Capítulo 37
Valeria
Lo de las fuentes fue precioso, eso no lo discuto.
Un estanque de piedra cubierta de musgo, con carpas naranjas que se deslizaban entre las raíces como si fueran de seda, y una hilera de caños tallados con cabezas de dragón que escupían un agua tan helada que cortaba la respiración.
Había que ir pasando de uno en uno, con el sarong empapado pegado a los muslos y los pies resbalando sobre el fondo de piedra, inclinar la cabeza bajo cada chorro y pedir algo por dentro, en silencio, como quien lanza una moneda a una fuente.
Marta recitaba no sé qué en sánscrito con una devoción que daba hasta envidia.
Sofía tenía los ojos cerrados y una expresión de paz tan absoluta que daban ganas de enmarcarla y colgarla en el salón.
Clara resoplaba a cada caño como si la estuvieran bautizando a la fuerza, con los hombros encogidos y cara de gato mojado.
Después vino el restaurante, escondido entre helechos gigantes y con unas mesas de madera que parecían brotar del suelo, y en el que probé una comida que ha resultado ser lo mejor que me he llevado a la boca en toda la semana.
A excepción de Aitana, claro. Y con perdón de Sofía, que me observaba mojar pan con una mezcla de reproche profesional y celos culinarios, como si le estuviera poniendo los cuernos a su cocina delante de sus narices.
Y ahora estamos aquí.
La casa del sanador se esconde al final de un camino de tierra roja, detrás de una puerta de piedra tallada tan estrecha que hay que entrar de lado, conteniendo la respiración y rezando para que la comida no te juegue una mala pasada.
Dentro nos recibe un patio de tierra, un gallo con muy mala leche que nos observa desde lo alto de un muro como si fuera el portero de una discoteca, y un pabellón de madera levantado sobre pilotes, con el techo de paja y el suelo cubierto de esteras que crujen al pisarlas.
Por todas partes hay pequeñas ofrendas de hoja de palma con flores, granos de arroz y una varita de incienso que se consume y suelta un humo dulzón que ya llevo pegado a la ropa, al pelo y, probablemente, al alma.
En una esquina, un altar de piedra gris luce una tela de cuadros blancos y negros atada a la cintura, como si fuera una persona que se hubiera quedado dormida de pie hace siglos.
El sanador se llama Pak 46 Nyoman y tiene una edad que no sabría calcular: entre ochenta y trescientos años, más o menos.
Es menudo, de piel oscura y curtida, con un pañuelo blanco anudado en la cabeza y unos pies descalzos llenos de surcos, como la tierra de los arrozales que llevamos toda la mañana cruzando.
Sonríe con cuatro dientes y unos ojos negros tan vivos, tan penetrantes, que me revuelvo en la estera sin saber muy bien por qué, igual que cuando de pequeña mi madre me miraba y ya sabía que me había comido las galletas antes de que yo abriera la boca.
A su lado está su nieto, Wira, un chaval de unos veinte años con una camiseta del Barça que nos va traduciendo al inglés. Y aunque todas nos defendemos de sobra en ese idioma, Clara decide erigirse en nuestra traductora personal, supongo que porque necesita estar ocupada en algo.
—Dice que no tengáis miedo —traduce Clara—, que solo va a mirar.
—Illo, a mí me mira un señor con esos ojos y le confieso hasta las putadillas que le hacíamos a mi tutor en el instituto —le susurro a Sofía, tapándome la boca con la mano.
Sofía me clava un codazo en las costillas y se muerde el labio para no soltar una carcajada. Marta, sentada con las piernas cruzadas y la espalda tan recta como si llevara una tabla de planchar debajo de la camiseta, nos lanza una mirada de reprobación por encima del hombro.
—Un poco de respeto, Valeria.
—Si yo lo respeto muchísimo —me defiendo, llevándome la mano al pecho con solemnidad—. Es el gallo el que me preocupa.
Pak Nyoman da una palmada suave. Todas enmudecemos a la vez, como en el colegio cuando entraba la directora.
El anciano moja los dedos en un cuenco de agua con pétalos, nos salpica una a una en la frente y murmura algo largo, cantado, que se mezcla con el zumbido incansable de las cigarras hasta que ya no sé dónde termina su voz y dónde empieza la selva.
Luego nos indica con un gesto que nos sentemos en círculo delante de él.
Empieza por Clara.
Le toma la mano derecha entre las suyas y la sostiene como quien sujeta un pájaro herido.
Cierra los ojos. Le recorre la palma con el pulgar, sube hasta la muñeca y se detiene allí, como si escuchara algo que el resto no podemos oír.
Después desciende hasta el pie descalzo de Clara y presiona un punto justo debajo de los dedos.
Clara da tal respingo que casi sale disparada de la estera.
—¡Hostia!
— Language —la reprende Wira muy serio, y a Marta se le escapa una risa que intenta disimular con una tos nada convincente.
El anciano no la suelta. Aprieta un poco más, habla despacio, sin apartar la mirada de ella. Wira escucha con atención, asiente un par de veces y se vuelve hacia nosotras.
—Mi abuelo dice que… hay una herida. Vieja. Todavía abierta aquí. —Se toca el pecho con dos dedos—. Alguien causó dolor, y el dolor sigue vivo en el interior.
Clara no traduce. Se queda callada, con la mandíbula tan apretada que le marca un músculo en la mejilla.
No hace falta que nadie pronuncie el nombre de Lucía.
Está ahí, sentado con nosotras en la estera, entre Clara y Marta, ocupando ese hueco de un palmo que las separa y que ninguna de las dos se atreve a cruzar.
Pak Nyoman vuelve a hablar. Esta vez sonríe.
—Pero él ve… un cambio. Que se acerca. —Wira dibuja un arco lento en el aire con la mano—. Algo gira. El camino toma otra dirección. No es malo. Es diferente.
—Un cambio —traduce Clara por fin, con la voz un poco ronca, como si le costara sacarla del fondo de la garganta—. Que viene algo distinto.
A pesar de lo que pasó después de la sesión de yoga, sé que el asunto de Lucía sigue ahí, agazapado, y que de alguna forma siempre lo estará.
Marta la observa de reojo, con los dedos entrelazados sobre el regazo, y yo me descubro conteniendo el aliento como si estuviera viendo el final de una película y no me atreviera ni a coger una palomita.
Después le llega el turno a Sofía.
Le tiende la mano con timidez, casi con miedo, como una niña a la que van a ponerle una vacuna.
Pak Nyoman la toma con muchísimo cuidado y le acaricia la piel con una calma infinita.
Esta vez tarda más. Mucho más. El humo del incienso sube recto, sin una sola ondulación.
El gallo, por una vez en su vida, se calla.
—Dice… que tu corazón es un pájaro que quiere volar —traduce Wira—. Pero mira hacia abajo. Siempre mira hacia abajo. Teme caer de nuevo. El mismo lugar. La misma piedra.
Sofía traga saliva. La veo parpadear muy deprisa, con la vista clavada en la estera, y noto cómo se le tensan los hombros bajo la camiseta.
—Dice que tienes miedo de volver a tropezar —le explico en voz baja, porque Clara se ha quedado sin voz y alguien tiene que hacerlo—. Con la misma piedra.
—Ya —musita Sofía—. Ya lo sé.
El anciano añade algo más y le da dos golpecitos suaves en el dorso de la mano, como haría un abuelo con su nieta favorita.
—Y dice… que tu corazón sabe lo que quiere. —Wira se golpea el pecho varias veces con el puño—. Que no tengas miedo.
Sofía está enamorada hasta las trancas, eso lo sabemos todas, pero yo sé también que el miedo a que Valentina se marche, a que vuelva a esfumarse como hizo aquella mañana, sigue latiendo en su interior.
Sofía se enjuga la mejilla con el dorso de la muñeca y suelta una risa temblorosa.
—Pues menos mal que no me ha leído la mano izquierda.
Nos echamos a reír las cuatro. Por nervios, por alivio y porque, si no nos reímos, vamos a acabar llorando todas a moco tendido delante de un señor de trescientos años y un gallo.
Llega el turno de Marta, que se incorpora con decisión y le ofrece al sanador las dos manos con las palmas hacia arriba, como quien hace una ofrenda. Pak Nyoman las toma, cierra los ojos y, casi al instante, sonríe con sus cuatro dientes.
Pronuncia una sola frase. Corta.
Wira sonríe también.
—Dice que tienes luz. Aquí. —Se señala los ojos—. La luz de la buena gente. Bondad. A veces brilla demasiado. Los demás la ven desde lejos.
Marta se queda muy quieta y le tiembla la barbilla. Es la primera vez en toda la semana que no encuentra una frase con la que rellenar un silencio, y eso, conociéndola, es casi un milagro.
—Y a veces —añade Wira, atento a su abuelo— se acercan a la luz las personas equivocadas. Como… —Agita los dedos en el aire, imitando un revoloteo—. Como insectos por la noche.
Entonces Pak Nyoman se vuelve hacia mí y yo levanto las manos como si me estuvieran atracando.
—No, no, mire usted, yo estoy bien, de verdad. Yo he venido de acompañante.
Wira se ríe. El anciano no me toca. Se limita a mirarme durante un rato largo, con la cabeza ladeada, como si estuviera leyendo algo escrito en mi frente con letra muy pequeña.
Luego me señala a mí, después a Sofía, a Clara y a Marta, una por una, y junta los dedos de ambas manos en un solo puño. Dice algo breve.
—Dice que tú no lo necesitas —traduce Wira—. Tú eres el… ¿cómo se dice?… el techo. La casa. Tú las sostienes.
Y ahí me pilla, porque las miro. A Clara, con los ojos enrojecidos y la mano de Marta entre los dedos.
A Marta, que sonríe mientras llora, algo que solo sabe hacer ella.
A Sofía, con el miedo a volver a equivocarse con Valentina escrito en cada rincón de la cara.
Y pienso en todos los veranos que hemos pasado juntas, en las noches de mojitos en La Ola, en nuestras salidas locas a la discoteca, en las tardes de chismes, en las fiestas de pijama y en los cumpleaños con tartas deformes.
En lo que me costó dejar Cádiz y en lo poco que tardaron estas tres en convertirse en todo lo que dejé allí.
No son mis amigas. Son mi familia. La que elegí yo.
—Qué pesaíto el señor, ¿eh? —suelto, con la voz rota—. Mira cómo nos ha dejao a todas.
Nos abrazamos las cuatro a la vez, torpemente, con las rodillas clavadas en las esteras y el incienso picándonos en los ojos, mientras Pak Nyoman nos bendice con otro chorrito de agua de pétalos y el gallo vuelve a cantar a destiempo, como si se empeñara en ponerle banda sonora al momento.
Al salir, Wira nos anuda a cada una en la muñeca un hilo de algodón blanco, rojo y negro. Nos explica que no hay que quitárselo hasta que se caiga solo. Clara y Marta salen al camino de tierra roja sin soltarse la mano. Sofía se rezaga un paso para quedarse conmigo.
—¿Tú crees en estas cosas? —me pregunta, acariciando el hilo con la yema del dedo.
—Yo creo en ti —le respondo—. Y en que, como la inspectora te vuelva a hacer daño, le hago yo una limpieza espiritual con la chancla.
Sofía se ríe y apoya la cabeza en mi hombro durante tres pasos.
Made nos espera con el coche a la sombra de un árbol cuajado de flores amarillas. Son casi las cuatro. A las cinco tenemos el spa, los gongs, los cuencos tibetanos y un baño de pétalos que, según Marta, «nos va a realinear los chakras». Yo me conformo con que me realinee la digestión.
Soy la última en subir y, justo antes de cerrar la puerta, el móvil me vibra en el bolsillo del pantalón.
Es Aitana.
Aitana: Cuando vuelvas, necesito hablar contigo. No es nada grave. O eso creo. Y no le digas nada a Sofía.
Me quedo mirando la pantalla mientras el coche arranca y el camino de tierra roja se aleja por la ventanilla trasera. Me pregunto qué será eso que Aitana quiere contarme y por qué, con el hilo recién atado todavía apretándome la muñeca, tengo la sensación de que no va a ser nada bueno.