Capítulo 35
Sofía
Todavía llevo a Valentina pegada a la piel, y no es una forma de hablar.
Me recorre la nuca un cosquilleo extraño, justo en el hueco donde ella ha apoyado la cara durante toda la noche, y noto un peso fantasma en la cintura, en el lugar exacto donde descansaba su brazo cuando he abierto los ojos.
La mosquitera ondeaba con la brisa del amanecer, las sábanas estaban revueltas por todas partes, como si hubiera pasado un pequeño huracán por encima de la cama, y ella murmuraba algo ininteligible contra mi hombro, con esa voz pastosa y adorable de quien se niega a despertar.
Me he quedado un buen rato quieta, sin atreverme a moverme, escuchando su respiración.
Nadie me había advertido de que despertar abrazada a alguien pudiera ser tan bonito.
O quizá sí me lo advirtieron, y yo no quise creérmelo.
—Me parece que vamos a tener que cambiarle el apodo a la jefa de hielo, ¿eh? —le susurro con un guiño descarado mientras señalo su cuello con la barbilla.
Valeria se gira de golpe y se pone roja como un tomate.
—Tú calladita, que tienes una cara de haber dormido poco que no puedes con ella —replica, aunque la sonrisa la delata.
El Shala aparece al final del sendero como una promesa de calma.
Es una plataforma de madera clara suspendida sobre pilotes, abierta por los cuatro costados y cubierta por un tejado de bambú trenzado que filtra la luz de la mañana en franjas doradas.
Más allá de la barandilla, los arrozales descienden en terrazas hacia el valle, verdes y relucientes, y la bruma se enreda en las copas de las palmeras como un chal que alguien olvidó recoger.
Huele a hierba mojada, a incienso de sándalo y a tierra que todavía respira después de la noche.
Desde algún rincón invisible llega el tintineo de unas campanillas de viento y, más lejos, el croar perezoso de las ranas, que parecen resistirse a dar la jornada por empezada.
Marta ya está sentada en el centro de una esterilla color berenjena, con las piernas cruzadas, la espalda recta como un junco y los ojos cerrados.
Lleva un conjunto de licra lila con un sol bordado en la espalda y una cinta en el pelo a juego, y transmite una paz tan absoluta que dan ganas de pellizcarla para comprobar que es de verdad.
Clara está a un par de metros de ella. Un metro y medio exacto, calculo; ni un centímetro más cerca. Estira los brazos hacia el techo con cara de estar cumpliendo una condena y, en cuanto nos ve llegar, se le ilumina la expresión como si acabaran de rescatarla de una isla desierta.
—Por fin. Llevo diez minutos aquí y tengo la sensación de estar hablando con un mueble —susurra, señalando a Marta con un movimiento de cabeza.
—Te estoy oyendo, Clara —responde Marta, sin abrir los ojos ni mover un solo músculo de la cara.
—Pues contesta cuando te hable.
Desde la conversación que tuve con Clara, sé que no está enfadada con Marta, sino asustada por ella. Pero el miedo, casi siempre, se disfraza de mala leche, y basta con ver cómo aprieta la mandíbula para saber que eso es exactamente lo que le está pasando.
Por la escalera opuesta sube una mujer balinesa, menuda y descalza, con un sarong verde anudado a la cintura y el pelo recogido con una flor blanca. Tiene una sonrisa tan serena que parece llevar años sin borrársele de la cara.
— Om Swastiastu 43 —nos saluda, juntando las palmas a la altura del pecho—. Me llamo Komang. Hoy vamos a conectar el cuerpo, la respiración y el alma.
—Yo, con que no se me desmonte la cadera, me conformo —murmura Valeria mientras extiende su esterilla junto a la mía.
Komang golpea con suavidad un cuenco de latón y el sonido se expande por la plataforma, redondo y vibrante, hasta perderse entre los arrozales. Nos pide que nos sentemos, que cerremos los ojos y que sintamos cómo el aire entra por la nariz y desciende hasta el vientre con cada respiración.
Inspiro, y huele a sándalo. Espiro, y pienso en Valentina. Inspiro, y pienso en sus manos deslizándose despacio entre mis muslos. Espiro, y pienso en su voz ronca gimiendo mi nombre contra mi oído. Mi alma, desde luego, está conectada, aunque no precisamente con lo que Komang tiene en mente.
Abro un ojo con disimulo. Valeria tiene los dos abiertos de par en par y me observa con una sonrisilla culpable.
—Tú tampoco te concentras, ¿eh? —vocaliza sin emitir sonido.
Niego con la cabeza y tengo que morderme la mejilla por dentro para no soltar una carcajada, justo cuando Komang nos indica que nos pongamos en pie.
—Adho Mukha Svanasana —anuncia con dulzura—. El perro boca abajo.
Marta se transforma en un triángulo perfecto en menos de un segundo: talones en el suelo, espalda larga, cabeza relajada entre los brazos. Parece la ilustración de un manual.
Yo apoyo las manos, levanto el trasero hacia el techo y descubro que mis isquiotibiales son de piedra. Los talones se niegan en redondo a acercarse a la esterilla, los brazos me tiemblan como flanes y, con la cara a la altura de las rodillas, noto cómo la sangre se me agolpa en las mejillas.
—Pisha —jadea Valeria a mi izquierda—, esto no es un perro. Esto es un gato atropellado en la autovía.
Se me escapa una risa por la nariz y pierdo medio centímetro de altura.
—Sofía, respira —me indica Marta desde su triángulo impecable, con esa voz de meditación guiada que utiliza hasta para pedir la cuenta en un restaurante—. Imagina que tu columna es una cuerda que tira hacia el cielo.
—Mi columna es un espagueti recocido, Marta.
—Clara, los hombros lejos de las orejas —prosigue ella, imperturbable.
—Mis hombros están donde les da la gana estar —gruñe Clara, que ha convertido el perro en algo parecido a una mesa camilla con una pata coja.
Komang pasa a mi lado, me empuja las caderas hacia atrás con una suavidad sorprendente y, durante un instante milagroso, siento cómo se me estira la espalda de arriba abajo, vértebra a vértebra. Luego se aparta y todo regresa a su caos original.
—Vrksasana —continúa—. El árbol. Un pie sobre el muslo contrario. Las manos al cielo. Raíces fuertes.
Marta levanta la pierna, coloca la planta del pie en lo alto del muslo, junta las palmas sobre la cabeza y se queda inmóvil. Serena. Con el sol entrando por detrás y dibujándole un halo alrededor del pelo. Solo le falta que le broten hojas.
Yo consigo apoyar el pie en el tobillo contrario, y ya me parece un logro digno de celebración.
Lo subo hasta la rodilla y el mundo empieza a oscilar como si estuviera en la cubierta de un barco en plena tormenta.
Clavo la mirada en un punto fijo, tal y como Marta me enseñó una vez, y elijo una salamanquesa que está pegada a una de las vigas de bambú.
La salamanquesa me mira. Yo la miro. Aguantamos el pulso.
Ella parpadea primero y, justo en ese momento, sale disparada.
—¡Ay, que se mueve el punto fijo! —grito.
Me voy hacia un lado, braceo como si nadara a crol en el aire y me agarro a lo primero que encuentro, que resulta ser el brazo de Valeria. Valeria, que estaba haciendo el árbol más torcido de todo el sudeste asiático, da un saltito sobre un pie como un flamenco borracho.
—¡Suéltame, loca, que me arrastras!
—¡No puedo, que me caigo!
—¡Pues cáete tú sola, que para eso eres mayorcita!
Clara estalla en una carcajada tan fuerte que se le cierran los ojos. Hacía días que no la oía reírse así. El sonido rebota contra el tejado de bambú y espanta a dos pajarillos, que salen volando hacia los arrozales. Con el ataque de risa pierde el equilibrio y planta el pie en el suelo de golpe.
Komang no ha perdido la sonrisa ni un segundo. Nos observa con una paciencia infinita, casi con ternura, como quien contempla a unos cachorros intentando subir su primer escalón.
—Muy bien —dice, y lo dice completamente en serio, lo cual resulta todavía más gracioso—. Ahora, Bakasana. El cuervo.
Se agacha, apoya las manos en el suelo, coloca las rodillas sobre la parte posterior de los brazos y, con una delicadeza que desafía todas las leyes de la física, despega los dos pies.
Todo su cuerpo queda suspendido sobre las palmas.
Marta la imita sin esfuerzo y se queda flotando a un palmo de la esterilla, con los ojos entrecerrados de puro gusto.
Valeria, Clara y yo intercambiamos una mirada. Nadie dice nada. No hace falta.
—Yo no hago eso ni aunque me paguen en jamón —sentencia al fin Valeria.
—Venga, cobardes —nos anima Marta, todavía suspendida en el aire—. Es cuestión de confianza. Inclinaos hacia delante sin miedo a caer.
«Sin miedo a caer». Algo me pellizca por dentro al oírlo, porque esa frase me lleva directamente a Valentina y a esa puerta que he decidido volver a abrir para ella. Quizá el amor sea eso: inclinarse hacia delante sabiendo que puedes estamparte, y hacerlo igualmente.
Así que me agacho, apoyo las manos, clavo las rodillas en los brazos y me inclino hacia delante con toda la fe del mundo. Y durante un segundo glorioso, uno solo, los dos pies se me despegan del suelo.
—¡Estoy volando! —chillo.
Al segundo siguiente, mi nariz se estampa contra la esterilla.
No me hago daño, pero el ruido que suelto, una especie de graznido ahogado, es exactamente el de un cuervo.
Valeria se derrumba de lado presa de un ataque de risa y, al caer, golpea con el pie la botella de agua de Clara, que sale rodando por la madera.
Clara se lanza a por ella, resbala con el sudor de su propia esterilla y termina con medio cuerpo encima de la de Marta.
Marta, que seguía flotando como una deidad, recibe el impacto en el costado y se desploma sobre Clara con un «¡uf!» nada zen.
Las cuatro nos quedamos así: un amasijo de brazos, piernas, licra y carcajadas en mitad de un santuario de bambú, con los arrozales de fondo y una instructora balinesa que se tapa la boca con las dos manos para no echarse a reír.
Me duele el estómago. Se me saltan las lágrimas.
Valeria golpea la madera con la palma abierta y no le sale ni la voz, solo un pitido agudo de tetera a punto de hervir.
—Me he meado un poco —consigue articular al fin—. Te lo juro por mi madre, Sofía.
Eso nos remata.
Cuando por fin logro incorporarme, con la cara ardiendo de tanto reír y el pelo de punta, veo algo que me corta la risa en seco.
Marta se ha puesto de rodillas y le tiende la mano a Clara.
Clara se la queda mirando. Duda un segundo, apenas un parpadeo, y la acepta.
Marta tira de ella para ayudarla a levantarse, pero, cuando ya están las dos de pie, ninguna suelta la mano de la otra.
—Perdona —murmura Clara, tan bajito que la brisa casi se lleva sus palabras—. Por lo del otro día. No tenía ningún derecho a quitarte el teléfono, leer tus mensajes y pedirte explicaciones.
—No hay nada que perdonar —responde Marta con suavidad. Luego se le escapa una sonrisa traviesa—. Aunque tu energía de hoy es un desastre, que lo sepas.
—Y tu cinta del pelo es horrorosa, que lo sepas tú.
Se abrazan. Es un abrazo torpe, sudado y un poco ridículo, y justo por eso es perfecto.
Me doy cuenta de que el nudo que llevaba en el pecho desde que Clara apareció en mi villa se deshace sin hacer ruido.
Valeria me busca la mano desde el suelo y me la aprieta.
No decimos nada. Nos conocemos demasiado para necesitarlo.
Komang vuelve a golpear el cuenco de latón y el sonido vibra entre las cuatro, largo y limpio, poniendo el punto final a la sesión.
—Hoy no hemos hecho yoga —dice con su sonrisa inquebrantable—. Pero hemos abierto el corazón. Eso también es importante.
—Pues yo lo que necesito es un masaje —anuncia Valeria, incorporándose con un quejido de anciana—. Y un café con hielo del tamaño de mi cabeza.
Recogemos las esterillas entre risas que todavía se nos escapan a trompicones.
Abajo, el valle se ha desprendido de la bruma y los arrozales brillan como si alguien hubiera derramado un puñado de esmeraldas por la ladera.
El sol ya empieza a apretar y, mientras bajo la escalera, noto que el móvil me vibra en el bolsillo.
Valentina : Mi cama sigue oliendo a ti. No sé si voy a poder trabajar hoy.
Se me dibuja una sonrisa que no me cabe en la cara.
Releo el mensaje una vez, y luego otra, como si las palabras pudieran cambiar o desaparecer.
Y cuando por fin levanto la vista, tres pares de ojos están clavados en mí.
Clara, con las cejas arqueadas. Marta, con los brazos cruzados y la cabeza ladeada.
Valeria, con una sonrisa lenta y peligrosa.
—No me miréis así —murmuro, guardándome el móvil a toda prisa.
—¿Que no? —replica Valeria, enganchándose de mi brazo con una determinación que no admite réplica—. Me parece a mí que tú y yo, y estas dos, vamos a tener una conversación muy larga.