¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 32
59%

Capítulo 32

Sofía

No sé en qué momento dejo de mirar por la ventanilla para mirarla a ella.

Solo sé que, cuando el coche aminora la marcha y Valentina me aprieta la mano, levanto la vista y el Palacio de Ubud se alza ante mis ojos como si alguien lo hubiera colocado en mitad de la noche con el único propósito de que yo lo descubriera.

Made detiene el coche en la zona reservada a los vehículos y se gira hacia nosotras con esa sonrisa serena que nunca parece abandonarle.

—Las espero aquí hasta que termine el espectáculo. Disfruten.

—¿Qué espectáculo? —pregunto, desconcertada.

Pero Valentina ya ha salido y me tiende la mano desde fuera, con el brillo travieso de quien guarda un secreto y está a punto de dejarlo escapar.

—No preguntes más —me advierte, y enarca una ceja con esa seguridad suya que tanto me desespera y tanto me gusta—. Solo sígueme.

Y obedezco. A estas alturas sospecho que la seguiría a cualquier parte, y esa certeza me asusta bastante menos de lo que debería.

Me dejo arrastrar por un pasaje estrecho hasta que desembocamos en el patio principal, y lo primero que me envuelve es el olor a incienso y a flores, que se mezcla con esa humedad espesa que en Bali resulta tan habitual como las terrazas de arrozales.

Las luces son tenues, ambarinas, dispuestas con tanto mimo que la piedra tallada cobra vida bajo ellas: dioses de rostro sereno, criaturas de ojos saltones y lengua larga, hojas y serpientes que se enroscan en cada columna como si quisieran trepar hasta el cielo.

Y por encima de todo, un firmamento tan limpio que las estrellas parecen estar al alcance de la mano.

—Hemos llegado con el tiempo justo —me susurra Valentina al oído.

Antes de que pueda contestar, un muchacho con un sarong granate nos hace una señal discreta y nos conduce hasta la primera fila, a escasos metros del escenario. Ella me guiña un ojo mientras tomamos asiento.

—Ventajas de tener contactos.

Lo dice en un tono burlón que no consigue ocultar una pequeña inseguridad, tan impropia de ella que me enternece. Sé que se muere por saber si me gusta la sorpresa, pero justo cuando estoy a punto de decírselo suena el primer gong y todo lo demás desaparece.

Es un sonido grave, profundo, que no se oye tanto como se siente; me atraviesa el pecho y se queda vibrando en algún rincón bajo mis costillas.

Los músicos ocupan un lateral del escenario, sentados en el suelo con las piernas cruzadas y vestidos con sarongs y turbantes que atrapan la luz en destellos dorados.

Ante ellos se extienden instrumentos de bronce que no sabría nombrar: hileras de pequeños gongs colocados como cuencos boca abajo, xilófonos de láminas relucientes, tambores de madera oscura.

Cuando empiezan a tocar todos a la vez, el aire de la noche se llena de un sonido metálico, insistente, casi hipnótico, una marea de notas que se superponen y se persiguen sin descanso.

Al principio me parece un caos absoluto.

Poco a poco, sin embargo, empiezo a distinguir el pulso que lo sostiene todo, un latido que sube y baja como una respiración compartida, y me sorprendo a mí misma conteniendo el aliento, como si el más mínimo movimiento pudiera romper el hechizo.

—Es el gamelán —murmura Valentina, inclinándose hacia mí—. Aquí dicen que la música es la voz de los dioses.

No me cuesta nada creerlo.

Las imponentes puertas de piedra del palacio se abren y, durante un segundo, a través de ellas solo se adivina oscuridad.

Después, despacio, van apareciendo las bailarinas.

Descienden la escalinata una a una, con pasos tan cortos y medidos que parecen flotar, envueltas en telas de oro, carmesí y verde esmeralda, con tocados de flores que tiemblan a cada movimiento y cuencos repletos de pétalos entre las manos.

Nadie me explica que se trata de una danza de bienvenida, pero lo intuyo, porque hay en ella algo que es pura ofrenda.

De repente, sus ojos empiezan a moverse.

No como se mueven unos ojos cualesquiera, sino de un lado a otro, rapidísimos, sin un solo parpadeo, como si tuvieran vida propia.

Resulta desconcertante y magnético a la vez, porque cada una de esas miradas cuenta algo, aunque yo no conozca su idioma.

Sus manos son otro lenguaje: los dedos se arquean hacia atrás en ángulos imposibles, tensos, vibrantes, como si por ellos corriera una energía invisible, mientras sus pies marcan con golpes secos y firmes el compás del tambor principal.

Una de ellas se aproxima a la primera fila, hunde la mano en el cuenco y lanza un puñado de pétalos al aire, que caen sobre nosotras como una lluvia lenta y perfumada.

Uno se queda enredado en el pelo de Valentina, justo encima de la oreja: blanco, con el corazón amarillo.

Alargo la mano sin pensarlo y se lo quito con cuidado.

Ella se vuelve hacia mí y el tiempo se estira de una forma absurda, con el pétalo entre mis dedos y la música envolviéndonos como un abrazo.

—Es una bendición —susurra—. Dicen que purifica.

—¿Y tú lo necesitas? —le pregunto con media sonrisa.

Me mira de una manera que no le había visto nunca, sin rastro de su descaro habitual.

—Si yo te dijera lo que necesito, Sofía…

Devuelvo la vista al escenario porque, si sigo mirándola, voy a cometer alguna tontería. Sin embargo, guardo el pétalo en la palma y cierro los dedos con delicadeza, como si fuera algo capaz de escaparse.

La música se vuelve más grave, más oscura, y las bailarinas se retiran con la misma lentitud con la que llegaron.

En su lugar surge una criatura fabulosa, una especie de león mitológico con máscara dorada, ojos desorbitados y una melena larguísima que barre el suelo.

Dos hombres lo mueven desde dentro con tal coordinación que parece un único animal, noble y juguetón a partes iguales, que sacude la cabeza y chasquea las mandíbulas al ritmo de los címbalos.

—El Barong 40 —me explica Valentina en voz baja—. El protector. El bien.

A su alrededor van entrando otros personajes, y el contraste entre ellos me deja sin palabras.

Los nobles se desplazan con una delicadeza exquisita, cada giro de muñeca calculado hasta el último detalle, como si estuvieran hechos de seda.

Los demonios y los guerreros, en cambio, irrumpen con saltos bruscos y ademanes agresivos, cortantes, que rasgan el aire como un latigazo.

Dos maneras opuestas de habitar el mismo cuerpo, el mismo escenario, la misma música.

Y no sé explicar por qué, pero siento que todo aquello habla de mí.

De la Sofía que subió a aquel avión convencida de tenerlo todo bajo control y de esta otra que ahora está sentada en un palacio al otro lado del mundo, con un pétalo apretado en el puño y el corazón desbocado por culpa de la mujer que tiene a su lado.

Valentina se inclina de nuevo hacia mí, y noto su hombro rozando el mío.

—¿Estás bien?

—Sí —miento. Y enseguida, porque soy incapaz de mentirle del todo, añado en un susurro—: No lo sé.

No dice nada, pero esta vez es ella quien me toma la mano. Entrelaza sus dedos con los míos, con el pétalo atrapado entre nuestras palmas, y la deja ahí, firme y cálida.

Entonces aparece Rangda 41 , y la reconozco aunque jamás la haya visto, porque todo en ella anuncia el mal: la máscara terrible, los colmillos, la lengua que le cuelga hasta el pecho, las uñas interminables, la melena blanca y desgreñada.

El público contiene la respiración al unísono.

El gamelán se acelera de golpe, los gongs retumban con una furia que hace temblar el suelo bajo mis pies, y el Barong y la bruja se enfrentan en el centro del escenario.

Los guerreros se abalanzan sobre ella con sus dagas y Rangda los hace retroceder con un solo gesto; el Barong ruge, sacude la melena, avanza y recula, mientras los tambores golpean cada vez más deprisa y los bailarines saltan, giran, caen y vuelven a levantarse.

La música crece y crece hasta convertirse en una tormenta de bronce que me llena por completo, y yo ya no pienso, solo siento.

Siento el ritmo en el estómago, el calor de la noche pegado a la piel, el perfume de las flores fundido con el incienso, la mano de Valentina apretando la mía con más fuerza a medida que aumenta la tensión.

Siento que ni el bien ni el mal terminan de vencer, que la lucha continúa sin tregua, y comprendo que quizá sea eso lo que pretenden contarnos: que no se trata de ganar, sino de encontrar el equilibrio.

Y en algún momento, sin darme cuenta, empiezo a llorar.

No es un llanto escandaloso, sino lágrimas silenciosas que se me escapan y me resbalan por las mejillas.

No lloro de tristeza. Lloro porque todo esto es demasiado hermoso para caber dentro de mí, porque llevo años sin permitirme sentir nada con semejante intensidad, porque estoy en el lugar más increíble que he pisado jamás y la persona que me ha traído hasta aquí me sostiene la mano como si temiera que fuera a romperme.

El último golpe de gong cae sobre el patio como una piedra en un estanque y, tras él, se hace un silencio absoluto, de esos que duran apenas un segundo y parecen contener el mundo entero antes de que estallen los aplausos.

Yo no aplaudo. No puedo. Me quedo inmóvil, con los ojos anegados y la respiración entrecortada, mientras los bailarines se inclinan ante el público bajo la luz dorada.

Sé que Valentina me está mirando sin necesidad de volverme.

Con la mano libre, muy despacio, me enjuga una lágrima con el pulgar, justo bajo el ojo, y su gesto es tan suave y su piel está tan caliente que tengo que cerrar los párpados.

—Sabía que te iba a gustar —susurra—. Pero no sabía que iba a ser así.

Cuando abro los ojos, la tengo muy cerca, demasiado cerca, con las luces del palacio reflejadas en las pupilas, y por primera vez desde que la conozco no encuentro en su mirada ni rastro de ironía, ni de desafío, ni de esa seguridad aplastante con la que se pasea por la vida.

Solo encuentro algo que se parece peligrosamente a lo que yo misma estoy sintiendo.

—¿Así cómo? —consigo preguntar con un hilo de voz.

Tarda en responder. Baja la vista hacia nuestras manos, todavía unidas, hacia el pétalo aplastado entre ambas, y luego vuelve a buscarme con los ojos.

—Así —dice al fin, y la voz se le quiebra un poco—. Verte llorar me ha dado ganas de quedarme a vivir en este momento para siempre.

A nuestro alrededor, el público empieza a levantarse.

Oigo risas, conversaciones en idiomas que no entiendo, el roce de las sillas sobre la piedra, pero todo me llega amortiguado, como si sonara en otra habitación.

Porque Valentina sigue mirándome, y lo único que deseo es seguir viéndome reflejada en sus ojos para siempre.