¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 36
65%

Capítulo 36

Aitana

Hay que reconocerle a Héctor un talento especial para elegir dónde levantar cada uno de los resorts de la cadena.

El Paraíso Azul de Benidorm es mar, luz blanca y piscinas de ensueño.

Este es selva, sombra, naturaleza y silencio.

No se parecen en nada y, aun así, los dos consiguen lo mismo: que te olvides de que ahí fuera existe un mundo con prisas, correos urgentes y gente que no sabe lo que quiere.

Desde mi mesa, la tierra se desploma en terrazas de arrozales hacia el cauce del Ayung, que a estas horas es una cinta verdosa medio escondida entre palmeras y helechos gigantes.

Me han contado que, al amanecer, la niebla sube desde el río como el vapor de una olla y que el sol la va deshilachando poco a poco hasta dejar el valle limpio y brillante.

Yo todavía no he tenido el gusto de presenciar ese espectáculo, sobre todo porque a esa hora estoy ocupada, muy ocupada, con un asunto bastante andaluz y caótico entre las sábanas de mi cama. Y no pienso disculparme por ello.

La cafetería del resort ocupa un anexo del restaurante principal.

Es una plataforma de madera oscura suspendida sobre la ladera, sin más paredes que unas columnas de piedra volcánica y una celosía de bambú por la que trepa una buganvilla fucsia tan exuberante que parece a punto de devorarlo todo.

El aire huele a café recién hecho, a fruta y a esa humedad que aquí lo impregna todo, desde la ropa hasta los pensamientos.

Remuevo el café con leche de coco que me ha recomendado el camarero, un chico muy joven que sonríe como si le pagaran por enseñar cada uno de sus dientes.

Con la otra mano sujeto el móvil y reviso, aunque esté de vacaciones forzosas, los correos que me llegaron ayer desde Madrid.

Le pedí a Irene, la secretaria de Héctor, que nos incluyera también en la lista de invitados de la gala y, por supuesto, el jefe no puso pegas a nada.

Héctor nunca pone pegas cuando sospecha que le conviene tenerme cerca.

Cuando levanto la vista de la pantalla, veo aparecer a Valentina por el sendero de piedra.

Lleva el pelo negro trenzado y recogido en un moño tan tirante sobre la coronilla que le estira los pómulos, una camisa blanca semitransparente que deja entrever la ropa interior y unos shorts de lino negro que, como siempre, le hacen unas piernas que he envidiado, para bien, toda mi maldita existencia.

Camina sin prisa, con las gafas de sol colgadas del escote y ese contoneo despreocupado de quien no necesita comprobar si la miran porque sabe perfectamente que lo hacen.

Sonríe, y la sonrisa le ocupa toda la cara: se le escapa por el hoyuelo de la comisura y le enciende los ojos como si alguien hubiera abierto una ventana dentro de ellos. Conozco esa sonrisa, aunque hacía muchísimo tiempo que no se la veía.

—Buenos días —canturrea. Sí, canturrea. Y se deja caer en la silla de enfrente con un suspiro satisfecho.

—Qué maravilloso es saber que no soy la única que ha tenido un buen despertar —le suelto con una ironía que disimulo tras la servilleta con la que me limpio la comisura de los labios.

Frunce el ceño durante medio segundo y luego veo cómo se le tensa la mandíbula para contener la risa.

—No empecemos.

—Yo no he dicho nada. —Alzo las manos en señal de inocencia—. Solo estoy haciendo una pequeña observación.

El camarero se acerca y ella pide un café solo, doble y sin azúcar, con la misma precisión con la que dicta un informe de inspección.

Por lo menos algo sigue en su sitio. Cuando el chico se aleja, apoyo los codos en la mesa, entrelazo los dedos bajo la barbilla y la observo del mismo modo en que ella me observaba a mí mientras yo intentaba no atragantarme con los nervios que me provocaba todo lo que empezaba a sentir por Valeria.

—Bueno —arranco—, ¿me vas a contar cómo van las cosas entre Sofía y tú, o voy a tener que preguntárselo a ella directamente?

Valentina se echa hacia atrás en la silla y abre los brazos, como quien presenta una obra de arte en una subasta.

—Creo que mi cara debe de ser el reflejo de cómo me va todo, ¿no?

—A mí lo único que me dice tu cara es que has follado esta noche. —Hago una pausa mínima, muy profesional—. Bueno, tu cara y el brillo de tus ojos.

—¡Aitana, por favor!

Lo exclama tan alto que, en la mesa de al lado, una pareja levanta la vista de sus cuencos de fruta.

Valentina se hunde un centímetro en la silla.

Un rubor precioso le trepa desde el escote de la camisa hasta las orejas, y juro que en todos los años que hace que la conozco no recuerdo habérselas visto rojas ni una sola vez.

Me llevo la taza a los labios para esconder la sonrisa y fracaso estrepitosamente.

—Mírala. Ahora es ella la que se escandaliza.

—No me escandalizo —replica, y baja la voz hasta convertirla en un siseo—. Pero no hace falta que se entere medio resort.

—No, claro. El único que debería enterarse es Damian, que por lo visto es de esos que meten la nariz, y lo que no es la nariz, donde nadie los llama.

Valentina abre la boca para contestar, pero no llega a hacerlo porque, como si el universo tuviera un sentido del humor tan retorcido como el mío, Damian aparece en ese preciso instante por el arco que comunica la cafetería con el restaurante.

Traje gris claro sin corbata, el pelo todavía húmedo peinado hacia atrás y una carpeta bajo el brazo.

Tras él entran dos hombres con americana oscura que conversan en inglés, se ríen de algo y señalan hacia el río con esa satisfacción de quien ya está calculando metros cuadrados.

Damian recorre la terraza con la mirada y se detiene en nuestra mesa.

En Valentina, concretamente. Le dedica una sonrisa que puede significar muchas cosas y después sigue su camino sin volver la vista atrás.

Ella no se la devuelve; se limita a un leve gesto con la barbilla y baja los ojos hacia la taza que el camarero acaba de dejarle delante.

Yo estudio a Damian con detenimiento mientras se aleja. No me gusta la gente que sonríe así, como si tuviera el mundo en la palma de la mano y supiera exactamente cómo hacerlo girar.

—Parte de la culpa es mía, por estúpida —murmura Valentina cuando él ya está lo bastante lejos.

Remueve el café aunque no le ha echado azúcar, y la cucharilla tintinea contra la porcelana más de lo necesario—.

Pero ahora las cosas van bien. Todo está donde tiene que estar.

Y cuando termine la gala y volvamos a España, estará todavía mejor.

—Hablando de eso. —Le doy la vuelta al móvil y consulto la hora en la pantalla—.

Voy a llamar a Héctor dentro de unas horas.

Allí deben de ser… las cuatro y pico de la madrugada, y aunque Héctor presume de no dormir nunca, prefiero no comprobarlo.

—Levanto la vista hacia ella—. Sigue en pie lo que me comentaste, ¿verdad?

—Por supuesto. Sé que se va a llevar un disgusto. —Se lleva la taza a los labios—. Pero, al fin y al cabo, es mi vida, y creo que ya va siendo hora de que la dirija yo.

Me recuesto en la silla. Pienso en lo que le va a costar a Héctor perder a Valentina, «su chica estrella», como la llamó una vez: la cara bonita de la empresa, la única capaz de hacer temblar a un chef con estrella Michelin y, al mismo tiempo, conseguir que abran un restaurante solo para ella.

Sé que se negará. Conozco a Héctor lo suficiente para saber que le ofrecerá otro puesto o una subida de sueldo si con eso logra retenerla mucho más tiempo. Pero no voy a permitir que diga que no.

—Eso lo dices ahora, que no vives con Sofía. —Chasqueo la lengua—. Como llegue a pasar, acabarás aceptando geranios por todas partes. En el balcón, en la entrada, en el baño. Un día te despertarás con un geranio en la mesilla y pensarás que es lo más normal del mundo.

Espero la réplica mordaz, pero no llega. Valentina deja la taza en el platillo, pierde la mirada en el río y confiesa, sin adornos:

—Lo único que puedo aceptar ahora mismo es que estoy enamorada.

La confesión me pilla tan desprevenida que me quedo mirándola fijamente, con la cucharilla suspendida a medio camino.

—¿Qué? —pregunta, incómoda, y se lleva una mano a la nuca, a ese moño tirante, como si necesitara comprobar que sigue en su sitio.

—Que no te oía decir eso desde…

No termino la frase. No hace falta. El nombre de Sam lleva tres años sentado en todas nuestras mesas.

—Lo sé. —Valentina baja la mirada hacia sus manos. Tiene los nudillos pálidos de tanto apretar la servilleta—. Y créeme, el miedo no se me ha ido. Ni un poco. —Suelta una risa corta, sin gracia, que muere en cuanto nace—. Pero es eso o perderla. Y sería una idiota si lo permitiera.

Alza los ojos y, de pronto, se me forma un nudo en la garganta.

La he visto perderlo todo, levantarse y reconstruirse pieza a pieza hasta convertirse en la mujer que es hoy.

Y resulta que lo más valiente que le he visto hacer en todo este tiempo es confesarme que tiene miedo, pero que, aun así, elige seguir apostando por el amor.

Alargo la mano sobre el mantel y le aprieto los dedos. Solo un segundo, lo justo para que sepa que estoy aquí.

—Entonces espero que dejes de hacer el idiota —le digo.

—Esa es la idea.

Sonreímos a la vez. Levantamos las tazas casi al unísono y bebemos, como quien brinda sin necesidad de decirlo.

Por encima del borde de la taza distingo, al fondo de la terraza, a Damian desplegando algunos documentos delante de los dos hombres trajeados. Uno de ellos señala algo en el papel y luego, sin el menor disimulo, gira la cabeza hacia nuestra mesa. Hacia Valentina.

Dejo la taza en el plato y apunto una nota mental en esa agenda que nunca cierro: hablar con Damian. Porque si algo he aprendido dirigiendo un resort, es que cuando todo está por fin donde debe estar, siempre aparece alguien dispuesto a cambiar las cosas de sitio.