Capítulo 31 #2
A mitad de camino, una mujer con una camisa hawaiana se cruza conmigo en dirección contraria.
Tardo un par de segundos en reconocer a Clara, que me dedica un saludo breve con la mano y sigue adelante como si nada, con los ojos enrojecidos y el gesto desencajado.
Pienso en Lucía, en Marta, en lo que ocurrirá cuando esas dos vuelvan a encontrarse.
No va a ser fácil, aunque dudo mucho que exista una sola situación sentimental que lo sea.
Decido apartar ese pensamiento y centrarme únicamente en lo que de verdad me importa: Sofía.
En el interior del bolso llevo dos entradas en primera fila para el espectáculo de danza en el patio del Palacio de Ubud 38 .
Pero eso no será todo, porque después cenaremos a orillas del Ayung 39 , en uno de esos capullos de bambú trenzado que el resort reserva para ocasiones especiales, con una mesa para dos y nadie más en kilómetros a la redonda.
No habría podido organizarlo sin la ayuda del personal ni sin la llamada que hizo Wayan para que nos guardaran el sitio a última hora.
Pero la idea es mía. Fui yo quien la invitó a salir, y soy yo quien ahora intenta calmar estos nervios que me encogen el estómago.
Porque no es compartir esta noche con Sofía lo que me acelera el corazón.
Es lo que vendrá después. Y no hablo del sexo; hablo de esa clase de intimidad que surge cuando dos personas abren de par en par las puertas de su alma y dejan que la otra entre a husmear.
A pesar de que le hablé de Sam, tengo miedo de que me pregunte más por ella y ser incapaz de contestarle sin echarme a llorar.
Llego a su puerta y miro el reloj: las siete, la hora exacta que acordamos. Me paso las manos por el vestido para alisar unas arrugas que no existen, respiro hondo y llamo con los nudillos.
Durante unos segundos no ocurre nada. Solo oigo unos pasos apresurados al otro lado, algo que cae al suelo y un «mierda» ahogado. Se me escapa la risa y la sofoco justo antes de que la puerta se abra y me quede sin aire.
Sofía está en el umbral, con la luz cálida de la villa a su espalda, y durante un instante absurdo pienso que me he equivocado de puerta, de noche, de vida.
Lleva un vestido de lino del color del agua al atardecer, con unos tirantes finos que le dibujan los hombros y una falda que todavía se mece por el impulso de abrir.
El pelo le brilla bajo la luz, y su boca…
Se ha pintado los labios de rojo cereza y me quedo mirándolos sin disimulo y sin vergüenza, recordando en bucle todo lo que es capaz de hacer con esa lengua.
Sé que Sofía es preciosa; lo supe desde el primer día que la vi.
Pero ahora mismo tengo la mente en blanco y el pulso detenido en algún punto entre la garganta y el estómago.
Por un momento temo que, si parpadeo, me despertaré sola en mi villa, con el ventilador del techo girando y la sensación pegajosa de haberlo soñado todo.
—Hola —consigo articular, y la voz me sale ronca.
Sofía me recorre de arriba abajo con una lentitud que me enciende la piel y, cuando regresa a mis ojos, tiene las mejillas arreboladas y esa sonrisa de medio lado que conozco tan bien.
—Vaya —murmura—. Vas de blanco.
—¿Es un problema?
—Es un peligro. —Se apoya en el marco de la puerta y ladea la cabeza—. Porque a lo mejor acabo estropeándotelo.
—Correré el riesgo.
Se le escapa una carcajada corta y, sin previo aviso, da un paso adelante, me echa los brazos al cuello y se cuelga de mí. Su perfume me envuelve, y mis manos encuentran solas su cintura y, después, la espalda desnuda allí donde se cruzan los tirantes. Tiene la piel caliente y erizada.
No me besa. Me mira tan de cerca que su nariz roza la mía, tan cerca que puedo contar las motas más claras de sus iris y sentir la tibieza de su aliento sobre mis labios. Esa boca roja a un centímetro de la mía, inmóvil, esperando. Me flaquean un poco las rodillas.
—¿Adónde me vas a llevar esta noche? —susurra.
Tengo que hacer un esfuerzo titánico para no olvidarme del palacio, de la cena, de todo, y empujarla de vuelta al interior de la villa.
—Esta noche —le anuncio, y me sorprende lo firme que me sale la voz— vas a conocer la magia de Bali en todo su esplendor.
Sofía entorna los ojos con desconfianza.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que vas a tener.
—Inspectora… —Me da un tironcito suave de uno de los mechones sueltos—. Sabes que odio las sorpresas.
—Mentirosa.
—Por lo menos dime si voy bien vestida —insiste, apartándose un poco para alisarse la falda con un gesto nervioso que me enternece.
La contemplo otra vez. Entera. Desde los tobillos hasta esa boca que me está volviendo loca.
—Vas perfecta —le aseguro—. Aunque vas a tener que retocarte los labios.
—¿Por qué? Si acabo de…
No la dejo terminar. La beso. Un beso breve, lo justo para que el rojo cereza me manche la boca y ella suelte un gemido de protesta que se transforma en risa contra mis labios. Cuando me aparto, me observa con los ojos entornados y estalla en carcajadas.
Me limpia la comisura con el pulgar, despacio, sin dejar de mirarme la boca, y ese gesto tan pequeño, tan cotidiano, me llena el pecho de algo cálido e inmenso, porque esta es justo la clase de cosas que hacen las parejas.
Sofía desaparece un instante dentro de la villa y regresa con un bolso diminuto y un chal de algodón blanco colgado del brazo. Cierra la puerta a su espalda y le ofrezco la mano. Ella la mira un segundo, como si calibrara todo lo que significa ese gesto, y después entrelaza sus dedos con los míos.
Caminamos por el sendero sin prisa. Nuestros pasos crujen sobre la gravilla y los farolillos proyectan nuestra sombra, larga y unida, sobre la hierba húmeda. En la entrada del resort nos espera Made, con el motor en marcha.
—¡Made! —Sofía me suelta la mano y casi echa a correr hacia él—. ¿Tú también estás metido en esto?
— Selamat malam , chef. —Inclina la cabeza con una pequeña reverencia y me lanza una mirada de reojo cargada de complicidad—. Yo solo conduzco. La sorpresa es cosa de la señorita Romero.
Sofía se gira hacia mí con los brazos en jarras.
—Has sobornado a Made.
—He pedido ayuda a quien sabe llegar a todas partes. —Le abro la puerta trasera—. Sube.
Obedece, no sin antes dedicarme una mirada que promete venganza.
Me siento a su lado, Made cierra la puerta, rodea el coche y arranca.
Los portones del resort se abren ante nosotros y la carretera se adentra en la oscuridad de los arrozales, salpicada aquí y allá por la luz trémula de algún altar cubierto de ofrendas.
Sofía apoya la cabeza en mi hombro. Noto su pelo contra el cuello y su mano, que vuelve a buscar la mía sobre el asiento.
Al cabo de unos minutos empiezo a distinguir un resplandor anaranjado que tiembla contra el cielo. Fuego. Y por la ventanilla se cuela un ritmo grave, metálico y vibrante.
Sofía levanta la cabeza y se me queda mirando.
—¿Oyes eso?
—Lo oigo. Y espero que lo disfrutes en cuanto lleguemos.
Le acaricio la mejilla, me pierdo en sus ojos y, cuando la beso, podría jurar que, por primera vez en años, no tengo ninguna prisa porque avance el tiempo.