¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 34
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Capítulo 34

Valentina

Blue Paradise Bali, Ubud

La puerta de la villa todavía no ha terminado de cerrarse cuando Sofía ya me tiene acorralada contra ella.

La luna entra a raudales por los ventanales del salón y se derrama sobre el suelo de teca como leche tibia; más allá del cristal, la piscina tiembla salpicada de reflejos plateados y el rumor lejano del río se cuela por las rendijas como un eco de todo lo que acabamos de vivir.

Huele a los jazmines que el servicio de habitaciones deja cada tarde junto a la cama y, sobre todo, huele a ella: al incienso que se le ha quedado prendido en el pelo y a ese fondo dulce y embriagador de su piel que llevo toda la noche respirando como una adicta.

—Llevo tres horas queriendo hacer esto —susurra contra mis labios antes de devorarme la boca.

—¿Solo tres? —Le sujeto la cara entre las manos y me hundo en su tacto como quien se deja caer en agua caliente—. Yo llevo desde que te recogí.

Se ríe, y la risa se le quiebra en un gemido ronco en cuanto vuelvo a besarla.

Su boca me sabe a vino de arroz y a guindilla, a todo lo que ha ardido entre nosotras esta noche y a ese fuego salvaje que nos consumió a las dos desde el mismo instante en que nos conocimos.

En sus labios aún queda un rastro de ese carmín color cereza que me encendió la sangre cuando la vi aparecer en el umbral de su villa, y me lo como.

Me lo como entero, bebiéndome su aliento.

Sofía me empuja contra la madera, y cualquier pensamiento que no tenga que ver con la urgencia de su cuerpo se me escapa entre los dedos.

—El vestido —jadea, recorriéndome las caderas con las palmas abiertas—. Tu vestido blanco. No sabes lo que me ha costado no arrancártelo a tirones en el carrito.

—Qué poco respeto por el conductor.

—Lo habría entendido.

Lo dice tan convencida que suelto una carcajada.

Busco a tientas el cierre de su vestido y me encuentro con los tirantes cruzados, esa telaraña de lino fino que me ha tenido hipnotizada durante toda la cena.

Los recorro con la yema de los dedos, muy despacio, dibujándole un camino de fuego de un omóplato al otro, y siento cómo se estremece bajo mi tacto como si la hubiera rozado una corriente eléctrica.

Me gusta tanto ese temblor que repito el recorrido, esta vez clavándole un poco las uñas.

—Valentina… —protesta, y es la protesta más débil y ahogada que he oído en mi vida.

—¿Qué?

—Que no tengo paciencia.

—Lo sé. —Le atrapo el lóbulo de la oreja entre los dientes y tiro de él con suavidad—. Por eso lo hago.

Deshago el primer nudo. Después, el segundo.

El vestido le resbala por los hombros y se detiene un instante en la curva de las caderas, como si le diera pena marcharse, antes de caer rendido a sus pies.

Sofía se queda frente a mí con la luna recortándole la silueta, el pelo revuelto y los ojos en llamas, y yo tengo que apoyar la nuca en la puerta porque, de pronto, el aire se niega a entrarme en los pulmones.

La he visto desnuda antes, pero nunca con esta hambre voraz revolviéndoseme por dentro.

—No me mires así —murmura, cruzando los brazos sobre el pecho en un gesto que no tiene nada de pudor y todo de provocación.

—¿Así cómo?

—Como si fuera a desaparecer.

Es mi frase. La que yo le dije ayer de madrugada. Me la devuelve con una sonrisa torcida y entiendo que me está haciendo un regalo: la certeza de que esta vez ninguna de las dos va a salir corriendo.

—No vas a desaparecer —respondo, y la voz me sale más grave de lo que pretendía—. No pienso permitírtelo.

Me desabrocha el vestido con una lentitud exasperante, disfrutando de cada segundo como una niña que desenvuelve un regalo largamente esperado, y cuando la tela se desliza por mi piel, su mirada me recorre entera y me hace arder desde las entrañas.

Vuelve a acercarse y me asalta el cuello con los dientes y los labios.

Mi vestido se reúne con el suyo en el suelo y entre nosotras ya no queda nada salvo la humedad sofocante de la noche tropical y el calor abrasador que hemos ido acumulando durante horas.

La tomo de la mano y la arrastro hacia la cama.

La mosquitera blanca cuelga del dosel como una nube detenida en el aire, y las sábanas huelen a lavanda.

La tumbo sobre ellas; Sofía se incorpora sobre los codos y me observa mientras gateo sobre su cuerpo como una depredadora que ha acechado demasiado tiempo a su presa.

En sus ojos hay una mezcla de deseo salvaje y ternura que me encoge el pecho y me eriza la piel de pies a cabeza.

Empiezo por su boca, tragándome cada uno de sus gemidos.

Sigo por el cuello, donde el pulso le late tan deprisa que lo siento contra los labios como un pájaro atrapado.

Desciendo por la clavícula, por el esternón, saboreando esa piel más clara que la mía.

Me detengo en sus pechos y me tomo mi tiempo; los beso, los muerdo, los recorro con la lengua, hasta que Sofía me hunde los dedos en el pelo y arquea la espalda para pedirme más.

—Valentina… —suplica, ahogada de placer.

Continúo bajando y su vientre se contrae en pequeños espasmos bajo mi boca.

Sus muslos se abren para mí con una entrega absoluta y, cuando por fin llego a su sexo, cuando la acaricio con la lengua y la descubro empapada, el mundo entero se reduce a eso: a su sabor, salado, dulce y ardiente a la vez, como la lluvia cuando cae sobre el mar; a sus caderas, que me buscan con frenesí; a su respiración hecha pedazos; a sus manos, que abandonan mi pelo para buscar las mías sobre la sábana y apretarlas con una fuerza brutal.

Con los dedos entrelazados, como en la cocina.

Como si tuviera miedo de precipitarse al abismo.

No tengo prisa. Por primera vez en mi vida, no tengo ninguna prisa.

La escucho con todo el cuerpo. Aprendo qué la hace temblar y qué la hace gemir mi nombre, qué la tensa y qué la deshace bajo mis labios.

La llevo hasta el borde, la mantengo ahí, suspendida, hasta que su voz se convierte en algo que ya no son palabras, hasta que sus talones se clavan en el colchón y todo su cuerpo se arquea como una ola furiosa a punto de romper.

Sofía se deja ir contra mi boca con un gemido ahogado que retumba en la inmensidad de la noche.

La sujeto con firmeza mientras tiembla, sacudida por el placer, y no la suelto hasta que su respiración empieza a calmarse.

Solo entonces vuelvo a subir, sembrando besos ardientes en su ombligo, en su pecho y en su cuello, hasta quedar tumbada a su lado.

Tiene los ojos cerrados, una sonrisa bobalicona en los labios y las mejillas encendidas por la fiebre de la entrega.

—Creo que no me voy a cansar de esto nunca… —murmura sin abrir los ojos.

—Eso espero.

Entonces abre los ojos. Me mira. Y, con un movimiento felino que no veo venir, rueda sobre mí y se sienta a horcajadas sobre mis caderas, con las manos apoyadas en mi pecho y la mirada encendida de deseo.

—¿Qué haces? —pregunto, aunque la respuesta me arde ya en la piel.

—¿Tú qué crees, inspectora? —Se inclina hasta que su nariz roza la mía y me derrama el aliento caliente sobre los labios—.

Llevo toda la noche pensando en tu cuerpo, muerta de celos de ese vestido que tenía el privilegio de tocarte…

—Me besa con ferocidad la comisura de la boca, justo donde se me forma el hoyuelo cada vez que le sonrío—. Disfruta… mi amor…

Sofía nunca ha sido de medias tintas. Cocina con todo, discute con todo, llora con todo y ama con todo.

Me recorre con la boca, con las manos, con toda su piel resbaladiza de sudor pegada a la mía.

Me besa las muñecas, las costillas, la curva de la cadera, la pequeña cicatriz que tengo en el antebrazo y ese lunar escondido bajo el pecho que muy pocas personas conocen.

Y yo siento que algo estalla y se afloja dentro de mí, ese nudo viejo y oxidado que llevaba tres años apretado.

Cuando por fin desciende entre mis piernas, dejo de pensar.

No hay manera de describir lo que me hace sin quedarme corta.

Es lenta cuando yo le ruego rapidez y vorazmente rápida cuando ya no puedo más.

Me sujeta las caderas contra el colchón cada vez que intento moverme sin control.

Me mira desde abajo con esos ojos azules cargados de fuego, y verla observarme mientras me devora es lo más erótico que he vivido jamás.

Me aferro a la sábana, a cualquier cosa que encuentro a mi alcance, a su pelo.

Su nombre se me escapa de la garganta una vez, y otra, y otra, cada vez más alto, cada vez más roto por el éxtasis.

—Sofía… Sofía, voy a…

Me corro como nunca antes. El orgasmo me atraviesa desde el vientre hasta la punta de los dedos como una descarga eléctrica, largo, profundo, demoledor, y durante unos segundos no existe Madrid, ni el incendio que acabó con Sam, ni los hoteles de paso, ni las maletas rodando por los pasillos de los aeropuertos.

Solo existe esto. Ella. El calor asfixiante.

La humedad que nos empapa a las dos. Su sabor todavía en mi boca.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, Sofía está tendida sobre mí, con la mejilla apoyada en mi pecho, escuchando los latidos de mi corazón.

—Va muy deprisa —comenta con una sonrisa perezosa.

—Es culpa tuya.

La abrazo con tanta fuerza que protesta entre risas y, aun así, no la suelto.

Nos quedamos así un buen rato, enredadas en unas sábanas que ya no huelen a lavanda sino a nosotras, a sexo y a piel, mientras el ventilador del techo gira perezoso sobre nuestras cabezas y, fuera, las ranas y los grillos siguen con su concierto como si nada en el mundo hubiera cambiado.

Es ella quien vuelve a buscar mi boca con ansia.

Soy yo quien la gira y la pega a mi cuerpo, su espalda contra mi pecho, con la mano deslizándose entre sus piernas y los dedos hundiéndose en su humedad.

Esta vez no hay juego ni provocación: solo una necesidad visceral, casi desesperada.

Nos movemos juntas, piel con piel, sudor con sudor, sus caderas meciéndose contra las mías, mi boca perdida en su nuca, sus dedos apretando los míos para guiarme exactamente adonde los necesita.

Y cuando vuelve a deshacerse entre mis brazos con un sollozo de placer, gira la cabeza y me besa con una violencia dulce; solo entonces me doy cuenta de que estoy llorando.

Se da la vuelta hacia mí, enreda sus piernas con las mías y una de sus manos se pierde en la unión de nuestros cuerpos.

Siento cómo sus dedos se adentran en mí hasta el fondo, cómo se mueven con esa lentitud intensa y abrasadora que me roba la respiración.

Gimo sin ningún pudor, sin apartar la vista de sus ojos, con la boca entreabierta sobre sus labios y el corazón latiéndome tan deprisa que temo que me reviente en el pecho.

Y es justo ahí, cuando el orgasmo me alcanza pegada a su cuerpo, en mitad de la convulsión, cuando comprendo que lo último que deseo es marcharme.

Que lo único que quiero es quedarme con ella, saborear su piel a todas horas y seguir viendo en sus ojos este amor que por fin compartimos por igual y que nada ni nadie podrá arrebatarnos.