Capítulo 33
Valentina
El camino de vuelta hasta el coche apenas nos lleva unos minutos, pero se me hace eterno y fugaz a la vez.
Sofía avanza a mi lado sin soltarme la mano, con el pétalo aplastado todavía escondido entre nuestras palmas, y yo no me atrevo a mirarla demasiado por miedo a que se me note todo lo que llevo dentro.
Aún tiene los ojos brillantes y conserva en las pestañas el rastro húmedo de las lágrimas.
Cada vez que la luz de un farol le roza la cara, algo se me encoge en el pecho y tengo que tragar saliva para que no se me escape un suspiro de colegiala.
He sobrevivido a momentos infernales en mi vida, pero jamás me habían temblado las piernas como ahora.
Nada de lo que había planeado para esta noche incluía verla llorar y, sin embargo, no cambiaría ese instante por nada del mundo.
Ni siquiera yo, que me paso la vida calculándolo todo al milímetro, habría sido capaz de diseñar algo tan perfecto.
Made nos abre la puerta trasera con la calma de siempre y, como buen cómplice, no hace preguntas. Nos acomodamos en el asiento, el motor arranca con un ronroneo suave y el palacio se va empequeñeciendo tras la luna trasera hasta convertirse en un resplandor dorado que se diluye entre los árboles.
Las calles de Ubud desfilan al otro lado de la ventanilla, pero yo solo tengo ojos para ella, y Sofía solo me mira a mí.
Se muerde el labio inferior, despacio, sin ser consciente del efecto que provoca, y yo tengo que apretar la mandíbula para no perder la compostura.
Porque si Made no estuviera al volante, estaríamos devorándonos en el asiento de atrás como si el mundo fuera a acabarse esta misma noche.
Pero ni siquiera lo necesito. El silencio que nos envuelve dice mucho más que cualquier beso robado.
Está lleno de todas las confesiones de estos días.
Pero también está lleno de un amor que se ha vuelto más fuerte precisamente por haber estado a punto de romperse.
Deslizo el pulgar por el dorso de su mano, despacio, una y otra vez, como quien memoriza un camino. Y es justo cuando la carretera empieza a estrecharse y los faros iluminan el muro de piedra que delimita el resort cuando descubro la extrañeza en sus ojos.
—¿Qué hacemos aquí otra vez? —pregunta, frunciendo el ceño.
Intento que no se me escape la sonrisa. Fracaso estrepitosamente.
—Continuar con la sorpresa.
Por el retrovisor veo sonreír a Made, y Sofía también se da cuenta, porque entorna los ojos con esa sospecha deliciosa de quien se sabe víctima de una conspiración.
Cruzamos la verja, recorremos la avenida flanqueada de palmeras y el coche se detiene frente a la entrada principal.
Allí nos aguarda un carrito de golf con un conductor vestido de blanco, que inclina la cabeza en cuanto ponemos un pie en el suelo.
Sofía se queda clavada en el sitio. Mira el carrito, luego al conductor y, por último, a mí, con los brazos en jarras y una ceja arqueada que me hace muchísima gracia.
—¿Se puede saber qué locura es esta?
Me acerco a ella hasta que apenas nos separa un palmo y bajo la voz, como si le estuviera confiando un secreto de Estado.
—Este resort es especial, y no solo por el lugar en el que está. Héctor dice que es la joya de la corona. Y hoy, ya que desde que llegaste no has tenido ojos para nada de lo que ocurre a tu alrededor, quiero enseñarte por qué. —Le tiendo la mano—. Así que vamos.
No contesta. Se limita a sonreír, con las mejillas encendidas de un rubor que ni la penumbra consigue disimular, y se deja llevar.
El carrito arranca con un leve traqueteo y enseguida dejamos atrás las luces del edificio principal.
El camino desciende colina abajo y serpentea entre los arrozales, que a esta hora son un mar oscuro de terrazas escalonadas donde el agua atrapa pedazos de luna.
A ambos lados arden antorchas clavadas en la tierra, y sus llamas se inclinan con la brisa como si nos hicieran una reverencia a nuestro paso.
Huele a tierra mojada, a hierba recién regada, a ese dulzor vegetal que solo tiene la noche en el trópico.
Las ranas croan desde algún rincón invisible, los grillos llenan el aire de un zumbido incesante y, de vez en cuando, una luciérnaga se enciende entre los tallos de arroz y se apaga antes de que me dé tiempo a señalarla.
Sofía se acurruca contra mi hombro. El aire le ha revuelto el pelo y, cuando giro la cabeza, huele a incienso y a frangipani, como si se hubiera traído el palacio entero consigo.
Y aunque el paisaje es de postal, apenas soy capaz de retener nada de él, porque mis ojos vuelven una y otra vez a ella, al perfil suave de su nariz, a la curva de su boca, a esa calma nueva que parece haberse instalado en su cuerpo.
Poco a poco, un sonido distinto se abre paso entre los demás. Al principio no es más que un murmullo lejano, casi confundido con el viento. Después crece, se vuelve más nítido, más poderoso, hasta convertirse en un rumor constante de agua que corre y se estrella contra las piedras.
—¿Eso es un río? —pregunta ella, y levanta la cabeza de mi hombro con curiosidad.
—El Ayung —respondo—. Espera y verás.
El carrito se detiene al final del camino. El conductor nos desea buenas noches y desaparece colina arriba, llevándose consigo el único ruido de motor en kilómetros a la redonda. Nos quedamos solas.
Frente a nosotras, un sendero de piedra desciende hacia la orilla cubierto de pétalos: blancos, rosados, amarillos, y algunos de un rojo tan intenso que parecen gotas de lacre.
A ambos lados, sobre cuencos de piedra llenos de agua, flotan decenas de velas que tiemblan con cada soplo de aire y dibujan en la superficie pequeños círculos de luz.
El río ruge a pocos metros, oscuro y vivo, y en la otra orilla la selva se alza como una muralla negra de la que brotan sonidos que no sabría identificar.
Sofía no dice nada. Da un paso, luego otro, y yo la sigo, dejando que sea ella quien marque el ritmo.
Los pétalos crujen suavemente bajo nuestros pies.
Al final del sendero, recortado contra la vegetación, aparece nuestro destino: un capullo de bambú trenzado, curvo y orgánico, como si lo hubiera tejido la propia selva.
Por las rendijas entre las cañas se filtra el resplandor de las velas que lo iluminan por dentro, y el conjunto brilla en la oscuridad como un enorme farol dorado suspendido sobre el agua.
La oigo contener el aliento. Me coloco detrás de ella, le rodeo la cintura con los brazos y apoyo la barbilla en su hombro. Noto cómo se le acelera la respiración, y le dejo un beso lento en el cuello, justo donde late el pulso.
—Bienvenida a la especialidad de la casa —le susurro al oído.
Un escalofrío le recorre la espalda y lo siento contra mi pecho. Durante unos segundos se queda inmóvil, con la mirada perdida en esa luz que parece respirar entre las cañas, y después se gira muy despacio dentro de mi abrazo hasta quedar frente a mí.
Nos besamos antes de que las palabras tengan tiempo de estropearlo.
Es un beso lento al principio, casi tímido, como si las dos temiéramos que fuera el último.
Luego se vuelve más hondo, más urgente, cargado de todo lo que nos hemos guardado.
Sus manos suben hasta mi nuca, las mías se aferran a su espalda, y el rumor del río se mezcla con el latido furioso que me retumba en los oídos.
Nos separamos apenas un par de centímetros, lo justo para recuperar el aliento. Su frente contra la mía. Su respiración entrecortada contra mis labios. Y ahí, en ese pequeño hueco entre un suspiro y el siguiente, las palabras se me escapan sin pedir permiso.
—Estoy locamente enamorada de ti, Sofía. —La voz me sale rota, desnuda, sin rastro de la ironía tras la que llevo toda la vida escondiéndome—. Desde aquella reducción de cítricos. Desde aquel beso en la cámara frigorífica. Y siento muchísimo haberte hecho tanto daño.
Durante un instante, solo se oye el agua. Después, Sofía levanta las manos y me acaricia las mejillas con los pulgares, con una ternura que desarma uno por uno todos mis miedos. Tiene los ojos húmedos otra vez, pero en sus labios asoma una sonrisa que no consigue contener.
—Y yo siento haber sido tan fría contigo —murmura—. Porque te juro que no he dejado de pensar en ti ni un solo segundo. Sabes que me enamoré de ti como una boba… y me dolió tanto despertarme aquel día sin ti a mi lado…
Baja la mirada, y algo se me quiebra por dentro.
Es un dolor seco, preciso, como una grieta que se abre justo en el centro del pecho.
Porque sé exactamente de qué mañana habla.
Sé lo que hice, cómo me escabullí antes de que abriera los ojos, lo cobarde que fui.
Y sé que, por mucho que me arrepienta, no puedo deshacerlo.
Pero entonces vuelve a buscarme con los ojos.
—No voy a pedirte perdón por haberme protegido —murmura, y me acaricia las mejillas con los pulgares—. Pero lo del bar, lo de aquella chica… Eso lo hice para hacerte daño. Y eso sí lo siento. Porque eso no se hace a la persona que amas y yo, Valentina, te amo cada día más.
Y yo, que siempre tengo una respuesta para todo, que presumo de no quedarme nunca sin la última palabra, me quedo muda.
Le tomo la cara entre las manos, la miro como si quisiera aprendérmela de memoria y vuelvo a besarla.
Luego entrelazo los dedos con los suyos y, sin decir nada más, doy un paso atrás hacia la luz dorada del capullo, arrastrándola conmigo y dejando el resto del mundo al otro lado del río.