídea prendida en el pelo y unos ojos grandes que me escanean de arriba abajo en menos de un segundo.

Me pregunta, con una cortesía exquisita, si tengo cita.

Yo le dedico la misma sonrisa que reservo para quienes me interrumpen en plena reunión: amplia, cálida y absolutamente innegociable.

—Dígale que Aitana Robles, la directora del Paraíso Azul de Benidorm, pasaba por aquí y le apetecía conocer a un compañero de la casa. —Hago una pausa estudiada—. Y que solo le robaré diez minutos.

La chica desaparece tras la puerta y no tarda ni treinta segundos en volver. Tampoco me sorprende. Nadie en esta cadena le dice que no a una directora con la que Héctor no solo mantiene una estrecha amistad, sino a la que considera casi una hija.

Damian me espera de pie, con la mano ya tendida y esa sonrisa de anuncio de dentífrico que debe de haber ensayado frente al espejo durante años.

Se ha quitado la americana que llevaba por la mañana y luce una camisa blanca remangada hasta los codos, que deja a la vista unos antebrazos bronceados y un reloj de acero que, calculo, cuesta lo mismo que mi coche.

—Aitana. —Su apretón es firme, quizá demasiado, como el de alguien que quiere dejar claro quién manda desde el primer contacto—.

Siento que las presentaciones hayan llegado tan tarde.

Hace unos días, la situación… —Deja la frase en el aire y hace un gesto vago con la mano, como si el resto se explicara solo—. Héctor me ha hablado mucho de ti.

—Seguro que no te ha contado nada bueno.

—Al contrario. Asegura que eres la única persona de la compañía a la que es incapaz de llevarle la contraria.

—Héctor exagera. —Me encojo de hombros con fingida humildad—. Pero no voy a mentirte: tengo mis propias armas.

Suelta una carcajada. Me indica una de las dos butacas que hay frente al escritorio y él ocupa su sitio al otro lado, en un sillón de cuero oscuro que cruje en cuanto se recuesta. A su espalda, un enorme ventanal enmarca la selva y el cielo de media tarde, que empieza a teñirse de un dorado meloso.

Mientras me ofrece agua, té, café o lo que yo quiera, recorro el despacho con la mirada.

Lo rechazo todo con una sonrisa. No es la primera vez que piso esta habitación: estuve aquí la tarde en que Sofía los sorprendió a él y a Valentina besándose.

Pero esta vez me tomo mi tiempo para estudiarlo todo con calma: ni una sola fotografía personal, ni un recuerdo familiar, ni un dibujo infantil pegado con celo.

Solo unos trofeos de cristal alineados en una estantería y un pájaro de madera tallada con las alas a medio abrir, detenido para siempre en el instante previo a echar a volar.

Un hombre que no tiene nada que enseñar, pero sí muchas cosas que demostrar.

—Este lugar es precioso —comento, y señalo el ventanal con un leve movimiento de barbilla—. Entiendo por qué Héctor ha elegido este resort para la gala.

Veo cómo se le relajan los hombros, cómo se le ensancha la sonrisa y cómo saborea mis halagos igual que un gato al que acarician a contrapelo y aun así ronronea.

—No es por presumir —arranca, que es exactamente lo que dice cualquiera justo antes de presumir—, pero no tenía muchas alternativas.

Ocupación media del noventa y dos por ciento, la mejor valoración de huéspedes de toda la cadena en Asia y dos premios internacionales el año pasado.

—Señala los trofeos con un gesto desdeñoso, sin molestarse en mirarlos, como si fueran tan evidentes que no mereciera la pena—.

Benidorm es muy bonito, no me malinterpretes. Pero esto juega en otra liga.

—Claro. —Cruzo las piernas y me acomodo contra el reposabrazos—. Benidorm es más… de playa.

—Exacto. Más de playa.

No se da cuenta de que me estoy riendo de él. Perfecto. Los hombres que no captan la ironía suelen tampoco captar las amenazas hasta que ya es demasiado tarde.

—Esta mañana te he visto en la cafetería —continúo con el tono más casual del que soy capaz, mientras deslizo los dedos por el trenzado del ratán—. Con dos señores muy elegantes. ¿Inversores?

Duda. Es un titubeo mínimo, apenas perceptible, pero lo veo. Se le escapan los ojos hacia la carpeta cerrada que descansa sobre el escritorio y regresan a mí enseguida, como un niño pillado con la mano en el tarro de las galletas.

—Un grupo de Singapur. Están interesados en la expansión de la cadena por el sudeste asiático. Vendrán a la gala, y Héctor quiere que se lleven una buena impresión.

—Y seguro que se la llevarán. —Sonrío—. Sobre todo con Valentina como imagen. Tiene ese efecto en la gente.

Otra vez el gesto. En esta ocasión se lleva la mano al puño de la camisa y lo recoloca, aunque no lo necesita en absoluto. Los hombres como Damian tienen el cuerpo lleno de pequeñas alarmas y ni siquiera saben que suenan.

—Valentina es extraordinaria —admite, y la voz se le vuelve más grave, más aterciopelada—. Organizada, brillante, con un criterio impecable. Llevo dos años dirigiendo esto y nunca había trabajado tan a gusto con nadie.

—Qué pena que se marche dentro de unos días.

Lo dejo caer así, como quien comenta que mañana va a llover. Y espero.

Damian sonríe. Se inclina hacia delante, apoya los antebrazos sobre el escritorio y entrelaza los dedos con parsimonia. Tiene la expresión de un hombre a punto de compartir un secreto con alguien a quien pretende impresionar.

—Eso está por ver.

—¿Ah, sí? —Arqueo una ceja.

—El puesto de subdirector lleva vacante desde marzo.

Necesito a alguien que conozca la cadena por dentro, que entienda de gastronomía, de calidad, de imagen.

—Se encoge de hombros con una falsa modestia que no se cree ni él—.

Se lo propuse a Héctor ayer. Le pareció una idea excelente, y me aseguró que hablaría con ella a lo largo de estos días.

Me quedo muy quieta. Noto el calor trepándome por el cuello, pero no le permito alcanzarme la cara. Llevo media vida sentándome en reuniones de dirección rodeada de hombres que se creen más listos que yo, y he aprendido que el enfado se sirve frío o no se sirve.

—Y a Valentina —pronuncio despacio, saboreando cada palabra—, ¿se lo has propuesto a ella?

Parpadea, desconcertado.

—Todavía no. Quería tenerlo atado antes.

—Atado —repito.

—Es una forma de hablar.

—No, Damian. —Descruzo las piernas y me incorporo en la butaca—. Es exactamente lo que es.

Algo cambia en el ambiente del despacho, como cuando la presión del aire baja justo antes de una tormenta. Damian se echa hacia atrás y el cuero vuelve a crujir bajo su peso. La sonrisa sigue en su sitio, pero ahora solo le alcanza la mitad de la cara.

—No sé qué insinúas.

—No insinúo nada. Lo afirmo. —Apoyo las manos sobre las rodillas—.

Has ido a hablar con el jefe de Valentina, a sus espaldas, para ofrecerle un puesto que ella no ha pedido, en un país en el que ella no ha dicho que quiera quedarse, con el único propósito de tenerla cerca. De tenerla a tu lado todos los días.

—Es una oportunidad profesional. Cualquiera la aceptaría.

—Valentina no es cualquiera.

—Eso ya lo sé. —Se le endurece la mandíbula—. Por eso la quiero en mi equipo.

—No. La quieres en tu equipo porque te atrae.

Silencio. Observo cómo palidece y cómo, un segundo después, se recompone con una risa corta y seca.

—Veo que lo sabes todo.

—Absolutamente todo. —Le sostengo la mirada sin pestañear—. Incluso las cosas que preferiría no saber.

—Entonces también sabrás que yo no la obligué y que fue ella quien aceptó mi acercamiento.

—Lo sé. Y también sé que te dijo que estaba centrada en otra persona, y que tú le respondiste que, si algún día decidía cruzar esa puerta, estarías esperando.

Qué romántico. —Ladeo la cabeza—. El problema es que no esperaste, la impaciencia pudo contigo y, igual que la besaste a pesar de sus sentimientos por Sofía, has hecho una llamadita y le has construido un mundo nuevo sin molestarte en preguntar si quiere vivir en él.

Se levanta. Rodea el escritorio y se apoya en el borde, frente a mí, con los brazos cruzados sobre el pecho. Es alto, y lo sabe, e intenta usar su envergadura para intimidarme. Qué poco me conoce.

—Mira, Aitana. —Baja la voz y adopta un tono paternal, que es lo peor que podía hacer—. Con todos mis respetos, esto no es asunto tuyo. Es una decisión entre Héctor, Valentina y yo.

—Te equivocas en dos cosas. —Levanto un dedo—.

La primera: es una decisión de Valentina.

Solo de Valentina. Ni de Héctor, ni tuya, ni mía.

—Levanto el segundo—. La segunda: en el momento en que has decidido mover su ficha sin consultarle, lo has convertido en asunto mío.

Porque es mi amiga. Y porque a mí, a diferencia de a ti, sí me ha contado lo que quiere hacer con su vida.

Algo se le enciende en la mirada. Curiosidad. Y, por debajo, una punzada de celos que no consigue disimular.

—¿Y qué quiere hacer?

—Eso te lo dirá ella, si le da la gana.

Por fin me pongo en pie, sin prisa. Me aliso la falda del vestido con las palmas y recojo el bolso de la butaca. Quedamos a un palmo de distancia, tan cerca que percibo el aroma caro y amaderado de su colonia.

—Voy a dejarte algo claro, porque tengo la sensación de que nadie lo ha hecho en mucho tiempo.

—Lo miro directamente a los ojos—. Valentina es libre de elegir dónde, en qué ciudad y en qué país quiere trabajar.

Y, sobre todo, es libre de elegir con quién se mete en la cama.

Y ahora mismo, querido, en ninguna de esas dos cosas entras tú.

Se le tensa un músculo en la mejilla, pero no replica.

—Tienes un resort precioso —añado desde la puerta, con la mano ya sobre el pomo—. De verdad. Juega en otra liga. Pero en la mía, a las personas no se las asciende para quedárselas como un simple trofeo más de la estantería.

Al salir, la secretaria levanta la vista de la pantalla y la baja de inmediato, como si hubiera oído bastante más de lo que le habría gustado.

Recorro el pasillo con la espalda recta y los tacones marcando un ritmo firme sobre el suelo pulido.

No aflojo el paso hasta que atravieso el vestíbulo de recepción, bajo los tres escalones de piedra y salgo al jardín, donde el calor húmedo de la tarde me cae encima y el perfume dulzón de las flores me envuelve.

Solo entonces me doy cuenta de que me tiemblan las manos.

Respiro hondo, una, dos veces, hasta que el pulso deja de martillearme en las sienes. Después saco el móvil, abro el chat que tengo con Valeria y comienzo a escribir:

Aitana : Damian pretende que Valentina se quede a trabajar de manera fija en Bali. Ya ha hablado con Héctor y dudo mucho que se haya negado. Tengo que llamar al jefe y hacerle saber que Valentina tiene otros planes de futuro antes de que la trasladen y ya no haya nada que hacer.

Pulso «enviar» y echo a andar hacia mi villa mientras vuelvo a marcar el número del despacho de Héctor, rogando en silencio que, esta vez, Irene sí pueda pasarme con él.